Izquierda libertaria y New Left: un diálogo

May 10 • Mutualismo, Política • 5759 Views • 2 Comments on Izquierda libertaria y New Left: un diálogo

“El anarquismo tiene que hablarle a la gente de nuevo, no sólo a nosotros mismos.” — Murray Bookchin, Vermont, 6 de septiembre de 1994.

“El libertarismo, vital y verdadero, no puede ser simplemente grabado en piedra; debe ser una teoría viviente, que evolucione a través de la escritura y el debate.” — Murray Rothbard, Manifiesto Libertario.

 

De California a París y viceversa

 

El sur de California siempre fue tierra de activistas anómalos. Embebida en un compartimento donde pululaban las publicaciones y los eventos libertarios, la ciudad de Los Ángeles en la década del setenta, fue un verdadero epicentro del fenómeno de la aparición de revistas independientes –zines autogestivas- como The Innovator, que es nítidamente retratado por Brian Doherty en su monumental Radicals for Capitalism (2007), libro que se torna lectura obligatoria para todo aquel que quiera conocer de los devaneos y zigzagueos del libertarismo en los Estados Unidos desde sus raíces en la mente de Thomas Jefferson hasta el agorismo contracultural y neo-punk del siglo XXI.

La efervescencia de las zines fue el soporte y la circulación marginal (como aún sigue siéndolo) de esas ideas inflamables y extremas de una filosofía emergente producto de la simbiosis entre anarquismo y liberalismo: el libertarismo. La década de oro del movimiento libertario en los Estados Unidos es unánime en casi todos los estudios: de 1969 a 1974. Desde mi óptica, si somos más generosos y tenemos una mirada a mayor escala, fue toda la década del setenta, quizá simbólicamente desde mayo del 68 en París hasta la asunción de Ronald Reagan en 1981, decretando el cierre de las aspiraciones díscolas e indóciles.

¿Por qué los setentas fueron la década dorada? Varias son las razones: la fundación del Partido Libertario en 1971, el surgimiento de espacios capitales como la revista Reason (órgano difusor central de las ideas libertarias) en 1968, así como el emplazamiento del Instituto CATO en 1977, think tank que alimentó esta tradición de pensamiento. Por otra parte, durante esos años se publicaron textos ineludibles, que hacen al core de la tradición libertaria: La muerte de la política de Karl Hess (1969), El Manifiesto libertario de Murray N. Rothbard (1973), Anarquía, Estado y Utopía de Robert Nozick (1974), el Manifiesto neolibertario de Samuel Konkin (1980), pero también cruzando el Atlántico se editaban libros centrales de la izquierda libertaria francesa: el Tratado sobre el saber vivir para el uso de las jóvenes generaciones de Raoul Vaneigem (1967), Vigilar y castigar y La voluntad de saber de Michel Foucault (1976) o El Antiedipo (1972) y Mil Mesetas (1980) de Gilles Deleuze y Félix Guattari.

Un punto de inflexión. En 1965 Murray Rothbard y Karl Hess editan la revista Left & Right que apelaba a la confluencia de estas dos tendencias: el libertarismo (en su vertiente de izquierda) y la llamada New Left, esto es, el socialismo libertario europeo (alemán y francés), crítico con el estalinismo y la concepción totalitaria marxista. La revista operó como un germen y una simiente de ese encuentro vital entre libertarios de izquierda y socialistas libertarios que llegó a su cenáculo en el mítico encuentro entre Murray Rothbard y Murray Bookchin en el año 1968 en New York City. El diálogo entre un economista heterodoxo formado por los lineamientos de la escuela austríaca (Mises, Hayek) y un filósofo autodidacta de formación marxista que había evolucionado hasta un socialismo no totalitario que dio en llamar ‘municipalismo libertario’.

Muchos jóvenes de la New Left eran susceptibles –aún lo siguen siendo, como escritor formado en esas ideas, y ahora asumido libertario, me incluyo- a las nociones del libertarismo. Los puntos de contacto son tan nutridos y evidentes así como pocas las claves del desacuerdo. Samuel Konkin solía decir que un drama de la contracultura (beatniks, hippies, etc.) fue no saber de economía, despreciar en bloque conceptos como propiedad privada o mercado, sin notar las diferencias que existen entre diferentes capitalismos o bien entre mercado libre y capitalismo corporativo monopólico. No fueron pocos quiénes llegando de las aguas de la New Left abrazaron las ideas del libertarismo, el caso más icónico es el propio Robert Nozick. El filósofo que le dio legitimidad académica al libertarismo, en sus años mozos había leído con fruición a Herbert Marcuse y el freudomarxismo.

 

Contraculturas de la derecha y la izquierda

 

Es posible leer la situación de la siguiente manera: si el libertarismo viene a ser el discurso contracultural del liberalismo conservador, la New Left operó de igual manera con el socialismo totalitario. Ambas corrientes vinieron a renovar y sacar lo reaccionario de las estructuras liberales y socialistas paquidérmicas y puritanas. Ambos vinieron a colar y traficar el deseo en el marco de sus ideologías. Fueron fibras anaquizantes en esos discursos. Es claro: así como el libertarismo fue la contracultura liberal, la New Left fue la contracultura socialista. Ambos propiciaban modos de vidas no jerárquicos que compartían muchos valores en común: el anti-imperialismo, el anti-belicismo, el anti-militarismo, la sindicalización de los trabajadores, el respeto a las minorías étnicas, sexuales y los pueblos originarios, la conciencia ambiental, el feminismo, la crítica al puritanismo, la homofobia y el sexismo, así como la apelación a una emancipación del cuerpo y los placeres. ¿Cuál era su desacuerdo? Por un lado, su visión antropológica, una concepción iusnaturalista y racionalista en el libertarismo versus una mirada heredera de la crítica a la conciencia moderna vía Nietzsche y Freud en el caso de la New Left. En segundo lugar, su lectura económica. El libertarismo, al proceder de un riñón con fuerte presencia de economistas por sobre filósofos, psicólogos o escritores, tenía la sapiencia para discriminar entre esquemas monopólicos y oligopólicos, entre un capitalismo estatista, prebendario y explotador opuesto a un mercado libre de pequeños productores, cooperativas, autogestores, freelancers o pymes. Echando mano de desarrollos del mutualismo proudhoniano (la versión más proclive del anarquismo hacia una vertiente liberal) así como leyendo a Rothbard por izquierda, el libertarismo veía esa diferencia con claridad. La New Left, por su parte, rechazaba de plano un esquema de mercado libre y en todo caso se pensaba en el marco de un comunitarismo donde la propiedad privada era algo a revisar. Si bien pensadores como Marcuse, Foucault o Deleuze estaban lejos de planteos como ‘colectivizar bienes’ tampoco eran amigables hacia otro esquema de mercado posible. Lo cierto es que no había en la New Left ningún diseño institucional macro-político (tampoco era la pretensión, se trataba más de una ética, una reflexión deseante en el marco social). Incluso Deleuze y Guattari no fueron ‘anti-capitalistas’, hablaban de ‘radicalizar el capitalismo’ para propiciar sus fugas, su microrresistencia dentro del corazón mismo. De ahí que el pasaje de la New Left al libertarismo (que sí tenía planteos macro o institucionales) fuera algo casi natural en la madurez ideológica de muchos pensadores o personas con interés político.

Ese hiato fue saldado en gran parte durante la incipiente cruce físico o intelectual entre pensadores de ambas vertientes, a saber: Noam Chomsky fue publicado en revistas del libertarismo (por su anti-imperialismo), Michel Foucault leyó y recomendó a sus estudiantes los textos de Mises y Hayek, Rothbard realizó un coloquio con Bookchin en New York, Karl Hess apoyó la causa pro derechos civiles de los militantes afro-americanos (los llamados Panteras negras) y se unió a las protestas contra la guerra de Vietnam, Konkin habitó en anarco-villas de California muy lindantes con experiencias proto-hippies, Thomas Szasz abogó por la legalización de las drogas en el mismo sentido que el gurú psicodélico Timothy Leary (luego converso al libertarismo), etc. Ese umbral de intercambios fue fructífero durante toda la década del setenta, cuyo clima de época contestatario fue propicio con la explosión del rock, la experimentación lisérgica y el amor libre mediante.

Ese caldo de cultivo se fue quebrando parcialmente a fines de la década del setenta cuando Rothbard abandona el Partido Libertario para volver a su primigenia ideología: la llamada ‘Old Right’ paleo-conservadora y puritana. Allí se retira a los aposentos de la ultra-derecha aislacionista (de la pre-guerra Mundial), dejando el Partido en manos por poco tiempo de la izquierda libertaria, donde tenía gran cabida el Libertarian Party de San Francisco. La década del ochenta, con el gobierno de Reagan al comando, dejará al Partido Libertario opacado y diezmado entre quienes abrazaron el Partido Republicano colgándose de la ola del conservadurismo ascendente (traicionando la causa libertaria por beneficios económicos o cargos), o bien se volcaron a emplear estrategias no partidarias desde espacios como la Alliance of the Libertarian Left, con timoneles como Karl Hess o Samuel Edward Konkin III (SEK 3) que mantuvieron la antorcha encendida. En esos resquicios, fuera de las esferas de poder, es donde late el corazón real del libertarismo, que siempre fue de izquierda –tal como lo definió el propio Rothbard en su manifiesto- y cuyo enemigo jamás dejó de ser el conservadurismo. Ideología radical que, como es lógico, siempre tuvo una circulación en los márgenes.

 

Deseo y mercado: dos lenguas, el mismo objetivo

 

Quizá no sea menor rastrear una genealogía de ambos movimientos para clausurar esta serie de relaciones, tanto el libertarismo como la New Left tienen a largo plazo una raíz anarco-individualista: será el pensamiento de Nietzsche y el psicoanálisis (Freud,  así como el llamado ‘freudomarxismo’) las filosofías capilares en libertarios franceses como Foucault, Deleuze, Guattari o Michel Onfray, así como Thoreau y el ‘anarquismo bostoniano’ (Tucker, Spooner) será la piedra fundacional a la cual remiten todos los libertarios (de izquierda y derecha) estadounidenses. Esa raíz anarco-individualista, tanto europea o estadounidense, impregna ambos movimientos y los vertebra desde sus singularidades: el deseo emancipado de la normalización puritana en el caso nietzscheano, así como el mercado emancipado del estatismo corporativo en el caso tuckeriano. Son lenguajes distintos pero que habitan el mismo país: los franceses hablarán el lenguaje del cuerpo y el deseo, los estadounidenses el lenguaje de la razón y el mercado. Pero los hombres no somos solo deseo ni solo razón, somos ambos y simultáneos.

Los franceses hablarán el lenguaje del cuerpo y el deseo, los estadounidenses el lenguaje de la razón y el mercado. Pero los hombres no somos solo deseo ni solo razón, somos ambos y simultáneos.
 El libertarismo más propicio para ese diálogo siempre fue el de izquierda, proclive a lo autogestivo, al  mutualismo, a lo cooperativo, lo freelancer, a la sensibilidad estética o las prácticas eróticas heterodoxas, mientras que el libertarismo vulgar de derecha (versión pervertida pro corporaciones que hace del hombre solamente un ser ‘racional’, solipsista, ególatra y asocial) solo es una fracción funcional a los sectores más reaccionarios y a un ultra-liberalismo que jamás existió.

El libertarismo de izquierda es hermano del socialismo libertario, de allí que sus planteos sean sincrónicos, amoldables, casi idénticos. Cualquiera sea la fórmula, la búsqueda es la misma: la libertad individual sin conceder la explotación, la jerarquía y la pobreza. Es decir, libertad para todos, no para unos pocos privilegiados.

Hoy el libertarismo de izquierda tiene presente y más futuro, lo vemos en pensadores como Gary Chartier, Sheldon Richman, Kevin A. Carson o Roderick Long en los Estados Unidos así como en Michel Onfray en Francia. Modestamente, desde mi lugar intento hacer un aporte para instalar el discurso libertario de izquierda y hedonista en Argentina y América Latina con seminarios, artículos y libros desde hace siete años, apelando a ensayistas locales cuyas ideas apuntalan la realidad latinoamericana a partir de nuestra coyuntura. Así es que me nutro también de los textos de Ezequiel Martínez Estrada, Juan José Sebreli, Néstor Perlongher, Horacio González, Tomás Abraham o Christian Ferrer.

En definitiva, se trata de una política del deseo que insta a estrategias pragmáticas, no necesariamente partidarias –o bien a políticas puntuales al interior de los diferentes partidos- y que hace el foco en la autonomía, la educación, la comunicación, la creación, el placer y la amistad. En ese sentido, lo mejor parece estar por venir.

 

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2 Responses to Izquierda libertaria y New Left: un diálogo

  1. Lautaro Raidan says:

    Libertariamo de izquierda ////y hedonismo. Quiero creer que Fernandez asume que son dos cosas separadas. Respeto al hedonismo, pero lo que vemos ultimamente son intentos de reducir el anarquismo individualista a posturas solipticas por ejemplo el sicopata Oliver Serrano Gil y fakes que lleva a cabo campañas higienistas en la pagina Anarquismo Individualista o el grupo foro Anarquismos que el administra y censura. O con la excusa de yo hago lo que quiero pide voto a partidos autoritarios. Bah esa tambien es de Onfray. A mi me gusta distinguir a los anarcoind. partidarios de la militancia en aras de cambiar las cosas quienes en cambio prefieren aislarse en un bosque o peor, hacer una vida estatista porque se resignan a que todo siga igual, primer grupo ej. Tucker-De Cleyre-Konkin segundo grupo Thoreau-Stirner-Onfray. Lo que no quita que rescate las buenas ideas de estos ultimos

  2. Tecato says:

    Vaya ladrillo para justificar que la izquierda sigue viva haciéndonos comulgar con piedras de molino. Deja ya de poner en el buscador la palabrita left en todo texto libertario y sacar de contexto el párrafo donde aparezca.

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