Monthly Archives: May 2009

Planificación y descentralización

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Continúo con la serie de artículos sobre anarcocomunismo que van surgiendo sobre la marcha a raíz de los debates en los diferentes hilos de comentarios.

En mi opinión, una de las consecuencias del anarcocomunismo será una extrema centralización y, por consecuencia, una extrema concentración del poder. La razón es muy sencilla.

Cualquier empresa debe adecuar su acción a la de las demás tanto para evitar el derroche de recursos que otras empresas necesitan con más urgencia como para dar y recibir recursos de ellas en la cantidad adecuada.
Para realizar esa tarea, la empresa necesita obtener información continua sobre todas estas cuestiones.

La falla del anarcocomunismo radica en que la empresa y el individuo aislados no poseen ninguna forma de adquirir por sí mismos toda la información del entorno referente a la escasez relativa, ya que desconocen los usos que las demás empresas pueden dar a un mismo recurso. Nunca saben si los materiales que están empleando serían más necesitados a cientos de kilómetros en la elaboración de un producto diferente, porque el precio no experimenta ningún aumento proporcional (y, de hecho, ni siquiera existe). Cada unidad de producción tan solo conoce la situación de su propio entorno, mientras la economía no puede funcionar sin la coordinación de las diferentes unidades. Por lo tanto, estas deberán delegar su autonomía en beneficio de la funcionalidad a un órgano central de estadística que recopile la información para distribuirla entre las empresas. Será ese órgano el encargado de ponderar el uso de los recursos y decidir hacia qué proyectos deben ser utilizados. [1]

Descentralizar sin precios equivale a pretender que un ciego se desenvuelva en la sociedad sin enseñarle braille: tarde o temprano tanto la federación anarcocomunista como el ciego necesitarán un tutor que dirija sus pasos.

Una cooperativa mutualista, en cambio, puede autogestionarse completamente atendiendo a unas pocas señales: los precios, que proporcionan a los obreros la información necesaria sobre el estado de la oferta y la demanda para gestionar su planta de producción. Si uno de sus insumos de producción experimenta un aumento de precio no necesitarán saber el por qué: solo reducirán su consumo y emplearán materiales alternativos. El precio, gracias a la acción espontánea de millones de personas, sintetiza el estado de los recursos y de las necesidades sociales de un modo que cualquiera pueda aprovechar esa información en su beneficio y el de los demás.

El precio sin socialismo es privilegio e injusticia; el socialismo sin precios es miseria y brutalidad.

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[1]: Y, como apuntamos en Anarcosindicalismo vs mutualismo, la planificación central es ineficiente porque divorcia la toma de decisiones del conocimiento: los tecnócratas diseñan planes sobre un entorno cambiante que no conocen.

Una perspectiva mutualista contra la crisis

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Los austriacos acertaron en su análisis del ciclo económico: las expansiones crediticias reducen artificialmente los tipos de interés, esto provoca que las inversiones aumenten a un ritmo mucho mayor que el ahorro y que, como consecuencia, estalle una crisis que depura los proyectos que no descansaban en un ahorro real. Muchas empresas deben quebrar y sus trabajadores deben ser despedidos para poder reajustar la economía conforme a las demandas de los consumidores.

Hasta aquí todo bien. Sin embargo, el mutualismo puede ofrecer una perspectiva más interesante para superar las crisis mediante la participación activa de los trabajadores. Influidos por Ayn Rand, los austriacos tienden a considerar con facilidad que las crisis son resueltas gracias a una élite: los empresarios, mientras los trabajadores deben limitarse a soportar los despidos y trasladarse hacia los sectores más rentables. Como diría Proudhon, los obreros son los “mercenarios de la concurrencia”.

Las crisis económicas son una oportunidad espléndida para avanzar hacia una sociedad manejada por los trabajadores y para derribar el capitalismo corporativo (algo que ya habría hecho el mercado de no ser por el Estado). Un primer paso podría consistir en transformar a los parados en empresarios autoempleados. Existen multitud de negocios que requieren muy poco capital para funcionar y que pueden ser lo suficientemente remunerativos para proporcionar un buen nivel de vida a la gente que lo está pasando mal y disminuir la tasa de paro.
Sin embargo, el Estado prohíbe o dificulta que esos trabajadores se ganen honestamente la vida mediante barreras de entrada como licencias estúpidas y requisitos de “seguridad” o “sanidad”, que tienen más relación con los intereses corporativos que con la seguridad y la salud de los consumidores. Una licencia de manipulación de alimentos no va a evitar que los cocineros de un bar te envenenen, pero sí puede impedir que muchas amas de casa y otros individuos creativos se inhiban de comenzar un negocio –y esta es una de las barreras más livianas.

De ese modo, el Estado consigue que solo podamos ganarnos la vida a través de aquellos que poseen el capital suficiente para sortear sus barreras.

Desde que la electricidad llegó a la clase trabajadora, cualquier obrero puede trabajar en su casa sin necesidad de intermediarios. Desgraciadamente, todos esos negocios, desde los restaurantes hasta la venta de droga, pasando por estancos, taxis, camiones, farmacias, granjas, agricultura a pequeña escala o producción casera están regulados o prohibidos por el Estado de modo que las barreras de entrada -tanto en cursillos como en dinero- son suficientes para disuadir a un desempleado o a un obrero no cualificado. Como consecuencia, el capitalismo obtiene un “ejército industrial de reserva” dócil y abundante que en periodos de crisis se transforma en una masa ingente de parados.

Por ejemplo, un usuario del C4SS mencionaba que los requisitos “ecológicos” de la Unión Europea le habían impedido continuar con su negocio casero de equipos electrónicos de audio:

Yo construyo y vendo pequeñas cantidades de equipos electrónicos de audio, principalmente para aplicaciones de audio, y he estado buscando la posibilidad de intensificar mis esfuerzos para hacer de esto mi principal línea de trabajo. Lo que descubrió fue muy interesante.

Aunque parece que las normas de seguridad son bastante fáciles, las regulaciones ambientales procedentes de Bruselas son otra cosa. El más nuevo de estos reglamentos se llama “Directiva de residuos eléctricos y electrónicos» (RAEE). Básicamente esta legislación exige que cualquier fabricante o distribuidor de electrónica (incluidos los comerciantes individuales como yo, que trabajo en un garaje) sea responsable de la eliminación de cualquier producto que venden, siempre que sea tirado por el cliente.

Para lograr este objetivo todos los fabricantes tienen que inscribirse en un “Plan de Cumplimiento de productores”, que cobra una cuota anual por disponer de cualquier producto que termina en un centro de reciclaje en alguna parte.

La tasa que yo personalmente tendría que pagar es de unos cuantos cientos de libras por año además de una cuota de inscripción de un poco más de cien libras. Aunque aquí está la parte interesante. El régimen especial de cumplimiento que yo buscaba para unirme (curiosamente de nombre WeeeCare) es una filial de una empresa llamada SLI Holdings Ltd que fabrica aparatos de iluminación y en 2007 tuvo ventas de $ 466 millones.

Así pues, en efecto, un pequeño comerciante ganando por debajo de 15k al año y produciendo apenas residuos (este soy yo, por cierto) está subvencionando el comportamiento contaminante de una corporación multimillonaria.” [1]

El único modo de que los trabajadores salgan fortalecidos de la crisis es retirar las barreras que les impiden ganarse la vida pacíficamente, aquí y ahora.

¡Proletarios del mundo, comerciad!

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[1]: Extraído de: http://c4ss.org/content/253

Propiedad mutualista y orden espontáneo

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Los recientes debates tanto en el blog de Langlois como en este me han animado a escribir sobre la posibilidad de la propiedad mutualista a partir de un proceso espontáneo, es decir, sin ninguna planificación revolucionaria previa.

Hace meses escribí sobre la “viabilidad jurídica” de la propiedad mutualista suponiendo que fuese universalmente aceptada, pero ahora me gustaría plantearlo desde una óptica distinta. Aquí supondré que el Estado ha desaparecido súbitamente, y los títulos de propiedad permanecen intactos: lo que nos disponemos a tratar es cómo evolucionarían esos títulos de propiedad, a qué se enfrentarían los propietarios ausentes, etc.
Reconozco que las predicciones que obtengamos no tendrán certeza más allá de lo probable, pero esto me parece suficiente para examinar el asunto de la evolución de los títulos de propiedad sobre la tierra en un orden espontáneo.

Un sistema libertario de derecho (ley policéntrica) es por definición consuetudinario: no existe una constitución visible para todos, sino que cada cual actúa en base a unas costumbres interiorizadas y a sus expectativas en relación a las acciones de los demás. Este sistema de derecho se elabora a través de la interacción de los individuos; sus disputas, resoluciones, etc., sin una planificación deliberada, por lo que puede hablarse de orden espontáneo.

Una ley espontánea sobrevive a largo plazo solo si los beneficios sociales de su aplicación superan los costos de mantenerla; de lo contrario será desechada por otra más eficiente a través de un proceso de selección. La resolución de conflictos requerirán del ingenio de los tribunales, y estos crearán precedentes mediante sus veredictos, que serán imitados en caso de alcanzar un resultado satisfactorio. Estos veredictos pasarán a formar parte de las relaciones entre litigantes en situaciones similares, y la costumbre se convertirá en ley.

En el ámbito de la propiedad de la tierra, el Estado tiene un efecto perverso al eliminar la competencia entre sistemas legales y exteriorizar los costes de los terratenientes en materia de seguridad y litigación para mantener sus propiedades ausentes.
Ocupar una parcela es relativamente sencillo [1], y por consiguiente, mantenerla abandonada entraña riesgos de ocupaciones y conflictos que no se darían en el contexto de la propiedad mutualista. [2]
Sin embargo, los costes de seguridad asociados a este tipo de ocupaciones son socializados por el Estado. Si en un orden espontáneo el propietario debería contratar su propia fuerza de seguridad para hacer frente a los “polizones” mediante desalojos y demoliciones forzosas, actualmente puede descargar ese coste en el contribuyente. [3]
Además, el Estado, al socializar el coste de los tribunales, incentiva actividades con alta probabilidad de conflicto como la propiedad ausente de la tierra. Si el terrateniente interiorizase el coste de litigar, este podría ser lo suficientemente alto en algunos casos como para disuadirle de mantener su propiedad baldía.

Por último, el terrateniente exterioriza en el Estado un coste todavía más importante: el de unificar el sistema legal. Las diferentes interpretaciones legales entre comunidades (legales)  pueden provocar conflictos que a su vez generen cambios en la tenencia de propiedad, pero el Estado impide que tribunales de arbitraje o mediación aceleren esos cambios, reduciendo la competencia y selección de normas.
Debe tenerse en cuenta que no solo los campesinos están interesados en una reforma agraria, sino también los empresarios, constructores y otros grupos, y es posible que estos últimos sean la verdadera “vanguardia” involuntaria de los cambios (algo así como la metáfora marxista del brujo que no puede controlar las fuerzas que ha conjurado). Es probable que se produjese un conflicto de intereses entre los especuladores de tierras –interesados en su encarecimiento- y los empresarios –interesados en su baratura-.

Conforme aumenta la especulación, los emprendimientos pueden desplazarse a parcelas más baratas y alejadas de los núcleos de población, pero esto tiene un límite: los costes de distribución (y recordemos que serían plenamente interiorizados). Por lo tanto, existiría una presión por adquirir tierras alrededor de los núcleos de población. De esa forma, los empresarios tendrían incentivos en ocupar propiedades ausentes siempre que el coste de litigar no superase precio de mercado de la tierra, por lo que las ocupaciones serían mayores conforme progresara la especulación.

Por el otro lado, los especuladores estarían dispuestos a litigar siempre que sus costos no superasen las ganancias de venta menos la incertidumbre de la misma, lo que en ocasiones les forzaría a aceptar indemnizaciones de compensación en lugar de recuperar su tierra. (Es posible que las primas de asegurar ese tipo de propiedades fuesen mayores, lo que las desincentivaría).
Aun si nunca llegase a implantarse la propiedad mutualista de este modo, sí erosionaría progresivamente la propiedad absoluta sobre la tierra, y un sistema ligeramente atrevido de precedentes judiciales podría dar el salto definitivo.

En algunos casos, las ocupaciones pueden llegar a estar tan consolidadas que el ocupante esté dispuesto a asumir costes muy altos por mantener su parcela contra el propietario ausente.
Como ejemplo de este hecho, baste decir que, según estimaciones de la Guardia Civil, para el periodo 2005-2006 existían en España 12.832 construcciones ilegales (en terrenos protegidos) [4], lo que significa que el Estado en su papel de terrateniente es incapaz de vigilar sus títulos de propiedad; y tanto si se trata de propiedades públicas o privadas, la ley reconoce la propiedad de los ocupantes transcurrido cierto tiempo.

Tampoco debe subestimarse la presión de los propios trabajadores del campo, sobre todo si la reforma agraria lockeana no tuviera lugar; en las polis griegas eran frecuentes los repartos de tierras, durante la Edad Media las Jacqueries y otras revueltas campesinas asolaron Europa con el mismo propósito, y el lema de “tierra y libertad” ha liderado las reclamas de muchos movimientos revolucionarios, desde México hasta Ucrania, pasando por España, durante los dos últimos siglos. Naturalmente, la importancia de este factor es mayor en los países agrarios, y menor en los países industriales o de servicios.

Por último, en los espacios de poco valor (descampados, etc.), las actividades poco rentables que suelen rotarse sin que sus ocupantes reclamen nunca la propiedad absoluta pueden engendrar a largo plazo un mutualismo consuetudinario, creando la expectativa de que el abandono de la tierra legitima la ocupación posterior de terceros.

Si el salto llegara a producirse, los individuos crearían mecanismos para determinar cuándo una tierra está abandonada y otros pueden ocuparla. Probablemente los periodos de espera entre la ocupación y el abandono oscilarían inicialmente caso a caso, pero un sistema de precedentes podría reducir los intervalos y paliar la incertidumbre. Un periodo demasiado breve supondría una inseguridad intolerable para el propietario, mientras un periodo demasiado largo elevaría el precio de las tierras, los costes de litigio y los de seguridad.

En un orden espontáneo, supondría un problema similar determinar a partir de qué intensidad de sonido se está cometiendo una agresión: la solución probablemente oscilaría entre lo que las “víctimas” del ruido están dispuestas a pagar por imponerse y lo que los “agresores” están dispuestos a pagar por resistir. El caso es extrapolable al caso de la tierra.

Para agilizar la resolución de los conflictos relativos al tiempo de espera, las compañías de los propietarios tendrían incentivos en hacerse con informes de las parcelas o mapas catastrales, de modo que pudiera alcanzarse un alto grado de precisión a costes relativamente bajos, estableciéndose incluso distintos grados de espera según el tipo de explotación. Tanto los tribunales como los ocupantes tomarían en consideración los indicios estéticos (descuido del cultivo, basura, escombros, etc.) a la hora de considerar desocupada una parcela, y las resoluciones satisfactorias crearían un precedente que se incorporaría a las expectativas de los individuos. Así parece que sucedió en el Oeste americano, y probablemente también en las presuras hispánicas. Dentro de esos límites, el ocupante sería el auténtico propietario con plena facultad de vender su derecho de ocupación, formándose precios de mercado libres donde realmente deben formarse (ya que bajo la propiedad ausente encarecen la inversión productiva, véase la  explicación de Langlois) y sin necesidad de “tasaciones comuntarias”.

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[1]: Debido principalmente a los bajos costes de información para el ocupante, que puede advertir  de forma rápida qué parcelas están abandonadas. La ocupación de otro tipo de bienes inmuebles (edificios, etc.) implica mayores costes de información, además de los problemas de penetración, seguridad del edificio, etc.

[2]: Por supuesto, esta última no está exenta de costes.

[3]: Una situación similar se da en el caso de las patentes, cuyos beneficios son interiorizados completamente por los individuos o corporaciones beneficiadas, mientras el coste de perseguir a los infractores es exteriorizado en el Estado. Los incentivos de patentar desaparecerían si el inventor costease la persecución de los “piratas”.

[4] Extraído de El País: http://www.elpais.com/articulo/andalucia/fiscales/intensifican/peticiones

/demolicion/construcciones/ilegales/elpepiautand/20061020elpand_7/Tes/

Agricultores y molineros: la parábola del cálculo económico

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En los comentarios del hilo Mutualismo: única vía hacia la autogestión, debatiendo con Sol apareció la cuestión de cómo distribuir un producto escaso entre dos fabricantes. En mi opinión no ha respondido a la objeción que le hice, pero la explicaré aquí con más detalle.
Imaginemos que un agricultor tiene una tonelada de trigo, que divide en 10 paquetes de 100 kg para venderlos. Los potenciales compradores son dos: a) un molinero y b) un fabricante de biocombustibles.

Cada uno de los compradores (a y b) está dispuesto a pagar por cada saco su productividad, y esta a su vez está determinada por lo que los consumidores están dispuestos a pagar, por lo que distribuir el trigo en las proporciones correctas es importantísimo para saciar sus demandas. En cierto modo, el molinero y el fabricante no son más que los recaderos de los consumidores (de pan y de combustibles).

Conforme aumenta la cantidad ofertada, los bienes se dedican a usos cada vez menos apremiantes: esa es la razón por la que los precios bajan (del mismo modo que no estaríamos dispuestos a pagar lo mismo por una onza de chocolate si estamos hambrientos que si nos encontramos saciados). Por este motivo, el fabricante y el molinero estarán dispuestos a pagar cada vez menos por cada saco añadido que compren.

En el caso del molinero, supongamos que está dispuesto a pagar:

-    Primer saco – 100 $
-    Segundo saco – 90 $
-    Tercer saco – 80 $
-    Cuarto saco – 70 $
-    Quinto saco – 60 $
-    Sexto saco – 50 $
-    Séptimo saco – 40 $
-    Octavo saco – 30 $
-    Noveno saco – 20 $
-    Décimo saco – 10$

Mientras el fabricante:

-    Primer saco – 60 $
-    Segundo saco – 50 $
-    Tercer saco – 40 $
-    Cuarto saco – 30 $
-    Quinto saco – 20 $
-    Sexto saco – 10 $

E insisto en que lo que pueden pagar el molinero y el fabricante es proporcional al precio que obtendrán después por sus productos.

Dados estos datos, el precio se situará entre 30 y 40 $, de forma que el molinero quedará con 7 sacos de trigo y el fabricante con 3. Si el precio se situara por encima de 40 $, el molinero no podría comprar su séptimo saco ni el fabricante su tercero, por lo que quedaría 2 sacos sin vender; y si el precio se situara por debajo de 30, el molinero y el fabricante podrían comprar un octavo y un cuarto saco que, sencillamente, no existen, por lo que el precio solo puede caer entre 30 y 40$ si el agricultor quiere vender toda su producción.

De ese modo, el precio tiene la función de distribuir los factores en las proporciones adecuadas para saciar al consumidor, indicando al molinero y al fabricante cuánto han de comprar. Sin él hubiera sido imposible saber cuántos sacos de trigo debían darse a cada una de las industrias y, por lo tanto, se hubiesen repartido arbitrariamente y algunos consumidores habrían quedado insatisfechos.

El comunismo libertario, el anarcosindicalismo y el “socialismo de rostro humano” carecen de precios –o bien los intervienen y los falsean-, luego toda asignación de recursos que hagan es arbitraria y desembocará en el caos económico. Es por esta razón que, desde el prisma de la ciencia económica, no están entre las opciones disponibles.

El problema de la privatización

Logsemán (logseman@gmail.com) ha traducido este texto de Thomas L. Knapp que ilustra a la perfección el sentir de los libertarios hacia las privatizaciones efectuadas por el Estado desde arriba, lo tenéis un poco más abajo. Pronto, ésta y algunas traducciones más en castellano en el propio C4SS donde Logsemán ya se ha apuntado como traductor, supongo que no les vendrá mal más gente!

En otro orden de cosas el C4SS está recaudando fondos para este trimestre, al que no le esté afectando la crisis y se anime, ahí tiene la ocasión para hacer una buena obra.

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En el transcurso de los últimos 25 años, la palabra “privatización” ha pasado de ser una idea innovadora a convertirse en un término comodín para definir procedimientos habituales de los gobiernos (habitualmente descritos como “sociedades mixtas públicas-privadas”).

La semana anterior [por el 8 de mayo] la Administración Nacional de la Aeronáutica y el Espacio (NASA) anunció su propia iniciativa privatizadora: enfrascada en desarrollar un recambio para el actual sistema de transbordadores espaciales, la agencia quiere comprar, en el ínterin, cohetes y cápsulas para misiones tripuladas a empresas privadas. Otras propuestas recientes de privatización incluyen campos tan diversos como la gobernanza de Internet o los servicios de acogida a nivel estatal en Estados Unidos.

La idea que inspira las privatizaciones consiste en que el sector privado – el “mercado”– opera con mayor “eficiencia” que el sector público, lo que supone ahorros de costes al contribuyente. Se dice, y con razón, que una empresa privada puede producir por un dólar la unidad un producto que a una empresa dirigida y operada por el Estado le costaría dos dólares por unidad.

Lo cual suscita, necesariamente, la pregunta: ¿para qué necesitamos al gobierno? ¿Por qué no comprar las cosas que se necesiten directamente en los mercados libres en vez de llevar el dinero a las empresas a través de una burocracia ineficiente que aumentará los costes desde el precio de mercado al “precio de Estado”?

Los anarquistas más convencidos no necesitarán mayor justificación para rechazar los procesos privatizadores. Sin embargo, otros pueden necesitar mayor evidencia de que la privatización es inaceptable… y la hay en abundancia.

La privatización, tal como se practica hoy, es un proceso que refuerza al Estado y debilita al sector privado. Irónicamente, un proceso que se vendió como una forma de traer “valores de empresa” al sector público ha llevado justamente al resultado contrario.

En primer lugar, “privatización” es una definición errónea de ese tipo de procesos. En un proyecto gubernamental “privatizado”, el Estado sigue manteniendo la autoridad principal sobre él… llevándose jugosas tajadas financieras en conceptos de “gestión” y “supervisión”. El control del Estado sobre el proyecto lo mantiene en la nauseabunda esfera del politiqueo, mientras que las “comisiones” adicionales disparan el precio desde los precios de mercado hacia “precios políticos”.

Por otra parte, las empresas que ganan los concursos o que querrían tomar parte en ellos no son necesariamente las más eficientes del mercado. Más bien suelen ser las empresas con mejores contactos e influencia en la esfera política. Ergo, la “privatización”, más que una forma de solventar las ineficiencias del Estado, es un vector de esas ineficiencias hacia el sector privado.

Por último, hay una perversión fundamental en esas “sociedades mixtas” mencionadas previamente: si bien en ellas el Estado mantiene la autoridad fundamental, es la empresa privada la que acarrea la mayor parte de la responsabilidad de los posibles resultados desfavorables.

Así, los proyectos privatizados que fracasen (presos que han sufrido abusos en cárceles “privadas”, un posible problema en las cápsulas tripuladas “privadas” de la NASA) pondrán en bandeja a los burócratas la cabeza de turco de las empresas privadas, intentando que olvidemos que esas empresas trabajan en esos proyectos bajo una regimentación estatal inmensa.

Las empresas de mercado serán las que se lleven los palos: por otro lado, las “empresas privadas” con mejores conexiones políticas estarán dispuestas a poner el cazo para el siguiente proceso privatizador una vez la opinión pública olvide el incidente, incluso si se les da un leve escarmiento público para guardar las apariencias.

Por su parte, las agencias gubernamentales siguen adelante, con sus reputaciones (y sus presupuestos) intactas.

La privatización, tal como hoy se practica, es un juego de “cara: el Estado gana; cruz: la empresa privada pierde”. Si un proyecto privatizado da resultados escandalosos o es una ruina, la culpa es del mercado y el Estado deberá involucrarse más directamente. Si un proyecto privatizador tiene un cierto éxito, el Estado se lleva el crédito del proyecto y procede a “cebar” a las empresas con más proyectos privatizadores, atrayendo más y más partes del sector privado al cálido y despilfarrador abrazo del sector público.

La alternativa a la privatización que se practica hoy (que podríamos llamar “privatización de pega”) es una auténtica privatización: los servicios que tradicionalmente ha prestado el Estado deben ser completamente retirados de sus zarpas. La justificación de las privatizaciones de pega es que, en verdad, el mercado es más eficiente que el sector público. Para cualquier cosa.

El Estado al rescate de la macrocorporación

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Estoy acostumbrado a leer en el IJM los clásicos argumentos liberal-conservadores sobre el trabajo asalariado y la pobreza del Tercer Mundo; los panegíricos a los grandes empresarios e, incluso, la justificación de las patentes o de la penalización de las drogas duras. Por eso me ha sorprendido este artículo de Francisco Capella, bastante asimilable por la crítica mutualista a las corporaciones.

Capella argumenta que las intervenciones de rescate a las grandes empresas tienden a incentivar la expansión de las empresas a fin de obtener las ayudas, ya que los costes son socializados:

Si una empresa sabe (formal o informalmente) que el Gobierno no deja que las empresas grandes quiebren, tendrá incentivos para primero crecer (para así acceder a esas posibles ayudas) y segundo comportarse de forma irresponsable (asumir mayores riesgos ya que los beneficios se privatizan pero las pérdidas se socializan). Ayudar a las organizaciones que son demasiado grandes para caer tiende a incrementar la cantidad y la mala conducta de dichas organizaciones.

La conclusión parece obvia; a menos rescates, menor será el tamaño de la empresa.