El Estado y los trabajadores (Parte I)

Mar 1 • Mutualismo • 1807 Views • 5 Comments on El Estado y los trabajadores (Parte I)

                                         Parte I

 

“Pero la opresión no sólo resulta del capital. Merced, sobretodo, al sostén del Estado, al monopolio que el Estado crea en su favor, es como ciertas grandes compañías oprimen a las pequeñas” – Piotr Kröpotkin.

 

Va dirigido a quienes creen que la intervención del Estado es necesaria para proteger a los pobres, sean de izquierdas o derechas, estatistas o incluso antiestatistas. Excluyo del mismo al progresismo vacío que copa las columnas de los periódicos y las tertulias de café.

 

El razonamiento principal de los socialdemócratas es el siguiente: puesto que el mercado sin regulación es quien llevó a gran parte de la población a convertirse en miserables proletarios, y puesto que las economías planificadas al estilo de la Unión Soviética han fracasado, debemos disponer los medios necesarios a la mayoría de la población como la sanidad o la educación por medio de la coacción, mientras que el mercado parcial que sostengamos servirá para financiar precisamente el proyecto de Bienestar anterior.


Entonces, la socialdemocracia parte de la premisa de que la propiedad privada beneficia solo a los ricos, y la completa propiedad pública no beneficia a nadie, de lo que inducen que debe existir cierto respeto por la propiedad para generar riqueza, y esta riqueza, a su vez, debe usarse en beneficio de los pobres, perjudicados por la propiedad privada.

Aquí topamos, entonces, con la contradicción principal de la socialdemocracia: reconocen que la propiedad genera riqueza, pero a continuación la violan, la extorsionan, le ponen trabas, la intimidan, cobran un tributo sobre su creación y sobre su extensión y, tras esto, justifican que todo ello se hace en beneficio de los pobres. Pero, ¿no beneficia la riqueza a los pobres? ¿qué es lo que hace que no llegue hasta ellos?

 

De la premisa de que la propiedad y el mercado libre crean riqueza –premisa que no han tenido más remedio que aceptar-, se sigue, según nos dice la ciencia económica, que dicha riqueza debe derramarse necesariamente en todas las capas sociales.

 

Veamos: si consentimos que el enriquecimiento de un empresario induce a este a realizar nuevas inversiones, contratar más trabajadores y demandar más mercancías, ¿no es cierto que su éxito repercute de forma positiva en la sociedad? Y, por tanto, ¿no debe corresponder, a cada éxito empresarial, salarios más altos gracias a la demanda mayor de trabajo, así como nuevos negocios para satisfacer las necesidades y demandas del empresario? ¿Los salarios más altos, a su vez, no deben subir el nivel de vida del trabajador, posibilitar su arrojo a empleos autónomos o cooperativos [1] y, a consecuencia de esto, demanda de mercancías que a su vez elevarán el número de negocios, la demanda de trabajo y los salarios? Si los salarios dependen del número de trabajadores en relación al capital, cuanto más cuantioso sea el capital mayores serán los salarios y menores los intereses del capital, y el mejor modo de multiplicar el capital es evitar las trabas que constriñen su creación. [2]

 

Si comprendemos esto, deberemos preguntarnos, ¿qué es lo que hace que los salarios sean bajos, esto es, qué constriñe el emprendimiento de nuevos negocios, tanto por parte de los empresarios –que demandan trabajo- como por parte de los trabajadores –que lo liberan? En otras palabras, ¿qué mantiene a los trabajadores en régimen de dependencia y precariedad y qué enriquece desmesuradamente a los empresarios existentes? [3]

 

La respuesta a todo esto la han dado, desde el s. XVIII hasta nuestros días, autores tan dispares como Adam Smith, Proudhon, B. Tucker o recientemente Kevin Carson [4]. El Estado, a través de los monopolios, las patentes, los aranceles, las licencias y los impuestos destruye y/o limita la creación de riqueza, la demanda de trabajo y por consiguiente los salarios.

                           

No tengo espacio aquí para explicar detalladamente los efectos que tendría la supresión de la intervención estatal en todos estos campos, para ello me remito a los trabajos de Tucker, Carson o a los pedagógicos artículos de Langlois, me limitaré a mencionarlo por encima tan solo, para suscitar la curiosidad del lector.

 

Partimos del axioma de que cualquier servicio gestionado por los particulares, sin monopolios privados o estatales, es más barato y eficiente que otro monopólico. Este razonamiento lógico, contrastable con cientos de ejemplos en la realidad es fácil comprender. Si un fabricante de zapatos mantiene el monopolio sobre la venta de dicho producto, su precio, debido al desequilibrio artificial entre oferta y demanda (solo él puede producir los zapatos de todo un pueblo) y a los desincentivos por reducir costos, será altísimo, y a causa de la ausencia de competencia, el productor de zapatos no ofrecerá mejores servicios (¿para qué?), esto es, zapatos más cómodos, duraderos, transpirables, etc. y la calidad del producto irá degradándose con el tiempo.

 

Lo mismo sucedería con cualquier otro producto: así, vemos y hemos visto al Estado invertir muchísimo dinero en sanidad, educación o seguridad, y a pesar de ello la eficiencia de dichos servicios no solo no aumenta, sino que decrece, y su precio, al no tener el Estado incentivos en disminuirlo, se mantiene artificialmente alto gracias al monopolio –y en ocasiones aumenta, en forma de impuestos-. En cambio, si hubiera competencia los productores pugnarían por reducir los costos para ofrecer servicios más baratos, atraer a los consumidores y desbancar a los competidores.

 

Dicho esto, ¿no es cierto que, encargándose los particulares en libre competencia de la emisión de dinero, los intereses descenderían a su tasa natural, multiplicando los negocios, abaratando los productos, aumentando los salarios y dando acceso a los trabajadores a créditos baratos? ¿No es cierto que, abolidos los aranceles y las patentes, la sociedad tendría acceso a productos más baratos, gracias a la ausencia de gravámenes sobre la importación y a la competencia general en los productos cuya comercialización hoy monopolizan sus inventores? ¿No tenemos razón al afirmar que, abolidas las licencias para emprender negocios y los impuestos sobre renta, consumo, patrimonio, etc. los individuos podrán emprender negocios y disponer de su dinero con más facilidad, de forma que demanden trabajo o lo liberen, aumentando de uno y otro modo los salarios? Y, por último, ¿no es cierto también que, abolido el monopolio sobre la tierra de que disfrutan los terratenientes, los campesinos podrán disponer de la tierra libremente, así como de capital para explotarla más barato, haciendo más atractiva la vida en el campo y frenando la migración a la ciudad? ¿Cuántos inmigrantes se ahorrarían las grandes ciudades españolas si estos pudieran disponer libremente de las tierras que trabajan en Huelva, cultivando la fresa; o en Valencia, recolectando naranjas? [5]

 

Todo esto, además, obviando que la abolición de la “responsabilidad limitada” de los accionistas de las SA haría más asequible y atractiva la participación de los trabajadores en estas empresas, comprándolas. También hemos obviado que hoy día el Estado subvenciona el transporte a las grandes empresas directa e indirectamente con el dinero del contribuyente, de forma que dicho gasto –el transporte- no tiene repercusión económica en el precio de los productos de estos gigantes empresariales, mermando la capacidad competitiva de la pequeña empresa (ver la cita número 2).

Conclusión:

Como hemos visto, es el Estado quien impide los salarios altos y las mercancías baratas; a pesar de que su propaganda nos lo muestre como el benefactor de los pobres, es en realidad el perpetrador de su situación actual.

 

Sin todas las trabas que hemos mencionado, que reducen artificialmente la riqueza, los trabajadores podrían tomar el control de sus puestos de trabajo fácilmente, contratar planes de pensiones que les permitieran jubilarse antes, tendrían acceso a una sanidad, educación, justicia y seguridad más baratas y eficientes, podrían trabajar menos por la disminución en el costo de vida y unas posibilidades de cooperación y emprendimiento enormes.

 

La solución a la precariedad no es la limosna –precedida del robo, y que ofrece servicios caros e ineficientes – sino la eliminación de todo cuanto impide a los trabajadores disfrutar de salarios altos o autogestionar sus puestos de trabajo.

 

¡Mutualismo y autogestión!

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[1]: “los años baratos tienden a incrementar la proporción de trabajadores independientes sobre la de jornaleros y sirvientes de diversa suerte, mientras que los años caros tienden a disminuirla”. – Adam Smith, Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones. 1776

[2]: Nuevamente, nos dice Adam Smith: “un país donde los ricos o los propietarios de grandes capitales disfrutan de una amplia seguridad, pero los pobres o los propietarios de capitales pequeños casi no tienen ninguna, sino que están expuestos al pillaje y saqueo […] tendrá una cantidad de capital empleado en las distintas ramas de la economía que jamás será igual a la que la naturaleza y extensión de esas ramas podría admitir. En cada rama, la opresión de los pobres deberá traducirse en el monopolio de los ricos, que al acaparar todo el negocio cosecharán muy copiosos beneficios”.

[3]: “La disminución de los beneficios es el efecto natural de la prosperidad”.-Adam Smith.

[4]: ver: http://www.mutualist.org/id47.html y http://www.banderanegra.canadianwebs.com/tucker.html

[5]: Conste que no tengo absolutamente nada contra la inmigración, pero es evidente que la llegada de nuevos trabajadores presiona los salarios hacia abajo y, por tanto, encontraba necesaria una respuesta alternativa desde el anarquismo a este problema, mucho más efectiva y ética que la propuesta por los grupos de extrema derecha tipo DN.

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5 Responses to El Estado y los trabajadores (Parte I)

  1. wg says:

    Tu argumento está bien en lo general. Sin embargo, un argumento abstracto no convencerá a nadie de las bondades de la propiedad y el mercado libre. Las personas necesitan algo más concretizado para empezar a creer. La gente quiere, ante todo, seguridad en cuanto a sanidad, educación y vejez. Y no creen que alguien que no sea el estado pueda garantizarles eso. Sólo hasta que vean con sus propios ojos que hay *instituciones confiables que pueden proveerles todo eso y garantizárselos*, en ese momento empezarán a dudar de las soluciones socialdemócratas y estatistas. Pero antes tienen que existir esas instituciones. Ver para creer.

    Opino que los mutualistas deberían acudir, primero, a mutualidades de seguros y a aseguradoras privadas para asesorarse y entender cómo funcionan realmente. Y, segundo, ir a la CNT (por ejemplo) y proponerles la idea de que sus agremiados se inscriban en los diversos seguros que existan en el mercado (más algunos nuevos que la misma CNT o las aseguradoras pudieran proponer), y a continuación exigir o negociar con los patrones para que éstos paguen la prima o al menos parte de ella. Una vez que haya algo serio y firme, la CNT y los empresarios podrán decirle al estado “Ya no te vamos a pagar. Porque acá tenemos algo mucho mejor y más barato”.

  2. The Langlois says:

    El artículo me gusta, tiene un estilo muy “liberal clásico”.

    Ahora, lo que dice wg es cierto, aunque eso pasa con el anarquismo y el liberalismo en general. Los servicios “primarios” que no sean ofrecidos por el Estado siempre serán vistos con desconfianza, por lo menos hasta que se pueda cambiar la mentalidad de la gente, lo cual se logra con hechos prácticos básicamente. Aunque sería ideal, previo a eso, una crítica profunda de los problemas que acarrea para todos que el Estado se haga cargo de esos servicios, como para apoyar más firmemente los servicios “alternativos” y no pasar por “neutrales”.

  3. Victor L. says:

    WG, estoy de acuerdo con todo lo que dices, pero ten en cuenta que en España la Seguridad Social hace muy poco atractivo contratar un seguro médico aparte hasta que no tienes cierta capacidad adquisitiva, por lo que creo que la dirección debería ser fomentar el cooperativismo, el crédito mutuo y redes de economía informal -“mercados negros” como proponeis los agoristas- para subir el nivel de vida de la gente, y a partir de ahí…:)

    También concuerdo con Langlois en que es necesaria una buena crítica previa para desmitificar el asistencialismo estatal.

  4. accattone says:

    no habia nunca leido a un anarkista hablar bien de adam smith

  5. Victor L. says:

    Accattone;

    Eso se debe, principalmente, a que pocos anarquistas han leido a Adam Smith. Pienso que si Smith hubiera conocido el capitalismo que se levantó poco después de su muerte, no hubiera estado ni mucho menos de acuerdo con él.

    Chomsky decía, medio de broma, que hoy en día Adam Smith sería socialista libertario -anarquista.

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