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Una reflexión sobre las ideas situacionistas

Guy Debord

Guy Debord

Las ideas situacionistas surgieron en Internacional Situacionista, un grupo de artistas e intelectuales que estuvo activo entre 1957 y 1972 en varios países europeos, principalmente en Francia. La Sociedad del Espectáculo de Guy Debord, de 1967, es lo más parecido que existe a un manifiesto suyo. Tuvieron una influencia importante en los eventos de Mayo de 1968, y, más en general, en casi toda la Izquierda posterior. Ellos fueron los pioneros en el giro que dio la Izquierda al empezar a criticar el consumismo. [1]

La influencia de los situacionistas en el anarquismo en particular sigue siendo considerable, y se sigue percibiendo en muchos medios anarquistas, y en muchos pensadores, desde Hakim Bey hasta Miquel Amorós.

Los situacionistas están en una posición muy parecida a la del anarcocapitalismo. El anarcocapitalismo proviene principalmente del liberalismo, no del anarquismo, pero independientemente ha llegado a conclusiones muy similares a las de algunas escuelas del anarquismo. Análogamente, los antecedentes de las ideas situacionistas están en el marxismo y en el comunismo de consejos, no en el anarquismo, pero ha llegado por otros cauces a conclusiones muy similares a las de algunas escuelas del anarquismo. Por eso es irónico que en la mayor parte de los círculos anarquistas los anarcocapitalistas sean rechazados y los situacionistas sean, por lo menos, tolerados sin mayor discusión.

Una crítica evidente desde el mutualismo es que un sistema comunista asambleario como el que los situacionistas sugieren tendrá muchos de los problemas de cálculo y eficiencia típicos de este tipo de sistemas. [2]

Una sociedad sin estado, por supuesto, carece de ideología oficial, de adoctrinamiento, de propaganda, por lo menos provenientes del estado. La completa libertad para crear nuevos medios de comunicación, al margen de regulaciones, licencias e impuestos, inmuniza a un libre mercado radical de cualquier ideología dominante. Esto es aún más cierto en la topología distribuida de las nuevas redes de información, en las cuales no existe ninguna economía de escala mayor que el propio individuo que produce y consume información.

El consumismo seguirá existiendo en anarquía, porque nadie estará en posición de prohibir a otros consumir desaforadamente o entusiasmarse con los anuncios de Coca Cola o de McDonalds, ni de imponerles una moral ascética o de otro tipo. Por otro lado, en ausencia de propiedad intelectual, las impresas serán incapaces de vender espectáculos en lugar de productos. A día de hoy, Nike vende a 200$ zapatillas cuya producción cuesta 2$. La diferencia que se paga es puro espectáculo. [3] Sin el privilegio de la propiedad intelectual, cualquier imagen de marca será copiada hasta que pierda todo significado y su creador original sea incapaz de sacar mayor beneficio de ella. Por supuesto, la imagen seguirá allí para quien quiera hacer de ella su fetiche, pero esa es una cuestión personal.

¿Necesitan los mutualistas una crítica del consumismo? Más bien, una crítica del gasto excesivo, la ineficiencia y la obsolescencia. No hay que perder de vista que buena parte de la producción excesiva del capitalismo contemporáneo se desvía no sólo al consumo excesivo, sino también al gasto excesivo. Entre otras, en forma de estructuras de capital ineficientes y excesivamente grandes, subsidiadas por el estado – por ejemplo, el suministro de electricidad, agua y gas, las centrales nucleares y la fabricación de automóviles, barcos y aviones, tal y como estas industrias son actualmente. También en forma de empresas que hacen uso excesivo del transporte de larga distancia – consecuencia directa del transporte estatal o subsidiado – y de los productos con obsolescencia programada, que no pueden ser reparados y que hay que tirar antes de que acabe su vida útil – consecuencia del monopolio sobre las piezas que la propiedad intelectual concede a las empresas.

Todas ellas son formas coercitivas de gasto que desde luego hay que criticar. Pero no como opinan los situacionistas y otros izquierdistas, porque empobrezcan la vida – ésa es una opinión subjetiva con la que no tiene por qué estar de acuerdo el consumista – sino por algo mucho más grave, porque tienen consecuencias ecológicas negativas y a veces bastante destructivas. [4]

Para finalizar, esta crítica no la hago porque crea que los mutualistas deban ser situacionistas, ni los situacionistas mutualistas. La hago porque creo que es esencial mantener un diálogo entre las distintas corrientes del anarquismo, el cual sólo es posible si conocemos mutuamente nuestras ideas. Por eso creo que es importante que conozcamos las ideas situacionistas y que sepamos en qué coincidimos y en qué diferimos.

 

***

[1] David de Ugarte reflexiona sobre ello en el segundo punto de su artículo 4 ideas medievales que pasan por modernas y que pueden hundirte en la crisis.

[2] Ver, por ejemplo, http://www.mutualismo.org/2008/07/una-explicacion-sencilla-de-por-que-no-funciona-el-comunismo-libertario/.

[3] Ejemplo tomado del artículo de Kevin Carson ¿Quién se apropia del beneficio? El libre mercado como comunismo integral, traducido por Alan Furth.

[4] Ver, por ejemplo, http://www.mutualismo.org/2008/09/apuntes-de-ecologia-anarquista/ y http://www.mutualismo.org/2008/06/la-propiedad-de-la-tierra-iii-viabilidad-ecologica/.

 

Más información sobre los situacionistas:

Archivo Situacionista Hispano, que contiene prácticamente todos los textos situacionistas históricos traducidos al castellano.

Situationists – an introduction (libcom.org), una introducción por parte de los anarcocomunistas de libcom.org.

How to talk like a Situationist (libcom.org), otra introducción, pero con humor.

Obituario reivindicativo de Steve Jobs

Firma de Steve Jobs

 “Transformó nuestras vidas, redefinió industrias enteras, y consiguió uno de las más infrecuentes logros en la historia humana: cambió la manera en que cada uno de nosotros ve el mundo.” –Barack Obama, actual presidente de Estados Unidos. [1]

“Steve Jobs, el pionero del ordenador como cárcel cool, diseñada para separar a los tontos de su libertad, ha muerto.” –Richard Stallman, pionero del software libre. [2]

El pasado 5 de octubre murió Steve Jobs. Su trayectoria merece reconocimiento. Parece que nunca le faltó una idea con potencial comercial ni capacidad para llevarla a cabo. Si no fue él quien inventó la interfaz gráfica, el ratón, la animación por ordenador o la pantalla táctil, sí las puso en práctica e hizo posible su comercialización.

Lo que Apple consiguió con Jobs es, por extraño que parezca, similar a lo que consiguió el estado de bienestar cuando se instaló paulatinamente desde finales del siglo XIX. Cuando el estado proporcionó pensiones de vejez y enfermedad o seguros médicos a los trabajadores, permitió acceder a estos servicios a mucha gente que no había podido hacerlo de otra manera. Pero, al mismo tiempo, arrebató a los trabajadores la posibilidad de autoorganizarse y se proveerse de esos servicios en sus propios términos a través de las instituciones que ellos mismos crearan. Puso a toda la población a merced de una red de burócratas y empresarios ajenos a sus intereses – salvo a aquellos que pudieran pagarse una pensión o una sanidad privadas.

Steve Jobs permitió tener un ordenador en casa cuando éste antes era un objeto usado sólo por profesionales en oficinas. Es difícil imaginar cómo sería hoy la informática si Apple no hubiera popularizado el ratón y la interfaz gráfica. Después hizo comercialmente viables la animación por ordenador, los reproductores de MP3, la venta online de música, los smartphones y las tablets.

Apple ha seguido poniendo a disposición del público tecnología con una interfaz tan sencilla e intuitiva que ha llegado a desterrar los manuales de instrucciones. Pero, al mismo tiempo, ha puesto a sus clientes a merced de su propia red de burócratas y empresarios. Por ejemplo, todos sus dispositivos portátiles sólo reproducen música con iTunes, y, por que Jobs así lo quiso, no es posible reproducir Adobe Flash ni otras aplicaciones programadas en lenguajes que no hayan sido aprobados. Inicialmente, tampoco era posible usar Google Voice en los iPhone. [3] Cuando salió en Estados Unidos, AT&T era el único operador autorizado para el iPhone, y en España el monopolio fue de Telefónica.

En ninguno de sus dispositivos portátiles es posible cambiar la batería sin abrir la carcasa y por tanto invalidar la garantía. El servicio técnico de la empresa puede cambiarla por un precio en general caro. Como las baterías suelen durar menos que el hardware, esto es una forma de obsolescencia planificada en el diseño. [4]

Lo más grave de todo es la reciente preocupación por el uso indebido de los muchísimos datos sobre los usuarios a los que Apple tiene acceso. [5] El futuro parece que va en la misma dirección. Hace pocos meses se presentó iCloud, un sistema de almacenamiento y computación en la nube, es decir en servidores de la empresa. Esto tiene la ventaja de que es accesible desde cualquier dispositivo con conexión a internet (como una cuenta de correo electrónico), pero pondrá en sus manos todavía más información sobre los usuarios. [6]

Lo peor de todo es que Apple está protegida por la propiedad intelectual, y el estado prohíbe a la posible competencia comercializar versiones alteradas y mejoradas de sus productos, lo que además permite a Apple vender a un precio desproporcionado.

Aunque Apple a veces se venda como una alternativa a Windows, la verdad es que es el mismo perro con distinto collar. Tanto una como la otra son empresas de software y hardware propietario, sin embargo, el único paradigma que pone la tecnología bajo el control de los usuarios y los desarrolladores independientes – y no a los usuarios bajo el control de los desarrolladores – es el software libre y el código abierto.

En la tecnología, ni manzanas ni ventanas. ¡Software libre y tecnología autogestionada!

 

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[1] http://attackthesystem.com/2011/10/06/elites-pay-tribute-to-steve-jobs/

[2] http://barrapunto.com/articles/11/10/08/1624256.shtml

[3] http://en.wikipedia.org/wiki/Criticism_of_Apple_Inc.#Accusations_of_anti-competitive_behavior

[4] http://en.wikipedia.org/wiki/IPod#Criticism

[5] http://www.versvs.net/anotacion/apple-watching-you

[6] http://www.juanpina.com/la-red/mucho-cuidado-con-la-nube

La propiedad intelectual es insostenible sin la coerción

PD-iconAlbert Esplugas Boter, que siempre ha sido uno de los liberales que más me han gustado, ha publicado recientemente un artículo que me recuerda en algún momento a un viejo texto mío del año 2006 porque en ambos escritos se habla del importante hecho demasiadas veces ignorado en los debates sobre propiedad intelectual de que el que hace copias de obras artísticas o programas de software que se encuentra por ahí por Internet al no haber firmado contrato alguno con nadie no debería ser considerado culpable de robo de propiedad alguno en un régimen que respetase verdaderamente la libertad de los individuos y no fuera coercitivo. Como ahora se está hablando mucho del tema de la propiedad intelectual por la ley Sinde, recupero mi viejo artículo y aprovecho para recordaros que los textos que escribo suelo entregarlos siempre al dominio público así que podéis usarlos, difundirlos y modificarlos sin restricciones.

La propiedad intelectual es insostenible sin la coerción

Alberto García Fernández, 2006 © Dominio público. En caso de no ser “legalmente” posible se permite la utilización para cualquier propósito sin restricciones.

La propiedad intelectual (o mejor dicho los derechos de explotación, pues el término de propiedad intelectual varía de un país a otro) yo creo que es imposible.

Más allá de los derechos morales como el de reconocimiento de autoría, la propiedad intelectual se basa en la coerción y la imposición. Para demostrar la autoría solo hace falta demostrar que alguien hizo algo antes, pero para mantener el sistema de los derechos de explotación se necesita que un ente abstracto como el Estado regule e imponga unos criterios genéricos y objetivos a los individuos.

Para explicar esto, me gustaría poner un ejemplo de una sociedad sin Estado. Voy a poner una sociedad sin Estado de tipo anarcocapitalista, que aunque no es algo que a mí me guste, considero que es bueno poner un ejemplo con un tipo de sociedad así, pues si en un modelo capitalista y que por tanto valora de una forma cuasireligiosa la propiedad, el sistema de la propiedad intelectual es difícil que se pudiese sostener, queda claro que en modelos no capitalistas como el mutualismo, el anarcocolectivismo o el comunismo libertario que son los que a mí me gustan, esto tampoco podría pasar.

Supongamos que estamos en una sociedad anarcocapitalista con agencias privadas de seguridad o policías privadas de ese estilo que tanto gustan a los partidarios de esa doctrina. Como no hay Estado, no está reconocida la propieda intelectual en genérico, sino que tienen que ser en todo caso reconocida por los individuos en cuestión en cada contrato. Voy a explicar esto. Pongamos por ejemplo a Microsoft y un disco de Windows.

Microsoft le vendería una licencia de uso a alguien de Windows. En el contrato se especificaría que el comprador no podría hacer copias de Windows y venderlas o dejarle el disco a alguien para que haga copias y las venda. Si pasa eso, el comprador acepta, ahí estaría reconociendo la propiedad intelectual de Microsoft y no habría problemas. Y si no quiere reconocer la propiedad intelectual de Microsoft, no firmaría el contrato y se buscaría otra empresa que le ofreciese contratos que le gustasen más. Yo creo que siempre habría otras empresas alternativas que no impondrían esas condicionese en los contratos, sino que dejarían por ejemplo hacer copias y revenderlas. Yo creo que estas otras empresas con contratos más flexibles se llevarían el mercado a la larga, pero da igual, pongamos que alguien acepta el contrato de Microsoft y adquiere una liencia de uso de Windows. No puede hacer copias para venderlas luego en un rastrillo (algo así como el top manta).

El comprador puede que cumpla la licencia y nunca le deje el disco de Windows a nadie, ni lo ponga en una red de intercambio de archivos, pero igual resulta que la incumple y se lo deja a alguien o lo pone en una red de intercambio de archivos. Pongamos que el comprador me lo deja por ejemplo a mí.

Yo como no firmé el contrato con Microsoft, podría hacer lo que quisiera, como si es hacer copias y venderlas en un rastrillo. Yo no rompí ningún contrato.

Alguien me podrá decir que estaría negociando con mercancía robada, pero no es cierto. Para eso se necesita que haya un Estado y un sistema legal que regulen ese asunto en genérico. En el modelo sin Estado del que estoy hablando, como dije, esa consideración de la propiedad intelectual no es genérica, sino entre casos particulares, como expresé antes. Para mí no es problema mío los asuntos de Microsoft y el que me pasó el disco de Windows, para mí son asuntos privados de ellos dos.

Microsoft podría mandar una policía privada hacia mí, pero eso sería como una agresión, puesto que todo ese asunto de la violación de la licencia es ajeno a mí, no es mi problema. Es un problema de Microsoft y el tipo que me pasó a mí la copia de Windows que sería el que violó el contrato. Es un problema suyo pero no mío. El Estado es el que hace en la situación actual, que si alguien viola un contrato de copyright y me pasa un disco con algún programa, película o canción, el problema también sea mío al prohibir que por ejemplo yo pueda dedicarme a vender copias de ese disco, pero en una sociedad sin Estado el problema no podría ser mío, sino solo de los que firmaron un contrato. Microsoft podría mandar su policía privada hacia el tipo que me dejó el disco, el tipo que le había comprado firmando un contrato de uso personal en exclusiva, en todo caso, porque sería un problema como dije del tipo ese, el que compró a Microsoft un disco de Windows y Microsoft. Yo ahí vamos a poner que no me meto, es como dije un asunto privado de Microsoft y el que me pasó la copia de Windows.

Pero pasa una cosa. Realmente encontrar a ese tipo creo que le sería difícil a la policía privada de Microsoft. A mí pillándome revendiendo copias del disco original de Windows que me pasó el que violó el contrato puede que sí, pero yo no estaría haciendo nada malo porque yo no firmé nada con Microsoft y no hay ningún Estado que regule para Microsoft la propiedad en genérico, sino que esta ha de ser aceptada para el que firme un contrato con él. Yo no lo firmé y por circustancias me vi (porque alguien incumplió un contrato con Microsoft) con un disco con copyright suyo, del que hice copias y ahora las vendo. Pero yo no fui el que rompí el contrato con Microsoft. Si la policía privada de Microsoft me hace algo, estaría iniciando la fuerza contra mí y sería una atentado contra mí, mi libertad y mi soberanía. La policía en todo caso solo podría ir a la persona que incumplió el contrato.

Por eso creo que los derechos de explotación en monopolio de la propiedad intelectual sin un Estado que lo defienda es algo muy complejo de sostener. Es virtualmente imposible. Como se ve yo no niego que alguien pueda admitir la propiedad intelectual de una empresa, pero si esa persona incumple el contrato y divulga, todos los que después se basen en ello, no estarán cometiendo ningún delito porque no habrán firmado contrato alguno, ni existirá un Estado que regule sobre derechos de propiedad en genérico.

De todo este ejemplo se deriva que un sistema como el de la propiedad intelectual, más allá de los derechos morales necesita coerción e imposición sobre los individuos y es por lo tanto un atentado contra la libertad individual y la soberanía de las personas.

Apuntes de ecología anarquista

La ecología, junto con la seguridad y la justicia, es otro de los caballos de batalla de los partidarios del estatismo; incluso algunos anarquistas parecen delegar el cuidado del entorno en las instituciones gubernamentales, reclamando imposiciones a los fabricantes de automóviles, mayores presupuestos para la gestión de los parques naturales y un largo etcétera. Ahora bien, ¿es compatible la sostenibilidad con las asociaciones voluntarias y la oposición frontal al Estado? Continue reading

Jerarquía o Mercado – Traducción de Kevin Carson

Sin más presentación, aquí dejo una traducción del genial artículo de Kevin Carson, aparecido originalmente en la revista Freeman bajo el título Hierarchy or the Market” donde, tras mostrar los fallos inherentes a las macrocorporación actual, explica la tesis mutualista principal, esto es, a través de qué mecanismos el Estado sostiene a la corporación e impide la aparición de una sociedad libre de trabajadores autoempleados. Espero que lo disfrutéis.

JERARQUÍA O MERCADO

En un artículo del pasado mes de Junio en Freeman, apliqué algunas ideas del debate sobre el cálculo socialista [N.T: se refiere al cálculo económico racional en las economías de planificación central] a la corporación privada y examiné hasta qué punto es una isla de cálculo caótico en una economía de mercado. Quiero explayarme en esta línea de análisis ahora y aplicar algunas percepciones comunes del libre mercado en el conocimiento y los incentivos del funcionamiento de la jerarquía de la corporación.

F. A. Hayek, en “The Use of Knowledge in Society” usó el conocimiento disperso o idiosincrático –el único conocimiento sobre cada situación es poseído por cada individuo- como un argumento contra la planificación central del Estado.

El tratado de Milton Friedman sobre “el dinero de otras personas” es bien conocido. La gente es más cuidadosa y eficiente con sus propio dinero que con el dinero de otros individuos, así como gastando más en sí mismos que en otras personas.

Una tercera idea es que la gente actúa de manera más eficiente cuando se responsabiliza completamente de los resultados positivos y negativos de sus acciones.

La jerarquía de la corporación viola todos estos principios de una forma bastante similar a la burocracia de un Estado socialista. Estas, en la cúpula de la toma de decisiones acerca del proceso de producción, probablemente sabe tan poco sobre cómo se hizo como, por ejemplo, el jefe de un antiguo ministerio industrial soviético.

Los empleados de una corporación, desde el Director General hasta el trabajador del taller, están gastando el dinero de otras personas, o usando los recursos de otras personas, para otras personas. Estos directivos, como observó Adam Smith hace 200 años, son “los directivos del dinero de otras personas más que del suyo propio”

Por su naturaleza, los incentivos administrativos sustitutos de la corporación son lo que Oliver Williamson llamó “incentivos de alta potencia” del mercado: el esfuerzo y la productividad están separados de la recompensa. Como Ronald Coase observó hace 70 años,

Si un trabajador se mueve del departamento Y al departamento X, él no lo hace a causa de un cambio en los precios relativos, sino porque le es ordenado.”

Esto puede, pienso, suponer que la marca distintiva de una corporación es la superación del mecanismo de precios.

Entonces, ¿por qué se da esta la situación? ¿Por qué la corporación abandona sistemáticamente los conocimientos básicos y los beneficios de empresa de un libre mercado, y se basa en los mismos tipos de planificación centralizada y burocrática que los partidarios del libre mercado correctamente crítican en el Estado? ¿Por qué la corporación funciona, a nivel interno, como una isla de operaciones sin mercado?

Un ensayo clásico de C. L. Dickinson, “Free Men for Better Job Performance”, fue reimpreso en la misma edición que mi artículo. Dickinson describe los efectos nocivos de la revolución de gestión y el estilo burocrático del gobierno corporativo. Él citó a Douglas McGregor (El Lado Humano de la Empresa): “muchos directivos están de acuerdo en que podrían duplicar la eficacia de sus organizaciones si pudieran descubrir, al menos, cómo aprovechar el potencial sin explotar de sus recursos humanos.”

Desafortunadamente, las condiciones estructurales del actual sistema excluyen, desde un principio, una organización que pueda aprovechar ese potencial. El sistema parte de una herencia de un proceso histórico (llamado “acumulación primitiva” por los historiadores radicales de diversas tendencias) en el que la tierra fue robada a gran escala a los campesinos en la temprana época moderna. El proceso incluyó la privatización (enclosure) de los campos abiertos (openfields), la anulación jurídica del copyhold y otros derechos tradicionales de tenencia de la tierra, y la privatización parlamentaria de la tierra comunal.

Como observó Murray Rothbard, cuando vemos una mayoría de campesinos pagando una renta a una pequeña clase de “propietarios” para acceder a la tierra que cultivan, seguramente, los cultivadores son los legítimos dueños y los “derechos de propiedad” de los terratenientes son una especie de ficción jurídica feudal derivada de la conquista o el privilegio. El efecto de esta variedad de “reformas agrarias” en la Era Moderna temprana fue transformar las tierras “propiedad” de la oligarquía, bajo la ficción legal feudal, en un derecho moderno de libre tenencia y en reducir a los legítimos propietarios a potenciales propietarios. El resultado de estas expropiaciones fue la expulsión de la mayoría de los campesinos fuera de sus tierras, la privación a un acceso independiente a los medios de producción y subsistencia, y forzarlos al mercado de trabajo –al mismo tiempo que su antigua propiedad se consolidó en manos de la plutocracia.

A medida que la revolución industrial se desarrollaba en Inglaterra, fue fomentada por el Estado una mayor acumulación de riqueza por las clases propietarias –forzando el intercambio desigual, el resultado de las restricciones coercitivas del Estado a la libertad de movimiento, de asociación y la libertad de negociación de las clases trabajadoras. Entre ellas figuraban las leyes de establecimiento (una especie de pasaporte interno que restringe la circulación de mano de obra en busca de mejores salarios) y las Combination Laws.

Centralización subsidiada

Las barreras de entrada del Estado, como la concesión de licencias y los requisitos de capitalización para los bancos, reducen la competencia en la oferta de crédito y aumentan su precio; la adjudicación de títulos artificiales sobre tierras desocupadas y descuidadas tiene un efecto similar. Como resultado, el acceso del trabajo independiente al capital está limitado; los trabajadores tienen que vender su fuerza de trabajo en el mercado; y los trabajadores tienden a competir por los empleos en lugar de los empleos por los trabajadores.

Los subsidios estatales a la centralización económica y a la acumulación de capital también aumentan artificialmente la utilización intensiva del capital y, por ende, la capitalización de la empresa dominante. La consecuencia de estas barreras de entrada es reducir el número de empleadores que compiten por la fuerza de trabajo, al tiempo que aumenta la dificultad de los pequeños propietarios para poner en común su capital y crear empresas competidoras.

El legado acumulado de estos actos del Estado a través del robo, y la actual situación de intercambio desigual forzado, determina las bases estructurales básicas de la economía actual. Esto incluye enormes concentraciones de riqueza en pocas manos, la propiedad ausente de capital a gran escala por inversores, y una fuerza de trabajo contratada que trabaja sin la propiedad de los medios de producción.

Necesariamente, por tanto, los propietarios ausentes tienen que recurrir a los expedientes de la jerarquía y la autoridad de arriba a abajo para obtener el esfuerzo de una fuerza de trabajo que no tiene ningún interés racional en maximizar su propia productividad. El concepto de “satisfacción” de Oliver Williamson es aquí relevante. Los trabajadores tienen interés en mantener solo la productividad suficiente para mantener sus puestos de trabajo y en aumentarla lo suficiente para recibir las limitadas recompensas disponibles, pero no tienen un interés racional en maximizarla per se, porque cualquier aumento adicional en la productividad por encima del mínimo será probablemente apropiado por la dirección.

La jerarquía necesariamente se traduce en un divorcio entre el esfuerzo y la recompensa y el conocimiento productivo y la autoridad. Cada peldaño de la autoridad interfiere en los esfuerzos de aquellos que saben más acerca de lo que están haciendo; cada peldaño de la autoridad solo recibe la información filtrada desde la base fundada en lo que quiere oír, y cada peldaño de la autoridad es responsable solo ante aquellos que están más arriba en la cadena de mando, que son menos responsables y están menos en contacto con la realidad. La jerarquía, en definitiva, es una ilustración en un libro de texto en una situación de suma ceroque tiene como resultado en la sustitución de las relaciones de mercado por las de poder.

La solución obvia es la cooperativa de trabajadores, por unir los conocimientos con la autoridad y la recompensa con el esfuerzo a través de la abrumadora mayoría del conocimiento jerárquico de la corporación y los problemas de la empresa, del mismo modo que una espada atraviesa el nudo gordiano. El conocimiento distribuido entre quienes se dedican a la producción se aplicaría directamente sobre el proceso de producción bajo su propia autoridad, sin la intervención de equipos de sugerencias y “comités de inspección de la calidad”.El problema de la ingeniería social de salarios y beneficios a fin de “animar a la gente a trabajar” desaparecería, la eliminación de privilegios e ingresos no ganados y la percepción del trabajo de su producto completo, recompensará el trabajo directamente en función de su esfuerzo.

Pero esta solución está excluida por el sistema estructural desde sus mismas premisas: riqueza concentrada y propiedad ausente. Por lo tanto, la corporación jerárquica es adoptada como una especie de recurso de Rube Goldberg, los medios disponibles más racionales han dado presupuestos fundamentalmente irracionales.

Mercado exterior, planificación interior

La jerarquía corporativa también interfiere en la eficiencia de otra forma: mediante la sustitución de las relaciones de mercado por la planificación. Internamente, la corporación sustituye los intercambios de mercado por la planificación central. Los precios simulados se establecen a través de un sistema de contabilidad interna, necesariamente, ficticios. Incluso cuando utilizan los precios exteriores del mercado como una aproximación, las condiciones en las que los precios externos se formaron no coinciden con las relaciones de oferta y demanda dentro de la corporación. Pero más a menudo, los precios de transferencia interna se asignan a bienes que no están en el mercado externo, como los bienes intermediarios exclusivos a una empresa; en cuyo caso, los precios se basan en el coste más el margen de beneficio. Como ha observado Seymour Melman en el caso de los contratistas del Pentágono (la economía de guerra permanente), la asignación del precio de costo crea incentivos perversos para maximizar, en lugar de reducir al mínimo, los costes.

El ideal, en términos de eficiencia, es la asignación de los bienes enteramente a través de un auténtico mecanismo de precios, con el mínimo de integración vertical. En la medida en que el proceso de producción implica una serie de medidas discretas y divisibles, la mejor forma de evitar problemas de información e incentivos es separar los pasos en contratos separados y específicos, organizados por empresas separadas, bajo la forma interna de una cooperativa de trabajadores.

Cada paso, aunque es desconocido en el exterior, forma una perspectiva ideal para la recolección de toda la información pertinente para su examen por un solo grupo de toma de decisiones. En un régimen de autogestión empresarial, la misma gestión electa considera los precios relativos de los diferentes insumos productivos, y el precio del producto finalizado, esto también es experimentado en el actual proceso de producción en el que se utilizan insumos. Ellos son los más cualificados, de entre todas las personas, para decidir tanto la prioridad relativa de los insumos productivos que deberían ser economizados como de los métodos de organización de la producción técnicamente más eficaces con el fin de economizar los insumos (esto es, la combinación de las funciones “empresarial” y “técnica” de Mises sin la intermediación de varios peldaños de jefes).

Con igual importancia, a diferencia de la producción dentro de la jerarquía de la corporación, la producción de los trabajadores dentro de un organismo independiente de productores cooperadores internaliza todos los costes y beneficios de sus decisiones con respecto a la producción. A diferencia del caso dentro de la jerarquía corporativa, no hay un conflicto de intereses como resultado de la adopción de decisiones por parte de los administradores, que pueden obtener beneficios de un aumento de la productividad, mientras que los trabajadores solo sufren mayores cargas de trabajo.Para un régimen de autogestión de las unidades de producción, cualquier decisión relativa a los métodos de producción supondrá sopesar los costos y beneficios, lo cual es totalmente internalizado por quienes toman las decisiones.

Desde una perspectiva exterior, por otro lado, contratando empresas es posible hacer una virtud de la necesidad en el tratamiento de una determinada fase de producción organizada como una empresa separada, cuya actividad interna es desconocida. El contratista externo y la corporación jerárquica interna, igualmente, ignoran los tejemanejes del interior de la empresa. La diferencia es que un contratista externo, a diferencia de los inconvenientes (apparatchiks) que se plantean en una jerarquía corporativa, no necesita saber qué pasa en el proceso interno de la producción, y no puede interferir en aquello que no entiende. Mientras los insumos (preferiblemente en términos monetarios) se especifican en el contrato y los resultados son verificables y exigibles, lo que pasa dentro del proceso no es problema del contratista.

Si el contrato ideal es el “fuerte de entrada, gracias a un acuerdo claro y fuerte de salida, de rendimientos visibles” de Ian R. MacNeill, entonces es mucho más simple y menos costoso para supervisar los contratos especificados “de entrada” y “de salida” que yendo a través de los límites de la empresa para vigilar el uso interno de los insumos en el proceso de producción. La parte contratante no tiene la necesidad de preocuparse por la eficiencia interna del proceso de producción, ya que ha externalizado la responsabilidad de las decisiones sobre la mejor manera de organizar la producción a los que se dedican a ella. Y la otra empresa, si es de propiedad cooperativa autogestionada por sus trabajadores, está singularmente calificada para organizar la producción más eficientemente, dadas las específicas entradas y salidas. Tanto la autoridad para organizar la producción y la productividad como los beneficios de hacerlo de la forma más eficiente, han sido internalizados por los que tienen el conocimiento más cercano del proceso de producción.

Pero –de nuevo- la intervención del Estado en el mercado plantea obstáculos casi insuperables a esta forma de organización. El Estado promueve la jerarquía artificialmente a expensas de los mercados mediante la subvención de los costos de los insumos de las empresas a gran escala y protegiendo a las grandes corporaciones contra los mal pesados efectos de ineficiencia de la competencia. Se le subvenciona el transporte a larga distancia y, de este modo, se infla artificialmente el mercado y el tamaño de la empresa. Su diferencia de ventajas fiscales por deuda de la corporación y la depreciación del capital (o más exactamente, sus diferentes sanciones fiscales que no participan en esas actividades) fomentan las fusiones y la adquisición excesiva de capital intensivo para formas de producción con altos costos de entrada. Sus regulaciones cartelizadas, además, limitan la competencia en la calidad y las características del producto. Por lo tanto, el límite entre la jerarquía y el mercado es artificialmente alterado con la intención de que las empresas dominantes sean mucho más grandes, más jerárquicas y estén más integradas verticalmente de lo que sería en un mercado libre.

Lo que el Estado llama leyes de “propiedad intelectual”, específicamente, son una fuerza poderosa para la cartelización. Muchos oligopolios industriales fueron creados por el control de las patentes (por ejemplo, AT&T se basó en el sistema de patente de Bell) o el intercambio de los mismos (Ge y Westinghouse). Las patentes también permiten a las corporaciones restringir el suministro de piezas de repuesto para sus productos, de tal modo que la reparación de un aparato o un coche es artificialmente cara en relación a la alternativa de comprar uno nuevo. De esta forma se facilita un modelo de negocio basado en la obsolescencia planificada, las grandes producciones en serie y la distribución forzada.

La “propiedad intelectual” también promueve la jerarquía artificial, incluso en sectores donde el nivel mínimo de capitalización ha dejado de ser una barrera eficaz para el autoempleo. Una de las justificaciones originales de la jerarquía corporativa es que la enorme escala de incluso la mínima capitalización, en la industria del entretenimiento y la información, es una barrera de entrada: para iniciar un periódico, emisora de radio, estudios cinematográficos, editoriales, discográficas es necesario, como mínimo, un desembolso de varios cientos de miles de dólares. El resultado es, necesariamente, que los medios de comunicación se concentraron en el poder de unas pocas corporaciones guardianas.

Cambio Revolucionario

Pero, como ha observado Yochai Benker en La Riqueza de las redes, la revolución digital ha reducido el coste del número básico de bienes de equipo –el ordenador personal- a menos de mil dólares. Y el equipo suplementario y el software de muy alta calidad de edición, edición de sonido, podcasting, etc. pueden ser obtenidos por unos cuantos miles de dólares más. La habilidad de transmitir información digital en internet, a un coste marginal nulo, hace obsoletas las operaciones de marketing de los dinosaurios corporativos.

La única fuente de poder de los guardianes es la estatista “propiedad intelectual” monopólica –que explica por qué Microsoft, la RIAA y MPAA han realizado dichas legislaciones draconianas sobre derechos de autor para protegerse de la competencia en el mercado. El intrusivo DRM (gestión de derechos digitales) utilizado por Microsoft y las compañías de entretenimiento, y las sanciones legales para evitar que, en efecto, los ordenadores, al margen de la ley, hagan aquello para lo que están hechos: para la reproducción y el intercambio de información digital. Sin derechos de autor y monopolios de patentes, la producción de entretenimiento e información por trabajadores autoempleados sería probablemente la norma en el software, la música y la edición. (No es probable que coincidan, por cierto, las industrias que dependen de la “propiedad intelectual”, los monopolios son los principales sectores rentables de la economía mundial. Se trata de un caso de reproducción artificial de la “ventaja comparativa”, creado por el Estado erigiendo barreras a la difusión del conocimiento y la técnica. La mayoría de las industrias rentables son aquellas cuyos beneficios superan las rentas o peajes de acceso a la propiedad artificial.)

El problema no es la jerarquía en sí, sino las políticas gubernamentales que los hacen prevalecer artificialmente. Sin duda alguna, la producción a gran escala existirá en un mercado libre, así como algún empleo asalariado y la propiedad ausente. Pero en un mercado libre la escala predominante de la producción sería probablemente mucho más pequeña, y el autoempleo y la propiedad cooperativa estarán más generalizados que en la actualidad. La ganancia empresarial sustituirá las permanentes rentas de la propiedad artificial y otras formas de privilegio. Si la Revolución Industrial hubiera tenido lugar en un verdadero libre mercado, en lugar de una sociedad caracterizada por el respaldo estatal al robo y el privilegio, nuestra economía, hoy, estaría probablemente mucho más cerca de la visión de Lewis Mumford que de la de Joseph Schumpeter y Alfred Chandler.