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¿A quién favorece el socialismo posmoderno?

Quarto Stato

Me entero por el foro de Burbuja.info de que Suiza votará una iniciativa popular para limitar el sueldo de los directivos de las empresas:

En algunas empresas suizas, los altos ejecutivos pueden llegar a cobrar 73 veces más que el trabajador de nómina más baja. Para poder poner fin a “esa diferencia salarial indedecente”, los helvéticos tendrán la oportunidad de votar una iniciativa popular para limitar el salario de los directivos.

La propuesta, realizada por las Juventudes del Partido Socialista, pretende que los altos ejecutivos no cobren en un mes lo mismo que algunos de sus empleados en un año, es decir, que su sueldo anual no sea 12 veces superior. La iniciativa, que lleva por nombre “1:12, por unos salarios justos”, llegará a las urnas gracias a las firmas de los 130.000 ciudadanos que han pedido la celebración de una votación popular vinculante. Las excepciones se referirán a los aprendices y a los empleados con contrato temporal o a tiempo parcial. Los suizos están entre los ciudadanos del mundo que más dinero ganan.

En un principio el socialismo era el cuerpo de teorías que tenían muy claro que la forma de lograr mejoras sociales para los trabajadores era que éstos fuesen los dueños de los medios de producción. Llamémosle el socialismo clásico. Luego el reformismo y el parlamentarismo consiguieron cambiar el objetivo y así el socialismo se transformó y pasó a ser el grupo de ideas que defendían la intervención parlamentaria y democrática para lograr mejoras laborales para la clase trabajadora. Jornadas de ocho horas, leyes de salario mínimo, seguro social, etc. Ese tipo de cosas. La mejora social ya no era que necesariamente los trabajadores fueran los dueños de los medios de producción, o no al menos a corto plazo, sino hacer del capitalismo un sistema “más humano”. El socialismo clásico pasó a ser el socialismo moderno, digamos. Y ahora parece ser que se quiere hacer evolucionar hacia una teoría posmoderna del jugar a llamar la atención y no hacer nada en el fondo pero dejar de hacer muchas cosas en favor de los trabajadores.

El socialismo posmoderno ya no busca la autogestión obrera. Ni a corto ni a largo plazo. El socialismo posmoderno ya no busca favorecer a los trabajadores a través de la actividad parlamentaria. El socialismo posmoderno lo que siente es envidia y frustración y como consecuencia de ello se ha vuelto reaccionario y profundamente autoritario: igualdad de sexos por decreto, espacios libres de humos por decreto, salario mínimo por decreto, salario máximo por decreto…

¿A quién favorece todo esto? ¿A quien favorece que haya unos socialistas que ya no aspiren a la autogestión obrera ni a defender los intereses de los trabajadores sino a promover medidas que aunque muy emocionales no dejan de ser simbólicas? Que los jefes ganen menos no implica que los empleados vayan a ganar más, sino que los accionistas tendrán más beneficios a repartir, posiblemente. Repito, ¿a quién favorece realmente todo esto? ¿A quién favorece realmente el socialismo posmoderno por todo lo que ha dejado de hacer el socialismo?

Libre mercado anti-capitalista

Hoy os mostramos un didáctico texto escrito por el compañero que firma como Laborradura del Carimbo en tres entregas en el blog Semillas Libertarias que se une a la ya amplia biblioteca libertaria que es Mutualismo.org. Disfrutádlo y difundídlo, pues es copyleft.

Libre mercado anti-capitalista

Por Laborradura del Carimbo (publicado originalmente en Semillas Libertarias en tres entregas, I, II y III, bajo licencia Creative Commons Attribution Share Alike 3.0).

El socialismo de libre mercado: aceptación, rechazo y aceptación

Para comenzar como es debido, el capitalismo NUNCA ha sido un sistema de libre mercado. El liberalismo (económico y político) aunque se articula(ba) como la defensa de la libertad, en cuestiones políticas y económicas ha mantenido cierto número de vicios autoritaristas como si fuesen el menor de los males ó parte de una justicia natural. El Estado ha sido uno de ellos y el que (para fines de este texto) resume la coerción inherente en el sistema liberal. La tendencia a favorecer a los capitalistas (dueños del capital, entiéndase, fábricas, bancos, inversiones etc.) fue lo que solidificó este nombre para el régimen liberal (o burgués). El capitalismo ha sido más o menos regulado/planificado por el Estado en beneficio… En beneficio de mantener una economía que favorezca a cierta élite. Esa élite está compuesta de un grupo heterodoxo de parásitos que viven a costa del trabajo de todos los demás. En ocasiones han nacionalizados servicios (policía, moneda, retiros, seguros, etc.) solo por evitar el desencanto de los no-privilegiados, generalmente, asalariados. No se trata de un plan socialista, solo parchos para mantener el poder. Porque, barriguita llena, ciudadano que no protesta…

No niego la existencia de liberales radicales que favorecían lo que se ha denominado “laissez-faire” como forma alejar al Estado de la mayoría de los asuntos sociales, sin embargo, no ha sido hasta recientemente que se ha articulado como parte del movimiento libertario y más cercano a un libre mercado creíble. Y aún algunos, generalmente los más cercanos al neo-feudalismo, osan reclamar dicho título solo para si, aún a pesar de una tradición socialista que le antecede por casi un siglo.

Sí, el libertarismo ha sido defendido por socialistas, aunque no necesariamente por la mayoría. Los socialistas fueron individuos organizados a la izquierda del liberalismo buscando una verdadera libertad de desarrollo para (TODOS) los individuos, sin necesidad de subordinación/alianza con los privilegiados y su Estado. Muchos buenos argumentos (y disparates también) fueron defendidos o rechazados para acabar con la obstaculización capitalista hasta que algunos de ellos, los MÁS, confundidos por los sofismas de Marx y Engels, quienes prometían una revolución que acabaría de una vez y por todas con los privilegios (de clases), enarbolaron la bandera del Estado obrero. Estos socialistas, abandona(ro)n el ideal de la libertad inmediata en favor de ser parte de la dictadura que salvaría al mundo, imponiendo una sola (re)organización economica: el comunismo. Este enfásis por el uso de la coerción estatista para “mejorar” la condición de vida de los no-privilegiados ha sido uno de los más detrimentales argumentos aceptados por los socialistas y lo que bien le ha valido el rechazo de la mayor parte de los habitantes del globo. Este socialismo es una traición a la sociedad, a la libertad individual, por tanto, al socialismo mismo.

No puedo negar tampoco la existencia de marxistas radicales que han reinterpretado, modificado o se han apartado del autoritarismo en favor de una (re)organización voluntaria. Sin embargo, su marcadada animadversión al intercambio económico de libre mercado y al individualismo me obliga a mantenerlos al margen del libertarismo de izquierda, aunque con una perspectiva abierta a una posible transformación libertaria de algunas marxistas.

Ahora bien los otros socialistas, quienes también se oponían al régimen liberal y su criatura, el capitalismo, mantienen algo en común, la valoración de la libertad individual. Por esto se conocían y conocen como libertarios, socialistas libertarios, ácratas o anarquistas. Sin embargo, podríamos hacer dos divisiones sencillas de las diferentes perspectivas. Las que favorecen el libre intercambio (individualistas, mutualistas) y las que se oponen al libre intercambio (colectivistas y comunistas). Este rechazo del libre intercambio parece contradecir la importancia vital de la libertad individual, aunque puede estar más vinculado con la exagerada importancia que le dieron ciertos escritores anarquistas a los textos socio-políticos de Marx y Engels.

Aún así, los anarquistas que abrazaron el movimiento denominado “sin adjetivos”, afianzaron el argumento de que cualquier (re)organización no-coercitiva es válida en la libertad, incluyendo el comunismo y/o libre intercambio anti-capitalista. Esto no presenta(ba) gran problema para las perspectivas individualistas, mutualistas y colectivistas (estos últimos están más vinculados al anarco-sindicalismo) pero ha ido calando muy lentamente entre los partidarios del comunismo. Y no es caso de sorprenderse. Sin embargo, es creíble que estos últimos confundan el mercado capitalista (actual) con el libre mercado propuesto por los libertarios.

Esta confusión del mercado capitalista con el libre mercado, es a lo que Kevin Carson denomina “libertarismo vulgar”. En su caso, lo usa para referirse principalmente a aquellos libertarios individualistas que defienden el mercado existente cual si fuese ejemplo de un libre mercado, aún a sabiendas de que no es así. Lo mismo valdría para los libertarios que rechazan el Estado capitalista liberal pero que están prestos a defender el populismo y el capitalismo de Estado de los marxistas.

La confusión del libre mercado con el mercado capitalista entre los comunistas ha llevado a algunos a rechazar como injusta, errada o explotadora cualquier otra forma de (re)organización que no fuese la comunista. Tanto el marxismo (clásico) como el neo-liberalismo han fomentado a esta confusión. El primero porque condena los mercados como fuente innata de monopolios y privilegios y el segundo porque fomenta la percepción de que el capitalismo sin ciertas regulaciones equivale a libre intercambio. Ambas partes equivocan los conceptos para el beneficio de su teoría. Sin embargo, esto confusión no debe continuar siendo fuente de discordia entre los que verdaderamente abrazan el libertarismo y, por tanto, la defensa constante de la libertad individual.

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El libre mercado requiere que no haya trabas en el intercambio de bienes y servicios. No implica que obligatoriamente todos debemos intercambiar, pero sí que no se impida intercambiar libremente a quienes deseen vivir de esa forma. ¿Y quién que aceptase la libertad individual, podría prohibirle a otros que intercambien libremente y ser consistente con sus principios?

Algunos conceptos básicos (explicados de forma muy simple)

La oferta y demanda representa a dos actitudes inversas; cuanto ofrecen unos y cuanto piden otros de X cosa. Pero en el intercambio alguién que demanda algo debe ofrecer otra cosa a cambio por ello. Por ejemplo, si Alef necesita limones pero solo tiene chinas, ofrecerá chinas a cambio de limones. Si Gímel tiene limones y necesita chinas, ofrecerá sus limones a cambio de chinas. Este sería un mercado de chinas y limones. Consideremos que ambos trabajaron individualmente para obtener sus respectivos productos. ¿Como decidirán cuanto producto intercambiar por otro? Pues eso dependerá de cuál sea la oferta y la demanda de chinas y limones en el mercado.

Ahora bien, si hay muchas más chinas que limones, es probable que la gente esté dispuesta a dar más chinas por cada limón o que aquellos que venden limones pidan más chinas a cambio de sus limones. ¿Por qué? Porque a los que ofrecieron chinas (por limones) se le fermentarían las chinas sobrantes y le ven poco valor a dejarlas podrir y porque los limones serían un producto relativamente escaso lo que les añadiría valor (en chinas) en ese momento. No se podría imponer arbitrariamente un precio para algunos (o todos) los productos y servicios, pues dicha imposición distorsionaría la oferta y demanda en favor de ciertos productores o consumidores y el único mecanismo para lograrlo sería la coerción. Sin embargo, el mecanismo es sencillo si la oferta de chinas es mayor que su demanda su precio baja y si la oferta de chinas es menor que la demanda (o sea, que haya menos chinas que limones) su precio (en limones) sube.

Por otro lado, la competencia se basa en lo siguiente: que pueda haber más de un (individuo o empresa) ofreciendo sus productos (y/o servicios) y la no obstaculización coercitiva para que entren más personas a ofrecer algún producto o servicio. Por ejemplo, si hay pocas chinas y mucha gente desea intercambiar sus productos (o servicios) por limones, bien podrían más personas cultivar chinas para suplir la demanda del producto. O por el contrario, si hay demasiadas chinas bien algunos podrían modificar su producto y convertirlo en jugo, mermelada, licor, etc. Así entrarían en otros mercados y no perderían el esfuerzo que han invertido originalmente. También podrían decidirse a producir otra producto o servicio.

Esta práctica de ajuste libre de precios por oferta y demanda, más la posibilidad de competencia, ayuda estabilizar el precio de los productos y servicios.

Lo explicado como trueque puede hacerse utilizando dinero, cosa que es harto conocida porque lo hacemos comúnmente. Sin embargo, el dinero actual opera como un monopolio del Estado. Pero en un libre mercado diversos bienes pueden funcionar como dinero (incluyendo la moneda fiduciaria o billete de banco) con la sola premisa de que sea aceptado entre las partes como forma válida de pago. No pretendo entrar en controversias en torno a la base ni estándar del dinero en una sociedad sin Estado, sino recordar que cuando un medio de cambio es ampliamente reconocido como forma de pago se convierte en una herramienta que facilita el intercambio. La mayoría (si no todos) los precios se calcularían en dinero para facilitar la transacción. Por tanto, donde los individuos son libres para intercambiar aquellos que es producto de su trabajo (bienes y/o servicios) en forma de trueque también son libres de hacerlo utilizando un medio de cambio (el dinero).

¿No es así como funciona el capitalismo?

Sencillamente no. El (neo)liberalismo y el laissez-faire estatista conceden al menos un monopolio coercitivo del Estado en torno a la seguridad y la justicia. El Estado aún así puede redirigir la oferta y demanda de ciertos productos haciéndolos necesarios para mantener la milicia y la policía o la supuesta seguridad nacional. De esta forma se desvían millones de dolares de los contribuyentes para acumular armamento militar y la tecnología necesaria para producirlo, además de elaborar mecanismo de vigilancia sobre la población acerca de lo que consumen, leen, publican, etc.

El Estado del bienestar (y la supuesta Social-democracia) solo busca beneficiar a ciertas compañías “nacionales” haciendo más costosa la entrada de los productos “extranjeros”. Mantiene la población más pobre controlada brindándole subsidios para comida, de vivienda, de estudio, de salud (entre otras cosas) con el dinero de los impuestos del presente y del futuro. Sí, del presente y del futuro porque los bonos que emite el Estado para solventar su obra “social” los debe pagar con los impuestos del futuro, endeudando a todos los contribuyentes sin su consentimento.

Lo mismo sucede cuando los Estados limitan la competencia y la innovación a través de las patentes y derechos de autor. Esto encarece el producto en beneficio de ciertos accionistas y ciertas corporaciones. También el Estado limita la cantidad de oportunidades de empleo con la emisión de licencias y colegiaciones obligatorias. Esto, a su vez, provoca una disminución en la oferta de ciertos servicios y productos (los servicios de salud, por ejemplo) haciéndolos más escasos y, por tanto, más costosos. La regulación y desregulación de los mercados suele ser puro relajo Estatal. Se regula para limitar la competencia y se desregula cuando es muy difícil que empresas nuevas ocupen algún lugar en el mercado.

Estas son algunas entre muchas intromisiones con las que el Estado beneficia a una élite compuesta de ciertos empresarios, accionistas, líderes sindicales y religiosos, abogados y banqueros, entre otros mafiosos y parásitos. Así, dicha élite, a través del Estado, retiene su poder coercitivo y adquisitivo, sus jerarquías y su cultura, imponiendo sus criterios a todos los demás habitantes de una región. Por tanto, hablar de libre mercado dentro del régimen capitalista (actual) es sencillamente una vil mentira y una provocación.

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Libre mercado, competencia, dinero y… ¿Qué hay de la cooperación? ¿Donde queda la solidaridad?

El libre mercado anti-capitalista no implica la desaparición de la cooperación entre los humanos. Al contrario, es una forma de promover la (re)organización de la cooperación voluntaria y el intercambio, sin perjudicar la libertad individual que promovemos.

Cada individuo debe tener la oportunidad de decidir por si mismo que tareas desea desempeñar para subsistir. Esto puede incluir desde la más solitaria vida en algún lugar apartado, elaborando todas las tareas domésticas, como la vida en grupos que comparten voluntariamente sus productos a través del libre acceso a sus almacenes, como en empresas-obreras autogestionadas por los trabajadores mismos, o servidores individuales dispuestos a intercambiar sus servicios de forma independiente, entre muchos formas autónomas de producir, intercambiar, regalar y consumir. Solo sería necesario que quien quisiera desafiliarse de alguna asociación en la que participa pudiera hacerlo. De lo contrario, estarían atrapados en una sola forma de vivir y se habría perdido la libertad.

El libre mercado tampoco requiere que se adopten las ideas propietarias derivadas del los textos de John Locke. Mucho menos se pretende legitimar la propiedad capitalista (actual) que en muchos casos no es legítima ni por los planteamientos (neo)lockeanas siquiera. Pero sí es una oposición a la imposición de la planificación centralizada, sea a través de un municipio autónomo o del Estado. Porque todos los humanos deben poder elegir como desean subsistir y qué desean producir, regalar, intercambiar y consumir.

Disgresión acerca de la tierra

El socialismo de libre mercado rechaza la forma de apropiación actual de la tierra y la reemplaza con el criterio de ocupación-y-uso. Esto implica que cierto espacio de tierra pertenece a un idividuo (o colectivo) solo mientras lo ocupa-y-usa directamente. (Veáse el siguiente recopilatorio acerca de la propiedad (o posesión) mutualista sobre la tierra para más información.) Esto es cónsono con la igual libertad de los individuos, puesto que nadie debe quedar sin una tierra para ocupar-y-usar, sin necesidad de pagar rentas o impuestos.

La acumulación del capital se torna en un obstáculo para las empresas e individuos

Que exista un libre mercado no implica, necesariamente, un eventual retorno al capitalismo. Todo lo contrario. Habiendo considerado como funciona el capitalismo (actual), podemos apreciar que las grandes fortunas no han sido fruto del trabajo y el ahorro, sino que depeden necesariamente de las conexiones con el poder estatal para acrecentar sus ganancias. Mantener la presente acumulación de capital entre pocas empresas o individuos sería tan difícil y costoso sin la protección del Estado, que podríamos imaginarlo como imposible. Sin el Estado (ni el uso de la coerción), el poder de las corporaciones sobre sus empleados y los consumidores se hace harina. Porque su poder radica en el uso de las patentes, licencias y derechos de autor, además de las tarifas proteccionistas para evitar las importaciones, la responsabilidad limitada y otros subsidios (como el reciente “rescate económico” de ciertas instituciones financieras, etc). Por tanto, lo que es extraño en la actualidad, sería muy común dentro de un libre mercado anti-capitalista: que los trabajadores puedan ser los dueños del capital que necesitan para trabajar y que sean estos mismos quienes manejen según sus criterios la administración de su empresa.

Conclusión

El capitalismo no es un sistema socio-económico de libre mercado. El libre mercado es necesariamente anti-capitalista, implica la abolición del capitalismo y el desmoronamiento de sus opresivas jerarquías. Presenta además una (re)organización de la sociedad utilizando prácticas que no nos son del todo desconocidas y que permiten la cooperación voluntaria entre los humanos. Como concepto, solo designa una posibilidad en la anarquía, una (re)organización económica donde no se obliga a nadie a comerciar pero tampoco nadie puede prohibir el comercio.

Si alguna vez confundió el sistema en que vivimos con el libre mercado, no se preocupe, es un mito que lleva ya algunos años y a muchos nos puede haber confundido. Pero luego de abandonado el mito, solo nos queda promover la anarquía, la libertad de todos los humanos, la igual libertad de todos los humanos en la anarquía.

El socialismo de John Stuart Mill

Traducido del blog de Kevin Carson.

Esta es la descripción de Chris Dillow en Stumbling and Mumbling. Pensad en esta cita del libro IV, capítulo 7 de los Principios de Economía Política:

La relación entre patrones y obreros será reemplazada gradualmente por una sociedad, en una de estas dos formas: en algunos casos, por la asociación de los trabajadores con el capitalista; en otros, y quizás totalmente al final, por la asociación de los trabajadores entre sí [...] La forma de organización […] que predominará finalmente si la humanidad sigue progresando, no es aquella en que puedan existir capitalistas como jefes y trabajadores sin voz ni voto en la dirección, sino la asociación de los trabajadores entre sí sobre las condiciones de igualdad, poseyendo en común el capital con el que continuarán sus operaciones, y trabajando bajo gerentes elegidos y revocables por ellos.

Dillow comenta:

La visión de Mill no es la de empresas públicas. Él dijo que la gestión estatal era “proverbialmente especulativa, descuidada, e ineficaz”. Por el contrario, es una visión de cooperativas de trabajadores. Y además, de cooperativas que compiten entre sí…

De modo interesante, el aspecto socialista de mercado de Mill era la base de la ideología oficial de una superpotencia de siglo XXI en la novela de Ken MacLeod, Cosmonaut Keep. El Partido Comunista de la Unión europea fue inspirado menos por Marx que por la visión de Mill de la “economía estabilizada estatal”:

“¡Pero el Partido!” dijo ella. “¿Cómo puede soportar esto? Quiero decir, nadie cree en el comunismo, excluyendo a los comunistas.”

“Oh, así es”, le dije. “Ellos simplemente no lo llaman así. Lo llaman la ‘sociedad sostenible’. Lo que los economistas utilizan para nombrar el estado estacionario. Y piensan que nos están llevando hacia esto, y que todo el mundo finalmente lo alcanzará, incluso los estadounidenses.”

“¡Nunca!” dijo Camilla. “Tal vez los liberales de la Costa este podrían llegar a eso, pero no el resto de nosotros.”

Suspiré. “Esto no tiene nada que ver con las creencias de la gente. La tasa decreciente de beneficios llegará finalmente. Puedes evitarlo durante un tiempo exportando capital, y esa tasa decreciente permanecerá como una estrella escondiéndose en el horizonte… pero lo único que lograrás es un mundo capitalista- y totalmente capitalizado -, con tasas de beneficios bajos por todas partes, y a continuación no habrá otro lugar al que ir que la economía estable, una economía justa que está en marcha silenciosamente antes que expandiéndose. En el estado estable es fácil para los trabajadores dejar de ser empleados del capital – casi no hay ninguna diferencia con el socialismo.

Ella me lanzó una mirada sospechosa.

“Esto es Marx, ¿verdad?”
“Incorrecto” dije. “Esto es John Stuart Mill.”

Cálculo económico comunista III

Perdona la tardanza Ardegas. Tomo otra vez el debate, después de un tiempo de descanso. Venimos de aquí.

En cuanto al punto de la pobreza, hube de puntualizar que no damos garantías como no puede darlas ningún sistema, pero sí tenemos argumentos razonables para suponer que será eliminada.

Sin entrar a valorar la imperfección del sistema de precios (que sin duda lo es, y los austriacos no pretendieron negarlo), los salarios bajos son una señal a los empresarios de que la mano de obra está siendo utilizada de forma subóptima, es decir, muy por debajo de su productividad marginal –o de su potencial productividad marginal en un sistema más intensivo en capital- y que, por tanto, es rentable demandar trabajo de esos países hasta que los salarios se igualen con la productividad marginal, descontando el interés y los costos de transporte hasta el mercado de los productos.

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Definiciones y distinciones

Una nueva traducción extraída del blog de Kevin Carson, podéis encontrar el original aquí

DEFINICIONES Y DISTINCIONES

LIBRE MERCADO: Condición de la sociedad en la que todas las transacciones económicas son fruto de la elección voluntaria sin coacción
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¿Una solución comunista al cálculo económico? (II)

 

Ardegas ha respondido en su blog a mi réplica de Robin Cox, con lo que continuamos con el debate sobre el cálculo económico en el comunismo libertario.

 

Respecto a que Cox se refiere al “mercado” actual y no al genuino mercado libre que propugnamos los mutualistas, Mises y Hayek podían responder exactamente lo mismo en relación a los reproches de aquel. De todos modos, si Cox quiere desmontar el modelo teórico austriaco del mercado, que parte del supuesto de que no existen barreras arbitrarias a la competencia, debe demostrar que en ese contexto existen tales fallas; de lo contrario, está refutando un muñeco de paja.

 

 

En cuanto a este punto, es cierto que nosotros no podemos garantizar al cien por cien la desaparición de la pobreza; en realidad, no podemos garantizar ni un solo punto de nuestro sistema, de la misma forma que ni siquiera el estatismo actual puede garantizar su continuidad dentro de 24 horas.  Ahora bien, ¿es probable que funcione la anarquía de mercado? Y, ¿es probable que dentro de 24 horas continúe el Estado? Eso es lo que podemos discutir.

 

Mises pretendió demostrar que el socialismo, según los planes de los socialistas de su época –esto es lo importante-, era imposible. Es imposible prever que algún día pueda idearse un sistema que lo haga viable.

 

 

Ahora vayamos al grano.

El problema de ciertas externalidades, como la contaminación que producen los coches, creo que podría resolverse penalizando su producción, en lugar de ir pidiendo indemnizaciones individuales al sinnúmero de propietarios de vehículos. La tasa que debería aplicarse en cada caso deberán juzgarla los expertos y los tribunales de arbitraje ad hoc, en cualquier caso, suponemos que tienen incentivos para hacerlo bien.

 

 

Sobre el ejemplo de los individuos que truecan sus mercancías, comentas:

 

“La “valoración mutua” de la que hablas, solo queda clara en un ejemplo sencillo como este, ya que en una organización económica compleja, en la que las personas no se conocen entre sí, no se puede decir que los ingresos estén determinados por “valoraciones mutuas”. Estos precios e ingresos están influidos por muchas variables, entre las que entran en cuenta hechos que no tienen que ver con la “capacidad productiva” de las personas, como sus conexiones personales, el encontrarse con ventajas monopólicas, la capacidad de negociación, herencias, o la simple suerte que se tenga.”

 

Si con “solo queda clara en un ejemplo sencillo” quieres decir que es más evidente en este ejemplo que en la vida real, lo admito. Pero eso no le resta ni un ápice de verdad, aunque haya medio de cambio y una red de complejas relaciones mercantiles de por medio.

Ahora, tienes razón en que herencias, suerte, etc. pueden jugar un papel importante en la capacidad adquisitiva a nivel individual pero, ¿tiene relevancia a nivel de una sociedad? Y lo más importante, ¿extirpar ese mal supone más perjuicio para la sociedad que mantenerlo? Esa es la verdadera pregunta que debemos hacernos.

 

Tienes razón en que en ocasiones es difícil medir la productividad marginal de cada individuo, sobretodo en las grandes corporaciones que dominan el panorama económico actual –tengo pensado tratar ese tema en el blog próximamente.

 

 

Después apuntas sobre el sistema bancario:

 

 

“Por lo tanto, aunque se argumente que el sistema de libre acceso tenga problemas de cálculo económico, no se puede negar que la eliminación del sistema bancario y financiero liberaría una gran cantidad de recursos. Esta es una ventaja importante del comunismo libertario. Hay quienes estiman que los recursos liberados serían de la mitad de los utilizados en la economía actual.”

 

Solo tiene sentido discutir este punto suponiendo, como dije antes, que en el sistema anarcocomunista los “recursos liberados” compensen los “recursos derrochados”, por tanto, pasemos al tema central…

 

 

 

Robin Cox nos dice:

 

 

Asumamos que, por cualquier motivo, la tasa de rotación de existencias se incrementa rápidamente en digamos 2000 latas por mes. Esto requerirá entregas más frecuentes o, alternativamente, entregas más grandes. Posiblemente la capacidad del punto de distribución no sea lo suficientemente grande para acomodar la cantidad extra de latas requeridas, en cuyo caso se optará por entregas más frecuentes. Se podría también aumentar su capacidad de almacenaje, pero esto talvez tome algo más de tiempo. En cualquier caso, esta información será comunicada a los proveedores. Estos proveedores, a su vez, pueden necesitar más hojalata (lámina de acero cubierta de estaño), para hacer más latas, o más judías, para ser procesadas, y esta información puede similarmente ser comunicada en la forma de nuevas órdenes a los suplidores de esos artículos que se encuentran más abajo en la cadena de producción. Y así por el estilo. Todo el proceso es, en gran parte, automático – o auto-regulado – siendo conducido por las señales de información dispersa de los productores y consumidores sobre la oferta y la demanda para bienes, y, como tal, está muy alejada de la burda caricatura de una economía de planificación centralizada.

 

 

La comunicación puede pasar, como supone Cox, perfectamente de un actor de la producción a otro hasta que llegamos a los extractores de estaño, con el que se fabrica el envase de las judías. En este punto, debemos hacernos la pregunta que Cox ha estado evadiendo durante todo el párrafo; ¿en qué proporciones ha de asignarse el estaño para sus respectivas demandas? ¿qué porcentaje del cobre disponible debe utilizarse en la producción de latas de judías y qué porcentaje a todos los demás productos manufacturados que se fabrican con él?

 

Ante este contratiempo Cox  menciona un recurso llamado “el colchón de existencias”, que es un porcentaje de los bienes en cuestión que se almacena para evitar que el aumento repentino de la demanda produzca una escasez. Pero en realidad, este tampoco supera el costo de oportunidad, como Cox supone, sino que él mismo necesita, a su vez, una evaluación de los costos de oportunidad para saber qué cantidad de recursos deben destinarse al “colchón” y, a pesar de todo, solo conseguiría retrasar la disyuntiva de a dónde asignar los recursos hasta el momento en que el colchón se consuma.

 

En este punto cabrá preguntarse: necesitamos más tierra, trabajo y capital para satisfacer la mayor demanda de estaño (podemos obviar la naturaleza escasa del estaño), ¿de qué actividades desviaremos esa tierra, ese capital y ese trabajo que necesitamos? En este punto solo se puede apelar a la intensidad de la demanda de los consumidores del resto de bienes, y hacer una comparación muy precisa –tal y como hacen los precios- entre ellos para retirar la tierra, el trabajo y el capital necesarios para nuestra actividad –y que deben ser compatibles con ella- de la producción de bienes de escasa valoración.

 

El problema del comunismo está, pues, en que le es imposible comparar todos bienes necesarios a los consumidores de una manera tan precisa como se requiere. Para este propósito no serviría la “tasa de rotación de existencias” puesto que esta compara magnitudes diferentes entre sí: no nos dice nada en relación a la intensidad de la demanda que la “tasa de rotación” diaria de zapatos sea de 100 y la de calcetines sea de 200, puesto que a pesar de la mayor tasa de los calcetines, los consumidores podrían preferir renunciar a estos antes que a los zapatos.

 

En cuanto a la ley del mínimo, Cox nos dice:

 

 

Cuando un factor en particular es limitado en relación a las múltiples demandas que recaen sobre él, la única manera en que puede ser “ineficientemente asignado” (aunque esto en última instancia es un juicio de valor) es escogiendo “incorrectamente” a cual uso final particular debe de ser asignado (un punto que consideraremos en breve). Fuera de eso, no se puede usar mal o asignar mal un recurso si simplemente no está disponible para ser mal asignado (esto es, cuando hay un inadecuado o inexistente colchón de existencias en el estante, por decirlo así). Por necesidad uno se ve obligado a buscar una alternativa más abundante o substituto (lo que sería el comportamiento sensato en esta circunstancia).

 

Pero no indica con qué criterio se busca la alternativa más abundante o el sustituto.

 

 

Al terminar la explicación práctica de la Ley del Mínimo, continúa:

 

Nótese también que reconoce y pone en operación el concepto de costos de oportunidad con que el ACE está ostensiblemente preocupado. Así, si deseamos desviar 4 unidades de N fuera de la producción de Y a la producción de cualquier otro bien – llamémoslo Z – entonces sabremos muy bien lo que hemos perdido al haber cortado los suministros de N necesarios para producir Y. Las 2 unidades de N con las que quedamos después de que las otras 4 han sido desviadas a Z solo serán suficientes para la producción de 1 unidad de Y. Mientras que antes podríamos haber producido 2 unidades de Y donde M era el factor limitante, desviando 4 unidades de N a Z significaría, en efecto, que N reemplazaría a M como el factor limitante al producir, y que el costo de oportunidad de desviar 4 unidades de N a Z nos daría la pérdida de una unidad de Y.

 

Pero realmente vuelve a escapar la cuestión esencial: de qué forma “pone en operación el costo de oportunidad”. Es verdad que mediante “la ley del mínimo” puede fácilmente determinarse qué se pierde al desviar un determinado factor de producción o insumo a producir otro bien, pero no nos indica de ninguna forma en qué proporciones debe desviarse.

 

 

En conclusión, la ley del mínimo tampoco soluciona nuestro problema porque el factor más escaso, que es el que según esta teoría debería ahorrarse, es imposible de reconocer sin saber antes la intensidad de la demanda de los consumidores, ya que esta no es un valor absoluto, sino una relación entre las existencias y la intensidad con que se requiere el bien. Un factor escaso es un factor muy demandado en relación con su oferta.

 

Por último, la jerarquía de las necesidades no ayuda en esta cuestión porque existen infinidad de bienes considerados “primarios”, “secundarios”, “terciarios”, etc., lo que nos impide compararlos entre sí. Para resolver esta cuestión, el comunismo necesitaría que cada uno de sus componentes elaborase una jerarquía valorando las decenas de miles de bienes que se producen en la sociedad en una escala que, para ser útil, debería abarcar al menos 10.000 cifras y tener en cuenta las peculiaridades de los factores de producción concretos que en ocasiones hacen imposible que determinada porción de trabajo, tierra o capital se transfiera de un sector a otro.

 

Y aun si esto fuera posible –lo cual es muy dudoso-, la centralización y el procesamiento de las precisas y exhaustivas encuestas de los consumidores haría perder al “socialismo descentralizado” la ventaja que posee con respecto al “socialismo centralizado”; la flexibilidad.