Jerarquía o Mercado – Traducción de Kevin Carson

Jun 21 • Mutualismo • 2527 Views • 5 Comments on Jerarquía o Mercado – Traducción de Kevin Carson

Sin más presentación, aquí dejo una traducción del genial artículo de Kevin Carson, aparecido originalmente en la revista Freeman bajo el título Hierarchy or the Market” donde, tras mostrar los fallos inherentes a las macrocorporación actual, explica la tesis mutualista principal, esto es, a través de qué mecanismos el Estado sostiene a la corporación e impide la aparición de una sociedad libre de trabajadores autoempleados. Espero que lo disfrutéis.

JERARQUÍA O MERCADO

En un artículo del pasado mes de Junio en Freeman, apliqué algunas ideas del debate sobre el cálculo socialista [N.T: se refiere al cálculo económico racional en las economías de planificación central] a la corporación privada y examiné hasta qué punto es una isla de cálculo caótico en una economía de mercado. Quiero explayarme en esta línea de análisis ahora y aplicar algunas percepciones comunes del libre mercado en el conocimiento y los incentivos del funcionamiento de la jerarquía de la corporación.

F. A. Hayek, en “The Use of Knowledge in Society” usó el conocimiento disperso o idiosincrático –el único conocimiento sobre cada situación es poseído por cada individuo- como un argumento contra la planificación central del Estado.

El tratado de Milton Friedman sobre “el dinero de otras personas” es bien conocido. La gente es más cuidadosa y eficiente con sus propio dinero que con el dinero de otros individuos, así como gastando más en sí mismos que en otras personas.

Una tercera idea es que la gente actúa de manera más eficiente cuando se responsabiliza completamente de los resultados positivos y negativos de sus acciones.

La jerarquía de la corporación viola todos estos principios de una forma bastante similar a la burocracia de un Estado socialista. Estas, en la cúpula de la toma de decisiones acerca del proceso de producción, probablemente sabe tan poco sobre cómo se hizo como, por ejemplo, el jefe de un antiguo ministerio industrial soviético.

Los empleados de una corporación, desde el Director General hasta el trabajador del taller, están gastando el dinero de otras personas, o usando los recursos de otras personas, para otras personas. Estos directivos, como observó Adam Smith hace 200 años, son “los directivos del dinero de otras personas más que del suyo propio”

Por su naturaleza, los incentivos administrativos sustitutos de la corporación son lo que Oliver Williamson llamó “incentivos de alta potencia” del mercado: el esfuerzo y la productividad están separados de la recompensa. Como Ronald Coase observó hace 70 años,

Si un trabajador se mueve del departamento Y al departamento X, él no lo hace a causa de un cambio en los precios relativos, sino porque le es ordenado.”

Esto puede, pienso, suponer que la marca distintiva de una corporación es la superación del mecanismo de precios.

Entonces, ¿por qué se da esta la situación? ¿Por qué la corporación abandona sistemáticamente los conocimientos básicos y los beneficios de empresa de un libre mercado, y se basa en los mismos tipos de planificación centralizada y burocrática que los partidarios del libre mercado correctamente crítican en el Estado? ¿Por qué la corporación funciona, a nivel interno, como una isla de operaciones sin mercado?

Un ensayo clásico de C. L. Dickinson, “Free Men for Better Job Performance”, fue reimpreso en la misma edición que mi artículo. Dickinson describe los efectos nocivos de la revolución de gestión y el estilo burocrático del gobierno corporativo. Él citó a Douglas McGregor (El Lado Humano de la Empresa): “muchos directivos están de acuerdo en que podrían duplicar la eficacia de sus organizaciones si pudieran descubrir, al menos, cómo aprovechar el potencial sin explotar de sus recursos humanos.”

Desafortunadamente, las condiciones estructurales del actual sistema excluyen, desde un principio, una organización que pueda aprovechar ese potencial. El sistema parte de una herencia de un proceso histórico (llamado “acumulación primitiva” por los historiadores radicales de diversas tendencias) en el que la tierra fue robada a gran escala a los campesinos en la temprana época moderna. El proceso incluyó la privatización (enclosure) de los campos abiertos (openfields), la anulación jurídica del copyhold y otros derechos tradicionales de tenencia de la tierra, y la privatización parlamentaria de la tierra comunal.

Como observó Murray Rothbard, cuando vemos una mayoría de campesinos pagando una renta a una pequeña clase de “propietarios” para acceder a la tierra que cultivan, seguramente, los cultivadores son los legítimos dueños y los “derechos de propiedad” de los terratenientes son una especie de ficción jurídica feudal derivada de la conquista o el privilegio. El efecto de esta variedad de “reformas agrarias” en la Era Moderna temprana fue transformar las tierras “propiedad” de la oligarquía, bajo la ficción legal feudal, en un derecho moderno de libre tenencia y en reducir a los legítimos propietarios a potenciales propietarios. El resultado de estas expropiaciones fue la expulsión de la mayoría de los campesinos fuera de sus tierras, la privación a un acceso independiente a los medios de producción y subsistencia, y forzarlos al mercado de trabajo –al mismo tiempo que su antigua propiedad se consolidó en manos de la plutocracia.

A medida que la revolución industrial se desarrollaba en Inglaterra, fue fomentada por el Estado una mayor acumulación de riqueza por las clases propietarias –forzando el intercambio desigual, el resultado de las restricciones coercitivas del Estado a la libertad de movimiento, de asociación y la libertad de negociación de las clases trabajadoras. Entre ellas figuraban las leyes de establecimiento (una especie de pasaporte interno que restringe la circulación de mano de obra en busca de mejores salarios) y las Combination Laws.

Centralización subsidiada

Las barreras de entrada del Estado, como la concesión de licencias y los requisitos de capitalización para los bancos, reducen la competencia en la oferta de crédito y aumentan su precio; la adjudicación de títulos artificiales sobre tierras desocupadas y descuidadas tiene un efecto similar. Como resultado, el acceso del trabajo independiente al capital está limitado; los trabajadores tienen que vender su fuerza de trabajo en el mercado; y los trabajadores tienden a competir por los empleos en lugar de los empleos por los trabajadores.

Los subsidios estatales a la centralización económica y a la acumulación de capital también aumentan artificialmente la utilización intensiva del capital y, por ende, la capitalización de la empresa dominante. La consecuencia de estas barreras de entrada es reducir el número de empleadores que compiten por la fuerza de trabajo, al tiempo que aumenta la dificultad de los pequeños propietarios para poner en común su capital y crear empresas competidoras.

El legado acumulado de estos actos del Estado a través del robo, y la actual situación de intercambio desigual forzado, determina las bases estructurales básicas de la economía actual. Esto incluye enormes concentraciones de riqueza en pocas manos, la propiedad ausente de capital a gran escala por inversores, y una fuerza de trabajo contratada que trabaja sin la propiedad de los medios de producción.

Necesariamente, por tanto, los propietarios ausentes tienen que recurrir a los expedientes de la jerarquía y la autoridad de arriba a abajo para obtener el esfuerzo de una fuerza de trabajo que no tiene ningún interés racional en maximizar su propia productividad. El concepto de “satisfacción” de Oliver Williamson es aquí relevante. Los trabajadores tienen interés en mantener solo la productividad suficiente para mantener sus puestos de trabajo y en aumentarla lo suficiente para recibir las limitadas recompensas disponibles, pero no tienen un interés racional en maximizarla per se, porque cualquier aumento adicional en la productividad por encima del mínimo será probablemente apropiado por la dirección.

La jerarquía necesariamente se traduce en un divorcio entre el esfuerzo y la recompensa y el conocimiento productivo y la autoridad. Cada peldaño de la autoridad interfiere en los esfuerzos de aquellos que saben más acerca de lo que están haciendo; cada peldaño de la autoridad solo recibe la información filtrada desde la base fundada en lo que quiere oír, y cada peldaño de la autoridad es responsable solo ante aquellos que están más arriba en la cadena de mando, que son menos responsables y están menos en contacto con la realidad. La jerarquía, en definitiva, es una ilustración en un libro de texto en una situación de suma ceroque tiene como resultado en la sustitución de las relaciones de mercado por las de poder.

La solución obvia es la cooperativa de trabajadores, por unir los conocimientos con la autoridad y la recompensa con el esfuerzo a través de la abrumadora mayoría del conocimiento jerárquico de la corporación y los problemas de la empresa, del mismo modo que una espada atraviesa el nudo gordiano. El conocimiento distribuido entre quienes se dedican a la producción se aplicaría directamente sobre el proceso de producción bajo su propia autoridad, sin la intervención de equipos de sugerencias y “comités de inspección de la calidad”.El problema de la ingeniería social de salarios y beneficios a fin de “animar a la gente a trabajar” desaparecería, la eliminación de privilegios e ingresos no ganados y la percepción del trabajo de su producto completo, recompensará el trabajo directamente en función de su esfuerzo.

Pero esta solución está excluida por el sistema estructural desde sus mismas premisas: riqueza concentrada y propiedad ausente. Por lo tanto, la corporación jerárquica es adoptada como una especie de recurso de Rube Goldberg, los medios disponibles más racionales han dado presupuestos fundamentalmente irracionales.

Mercado exterior, planificación interior

La jerarquía corporativa también interfiere en la eficiencia de otra forma: mediante la sustitución de las relaciones de mercado por la planificación. Internamente, la corporación sustituye los intercambios de mercado por la planificación central. Los precios simulados se establecen a través de un sistema de contabilidad interna, necesariamente, ficticios. Incluso cuando utilizan los precios exteriores del mercado como una aproximación, las condiciones en las que los precios externos se formaron no coinciden con las relaciones de oferta y demanda dentro de la corporación. Pero más a menudo, los precios de transferencia interna se asignan a bienes que no están en el mercado externo, como los bienes intermediarios exclusivos a una empresa; en cuyo caso, los precios se basan en el coste más el margen de beneficio. Como ha observado Seymour Melman en el caso de los contratistas del Pentágono (la economía de guerra permanente), la asignación del precio de costo crea incentivos perversos para maximizar, en lugar de reducir al mínimo, los costes.

El ideal, en términos de eficiencia, es la asignación de los bienes enteramente a través de un auténtico mecanismo de precios, con el mínimo de integración vertical. En la medida en que el proceso de producción implica una serie de medidas discretas y divisibles, la mejor forma de evitar problemas de información e incentivos es separar los pasos en contratos separados y específicos, organizados por empresas separadas, bajo la forma interna de una cooperativa de trabajadores.

Cada paso, aunque es desconocido en el exterior, forma una perspectiva ideal para la recolección de toda la información pertinente para su examen por un solo grupo de toma de decisiones. En un régimen de autogestión empresarial, la misma gestión electa considera los precios relativos de los diferentes insumos productivos, y el precio del producto finalizado, esto también es experimentado en el actual proceso de producción en el que se utilizan insumos. Ellos son los más cualificados, de entre todas las personas, para decidir tanto la prioridad relativa de los insumos productivos que deberían ser economizados como de los métodos de organización de la producción técnicamente más eficaces con el fin de economizar los insumos (esto es, la combinación de las funciones “empresarial” y “técnica” de Mises sin la intermediación de varios peldaños de jefes).

Con igual importancia, a diferencia de la producción dentro de la jerarquía de la corporación, la producción de los trabajadores dentro de un organismo independiente de productores cooperadores internaliza todos los costes y beneficios de sus decisiones con respecto a la producción. A diferencia del caso dentro de la jerarquía corporativa, no hay un conflicto de intereses como resultado de la adopción de decisiones por parte de los administradores, que pueden obtener beneficios de un aumento de la productividad, mientras que los trabajadores solo sufren mayores cargas de trabajo.Para un régimen de autogestión de las unidades de producción, cualquier decisión relativa a los métodos de producción supondrá sopesar los costos y beneficios, lo cual es totalmente internalizado por quienes toman las decisiones.

Desde una perspectiva exterior, por otro lado, contratando empresas es posible hacer una virtud de la necesidad en el tratamiento de una determinada fase de producción organizada como una empresa separada, cuya actividad interna es desconocida. El contratista externo y la corporación jerárquica interna, igualmente, ignoran los tejemanejes del interior de la empresa. La diferencia es que un contratista externo, a diferencia de los inconvenientes (apparatchiks) que se plantean en una jerarquía corporativa, no necesita saber qué pasa en el proceso interno de la producción, y no puede interferir en aquello que no entiende. Mientras los insumos (preferiblemente en términos monetarios) se especifican en el contrato y los resultados son verificables y exigibles, lo que pasa dentro del proceso no es problema del contratista.

Si el contrato ideal es el “fuerte de entrada, gracias a un acuerdo claro y fuerte de salida, de rendimientos visibles” de Ian R. MacNeill, entonces es mucho más simple y menos costoso para supervisar los contratos especificados “de entrada” y “de salida” que yendo a través de los límites de la empresa para vigilar el uso interno de los insumos en el proceso de producción. La parte contratante no tiene la necesidad de preocuparse por la eficiencia interna del proceso de producción, ya que ha externalizado la responsabilidad de las decisiones sobre la mejor manera de organizar la producción a los que se dedican a ella. Y la otra empresa, si es de propiedad cooperativa autogestionada por sus trabajadores, está singularmente calificada para organizar la producción más eficientemente, dadas las específicas entradas y salidas. Tanto la autoridad para organizar la producción y la productividad como los beneficios de hacerlo de la forma más eficiente, han sido internalizados por los que tienen el conocimiento más cercano del proceso de producción.

Pero –de nuevo- la intervención del Estado en el mercado plantea obstáculos casi insuperables a esta forma de organización. El Estado promueve la jerarquía artificialmente a expensas de los mercados mediante la subvención de los costos de los insumos de las empresas a gran escala y protegiendo a las grandes corporaciones contra los mal pesados efectos de ineficiencia de la competencia. Se le subvenciona el transporte a larga distancia y, de este modo, se infla artificialmente el mercado y el tamaño de la empresa. Su diferencia de ventajas fiscales por deuda de la corporación y la depreciación del capital (o más exactamente, sus diferentes sanciones fiscales que no participan en esas actividades) fomentan las fusiones y la adquisición excesiva de capital intensivo para formas de producción con altos costos de entrada. Sus regulaciones cartelizadas, además, limitan la competencia en la calidad y las características del producto. Por lo tanto, el límite entre la jerarquía y el mercado es artificialmente alterado con la intención de que las empresas dominantes sean mucho más grandes, más jerárquicas y estén más integradas verticalmente de lo que sería en un mercado libre.

Lo que el Estado llama leyes de “propiedad intelectual”, específicamente, son una fuerza poderosa para la cartelización. Muchos oligopolios industriales fueron creados por el control de las patentes (por ejemplo, AT&T se basó en el sistema de patente de Bell) o el intercambio de los mismos (Ge y Westinghouse). Las patentes también permiten a las corporaciones restringir el suministro de piezas de repuesto para sus productos, de tal modo que la reparación de un aparato o un coche es artificialmente cara en relación a la alternativa de comprar uno nuevo. De esta forma se facilita un modelo de negocio basado en la obsolescencia planificada, las grandes producciones en serie y la distribución forzada.

La “propiedad intelectual” también promueve la jerarquía artificial, incluso en sectores donde el nivel mínimo de capitalización ha dejado de ser una barrera eficaz para el autoempleo. Una de las justificaciones originales de la jerarquía corporativa es que la enorme escala de incluso la mínima capitalización, en la industria del entretenimiento y la información, es una barrera de entrada: para iniciar un periódico, emisora de radio, estudios cinematográficos, editoriales, discográficas es necesario, como mínimo, un desembolso de varios cientos de miles de dólares. El resultado es, necesariamente, que los medios de comunicación se concentraron en el poder de unas pocas corporaciones guardianas.

Cambio Revolucionario

Pero, como ha observado Yochai Benker en La Riqueza de las redes, la revolución digital ha reducido el coste del número básico de bienes de equipo –el ordenador personal- a menos de mil dólares. Y el equipo suplementario y el software de muy alta calidad de edición, edición de sonido, podcasting, etc. pueden ser obtenidos por unos cuantos miles de dólares más. La habilidad de transmitir información digital en internet, a un coste marginal nulo, hace obsoletas las operaciones de marketing de los dinosaurios corporativos.

La única fuente de poder de los guardianes es la estatista “propiedad intelectual” monopólica –que explica por qué Microsoft, la RIAA y MPAA han realizado dichas legislaciones draconianas sobre derechos de autor para protegerse de la competencia en el mercado. El intrusivo DRM (gestión de derechos digitales) utilizado por Microsoft y las compañías de entretenimiento, y las sanciones legales para evitar que, en efecto, los ordenadores, al margen de la ley, hagan aquello para lo que están hechos: para la reproducción y el intercambio de información digital. Sin derechos de autor y monopolios de patentes, la producción de entretenimiento e información por trabajadores autoempleados sería probablemente la norma en el software, la música y la edición. (No es probable que coincidan, por cierto, las industrias que dependen de la “propiedad intelectual”, los monopolios son los principales sectores rentables de la economía mundial. Se trata de un caso de reproducción artificial de la “ventaja comparativa”, creado por el Estado erigiendo barreras a la difusión del conocimiento y la técnica. La mayoría de las industrias rentables son aquellas cuyos beneficios superan las rentas o peajes de acceso a la propiedad artificial.)

El problema no es la jerarquía en sí, sino las políticas gubernamentales que los hacen prevalecer artificialmente. Sin duda alguna, la producción a gran escala existirá en un mercado libre, así como algún empleo asalariado y la propiedad ausente. Pero en un mercado libre la escala predominante de la producción sería probablemente mucho más pequeña, y el autoempleo y la propiedad cooperativa estarán más generalizados que en la actualidad. La ganancia empresarial sustituirá las permanentes rentas de la propiedad artificial y otras formas de privilegio. Si la Revolución Industrial hubiera tenido lugar en un verdadero libre mercado, en lugar de una sociedad caracterizada por el respaldo estatal al robo y el privilegio, nuestra economía, hoy, estaría probablemente mucho más cerca de la visión de Lewis Mumford que de la de Joseph Schumpeter y Alfred Chandler.

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5 Responses to Jerarquía o Mercado – Traducción de Kevin Carson

  1. Estaría muy bien si tuviera párrafos :P. Salud.

  2. Victor L. says:

    Ya está puesto en párrafos, perdona. Se ve que al poner el “read more” se juntó todo…me ha pasado alguna otra vez.

  3. Balverdi-Medina says:

    El blog está bastante interesante porque realiza comparaciones sobre lo que fue la maquinaria industrial y la vida cotidiana.
    Puede mejorar mas con la información .
    Suerte!!!

  4. The Langlois says:

    Muy buen artículo. Justamente me encuentro leyendo algo relacionado: la obra de Schumpeter, donde explica cómo la mentalidad “burocrática” y “administradora” de la corporación y la gran industria va desplazando desde dentro de este sistema la figura del empresario innovador y arriesgado. Un saludo!

  5. […] que los bancos, desprotegidos de la competencia, ya no pueden cobrar tasas onerosas; que la abolición de la “propiedad” intelectual ha abaratado los productos tecnológicos y que, como consecuencia, sus compañeros y Usted pueden […]

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