Perdona la tardanza Ardegas. Tomo otra vez el debate, después de un tiempo de descanso. Venimos de aquí.
En cuanto al punto de la pobreza, hube de puntualizar que no damos garantías como no puede darlas ningún sistema, pero sí tenemos argumentos razonables para suponer que será eliminada.
Sin entrar a valorar la imperfección del sistema de precios (que sin duda lo es, y los austriacos no pretendieron negarlo), los salarios bajos son una señal a los empresarios de que la mano de obra está siendo utilizada de forma subóptima, es decir, muy por debajo de su productividad marginal –o de su potencial productividad marginal en un sistema más intensivo en capital- y que, por tanto, es rentable demandar trabajo de esos países hasta que los salarios se igualen con la productividad marginal, descontando el interés y los costos de transporte hasta el mercado de los productos.
Ardegas ha respondido en su blog a mi réplica de Robin Cox, con lo que continuamos con el debate sobre el cálculo económico en el comunismo libertario.
Respecto a que Cox se refiere al “mercado” actual y no al genuino mercado libre que propugnamos los mutualistas, Mises y Hayek podían responder exactamente lo mismo en relación a los reproches de aquel. De todos modos, si Cox quiere desmontar el modelo teórico austriaco del mercado, que parte del supuesto de que no existen barreras arbitrarias a la competencia, debe demostrar que en ese contexto existen tales fallas; de lo contrario, está refutando un muñeco de paja.
En cuanto a este punto, es cierto que nosotros no podemos garantizar al cien por cien la desaparición de la pobreza; en realidad, no podemos garantizar ni un solo punto de nuestro sistema, de la misma forma que ni siquiera el estatismo actual puede garantizar su continuidad dentro de 24 horas. Ahora bien, ¿es probable que funcione la anarquía de mercado? Y, ¿es probable que dentro de 24 horas continúe el Estado? Eso es lo que podemos discutir.
Mises pretendió demostrar que el socialismo, según los planes de los socialistas de su época –esto es lo importante-, era imposible. Es imposible prever que algún día pueda idearse un sistema que lo haga viable.
Ahora vayamos al grano.
El problema de ciertas externalidades, como la contaminación que producen los coches, creo que podría resolverse penalizando su producción, en lugar de ir pidiendo indemnizaciones individuales al sinnúmero de propietarios de vehículos. La tasa que debería aplicarse en cada caso deberán juzgarla los expertos y los tribunales de arbitraje ad hoc, en cualquier caso, suponemos que tienen incentivos para hacerlo bien.
Sobre el ejemplo de los individuos que truecan sus mercancías, comentas:
“La “valoración mutua” de la que hablas, solo queda clara en un ejemplo sencillo como este, ya que en una organización económica compleja, en la que las personas no se conocen entre sí, no se puede decir que los ingresos estén determinados por “valoraciones mutuas”. Estos precios e ingresos están influidos por muchas variables, entre las que entran en cuenta hechos que no tienen que ver con la “capacidad productiva” de las personas, como sus conexiones personales, el encontrarse con ventajas monopólicas, la capacidad de negociación, herencias, o la simple suerte que se tenga.”
Si con “solo queda clara en un ejemplo sencillo” quieres decir que es más evidente en este ejemplo que en la vida real, lo admito. Pero eso no le resta ni un ápice de verdad, aunque haya medio de cambio y una red de complejas relaciones mercantiles de por medio.
Ahora, tienes razón en que herencias, suerte, etc. pueden jugar un papel importante en la capacidad adquisitiva a nivel individual pero, ¿tiene relevancia a nivel de una sociedad? Y lo más importante, ¿extirpar ese mal supone más perjuicio para la sociedad que mantenerlo? Esa es la verdadera pregunta que debemos hacernos.
Tienes razón en que en ocasiones es difícil medir la productividad marginal de cada individuo, sobretodo en las grandes corporaciones que dominan el panorama económico actual –tengo pensado tratar ese tema en el blog próximamente.
Después apuntas sobre el sistema bancario:
“Por lo tanto, aunque se argumente que el sistema de libre acceso tenga problemas de cálculo económico, no se puede negar que la eliminación del sistema bancario y financiero liberaría una gran cantidad de recursos. Esta es una ventaja importante del comunismo libertario. Hay quienes estiman que los recursos liberados serían de la mitad de los utilizados en la economía actual.”
Solo tiene sentido discutir este punto suponiendo, como dije antes, que en el sistema anarcocomunista los “recursos liberados” compensen los “recursos derrochados”, por tanto, pasemos al tema central…
Robin Cox nos dice:
Asumamos que, por cualquier motivo, la tasa de rotación de existencias se incrementa rápidamente en digamos 2000 latas por mes. Esto requerirá entregas más frecuentes o, alternativamente, entregas más grandes. Posiblemente la capacidad del punto de distribución no sea lo suficientemente grande para acomodar la cantidad extra de latas requeridas, en cuyo caso se optará por entregas más frecuentes. Se podría también aumentar su capacidad de almacenaje, pero esto talvez tome algo más de tiempo. En cualquier caso, esta información será comunicada a los proveedores. Estos proveedores, a su vez, pueden necesitar más hojalata (lámina de acero cubierta de estaño), para hacer más latas, o más judías, para ser procesadas, y esta información puede similarmente ser comunicada en la forma de nuevas órdenes a los suplidores de esos artículos que se encuentran más abajo en la cadena de producción. Y así por el estilo. Todo el proceso es, en gran parte, automático – o auto-regulado – siendo conducido por las señales de información dispersa de los productores y consumidores sobre la oferta y la demanda para bienes, y, como tal, está muy alejada de la burda caricatura de una economía de planificación centralizada.
La comunicación puede pasar, como supone Cox, perfectamente de un actor de la producción a otro hasta que llegamos a los extractores de estaño, con el que se fabrica el envase de las judías. En este punto, debemos hacernos la pregunta que Cox ha estado evadiendo durante todo el párrafo; ¿en qué proporciones ha de asignarse el estaño para sus respectivas demandas? ¿qué porcentaje del cobre disponible debe utilizarse en la producción de latas de judías y qué porcentaje a todos los demás productos manufacturados que se fabrican con él?
Ante este contratiempo Coxmenciona un recurso llamado “el colchón de existencias”, que es un porcentaje de los bienes en cuestión que se almacena para evitar que el aumento repentino de la demanda produzca una escasez. Pero en realidad, este tampoco supera el costo de oportunidad, como Cox supone, sino que él mismo necesita, a su vez, una evaluación de los costos de oportunidad para saber qué cantidad de recursos deben destinarse al “colchón” y, a pesar de todo, solo conseguiría retrasar la disyuntiva de a dónde asignar los recursos hasta el momento en que el colchón se consuma.
En este punto cabrá preguntarse: necesitamos más tierra, trabajo y capital para satisfacer la mayor demanda de estaño (podemos obviar la naturaleza escasa del estaño), ¿de qué actividades desviaremos esa tierra, ese capital y ese trabajo que necesitamos? En este punto solo se puede apelar a la intensidad de la demanda de los consumidores del resto de bienes, y hacer una comparación muy precisa –tal y como hacen los precios- entre ellos para retirar la tierra, el trabajo y el capital necesarios para nuestra actividad –y que deben ser compatibles con ella- de la producción de bienes de escasa valoración.
El problema del comunismo está, pues, en que le es imposible comparar todos bienes necesarios a los consumidores de una manera tan precisa como se requiere. Para este propósito no serviría la “tasa de rotación de existencias” puesto que esta compara magnitudes diferentes entre sí: no nos dice nada en relación a la intensidad de la demanda que la “tasa de rotación” diaria de zapatos sea de 100 y la de calcetines sea de 200, puesto que a pesar de la mayor tasa de los calcetines, los consumidores podrían preferir renunciar a estos antes que a los zapatos.
En cuanto a la ley del mínimo, Cox nos dice:
Cuando un factor en particular es limitado en relación a las múltiples demandas que recaen sobre él, la única manera en que puede ser “ineficientemente asignado” (aunque esto en última instancia es un juicio de valor) es escogiendo “incorrectamente” a cual uso final particular debe de ser asignado (un punto que consideraremos en breve). Fuera de eso, no se puede usar mal o asignar mal un recurso si simplemente no está disponible para ser mal asignado (esto es, cuando hay un inadecuado o inexistente colchón de existencias en el estante, por decirlo así). Por necesidad uno se ve obligado a buscar una alternativa más abundante o substituto (lo que sería el comportamiento sensato en esta circunstancia).
Pero no indica con qué criterio se busca la alternativa más abundante o el sustituto.
Al terminar la explicación práctica de la Ley del Mínimo, continúa:
Nótese también que reconoce y pone en operación el concepto de costos de oportunidad con que el ACE está ostensiblemente preocupado. Así, si deseamos desviar 4 unidades de N fuera de la producción de Y a la producción de cualquier otro bien – llamémoslo Z – entonces sabremos muy bien lo que hemos perdido al haber cortado los suministros de N necesarios para producir Y. Las 2 unidades de N con las que quedamos después de que las otras 4 han sido desviadas a Z solo serán suficientes para la producción de 1 unidad de Y. Mientras que antes podríamos haber producido 2 unidades de Y donde M era el factor limitante, desviando 4 unidades de N a Z significaría, en efecto, que N reemplazaría a M como el factor limitante al producir, y que el costo de oportunidad de desviar 4 unidades de N a Z nos daría la pérdida de una unidad de Y.
Pero realmente vuelve a escapar la cuestión esencial: de qué forma “pone en operación el costo de oportunidad”. Es verdad que mediante “la ley del mínimo” puede fácilmente determinarse qué se pierde al desviar un determinado factor de producción o insumo a producir otro bien, pero no nos indica de ninguna forma en qué proporciones debe desviarse.
En conclusión, la ley del mínimo tampoco soluciona nuestro problema porque el factor más escaso, que es el que según esta teoría debería ahorrarse, es imposible de reconocer sin saber antes la intensidad de la demanda de los consumidores, ya que esta no es un valor absoluto, sino una relación entre las existencias y la intensidad con que se requiere el bien. Un factor escaso es un factor muy demandado en relación con su oferta.
Por último, la jerarquía de las necesidades no ayuda en esta cuestión porque existen infinidad de bienes considerados “primarios”, “secundarios”, “terciarios”, etc., lo que nos impide compararlos entre sí. Para resolver esta cuestión, el comunismo necesitaría que cada uno de sus componentes elaborase una jerarquía valorando las decenas de miles de bienes que se producen en la sociedad en una escala que, para ser útil, debería abarcar al menos 10.000 cifras y tener en cuenta las peculiaridades de los factores de producción concretos que en ocasiones hacen imposible que determinada porción de trabajo, tierra o capital se transfiera de un sector a otro.
Y aun si esto fuera posible –lo cual es muy dudoso-, la centralización y el procesamiento de las precisas y exhaustivas encuestas de los consumidores haría perder al “socialismo descentralizado” la ventaja que posee con respecto al “socialismo centralizado”; la flexibilidad.
“Si hemos de ajustar la producción a muchos más hechos de los que podemos conocer, una señal que tenga en cuenta la mayor parte de ellos es mejor que ninguna. Los viajeros no desechan el mapa de un país desconocido que han de atravesar por descubrir que no es totalmente exacto.” - Friedrich A. Hayek.
Ardegas ha traducido un ensayo de Robin Cox sobre la controversia del cálculo económico desde una perspectiva anarcocomunista, en el que el autor trata de demostrar que es posible administrar eficientemente los recursos de una gran sociedad sin la necesidad de precios ni mercado, y lo que es más importante, que dicha forma de “socialismo descentralizado” es más eficiente que el propio mercado.
El ensayo se divide en dos partes: en la primera parte, el autor critica los presupuestos de eficiencia del mercado que toman como base los austriacos. Robin Cox sostiene que los precios de mercado no toman en cuenta las externalidades (contaminación, daños a terceros, etc.), que no reflejan las preferencias de los individuos, ya que estas están determinadas por su poder adquisitivo, que no existe relación entre los costos reales y los costos monetarios y que no es posible conocer los precios futuros con antelación, por lo que la actividad de los empresarios es siempre incierta y tiene como consecuencia el derroche de recursos.
En la segunda parte, el autor plantea algunos mecanismos para superar el sistema de precios: el cálculo cuantitativo, el sistema autorregulado de existencias, la ley del mínimo y una jerarquía de necesidades para producir.
Antes de comentarlo me gustaría puntualizar que el autor comete los mismos errores de generalización con respecto al mercado que los que achaca a Mises y Hayek en relación al socialismo. Por ejemplo, Robin Cox achaca al mercado, y no al Estado, las causas de la pobreza.
Por otra parte, el argumento esencial de Ludwig von Mises contra la planificación comunista, esto es, que el cálculo económico racional es imposible sin precios de mercado, es independiente de la forma en que se planifique la economía, siempre y cuando no permita tales precios. Así nos dice él:
“Para el estudio de los problemas de la economía socialista es secundario saber cómo se forma este órgano y cómo llega a expresarse en él y por medio de él la voluntad colectiva. Poco importa que este órgano sea un príncipe absoluto o la colectividad de todos los ciudadanos de un país, organizada en democracia directa o indirecta.” [1]
Comencemos con la crítica que hace Robin Cox. Él sostiene que el precio no refleja “los efectos del mercado en el medio ambiente”, pero si lo observamos atentamente, nos damos cuenta de que los problemas de externalidades son consecuencia de una deficiente demarcación de los derechos de propiedad. Un sistema de justicia competitivo podría establecer aproximadamente los daños que provocan los contaminadores sobre los propietarios afectados y reclamarles una indemnización que automáticamente pasaría a reflejarse en el precio.
Otro de sus argumentos es que el mercado no refleja las preferencias reales de los individuos, ya que estas se ven cercadas por la capacidad adquisitiva de cada uno. A esto podría contestarse que en un mercado realmente libre, incluso en uno que partiera de la igualdad más estricta, el nivel adquisitivo del individuo iría en función de las valoraciones de los demás individuos de su propia producción, por lo que su capacidad de compra sería simétrica a su capacidad de producción.
Para comprender esto y que Cox no nos acuse de entrar en un bucle, podríamos reducirlo a su expresión más simple: en una comunidad de trueque, la capacidad de compra de un individuo X está directamente determinada por la valoración que hace el individuo Y de su producción, en relación de la valoración que hace él de la producción de Y. Si ambos presentan sus productos en el mercado, será la valoración mutua la que determine el poder de compra de cada uno, que variará a su vez en la medida en que satisfaga las necesidades de ambos.
En realidad, Robin Cox acusa a esta explicación de tautológica porque no advierte que tanto la compra como la venta están determinadas por valoraciones recíprocas y, por tanto, no se pueden examinar unilateralmente.
También sostiene que los precios de mercado no reflejan los costos reales. En este caso, Cox se blinda de la refutación:
“La afirmación de que los costos de mercado implican “costos reales” solo se puede probar si existe un método que demuestre una correlación entre los costos de mercado y los “costos reales”, y solo se podría demostrar tal correlación midiendo unos contra los otros, sin embargo, esto significaría que los “costos reales” se podrían medir independientemente de los costos de mercado, lo que refutaría el ACE.”
En primer lugar cabe señalar que sí es posible demostrar que el mercado refleja los costes reales. Si aceptamos el presupuesto que hemos tratado antes de que el precio sí refleja las preferencias de los individuos, entonces parece claro que el mercado es capaz de medir los costos reales, esto es, los costos de oportunidad, comparando los precios de las distintas mercancías a la hora de realizar una inversión.
En segundo lugar, aun si no fuera posible demostrarlo, tampoco lo sería desmentirlo y ese punto de su argumentación quedaría neutro.
Cox también sostiene que es imposible medir exactamente los costes, pues el empresario tiene que tomar siempre las decisiones bajo una previsión imprecisa de los precios futuros de los bienes que produce y, como desconoce estos, derrocha recursos.
En general, Mises y Hayek reconocían que existía un nivel de incertidumbre, en ocasiones muy alto, en las decisiones económicas; sencillamente señalaban que los precios de mercado, junto con una moneda estable, eran la única forma de minimizar los costos de tal incertidumbre.
Entonces, Cox tiene que demostrar que el comunismo libertario es capaz de reducir la incertidumbre de las actividades económicas, lo cual parece poco probable si tenemos en cuenta que el comunismo no puede percibir la intensidad de la demanda, ni anticiparse al futuro, ni posee los incentivos para un acercamiento mínimo.
Por último, Robin Cox ataca el mercado porque considera que los costos del sistema bancario y financiero son innecesarios, lo cual, en realidad, solo puede aceptarse si se acepta previamente que los precios y el mercado son innecesarios. En cualquier caso, Cox necesita demostrar que el ahorro en los sistemas bancario y financiero compensa los errores que le son achacados a la ausencia de mercado.
En la segunda parte del ensayo, Cox propone algunos mecanismos para superar los precios.
El primer mecanismo es el cálculo cuantitativo, que consiste en hacer una especie de “recuento de inventario” sobre las mercancías que son necesarias.
El segundo mecanismo es un sistema autorregulado de existencias, que se consigue calculando la tasa de rotación de las existencias, modificando su intensidad sobre la marcha para adaptarse a las demandas. Para disponer de cierto margen de maniobra, Cox propone la creación de un “colchón de existencias” con el que suplir los desabastecimientos momentáneos.
El tercer mecanismo es la ley del mínimo, que establece que el aumento de la producción no depende de la totalidad de los factores, sino del factor necesario más escaso (llamado factor limitante). Esto quiere decir que si para un bien X son necesarias 2 unidades de A y 1 de B, y disponemos de 1 unidad de A y 4 de B, el factor limitante será A, puesto que es el que necesitamos aumentar para obtener más unidades de X.
El último mecanismo consiste en la creación de una jerarquía de necesidades de producción basada en Maslow, primando las necesidades “primarias” sobre las necesidades “secundarias”. Con la intención de refinar el mecanismo, también se propone un sistema de puntos para evaluar el rango de los diferentes proyectos.
Ninguno de estos factores consigue, en realidad, poner fin al problema del cálculo económico en el comunismo. Este problema consiste en reducir toda la información dispersa a una unidad común (en el caso del mercado, es el precio) para saber cuál es el mejor uso de los recursos disponibles. Efectivamente, el cálculo cualitativo no consigue establecer una comparación entre las distintas combinaciones de bienes como para establecer cuál es óptima. El sistema autorregulado de existencias implica un cálculo previo de la rotación de las mismas que solo puede establecerse mediante los precios y que, cualquier caso, el autor no resuelve.
La ley del mínimo solo puede orientar pobremente la producción, puesto que carece de mecanismos para seleccionar el mejor bien sustitutivo del factor limitante. Y, por último, la jerarquía de necesidades no da ninguna respuesta al problema del cálculo económico racional y, además, establece una jerarquía de prioridades que no guarda ninguna relación con la que pueda poseer el individuo.
Para ilustrar todo esto basta el sencillo ejemplo de la materia prima y las industrias.
Dado un depósito de la materia prima X que abastece a dos industrias, A y B, el mercado distribuirá la materia prima en función del precio que adquiera en el producto final de las industrias A y B. Si la industria A obtiene más dinero por su producto acabado que la industria B, estará dispuesta a pagar más por la materia prima X y podrá abastecerse de mayor cantidad.
En cambio, bajo el comunismo descentralizado es imposible resolver este problema: ni el cálculo cualitativo, ni el sistema autorregulado de existencias ni la ley del mínimo lo consiguen, y la jerarquía de necesidades, por su parte, solo podría establecer una proporción de suministro arbitraria entre las dos industrias, puesto que no guardaría relación con la intensidad de la demanda de los individuos.
Por otro lado, y para finalizar, Robin Cox supone un entorno de economía estática. En el supuesto más realista de una economía dinámica, el comunismo no puede establecer con precisión qué porcentajes de tierra, capital y trabajo se dedica a las distintas tareas. Por ejemplo, si la demanda de judías descendiera, ¿cómo podría determinar qué porcentaje de tierra, capital y trabajo deben transferirse y a qué otra rama? Añádanse, además, los posibles falseos de información por parte de las unidades de producción, con el objeto de que los órganos de planificación no detecten el déficit o la ausencia de demanda de su producción que obligue a suspender sus actividades.
Puede concluirse, en definitiva, que las soluciones de Robin Cox son insuficientes para hacer frente a los problemas económicos de una sociedad a gran escala.