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Los mutualistas ante la crisis

Durante los últimos meses hemos visto cómo nuestro poder adquisitivo decrece, montones de bancos y compañías inmobiliarias quiebran y legiones de trabajadores son despedidos como consecuencia de todo ello. Todos parecen estar de acuerdo en que los empresarios han cometido errores, pero difieren en la razón por la que lo han hecho: unos aprovechan para achacarlo al libre mercado (incluso invocan por vigésimo quinta vez su inminente caída), mientras los otros apuntan a los bancos centrales, que –nos dicen- envían señales erróneas a los empresarios.

¿Qué dice la ciencia económica de todo esto? Y, ¿qué soluciones tiene el mutualismo para solucionarlo? Eso es lo que pretendemos tratar aquí.

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Cálculo económico comunista III

Perdona la tardanza Ardegas. Tomo otra vez el debate, después de un tiempo de descanso. Venimos de aquí.

En cuanto al punto de la pobreza, hube de puntualizar que no damos garantías como no puede darlas ningún sistema, pero sí tenemos argumentos razonables para suponer que será eliminada.

Sin entrar a valorar la imperfección del sistema de precios (que sin duda lo es, y los austriacos no pretendieron negarlo), los salarios bajos son una señal a los empresarios de que la mano de obra está siendo utilizada de forma subóptima, es decir, muy por debajo de su productividad marginal –o de su potencial productividad marginal en un sistema más intensivo en capital- y que, por tanto, es rentable demandar trabajo de esos países hasta que los salarios se igualen con la productividad marginal, descontando el interés y los costos de transporte hasta el mercado de los productos.

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¿Una solución comunista al cálculo económico? (II)

 

Ardegas ha respondido en su blog a mi réplica de Robin Cox, con lo que continuamos con el debate sobre el cálculo económico en el comunismo libertario.

 

Respecto a que Cox se refiere al “mercado” actual y no al genuino mercado libre que propugnamos los mutualistas, Mises y Hayek podían responder exactamente lo mismo en relación a los reproches de aquel. De todos modos, si Cox quiere desmontar el modelo teórico austriaco del mercado, que parte del supuesto de que no existen barreras arbitrarias a la competencia, debe demostrar que en ese contexto existen tales fallas; de lo contrario, está refutando un muñeco de paja.

 

 

En cuanto a este punto, es cierto que nosotros no podemos garantizar al cien por cien la desaparición de la pobreza; en realidad, no podemos garantizar ni un solo punto de nuestro sistema, de la misma forma que ni siquiera el estatismo actual puede garantizar su continuidad dentro de 24 horas.  Ahora bien, ¿es probable que funcione la anarquía de mercado? Y, ¿es probable que dentro de 24 horas continúe el Estado? Eso es lo que podemos discutir.

 

Mises pretendió demostrar que el socialismo, según los planes de los socialistas de su época –esto es lo importante-, era imposible. Es imposible prever que algún día pueda idearse un sistema que lo haga viable.

 

 

Ahora vayamos al grano.

El problema de ciertas externalidades, como la contaminación que producen los coches, creo que podría resolverse penalizando su producción, en lugar de ir pidiendo indemnizaciones individuales al sinnúmero de propietarios de vehículos. La tasa que debería aplicarse en cada caso deberán juzgarla los expertos y los tribunales de arbitraje ad hoc, en cualquier caso, suponemos que tienen incentivos para hacerlo bien.

 

 

Sobre el ejemplo de los individuos que truecan sus mercancías, comentas:

 

“La “valoración mutua” de la que hablas, solo queda clara en un ejemplo sencillo como este, ya que en una organización económica compleja, en la que las personas no se conocen entre sí, no se puede decir que los ingresos estén determinados por “valoraciones mutuas”. Estos precios e ingresos están influidos por muchas variables, entre las que entran en cuenta hechos que no tienen que ver con la “capacidad productiva” de las personas, como sus conexiones personales, el encontrarse con ventajas monopólicas, la capacidad de negociación, herencias, o la simple suerte que se tenga.”

 

Si con “solo queda clara en un ejemplo sencillo” quieres decir que es más evidente en este ejemplo que en la vida real, lo admito. Pero eso no le resta ni un ápice de verdad, aunque haya medio de cambio y una red de complejas relaciones mercantiles de por medio.

Ahora, tienes razón en que herencias, suerte, etc. pueden jugar un papel importante en la capacidad adquisitiva a nivel individual pero, ¿tiene relevancia a nivel de una sociedad? Y lo más importante, ¿extirpar ese mal supone más perjuicio para la sociedad que mantenerlo? Esa es la verdadera pregunta que debemos hacernos.

 

Tienes razón en que en ocasiones es difícil medir la productividad marginal de cada individuo, sobretodo en las grandes corporaciones que dominan el panorama económico actual –tengo pensado tratar ese tema en el blog próximamente.

 

 

Después apuntas sobre el sistema bancario:

 

 

“Por lo tanto, aunque se argumente que el sistema de libre acceso tenga problemas de cálculo económico, no se puede negar que la eliminación del sistema bancario y financiero liberaría una gran cantidad de recursos. Esta es una ventaja importante del comunismo libertario. Hay quienes estiman que los recursos liberados serían de la mitad de los utilizados en la economía actual.”

 

Solo tiene sentido discutir este punto suponiendo, como dije antes, que en el sistema anarcocomunista los “recursos liberados” compensen los “recursos derrochados”, por tanto, pasemos al tema central…

 

 

 

Robin Cox nos dice:

 

 

Asumamos que, por cualquier motivo, la tasa de rotación de existencias se incrementa rápidamente en digamos 2000 latas por mes. Esto requerirá entregas más frecuentes o, alternativamente, entregas más grandes. Posiblemente la capacidad del punto de distribución no sea lo suficientemente grande para acomodar la cantidad extra de latas requeridas, en cuyo caso se optará por entregas más frecuentes. Se podría también aumentar su capacidad de almacenaje, pero esto talvez tome algo más de tiempo. En cualquier caso, esta información será comunicada a los proveedores. Estos proveedores, a su vez, pueden necesitar más hojalata (lámina de acero cubierta de estaño), para hacer más latas, o más judías, para ser procesadas, y esta información puede similarmente ser comunicada en la forma de nuevas órdenes a los suplidores de esos artículos que se encuentran más abajo en la cadena de producción. Y así por el estilo. Todo el proceso es, en gran parte, automático – o auto-regulado – siendo conducido por las señales de información dispersa de los productores y consumidores sobre la oferta y la demanda para bienes, y, como tal, está muy alejada de la burda caricatura de una economía de planificación centralizada.

 

 

La comunicación puede pasar, como supone Cox, perfectamente de un actor de la producción a otro hasta que llegamos a los extractores de estaño, con el que se fabrica el envase de las judías. En este punto, debemos hacernos la pregunta que Cox ha estado evadiendo durante todo el párrafo; ¿en qué proporciones ha de asignarse el estaño para sus respectivas demandas? ¿qué porcentaje del cobre disponible debe utilizarse en la producción de latas de judías y qué porcentaje a todos los demás productos manufacturados que se fabrican con él?

 

Ante este contratiempo Cox  menciona un recurso llamado “el colchón de existencias”, que es un porcentaje de los bienes en cuestión que se almacena para evitar que el aumento repentino de la demanda produzca una escasez. Pero en realidad, este tampoco supera el costo de oportunidad, como Cox supone, sino que él mismo necesita, a su vez, una evaluación de los costos de oportunidad para saber qué cantidad de recursos deben destinarse al “colchón” y, a pesar de todo, solo conseguiría retrasar la disyuntiva de a dónde asignar los recursos hasta el momento en que el colchón se consuma.

 

En este punto cabrá preguntarse: necesitamos más tierra, trabajo y capital para satisfacer la mayor demanda de estaño (podemos obviar la naturaleza escasa del estaño), ¿de qué actividades desviaremos esa tierra, ese capital y ese trabajo que necesitamos? En este punto solo se puede apelar a la intensidad de la demanda de los consumidores del resto de bienes, y hacer una comparación muy precisa –tal y como hacen los precios- entre ellos para retirar la tierra, el trabajo y el capital necesarios para nuestra actividad –y que deben ser compatibles con ella- de la producción de bienes de escasa valoración.

 

El problema del comunismo está, pues, en que le es imposible comparar todos bienes necesarios a los consumidores de una manera tan precisa como se requiere. Para este propósito no serviría la “tasa de rotación de existencias” puesto que esta compara magnitudes diferentes entre sí: no nos dice nada en relación a la intensidad de la demanda que la “tasa de rotación” diaria de zapatos sea de 100 y la de calcetines sea de 200, puesto que a pesar de la mayor tasa de los calcetines, los consumidores podrían preferir renunciar a estos antes que a los zapatos.

 

En cuanto a la ley del mínimo, Cox nos dice:

 

 

Cuando un factor en particular es limitado en relación a las múltiples demandas que recaen sobre él, la única manera en que puede ser “ineficientemente asignado” (aunque esto en última instancia es un juicio de valor) es escogiendo “incorrectamente” a cual uso final particular debe de ser asignado (un punto que consideraremos en breve). Fuera de eso, no se puede usar mal o asignar mal un recurso si simplemente no está disponible para ser mal asignado (esto es, cuando hay un inadecuado o inexistente colchón de existencias en el estante, por decirlo así). Por necesidad uno se ve obligado a buscar una alternativa más abundante o substituto (lo que sería el comportamiento sensato en esta circunstancia).

 

Pero no indica con qué criterio se busca la alternativa más abundante o el sustituto.

 

 

Al terminar la explicación práctica de la Ley del Mínimo, continúa:

 

Nótese también que reconoce y pone en operación el concepto de costos de oportunidad con que el ACE está ostensiblemente preocupado. Así, si deseamos desviar 4 unidades de N fuera de la producción de Y a la producción de cualquier otro bien – llamémoslo Z – entonces sabremos muy bien lo que hemos perdido al haber cortado los suministros de N necesarios para producir Y. Las 2 unidades de N con las que quedamos después de que las otras 4 han sido desviadas a Z solo serán suficientes para la producción de 1 unidad de Y. Mientras que antes podríamos haber producido 2 unidades de Y donde M era el factor limitante, desviando 4 unidades de N a Z significaría, en efecto, que N reemplazaría a M como el factor limitante al producir, y que el costo de oportunidad de desviar 4 unidades de N a Z nos daría la pérdida de una unidad de Y.

 

Pero realmente vuelve a escapar la cuestión esencial: de qué forma “pone en operación el costo de oportunidad”. Es verdad que mediante “la ley del mínimo” puede fácilmente determinarse qué se pierde al desviar un determinado factor de producción o insumo a producir otro bien, pero no nos indica de ninguna forma en qué proporciones debe desviarse.

 

 

En conclusión, la ley del mínimo tampoco soluciona nuestro problema porque el factor más escaso, que es el que según esta teoría debería ahorrarse, es imposible de reconocer sin saber antes la intensidad de la demanda de los consumidores, ya que esta no es un valor absoluto, sino una relación entre las existencias y la intensidad con que se requiere el bien. Un factor escaso es un factor muy demandado en relación con su oferta.

 

Por último, la jerarquía de las necesidades no ayuda en esta cuestión porque existen infinidad de bienes considerados “primarios”, “secundarios”, “terciarios”, etc., lo que nos impide compararlos entre sí. Para resolver esta cuestión, el comunismo necesitaría que cada uno de sus componentes elaborase una jerarquía valorando las decenas de miles de bienes que se producen en la sociedad en una escala que, para ser útil, debería abarcar al menos 10.000 cifras y tener en cuenta las peculiaridades de los factores de producción concretos que en ocasiones hacen imposible que determinada porción de trabajo, tierra o capital se transfiera de un sector a otro.

 

Y aun si esto fuera posible –lo cual es muy dudoso-, la centralización y el procesamiento de las precisas y exhaustivas encuestas de los consumidores haría perder al “socialismo descentralizado” la ventaja que posee con respecto al “socialismo centralizado”; la flexibilidad.

El Mutualismo Austriaco

Muchos anarcocapitalistas suelen presentarse como “anarcoindividualistas austríacos”, lo que tiende a perpetuar la confusión de que la teoría del valor-trabajo es inherente a la filosofía política mutualista –que Rothbard consideraba, en su tiempo, “aun no superada”-.

Esto es fruto del error de suponer que la aceptación de los conceptos económicos austriacos, por ejemplo, del interés y de la productividad marginal, supone aceptar también las concepciones morales sobre dichos conceptos de los autores que los formularon. En general, Tucker o Proudhon podrían llegar a asimilar la teoría económica austriaca sin corregir sus concepciones morales con respecto a los temas tratados por ella, dirigiendo de la misma forma sus ataques contra la usura o la explotación del hombre por el hombre; de la misma forma que David Ricardo no dejaba de sancionar el capitalismo a pesar de suscribir la teoría del valor-trabajo.

El primer error consiste en pensar que los austriacos refutaron la concepción socialista que sostiene que, bajo el capitalismo [1], los beneficios del empresario proceden del trabajador. [2]

La Escuela Austriaca desarrolló el concepto de la productividad marginal de los factores de producción –entre ellos el trabajo-, según el cual la productividad de cada unidad de factor puede valorarse en términos de la pérdida de rendimiento que produciría la desaparición de dicha unidad. Por ejemplo, si dados 20 trabajadores y 10 máquinas la producción es de 100 zapatos y, al retirar un trabajador, la producción desciende a 90, la productividad marginal del trabajo será la diferencia entre ambas producciones: 10.

Según los austriacos, el precio de cada factor de producción tiende a igualarse con su productividad marginal -descontando el interés-, pues de lo contrario, el “beneficio neto” producido por la diferencia entre ambos atraería a otros empresarios hasta que este desapareciera por completo. En el caso que hemos expuesto, si el salario del trabajador equivaliera a 6 zapatos, los empresarios demandarían trabajadores hasta que tal salario se igualara a su productividad, esto es, 10. De esta forma, la ganancia del capitalista quedaría reducida al interés (que trataremos más adelante).

Lo que no suelen mencionar los economistas austriacos tan a menudo es que tal competencia está artificialmente limitada por el Estado y, por tanto, los “beneficios netos” producidos por la disparidad entre salario y productividad muy a menudo no llegan a liquidarse o, lo que es lo mismo; la “plusvalía” existe.

Kirzner, por su parte, sostiene que los beneficios del empresario son la recompensa del ejercicio de la empresarialidad, que él define como la percepción, en un entorno de información dispersa, de unos medios económicos para obtener determinados fines también económicos. Pero a continuación de esto, Kirzner afirma que, de existir “impedimentos arbitrarios para acceder al mercado” para los demás competidores, los beneficios del empresario se convertirían en “rentas de monopolio”. Ahora, como es fácil advertir en el mundo real, el mercado está repleto de barreras de entrada a la competencia cuyas consecuencias en la tasa de beneficios son imposibles de determinar de forma precisa, lo que nos lleva a la conclusión, de acuerdo con Kirzner, que cierto porcentaje de los beneficios del capital son en realidad “rentas de monopolio”. Poco a poco vamos cercando la ganancia que se atribuye al mérito del capitalista.

Por otro lado, Bohm-Bawerk y Mises establecieron que los individuos valoran los bienes presentes por encima de los futuros y que, por tanto, el tipo de interés es el fruto de la preferencia temporal de los mismos. Así, si un individuo considera 100 euros presentes equivalentes a 110 euros a corto plazo (supongamos, un mes), el interés será del 10%.

En este caso, el axioma de la preferencia temporal se aplicaría a la producción, equiparando la función del capitalista con la del prestamista y la de los trabajadores con la de simples prestatarios.

Los vieneses añaden a esto, además, que el interés empresarial tiende a igualarse con el interés crediticio, pues si el primero fuese superior al segundo, los capitales se desplazarían del sector crediticio al empresarial, y al revés en el caso contrario. Como consecuencia, los beneficios empresariales corrientes serían idénticos al tipo de interés crediticio.

Nuevamente, los austriacos se olvidan de tomar en cuenta las grandísimas barreras de entrada (requisitos de capitalización, licencias, etc.) en el sector bancario, que elevan artificialmente la tasa de interés por encima de las preferencias temporales, aumentando también los beneficios usurarios del sector empresarial.

Paso a paso hemos rodeado el beneficio del empresario, que en un contexto de “competencia universal”, como proponía Benjamin Tucker, se reduciría a una tasa ínfima –equivalente a la preferencia temporal del momento, descontando las barreras de entrada actuales- y permitiría el control obrero de las empresas poseídas hoy por los capitalistas. Fuera de la torre de marfil de los economistas austriacos, que se abstraen de la realidad, su teoría económica es perfectamente compatible con el socialismo.

La propuesta de Hayek de “desnacionalizar el dinero”, aunque él la concibiera tan solo como una forma de acabar con la inflación, también camina en esa dirección.

Autogestión obrera y Escuela Austriaca

En general, la Escuela Austriaca ha sido reacia a las ideas cooperativistas y autogestionarias, si bien Murray Rothbard propuso que la transición de la economía planificada al mercado libre en los países “socialistas” se llevara a cabo mediante la entrega a los trabajadores de los medios de producción, lo que demuestra cierta confianza por su parte en que estos serían capaces de administrar sus puestos de trabajo.

Ludwig von Mises es quizá el mayor detractor de la autogestión obrera [3] dentro de la Escuela Austriaca, llegando a afirmar que, si los trabajadores fuesen dueños de los medios de producción, menguaría la productividad y, como consecuencia, estos ganarían mucho menos que bajo la empresa capitalista. Esta y muchas otras afirmaciones erróneas de Mises serán tratadas en un artículo próximo sobre la autogestión; aquí nos centraremos en sus objeciones al cooperativismo como sistema social, y no como propuesta de administración empresarial.

Por ejemplo, en Crítica del Intervencionismo, Mises comenta que:

“Los sistemas sindicalista y corporativista se basan en el supuesto de que la estructura productiva existente en un determinado momento permanecerá invariada. Sólo en el caso de que este supuesto sea correcto sería posible prescindir de las transferencias de trabajo y capital desde un sector a otro.”

En la misma línea, comenta en El Socialismo que:

“[…] el sindicalismo haría prácticamente imposible una transformación de la producción. No cabe duda alguna de que, allí donde el sindicalismo fuera amo y señor, cesaría el progreso”.

Tras estas dos citas, no cabe duda de que Mises se refiere a un sistema que comparte con el mutualismo la premisa de que los medios de producción deben ser para los trabajadores y que, a su vez, estos deben interactuar entre sí en el marco de un mercado libre. Donde el sistema que critica Mises y el mutualismo se separan es en el carácter estático del primero. La escuela sindicalista, cuyos principales autores conozco tan solo a través de él (Mises no los menciona en ninguna parte), proponen la expropiación de los medios de producción y creen que a partir de ese momento la dinámica del mercado se limitará al intercambio de mercancías entre las distintas unidades de producción. Cuando se les plantea el problema de recolocar el capital y el trabajo de acuerdo a las demandas del mercado, los sindicalistas tienen un problema.

En cambio, el mutualismo se concibió como un sistema eminentemente dinámico, hasta el punto de que concibe la propia toma de los medios de producción por los trabajadores como el fruto de la dinámica del mercado, y no de una fuerza coactiva ajena a él. Además, otro pilar del mutualismo, el banco popular, fue un mecanismo ideado única y exclusivamente para garantizar el crédito mutuo entre los obreros y, por tanto, que estos pudieran ampliar, reducir o cambiar de negocio de acuerdo a las necesidades del mercado. [4]

El principio de costo

El principio de costo fue un concepto ideado por Proudhon y Warren, cada uno de forma independiente, que consiste en que toda mercancía no puede venderse por más del costo de su producción, incluyendo el mantenimiento de los productores.

Josiah Warren materializó esta idea en su experimento de la “tienda de tiempo”, en la que los usuarios entregaban sus productos y a cambio tenían acceso a otros muchos con un valor equivalente, en horas de trabajo. Proudhon quiso llevar a cabo una idea parecida a través de sus Bancos de trueque, que centralizarían el cambio de mercancías entre los productores calculando, de la misma forma, el trabajo contenido en ellas.

Para la Escuela Austriaca, por el contrario, el precio es la consecuencia de las distintas valoraciones subjetivas de vendedores y compradores y, lo que es más importante, su función es advertir a los productores qué es rentable producir.

De esta forma, el “lucro”, tan atacado por Proudhon, Warren, Tucker, etc., quedaría justificado por su función esencial en los mecanismos autorreguladores del mercado.

De todos modos, esta oposición entre ambas escuelas es aparente, porque tanto una como otra reconocen que la competencia libre tiende a reducir los beneficios hasta que estos se igualan con la desutilidad que produce el trabajo, o, en otras palabras, hasta lo que los mutualistas llaman el “Precio de Costo”.

Es cierto que los austriacos no creen en el equilibrio general y, por tanto, no consideran que el mercado pueda reducir el precio de todas las mercancías hasta el “precio de costo”, puesto que las necesidades, los actores y la información del mercado cambian constantemente. En cualquier caso, reconocen que la competencia tiende siempre hacia el costo, y en muchos casos lo alcanza.

La cuestión de la tierra

Otro punto de disensión entre mutualistas y austriacos es la propiedad de la tierra, aunque no nos extenderemos en esta cuestión, que ya ha sido tratada en otros artículos. Simplemente cabe señalar que Hayek consideraba que, en un orden espontáneo, los conceptos de propiedad y justicia tendían a ser aquellos que eran más beneficiosos desde el punto económico para la comunidad y, ya que la propiedad convencional sobre la tierra encarece su adquisición mediante la asignación de precios a parcelas que no los necesitan –porque no están siendo ocupadas-, es probable que, de acuerdo con Hayek, la propiedad mutualista se convierta en norma general en una sociedad libre.

Conclusión

El mutualismo austriaco se puede considerar como un intento de incorporar las nuevas herramientas de análisis que aportaron los economistas de Viena, sin alterar el corpus del mutualismo clásico. Se puede decir que este fenómeno comenzó con la publicación por Kevin Carson de Studies in Mutualist Political Economy, en el que el autor incorporaba ya algunos elementos austriacos en la teoría del valor-trabajo, aunque sin duda el “mutualismo austriaco” puede ir mucho más allá en la asimilación de conceptos económicos (no juicios de valor) austriacos, sin apenas modificarse.

También tiene cierta influencia en los sectores más radicales del libertarianismo y el rothbardianismo, que disienten con las concepciones más reaccionarias de los anarcocapitalistas de derechas, pero debe quedar claro que el “mutualismo austriaco” No es una claudicación ante el anarcocapitalismo y que este no es “anarcoindividualismo austriaco”.

[1]: En la literatura socialista de cualquier tendencia, el capitalismo es el sistema que mantiene el divorcio entre los propietarios y los trabajadores a través del aparato coercitivo estatal. Así aparece en Marx, por ejemplo, cuando afirma que “el capital vino al mundo rebosando sangre y cieno”.

[2]: Podemos omitir toda la parafernalia innecesaria y llena de contradicciones que desarrolló Marx en Das Kapital.

[3]: Mises llama “sindicalismo” a la autogestión obrera o cooperativismo. Según él, el sindicalismo es “la tendencia que trata de lograr un estado social en el que los obreros sean los dueños de los medios de producción”. El Socialismo, pág. 270.

[4]: Si el sindicalismo que critica Mises dispusiera de esta herramienta, su crítica caería en saco roto.

¿Una solución comunista al cálculo económico?

 

“Si hemos de ajustar la producción a muchos más hechos de los que podemos conocer, una señal que tenga en cuenta la mayor parte de ellos es mejor que ninguna. Los viajeros no desechan el mapa de un país desconocido que han de atravesar por descubrir que no es totalmente exacto.” - Friedrich A. Hayek.

 

Ardegas ha traducido un ensayo de Robin Cox sobre la controversia del cálculo económico desde una perspectiva anarcocomunista, en el que el autor trata de demostrar que es posible administrar eficientemente los recursos de una gran sociedad sin la necesidad de precios ni mercado, y lo que es más importante, que dicha forma de “socialismo descentralizado” es más eficiente que el propio mercado.

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El ensayo se divide en dos partes: en la primera parte, el autor critica los presupuestos de eficiencia del mercado que toman como base los austriacos. Robin Cox sostiene que los precios de mercado no toman en cuenta las externalidades (contaminación, daños a terceros, etc.), que no reflejan las preferencias de los individuos, ya que estas están determinadas por su poder adquisitivo, que no existe relación entre los costos reales y los costos monetarios y que no es posible conocer los precios futuros con antelación, por lo que la actividad de los empresarios es siempre incierta y tiene como consecuencia el derroche de recursos.

 

En la segunda parte, el autor plantea algunos mecanismos para superar el sistema de precios: el cálculo cuantitativo, el sistema autorregulado de existencias, la ley del mínimo y una jerarquía de necesidades para producir.

 

 

Antes de comentarlo me gustaría puntualizar que el autor comete los mismos errores de generalización con respecto al mercado que los que achaca a Mises y Hayek en relación al socialismo. Por ejemplo, Robin Cox achaca al mercado, y no al Estado, las causas de la pobreza.

Por otra parte, el argumento esencial de Ludwig von Mises contra la planificación comunista, esto es, que el cálculo económico racional es imposible sin precios de mercado, es independiente de la forma en que se planifique la economía, siempre y cuando no permita tales precios. Así nos dice él:

 

“Para el estudio de los problemas de la economía socialista es secundario saber cómo se forma este órgano y cómo llega a expresarse en él y por medio de él la voluntad colectiva. Poco importa que este órgano sea un príncipe absoluto o la colectividad de todos los ciudadanos de un país, organizada en democracia directa o indirecta.” [1]

 

 

Comencemos con la crítica que hace Robin Cox. Él sostiene que el precio no refleja “los efectos del mercado en el medio ambiente”, pero si lo observamos atentamente, nos damos cuenta de que los problemas de externalidades son consecuencia de una deficiente demarcación de los derechos de propiedad. Un sistema de justicia competitivo podría establecer aproximadamente los daños que provocan los contaminadores sobre los propietarios afectados y reclamarles una indemnización que automáticamente pasaría a reflejarse en el precio.

 

Otro de sus argumentos es que el mercado no refleja las preferencias reales de los individuos, ya que estas se ven cercadas por la capacidad adquisitiva de cada uno. A esto podría contestarse que en un mercado realmente libre, incluso en uno que partiera de la igualdad más estricta, el nivel adquisitivo del individuo iría en función de las valoraciones de los demás individuos de su propia producción, por lo que su capacidad de compra sería simétrica a su capacidad de producción.

 

Para comprender esto y que Cox no nos acuse de entrar en un bucle, podríamos reducirlo a su expresión más simple: en una comunidad de trueque, la capacidad de compra de un individuo X está directamente determinada por la valoración que hace el individuo Y de su producción, en relación de la valoración que hace él de la producción de Y. Si ambos presentan sus productos en el mercado, será la valoración mutua la que determine el poder de compra de cada uno, que variará a su vez en la medida en que satisfaga las necesidades de ambos.

 

En realidad, Robin Cox acusa a esta explicación de tautológica porque no advierte que tanto la compra como la venta están determinadas por valoraciones recíprocas y, por tanto, no se pueden examinar unilateralmente.

 

 

 

También sostiene que los precios de mercado no reflejan los costos reales. En este caso, Cox se blinda de la refutación:

 

“La afirmación de que los costos de mercado implican “costos reales” solo se puede probar si existe un método que demuestre una correlación entre los costos de mercado y los “costos reales”, y solo se podría demostrar tal correlación midiendo unos contra los otros, sin embargo, esto significaría que los “costos reales” se podrían medir independientemente de los costos de mercado, lo que refutaría el ACE.”

 

En primer lugar cabe señalar que sí es posible demostrar que el mercado refleja los costes reales. Si aceptamos el presupuesto que hemos tratado antes de que el precio sí refleja las preferencias de los individuos, entonces parece claro que el mercado es capaz de medir los costos reales, esto es, los costos de oportunidad, comparando los precios de las distintas mercancías a la hora de realizar una inversión.

 

En segundo lugar, aun si no fuera posible demostrarlo, tampoco lo sería desmentirlo y ese punto de su argumentación quedaría neutro.

 

 

Cox también sostiene que es imposible medir exactamente los costes, pues el empresario tiene que tomar siempre las decisiones bajo una previsión imprecisa de los precios futuros de los bienes que produce y, como desconoce estos, derrocha recursos.

En general, Mises y Hayek reconocían que existía un nivel de incertidumbre, en ocasiones muy alto, en las decisiones económicas; sencillamente señalaban que los precios de mercado, junto con una moneda estable, eran la única forma de minimizar los costos de tal incertidumbre.

Entonces, Cox tiene que demostrar que el comunismo libertario es capaz de reducir la incertidumbre de las actividades económicas, lo cual parece poco probable si tenemos en cuenta que el comunismo no puede percibir la intensidad de la demanda, ni anticiparse al futuro, ni posee los incentivos para un acercamiento mínimo.

 

 

Por último, Robin Cox ataca el mercado porque considera que los costos del sistema bancario y financiero son innecesarios, lo cual, en realidad, solo puede aceptarse si se acepta previamente que los precios y el mercado son innecesarios. En cualquier caso, Cox necesita demostrar que el ahorro en los sistemas bancario y financiero compensa los errores que le son achacados a la ausencia de mercado.

 

 

 

En la segunda parte del ensayo, Cox propone algunos mecanismos para superar los precios.

 

El primer mecanismo es el cálculo cuantitativo, que consiste en hacer una especie de “recuento de inventario” sobre las mercancías que son necesarias.

 

El segundo mecanismo es un sistema autorregulado de existencias, que se consigue calculando la tasa de rotación de las existencias, modificando su intensidad sobre la marcha para adaptarse a las demandas. Para disponer de cierto margen de maniobra, Cox propone la creación de un “colchón de existencias” con el que suplir los desabastecimientos momentáneos.

 

El tercer mecanismo es la ley del mínimo, que establece que el aumento de la producción no depende de la totalidad de los factores, sino del factor necesario más escaso (llamado factor limitante). Esto quiere decir que si para un bien X son necesarias 2 unidades de A y 1 de B, y disponemos de 1 unidad de A y 4 de B, el factor limitante será A, puesto que es el que necesitamos aumentar para obtener más unidades de X.

 

El último mecanismo consiste en la creación de una jerarquía de necesidades de producción basada en Maslow, primando las necesidades “primarias” sobre las necesidades “secundarias”. Con la intención de refinar el mecanismo, también se propone un sistema de puntos para evaluar el rango de los diferentes proyectos.

 

 

Ninguno de estos factores consigue, en realidad, poner fin al problema del cálculo económico en el comunismo. Este problema consiste en reducir toda la información dispersa a una unidad común (en el caso del mercado, es el precio) para saber cuál es el mejor uso de los recursos disponibles. Efectivamente, el cálculo cualitativo no consigue establecer una comparación entre las distintas combinaciones de bienes como para establecer cuál es óptima. El sistema autorregulado de existencias implica un cálculo previo de la rotación de las mismas que solo puede establecerse mediante los precios y que, cualquier caso, el autor no resuelve.

La ley del mínimo solo puede orientar pobremente la producción, puesto que carece de mecanismos para seleccionar el mejor bien sustitutivo del factor limitante. Y, por último, la jerarquía de necesidades no da ninguna respuesta al problema del cálculo económico racional y, además, establece una jerarquía de prioridades que no guarda ninguna relación con la que pueda poseer el individuo.

 

 

Para ilustrar todo esto basta el sencillo ejemplo de la materia prima y las industrias.

 

Dado un depósito de la materia prima X que abastece a dos industrias, A y B, el mercado distribuirá la materia prima en función del precio que adquiera en el producto final de las industrias A y B. Si la industria A obtiene más dinero por su producto acabado que la industria B, estará dispuesta a pagar más por la materia prima X y podrá abastecerse de mayor cantidad.

 

En cambio, bajo el comunismo descentralizado es imposible resolver este problema: ni el cálculo cualitativo, ni el sistema autorregulado de existencias ni la ley del mínimo lo consiguen, y la jerarquía de necesidades, por su parte, solo podría establecer una proporción de suministro arbitraria entre las dos industrias, puesto que no guardaría relación con la intensidad de la demanda de los individuos.

 

 

Por otro lado, y para finalizar, Robin Cox supone un entorno de economía estática. En el supuesto más realista de una economía dinámica, el comunismo no puede establecer con precisión qué porcentajes de tierra, capital y trabajo se dedica a las distintas tareas. Por ejemplo, si la demanda de judías descendiera, ¿cómo podría determinar qué porcentaje de tierra, capital y trabajo deben transferirse y a qué otra rama? Añádanse, además, los posibles falseos de información por parte de las unidades de producción, con el objeto de que los órganos de planificación no detecten el déficit o la ausencia de demanda de su producción que obligue a suspender sus actividades.

 

 

Puede concluirse, en definitiva, que las soluciones de Robin Cox son insuficientes para hacer frente a los problemas económicos de una sociedad a gran escala.

 

[1]: El Socialismo, Pág. 137.

 

Mutualismo, interés, escuela austriaca y crédito gratuito

 

 

 

El interés

Desde la polémica entre Proudhon y Bastiat, pero sobretodo a partir de la definición austriaca del interés y su teoría del ciclo económico, el mutualismo ha sido despreciado e incomprendido por muchos de los que tenían alguna noción de economía, y sus proclamas contra el interés y a favor del crédito gratuito han sido vistas como populistas e inviables, por lo que me veo obligado a aclararlas.

 

 

 

La Escuela Austriaca de Economía define el interés como el producto de las preferencias intertemporales de los individuos. Esto quiere decir que el ahorro es consecuencia de una preferencia por los bienes futuros sobre los bienes presentes, y el consumo exactamente lo contrario. De la misma forma, la teoría austriaca del ciclo económico nos dice que las crisis son producidas por el Estado, que mediante las expansiones monetarias reduce los tipos de interés artificialmente y, al no variar las preferencias intertemporales de los individuos, las inversiones se dirigen hacia actividades que solo son rentables mientras se mantienen los tipos artificialmente bajos, produciéndose la crisis al subir.

Así, el mutualismo se ha confundido con el “inflacionismo” y el populismo de Estado, y se ha creído que sus pretensiones eran utópicas o perjudiciales. En realidad, lo que los mutualistas pretenden es abolir los requisitos de capitalización, las licencias selectivas del Estado y un sinfín de trabas que permiten a los banqueros actualmente existentes elevar su usura. Pero la reducción de los tipos, consecuencia de la abolición de todas las trabas mencionadas, no alteraría las preferencias intertemporales de los individuos, puesto que la proporción entre bienes presentes y futuros se mantendría, descontando las tasas de monopolio que existían antes. No habría crisis cíclicas. El tipo de interés sería marginal y correspondería únicamente a tales disparidades de valoración entre bienes presentes y futuros, los trabajadores tendrían acceso a los medios de producción, la capacidad de percibir rentas del trabajo se reduciría como consecuencia de la multiplicación de los negocios, los bienes de consumo serían más baratos y, como dice Kevin Carson, la gente no tendría necesidad de trabajar mucho más de media jornada, y podría jubilarse antes.

Para Tucker, por ejemplo, el interés era fruto de un estado primitivo en que la riqueza no está generalizada y, por tanto, “aquellos que no tienen capital estarán dispuestos de obtener préstamos de los que sí dispongan, así como a pagar interés por el uso del capital.” De esta forma, el interés se relaciona directamente con la intervención del Estado, que es el causante de dicho estado primitivo, pues “conforme el capital “prestable” de un país aumenta, la tasa de interés disminuye, y cuando la riqueza acumulada del mundo se hace lo suficientemente grande, nadie paga intereses”.

Y al entender el interés como una consecuencia del estatismo, aunque lo considera legítimo en tanto que voluntario, Tucker lo condena como una consecuencia del Estado, que desaparecerá junto con este.

En cierto modo, esto también se relaciona con Bastiat, al decir que:

“Cuanto más abundante es el capital, más se reduce su parte proporcional en el producto. Y como los capitales, al aumentar, aumentan la facilidad de crear otros, se sigue que la condición del prestatario mejora sin cesar.”

 

Solo que Tucker no achaca el interés a una diferencia de cualidades entre los individuos, que permite que los “más aptos” adquirir antes el capital y cobrar por su uso a los rezagados (es decir, no justifica el status quo), sino única y exclusivamente al Estado. [1]

 

Por otra parte, el interés era para Proudhon el cerrojo que impedía a los trabajadores acceder a los medios de producción. Pero cuando advirtió que este era, en su mayor parte, producto del monopolio, tomó la bandera de la competencia para reducirlo, labor que consideró “revolucionaria”, ya que “la aubana [interés, renta, usura] disminuye en proporción al aumento del número de socios”.

 

 

El crédito gratuito

 

En la cuestión del crédito gratuito, Bastiat opone dos objeciones.

En primer lugar, que si el banco entrega billetes a todo aquel que se presente en él, dichos billetes se depreciarán y todo quedará igual (salvo el banco, que quebrará).

En segundo lugar, que si el banco selecciona a sus prestarios y pide avales, solo los ricos podrán acceder al crédito gratuito y los proletarios quedarán igual.

 

Lo cierto es que el propio Proudhon, con la ayuda de Jules Lechevalier ya resolvió aquel problema con unos mecanismos que llamó “sindicatos de producción”, que se encargaban, además de formar cooperativas de trabajadores, coordinarlas, etc. de “negociar y avalar los préstamos de cada corporación especial respecto al Banco del Pueblo, en el buen entendido de que las únicas garantías serán, en capital, la vida del trabajador evaluada equitativamente, y en la circulación corriente, las obligaciones de mano de obra”.

De esa forma, el Banco del Pueblo –que no tendría por qué imprimir billetes, sino simplemente aglutinar los ahorros de los obreros- concedería préstamos a sus socios-clientes tan solo con la promesa de que le sería devuelto con la producción futura, tal y como proponía William Greene.

De hecho, los exitosos bancos del premio nobel Muhummad Yunus funcionan así: los prestatarios son a su vez dueños mayoritarios (94%) del banco, con lo que el interés se lo cobran a sí mismos; no tienen ninguna clase de aval a la hora de recibir los créditos, y forman “grupos de apoyo” con gente afín, que podrían equipararse a los “sindicatos de producción” de Proudhon y Lechevalier. Estos “grupos de apoyo”, en palabras de Yunus crean incentivos para que los prestatarios se ayuden mutuamente para salir adelante en sus negocios, logrando que cada uno sea más fiable, ya que el grupo realiza la tarea de supervisión –pues si un miembro falla el grupo entero pierde el derecho a crédito.

 

“La presión de sus iguales –sutil a veces y no tan sutil otras- mantiene a cada miembro del grupo en sintonía con los objetivos generales del programa de créditos. Al mismo tiempo, la adquisición de una cierta sensación de competencia intergrupal e intragrupal anima también a los miembros a desarrollar más a fondo su potencial.”

El proyecto de Yunus se ha extendido por todo el mundo y hoy día atiende a millones de personas, ha ayudado a desarrollar la región de Bangladesh y ha suministrado tecnologías –móviles, etc.- a sus socios para ayudarles a expandir sus negocios.

También en Suecia existe una cooperativa de crédito en expansión con más de veinte mil socios.

En general, podemos concluir que la abolición del interés, entendida como una reducción drástica del mismo por la competencia o como consecuencia de una red de cooperativas de crédito y bancos de microrcéditos es completamente viable.

[1]: En la famosa polémica, Bastiat comparaba a los proletarios con ciegos y con niños, y a los capitalistas con videntes y adultos que debían ayudarlos a salir de la miseria.