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El Futuro de la Justicia, o el Complejo Judicial-Industrial

Gallardón

Entre 100 y 1.200 € tendrán que pagar las personas físicas en el Estado español para recurrir en los tribunales de lo civil (conflictos de propiedad y contractuales), lo social (conflictos laborales) y lo contencioso-administrativo (conflictos con la administración). Las jurisdicciones penal y militar quedan por ahora exentas. Así lo establece la Ley 10/2012 del 20 de noviembre, que entró en vigor el 21 pero que no se aplicará hasta dentro de unas semanas, cuando estén listos los formularios para hacer los pagos. [1] Nos dice el ministro de Justicia Alberto Ruiz Gallardón que esta medida paradójicamente es necesaria para preservar la gratuidad de la justicia. Supongo que el gobierno nos toma por tontos.

Como se puede comprobar enla Disposición FinalCuarta del texto, el gobierno ha aprovechado esta ley para hacerles un regalo de navidad a los funcionarios judiciales. Ha utilizado la misma estrategia de introducir una medida impopular en una ley sin relación para que pase desapercibida a periodistas poco avispados. Ya lo hizo el gobierno de Zapatero con la llamada Ley Sinde, que, recordemos, era un apartado dela Leyde Economía Sostenible. Esto confirma que nos toma por tontos.

Este recorte es más oneroso que los recortes en la sanidad o la educación estatales. Mal que bien, cualquiera puede evadir algunos impuestos y aprovecharse todo lo posible de los servicios estatales gratuitos. Mientras, los seguros médicos, los colegios y las universidades privados seguirán allí para cuando la carga tributaria y las tasas sean tan insoportables que no merezca la pena acudir a los servicios estatales. Pero los tribunales estatales son monopólicos, el Estado eliminaría cualquier intento de crear otros tribunales paralelos. Por tanto, cuando hay que resolver una cuestión legal o un conflicto o denunciar una agresión, no queda más remedio que pagar al Estado lo que el Estado pida. [2]

En casi todos los ámbitos del Estado español se observa desde hace años una tendencia a externalizar los servicios, que son gestionados por empresas privadas subcontratadas en concurso público. Si en la justicia se sigue también la misma tendencia privatizadora, el futuro se presenta aún más tenebroso.

Si esto sigue así, en unas décadas un pequeño conjunto de empresas, un complejo judicial-industrial, serán las responsables de la gestión de todo el papeleo jurídico, la celebración de los juicios y demás parafernalia legal. Veremos trabajadores jurídicos precarios y larguísimas cadenas de empresas subcontratadas por otras empresas. La ley se seguirá elaborando exclusivamente en las instituciones del Estado, y estas empresas tendrán el monopolio sobre su aplicación. Esto les proporcionará una copiosa tasa de beneficios gracias a una demanda constante y asegurada, ante la que no serán responsables.

Habrá un solapamiento evidente entre los altos cargos del Estado y los accionistas mayoritarios y altos cargos de estas empresas, igual que lo ha habido y lo hay con empresas privadas del sector energético o del complejo militar industrial, por dar dos ejemplos. Esto hará sumamente sospechosa la neutralidad de los concursos públicos en los que se contratará a estas empresas, y nos advierte de que no cabrá esperar de ellas una mayor eficiencia o un mejor servicio.

Con este movimiento el Estado entrará en una nueva fase. El Estado mantendrá el monopolio forzoso sobre la ley y el uso de la fuerza, pero cobrando como una empresa privada, a pesar de que seguiremos pagando impuestos (cada vez más). De este modo la clase dominante, a través del Estado, extraerá la plusvalía directamente por medios políticos.

Ésta no es una anomalía puntual del funcionamiento del Estado, sino que es una consecuencia de su naturaleza misma. El Estado es una institución basada en la violencia, que coloca forzosamente a algunos seres humanos bajo la voluntad de otros. Aunque a corto plazo se pueden esperar algunos buenos resultados, en el mundo no hay suficientes santos como para que un ser humano imperfecto no acabe en una posición de poder y la utilice – quizá sin siquiera ser consciente de ello – para sus propios fines, a costa de los demás.

Por tanto, los problemas de la justicia en España y la previsible dificultad de acceder a ella, no pueden ser resueltos con nuevas leyes y nuevos políticos, al menos no si se busca una solución a largo plazo. Podemos imaginar una sociedad en la que no haya una ley monopólica, donde distintos sistemas legales, promovidos por tribunales independientes, empresas privadas de seguridad, cooperativas, filés o asambleas vecinales, se solapen en un mismo territorio sin que ninguna llegue a ser hegemónica. Aunque ahondar en los detalles excede el objetivo de este artículo, podemos imaginar que las leyes no serán escritas por políticos según su percepción de lo que les conviene a los demás [3], sino que cada persona elegirá el sistema que juzgue más conveniente para sus intereses. El orden que espontáneamente surja del equilibro entre los distintos intereses, y de la igualación de la oferta y la demanda en el libre mercado, dará una ley apropiada para cada momento y lugar.

***

[1] Sí, esto es tan ilegal como parece. Durante ese tiempo probablemente no se podrán tramitar los casos.

[2] De todas formas, es posible que tomarse la justicia por la propia mano salga rentable en algunos casos, si alguien provoca a su agresor daños de modo que por las tasas no le resulte rentable denunciarlos a su vez.

[3] Eso siendo optimista. En el peor de los casos, según su percepción de lo que les conviene a sí mismos.

¿Qué tal un poco de verdadera austeridad?

He traducido para el Centro para una Sociedad sin Estado el último artículo de David S. D’Amato, “¿Qué tal un poco de verdadera austeridad?”:

http://es.c4ss.org/2012/06/27/que-tal-un-poco-de-verdadera-austeridad/

Original: http://c4ss.org/content/10736

Es un artículo muy oportuno para los tiempos que corren, en los que instituciones supraestatales como la UE o el FMI imponen a los estados medidas clamando a la austeridad, a la vez que no ven ninguna contradicción con ello en que se paguen rescates millonarios a instituciones financieras (y, recientemente, también a las autopistas).

El federalismo: una reflexión a propósito de Pi i Margall

En La idea federal en España, Villacañas Berlanga disecciona el federalismo español del siglo XIX, con especial atención en Pi i Margall. Allí se leen citas tan interesantes como ésta, extraída de  su La reacción y la revolución (1855):

“Nuestro principio es la soberanía absoluta del individuo; nuestro objeto final la destrucción absoluta del poder y su sustitución por el contrato; nuestro medio, la descentralización y movilización de los poderes existentes.”

Aquí se aprecia con claridad que Pi i Margall no era un republicano al uso, sino un libertario. Y confieso que esta perspectiva gradualista me convence cada vez más. A corto y medio plazo, una España descentralizada en multitud de estados federales con amplias atribuciones en materias de recaudación y gasto podría ser una buena solución para limitar el tamaño del Estado. La competencia fiscal entre federaciones promovería bajas tasas de impuestos, y la ausencia de un Estado central redistribuidor (falazmente solidario) limitaría el gasto, al tiempo que proporcionaría más incentivos para el desarrollo regional. En última instancia, la adhesión a la federación debería ser voluntaria. Mutualismo y laissez faire, también en política.

Aunque el debate sobre la monarquía no es urgente ni esencial, tampoco sería excesivo reivindicar la I República frente a la II, liberticida y estatista.

 

Pi i Margall, un mutualista célebre

Hojeando algunos capítulos de La reacción y la revolución (1855), de Pi i Margall, he encontrado material interesante que servirá para enriquecer nuestra Historia del análisis mutualista. Algunos párrafos lo delatan como un auténtico libertario, si bien algo más intervencionista -a corto plazo- de lo que seríamos hoy en materias como la legislación laboral y la educación. Se aprecia la influencia de Proudhon en temas como el libre contrato, la soberanía individual o el derecho de propiedad; bases para una reforma de la sociedad que consistiría en descentralizar el poder y abolir los privilegios económicos. Os pego un fragmento del capítulo VII (la negrita es mía):

Mas examino atentamente las condiciones de esta nueva sociedad, y observo que para fundarla, no sólo es necesario acabar con la actual organización política, sino también con la económica; que es indispensable, no ya reformar la nación, sino cambiar la base; que a esto se oponen infinitos intereses creados, una preocupación de siglos que nadie aún combate, una ignorancia casi completa de la forma y fondo de ese mismo contrato individual y social que ha de sustituir la fuerza; que esta oposición, hoy por hoy, hace mi sociedad imposible. No por esto retrocedo; digo: La constitución de una sociedad sin poder es la última de mis aspiraciones revolucionarias; en vista de este objeto final, he de determinar toda clase de reformas.

¿Me conduce a este objeto la creación de un poder fuerte? Si todo poder es en sí tiránico, cuanto menor sea su fuerza, tanto menor será su tiranía. El poder, hoy por hoy, debe estar reducido a su menor expresión posible.

¿Le da fuerza la centralización? Debo descentralizarlo. ¿Se la dan las armas? Debo arrebatárselas. ¿Se la dan el principio religioso y la actual organización económica? Debo destruirlo y transformarla. Entre la monarquía y la república, optaré por la república; entre la república unitaria y la federativa, optaré por la federativa; entre la federativa por provincias o por categorías sociales, optaré por la de las categorías. Ya que no pueda prescindir del sistema de votaciones, universalizaré el sufragio; ya que no pueda prescindir de magistraturas supremas, las declararé en cuanto quepa revocables. Dividiré y subdividiré el poder, lo movilizaré, y lo iré de seguro destruyendo.

¿Sobre qué legisla hoy el poder público? Hoy legisla aún sobre mis derechos naturales; los pondré fuera del alcance de sus leyes. Hoy legisla aún sobre mi propiedad; la anularé sobre los instrumentos de trabajo, y la proclamaré sobre los frutos de mi inteligencia y de mis manos completamente inlegislable. Rebajaré sin cesar su facultad legislativa; con ella, como es natural, la ejecutiva; y no le dejaré al fin con más atribuciones que la de saldar el debe y el haber de los intereses generales.

En contra de la SOPA y la PIPA

Como muchos sabréis la wikipedia inglesa está cerrada.  Pero no es la única página, WordPress está en negro (afortunadamente a los blogueros nos dejan escribir), Mozilla también, y muchas más muestran su rechazo (como Google).

 

 

Pero, ¿qué es la SOPA?, es un proyecto de ley que pretende proteger la “propiedad intelectual” y tener controlada la red. En cierto modo quieren destruir la seña de identidad de internet, pretenden acabar con la libre circulación de información, pretenden extender su control mediante estas leyes. Pero éste no es el primer paso, previamente para defender los derechos de Copyright ya crearon el tratado ACTA:

http://www.mutualismo.org/2009/11/tratado-acta-sobre-el-copyright/

http://es.c4ss.org/2009/11/14/el-tratado-acta-es-una-dmca-aumentada-carson/

Hoy es un mal día para la comunidad de internautas, pero estos gestos desde diferentes lugares muestran que la comunidad de internautas no se amedrenta tan fácilmente. No les será tan fácil tenernos atados.

Los mutualistas olvidados

En este blog hemos hablado alguna vez de Clarence Lee Swartz, Francis Tandy, Dyler Lum y otros mutualistas norteamericanos mal tratados por la historia. Pero todavía hay una tradición más olvidada, por escribir: la de los mutualistas españoles de mediados del siglo XIX. Con frecuencia partidarios de la República federal y, por tanto, difíciles de distinguir del republicanismo corriente; confundidos con el obrerismo ingenuo de los socialistas utópicos; envueltos en una época convulsa, plagada de golpes de Estado e ideologías fugaces -como el cantonalismo-; y, finalmente, marginados deliberadamente por el anarcocolectivismo posterior, a veces se puede hasta dudar de la existencia de estos mutualistas.

Pero existieron, sin duda. Gente como Rafael Farga i Pellicer, cooperativista y federalista, que más tarde se pasaría al bakuninismo. También Pi i Margall, el mismo presidente de la Primera República, simpatizaba con la idea proudhoniana de “reemplazar el gobierno por el contrato”, y tradujo buena parte de su obra. Y hace poco, investigando sobre el modernismo barcelonés, llego a la persona de Ildefons Cerdà, un ingenierio que, “influido por Hegel y la máquina de vapor, por Proudhon y el romanticismo”, colaboró mediante su labor estadística con la huelga de 1855, al tiempo que simpatizó con el obrerismo y el republicanismo federal más radical, ejerciendo de videpresidente en la Diputación de Barcelona -que, tras la revolución de 1873 se convertiría, por momentos, en un auténtico “estado catalán”-. Paradójicamente, este hombre es el artífice del Eixample de Barcelona, paradigma de planificación central urbana.

Si alguien sabe algo más acerca de estos “mutualistas olvidados”, le agradecería que compartiera sus conocimientos con nosotros.