El mutualismo francés

Jul 1 • Mutualismo • 6862 Views • No Comments on El mutualismo francés

Shawn Wilbur solía decir que el mutualismo es un ideal radicalmente antiguo y radicalmente nuevo al mismo tiempo: sus orígenes se remontan a las décadas centrales del siglo XIX, pero hoy ha recobrado una actualidad inesperada de la mano de la nueva economía basada en internet, las redes P2P, el software libre y las nuevas tendencias en management, de modo que es natural que a lo largo de todo este tiempo hayan existido diferentes variedades del mutualismo (léase Qué es el mutualismo para las líneas básicas).

En esta serie de artículos me gustaría describir y explicar lo que yo llamaría los tres mutualismos fundacionales del siglo XIX, que corresponden básicamente a los tres países donde el mutualismo tuvo relevancia social: Francia, España y Estados Unidos —cabría también Reino Unido—. En todos los casos existe una matriz común (asociacionismo obrero, defensa de la propiedad y de los mercados libres alternativos, oposición doble al capitalismo y al comunismo, raíces intelectuales en Proudhon) pero todos ellos constituyen, al mismo tiempo, adaptaciones a su propia idiosincrasia: a la fase de desarrollo industrial, a los problemas de integración nacional/estatal o a la tradición revolucionaria previa, entre otros, lo que les obligará a tomar posiciones diferentes respecto a cuestiones como la participación política o la abolición o no del Estado. Es una historia apasionante que atraviesa momentos clave en el desarrollo del siglo XIX, y de la que podemos aprender mucho de cara al futuro.

 

I. EL MUTUALISMO FRANCÉS

 

Es tentador remontar todo el mutualismo francés a los escritos de Proudhon, pero lo cierto es que el pionero de Besançon —él mismo un obrero tipógrafo— tomó el nombre y el fondo de sus ideas después de entrar en relación con los núcleos obreros de Lyon en la década de 1840. El mutualismo fue durante las décadas centrales del siglo XIX la ideología par excellance de la clase obrera francesa, sobre todo de cierta vanguardia procedente de los estratos cualificados y semiartesanos de la misma, todavía de un estatus relativamente holgado si se los compara con los proletarios ingleses, pero amenazados por el curso de la mecanización. Se trataba de tipógrafos, trabajadores del bronce y el mármol, sombrereros, zapateros, peleteros, cerrajeros y un largo etcétera. En su inmensa mayoría trabajaban como asalariados para industrias de pequeño y mediano tamaño en los suburbios de ciudades como París y Lyon, conforme al incipiente desarrollo del capitalismo francés; excepcionalmente también como autónomos y pequeños propietarios.

La proliferación de sociedades cooperativas de producción y de consumo alimentó por algunas décadas la idea —compartida incluso por Bakunin en su Catecismo revolucionario de 1866— de que el capitalismo podía superarse pacíficamente mediante la asociación voluntaria de los trabajadores. El mutualismo de estos obreros de vanguardia —de la que Proudhon formaba parte— trataba de averiguar de qué modo podía precipitarse esa transición sin abolir la propiedad (garantía de libertad y “contrapeso del Estado”) ni caer en la expropiación violenta. Por algún tiempo Proudhon osciló entre diferentes experimentos creativos como el banco de trueque, pero terminaría convenciéndose de que el único medio para lograr semejante fin consistía en abolir el privilegio y el monopolio, liberando el mercado al tiempo que se desmantelaba el Estado para entregarlo a compañías de trabajadores. Como decía Engels en 1867: “ellos (los mutualistas) dicen: ‘suprimamos el Estado y el capital se irá al diablo’. Nosotros (los comunistas) proponemos el proceso inverso”. En especial, el Banco de Francia debía ser transformado en un banco mutuo gestionado por cooperativas de trabajadores con la finalidad de proporcionar crédito al precio de costo (“gratuito”), al tiempo que el monopolio sobre la tierra debía disolverse para entregar la tierra a los campesinos. Como resume genialmente Proudhon en La capacidad política de la clase obrera (1865):

Digamos que el proletariado no pretende despojar a la burguesía de sus bienes adquiridos, ni de ninguno de los derechos de que goza justamente; no se quiere sino realizar, bajo los nombres perfectamente jurídicos y legales de libertad de trabajo, crédito y solidaridad, ciertas reformas cuyo resultado sería abolir (¿qué?) los derechos, privilegios y demás beneficios de que la burguesía goza de una manera exclusiva, y por este medio hacer que no haya burguesía, ni proletariado, es decir, absorberla.

El desarrollo del mutualismo conduciría naturalmente a la “disolución del Estado en el organismo económico”, de forma que todos los resortes útiles de la administración (banca, seguros, ferrocarriles, minas, etc.) serían entregados a compañías de trabajadores y sometidos a la ley de la libre competencia. Proudhon llegaba por este camino al anarquismo: negó el contrato social como fundamento del Estado, dado que sólo el individuo puede establecer contratos soberanos; negó los impuestos, dado que roban al trabajo su producto legítimo, y estableció como su meta la constitución de una “sociedad sin autoridad”. Como explicaba en Idea general de la revolución en el siglo XIX (1851):

Para que yo viva libre, para que yo no sufra más ley que la mía, para que yo me gobierne a mí mismo, se hace indispensable el renunciar a la autoridad del sufragio y abandonar el voto lo mismo que la monarquía y el sistema representativo. Se necesita, en una palabra, suprimir todo lo que hay de divino en el Gobierno, y reconstruir el edificio sobre la idea humana del CONTRATO.

En el puesto del gobierno, como indica algunas líneas más abajo, “colocaremos la organización industrial”. En sus últimos años Proudhon evolucionaría a una suerte de federalismo libertario, donde si bien el Estado permanece como administrador de algunas funciones comunes, el ideal continúa siendo reemplazar el gobierno por el contrato, plasmando esto tanto en una economía libre y controlada por los trabajadores, como en una organización política que debía fundamentarse en el pacto entre municipios y regiones. Como dice en La capacidad política (1865):

En cuanto esté proclamada en cualquier punto del globo la reforma mutualista, la confederación llegará a ser una necesidad en todas partes. Y para que exista, no será preciso que los Estados que se confederen estén contiguos ni agrupados en un mismo recinto, como lo estamos viendo en Francia, en Italia y en España. Puede muy bien haber una confederación entre pueblos separados, disgregados y distantes los unos de los otros: basta para ello que declaren unir sus intereses, y darse garantías recíprocas, conforme a los principios del derecho económico y de la reciprocidad.

En una sociedad libre, dice en El principio federativo (1863), “el papel del Estado o del gobierno es por excelencia un papel de legislación, institución, creación, inauguración, instalación; es, tan poco como sea posible, un papel de ejecución”. El resultado de esta revolución, a la vez política y económica, sería una suerte de socialismo libertario donde las masas accederían al poder, no para ejercerlo, sino para prevenir la constitución de privilegios y garantizar la instauración de un libre mercado radical en manos de los trabajadores. En la terminología de Proudhon, el concepto de socialismo estaba tan opuesto al comunismo como al capitalismo. Como sostiene en la misma obra (1863):

Quien dice socialismo en el buen y verdadero sentido de la palabra, dice naturalmente libertad del comercio y de la industria, mutualidad del seguro, reciprocidad del crédito, del impuesto, equilibrio y seguridad de las fortunas, participación del obrero en los destinos de las empresas, inviolabilidad de la familia en la transmisión hereditaria.

Proudhon conservó durante mucho tiempo la esperanza de plasmar sus ideas a través de la vía parlamentaria: en la década de 1840 fue elegido diputado por la Asamblea Nacional, y  en 1848-1849 formó parte de la Asamblea Constituyente de la Segunda República Francesa. Al contrario de lo que sucederá con el anarquismo a partir de Bakunin, los mutualistas franceses no venían nada intrínsecamente inmoral en la participación política; incluso cuando el fin último era la sustitución del gobierno por el contrato, debía avanzarse por aproximaciones antes que por absolutos. Cuando Proudhon, hastiado, ya se había retirado de la actividad parlamentaria, una agrupación de obreros mutualistas se lanzó a presentar su candidatura a la Asamblea Nacional en 1864. Para publicitar su programa publicaron el célebre Manifiesto de los Sesenta, donde se recogían algunas demandas reformistas para atemperar la situación obrera (limitación del trabajo infantil, educación gratuita) pero sobre todo se reclamaba la abolición del privilegio y la instauración de un mercado libre operado por y para los trabajadores. Como declaraban sin ambages:

No se nos acuse de soñar con leyes agrarias, igualdad quimérica que pondría a cada individuo en el lecho de Procusto, ni con repartos de propiedad, máximum, impuesto forzoso, etc. No; es tiempo ya de acabar con esas calumnias propagadas por nuestros enemigos y adoptadas por los ignorantes. La libertad, el crédito, la solidaridad, estos son nuestros sueños. (…). El día en que estos sueños se realicen, no habrá más burguesía ni proletariado, amos ni obreros.

Entre estos obreros, que se consideraban los pioneros de una nueva Revolución Francesa, se encontraban hombres como Tolain, Baraguet y Ripert; miembros de la Comisión Obrera enviada a Londres para reunirse con los sindicalistas británicos, que en ese mismo año daría lugar a la Asociación Internacional de los Trabajadores. Habitualmente se presenta a la Primera Internacional como un organismo dividido en dos grandes alas, bakuninista y marxista, que terminaría escindiéndose debido a las diferencias irresolubles entre sus dos grandes líderes. Pero esta imagen no se corresponde a lo que fue la Internacional durante la mayor parte de su desarrollo: los mutualistas no sólo participaron decisivamente en su fundación junto a las trade unions británicas, sino que dominaron abrumadoramente el tono de los debates y el contenido de las propuestas aprobadas en los congresos de Ginebra (1866), Lausana (1867) y Bruselas (1868). En este último, al finalizar el congreso la comisión de la AIT declaraba

que la producción (el productor) únicamente puede conseguir la posesión de las máquinas mediante las asociaciones cooperativas y una organización de crédito mutuo. […]. 

Sólo la unión de marxistas y bakuninistas para aislar el ala mutualista de la Internacional comenzaría a debilitar su dominio a partir de 1869, en el congreso de Basilea. Pero no sería hasta 1872 cuando serían apartados por los colectivistas, aprovechando que la represión contra la Comuna de París prácticamente acabaría a sangre y fuego con el obrerismo francés.

Antes y en paralelo a la fundación de la Internacional, los barrios obreros de Francia y en especial de París eran un hervidero de sociedades y clubes mutualistas. Louis-Eugène Varlin fundó en 1857 la sociedad mutua de encuadernadores, auténtico germen de un sindicato que sembraría de huelgas el sector entre 1864 y 1865. Aprovechando la infraestructura sindical, Varlin fundaría el banco mutuo de encuadernadores, donde se ofrecía crédito al precio de costo de acuerdo con las propuestas de Proudhon. El sindicato se integraría desde el principio en la propia Internacional. En el sector del bronce, Henri Tolain ayudaría a organizar las primeras huelgas en 1867, integrando asimismo sus organizaciones en la AIT. Si Proudhon ha sido acusado con toda justicia de misógino en muchas ocasiones, no debemos olvidar que el mutualismo francés era un movimiento diverso donde cabían auténticos feministas, como el propio Varlin; y mujeres, como Nathalie Lemel, que ocuparía un cargo de importancia en el famoso banco mutuo de los encuadernadores.

Tras la captura de Napoleón III por el ejército prusiano y la huida del gobierno republicano de la ciudad de París en 1871, estalló un motín encaminado a organizar la defensa y los servicios regulares de la capital. En esta Comuna de París, las dos facciones que junto a toda una variedad de reformistas menores dominaron el gobierno eran, por un lado, los blanquistas, de tendencia comunista y seguidores de Louis Auguste Blanqui; y, por el otro, los mutualistas, entre los que se encontraban Varlin y Nathalie Lemel. La casa de la moneda estaría al cargo de un obrero mutualista, Camélinat. Las medidas tomadas por la Comuna durante sus escasos 60 días de vigencia (supresión de deudas, limitación jornadas de trabajo, etc.) no podían ser otra cosa que un compromiso entre las facciones en el poder, absolutamente condicionado por el estado de sitio y la extrema penuria de las clases populares. Pero es destacable el papel que jugaron los mutualistas; por ejemplo, al redactar el Manifiesto contra la guerra de las Secciones de París adheridas a la Internacional, al oponerse vehementemente a las medidas más autoritarias de la Comuna, como la constitución de un Comité de Salud Pública; o al promover, a través de sus delegados, la implantación de medidas mutualistas como la autogestión de las fábricas cuyos propietarios habían huido, o la instauración de una federación francesa basada en el pacto entre municipios.

Por desgracia, la caída de la ciudad a manos del gobierno de Versalles desataría una represión terrible que acabaría con todos los cuadros dirigentes del mutualismo francés. Varlin y Lemel serían fusilados. Descabezado y forzado a la clandestinidad, el movimiento había sufrido su golpe mortal. Nacido en la coyuntura de un capitalismo francés todavía joven, el mutualismo sucumbió tan pronto como los progresos en la mecanización y la concentración de la industria acabaron con los estratos superiores de la clase obrera semiartesana que constituían su principal sustento. El movimiento obrero que siguió a continuación tomó la línea del socialismo autoritario o del anarcosindicalismo de la CGT. A finales del siglo XIX e inicios del XX, del mutualismo no quedaba más que una versión socialdemócrata y marginal, representada por Frédéric Tufferd; o bien las tenues pinceladas que tomaría selectivamente de Proudhon el anarquismo individualista francés, más influido por el mutualismo norteamericano de Benjamin Tucker. Los líderes históricos que sobrevivieron a la Comuna, como Henri Tolain, terminarían adoptando posiciones más conservadoras y acomodaticias.

El mutualismo francés es un producto de las condiciones materiales de vida en las décadas centrales del siglo XIX, así que probablemente no tiene sentido especular sobre qué hubiera pasado si tal o cual evento hubiera salido de otra forma, o si no hubiera sucedido en absoluto. Es llamativo, sin embargo, que las ideas de Proudhon no encontraran algún tipo de continuidad en el futuro: el mutualismo francés perecería para siempre, e incluso dentro del mismo es evidente que nunca existieron una cohesión, una conciencia ideológica y una coherencia interna equiparables a las que posteriormente tendrán marxistas y bakuninistas. Esto explica que  subsistan interpretaciones tan dispares del mutualismo —en parte apoyadas en la naturaleza contradictoria y polémica de los escritos proudhonianos—, desde el anarquismo a la socialdemocracia o el socialismo liberal; y, sobre todo, explica por qué el renacimiento del mismo, siglo y medio después, haya debido producirse a través de Estados Unidos antes que Francia.

 

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