La legitimación ideológica del Estado

Jul 8 • Mutualismo • 8027 Views • 1 Comment on La legitimación ideológica del Estado

Por el contrario, fueron “los buenos”, es decir,
los nobles, los poderosos, los hombres
de una posición social superior y de elevados
sentimientos quienes se sintieron y se valoraron
a sí mismos y también a sus propias acciones
como buenas, o sea, como algo perteneciente a
la primera jerarquía, y por oposición a todo lo
bajo, despreciable, vulgar y bastardo.

Friedrich Nietzsche

 

A lo largo de los capítulos anteriores he hecho mucho hincapié en los procesos de legitimación económica de la acción del Estado. Partiendo del supuesto esencial que indica que los individuos buscan maximizar su propia satisfacción, se deduce fácilmente que el Estado, como clase social política conformada por individuos, busca maximizar la cantidad de “plus-trabajo” que logra extraer de los ciudadanos; y que el ciudadano individual está dispuesto a tolerar la existencia de una clase dominante que le sustraiga parte de sus productos si el peso de la imposición recae sobre otros individuos, o si mediante la intervención estatal puede mejorar su posición relativa en la escala económica. De esta manera el Estado teje una enorme y compleja red de imposiciones, subsidios y privilegios a distintos sectores de forma que una parte considerable de la sociedad legitime su intromisión. Los individuos en forma aislada se guiarán para legitimar un gobierno por consideraciones económicas y materiales, y sólo en forma tangencial por cuestiones ideológicas.[1] En pocas palabras, «las últimas causas de todos los cambios sociales y de todas las revoluciones políticas no deben buscarse en las cabezas de los hombres ni en la idea que ellos se forjen de la verdad eterna ni de la eterna justicia, sino en las transformaciones operadas en el modo de producción y de cambio; han de buscarse no en la filosofía, sino en la economía de la época de que se trata».[2]

Sin embargo, y siguiendo la teoría de la lucha de clases clásica —es decir, marxista—, estas cuestiones ideológicas o “superestructurales” definen la forma en que la clase dominante elabora una justificación ideal de la explotación que sostiene sobre la clase dominada. La educación y el pensamiento político predominante, desarrollado por los intelectuales, tenderá entonces a considerar el dominio del Estado y cada una de sus acciones como racionales, necesarias, justas o inevitables. Estas construcciones ideológicas sólo sufrirán transformaciones en tanto y en cuanto se produzcan cambios en la estructura económica.

 

El papel de los intelectuales

Mientras la ideología propiamente dicha tiende a uniformar el pensamiento de la clase dominante, y es esto lo que da la homogeneidad cultural de clase, la labor de los intelectuales se dirige a moldear la “opinión pública”, mediante la educación estatal, los medios de comunicación y la propaganda. En primer lugar, sería adecuado comenzar realizando un análisis de la figura del intelectual, así como se hizo en el capítulo 5 respecto del líder redistribuidor.

Joseph A. Schumpeter señala que «los intelectuales no constituyen una clase social en el sentido que la constituyen los campesinos o los obreros industriales; proceden de todos los rincones del mundo social y una gran parte de sus actividades consiste en combatir entre sí y formar vanguardias de intereses de clase que no son los suyos».[3] Sin embargo, no hay que dejar de notar que la mayoría provienen de los estratos altos de la sociedad y de una educación e instrucción dedicada a profesiones “liberales” —abogados, periodistas, doctores, etc.[4] Los intelectuales, según Schumpeter, también carecen del conocimiento práctico que brinda la experiencia, y que, a diferencia de cualquier otro individuo activo que se siente y se sabe inmerso en el proceso social, el intelectual se ubica en una posición de “observador crítico” casi externo a la sociedad.

Schumpeter rescata un aspecto clave del intelectual, que lo diferencia del agitador revolucionario, y es que «al intelectual típico no le agradaba la idea de la hoguera, que todavía aguardaba al hereje. Por regla general, le satisfacían mucho más los honores y el bienestar».[5] Y aquí es donde sale a relucir su función social. Así como podemos atribuir al líder redistribuidor la búsqueda de reputación y confianza en la comunidad como objetivo a maximizar, o al político el tamaño y extensión de su aparato burocrático, el intelectual muestra una tendencia a maximizar la influencia y difusión de su propia opinión y el prestigio que esto conlleva. Es el Estado, justamente, el que, en palabras de Rothbard, «está dispuesto a ofrecerle a los intelectuales una posición permanente dentro del aparato estatal y, por lo tanto, renta segura y la panoplia del prestigio».[6]

Tanto Schumpeter como Rothbard atribuyen un papel muy similar a los intelectuales en la estructura de poder. Según el primero, «rara vez entran en la política profesional y más rara vez todavía llegan a ocupar puestos de responsabilidad. Pero forman los estados mayores de los bureaus políticos, escriben los panfletos y discursos de partido, actúan como secretarios y asesores, crean la reputación periodística del político individual».[7] Por su parte, Rothbard cita como ejemplos paradigmáticos de los lugares que ocupan los intelectuales en la sociedad, aquellos profesores de la Universidad de Berlín durante el siglo XIX de formar la “guardia intelectual de la Casa de Hohenzollern” o la notable labor de los historiadores oficiales, encargados de diseñar una interpretación de la historia acorde a los intereses de la clase dominante. La participación de los intelectuales llega al punto de diseñar todo tipo de políticas intervencionistas que, en nombre de un constructivismo extremo, el benevolente déspota deberá llevar a cabo, y que, de hecho, suele emprender más allá de lo que argumenten:

Los intelectuales occidentalizados han estado detrás de las políticas de planificación de las últimas décadas en el sur de Asia, las cuales en la India, Indonesia y Birmania han sido causa de muchas privaciones evitables a la gente más pobre. Estas políticas han incluido medidas tan corrientes como la desviación a gran escala de recursos hacia costosos proyectos de prestigio; el descuido de la agricultura; la restricción de suministros de bienes de consumo baratos; el fomento de la inflación; la introducción y actuación de controles, con las consiguientes ganancias, enormes e inesperadas de los titulares de licencias; y en Birmania la onerosa tributación especial de los agricultores.[8]

Los intelectuales coquetean tarde o temprano con el poder estatal, dado que su objetivo no es la búsqueda de la verdad o el análisis coherente de la realidad —y esto lo que lo diferencia del científico—, sino la búsqueda del prestigio y la difusión de su propia opinión personal de la sociedad. No es extraño, por ello, que en su desprecio por el mundo práctico y la labor manual, tiendan a una idealización burda de la figura de liderazgo que encarna el Estado, y aquí entra en juego la teoría hayekiana de la “fatal arrogancia” del constructivismo. Los intelectuales, al situarse como observadores críticos externos de los procesos sociales, al ponderar la especulación filosófica y el ejercicio mental por sobre el esfuerzo de los músculos y la vida activa, y al poseer una marcada ambición por el prestigio social, caen en lo que Hayek llamaba “constructivismo”: la creencia —expresión más radical del idealismo— de que la sociedad y sus instituciones, e incluso las conductas de los individuos, pueden ser manipulados y alterados a voluntad, en pos de alcanzar determinado objetivo social, por lo general la construcción de una sociedad “justa” o “ideal”.[9] Bajo estos factores, la alianza entre el Estado y los intelectuales es obvia y predecible.

 

La educación estatal en la historia

En segundo lugar, hay que tener en cuenta la formación y función de los establecimientos educativos estatales. El surgimiento de la educación estatal puede decirse que fue principalmente auspiciada por los intelectuales que establecieron íntimos lazos con el poder desde la Antigüedad, sustituyendo la educación libre que las comunidades solían darse a sí mismas por una educación centralizada y, en un principio, elitista, es decir, dirigida exclusivamente a los miembros de la clase dominante. Lo que aquí llamo educación libre no es más que el famoso proceso de “socialización” al que suelen aludir los sociólogos.[10] Sin embargo, me atrevo a afirmar, en contraposición a éstos, que el proceso de socialización libre y espontáneo ha sido interrumpido y distorsionado por la aparición de la educación estatal y su llegada a las masas. Como describe el profesor argentino Aníbal Ponce, en las comunidades primitivas en las que todavía no se había instaurado el principio jerárquico de autoridad existían mecanismos de educación e integración de los niños y jóvenes totalmente espontáneos, que no necesitaban de una dirección centralizada:

La educación no estaba confiada a nadie en especial, sino a la vigilancia difusa del ambiente. Gracias a una insensible y espontánea asimilación de su contorno, el niño se iba conformando poco a poco dentro de los moldes reverenciados por el grupo. La diaria convivencia con el adulto le introducía en las creencias y las prácticas que su medio social tenía por mejores. […] En el lenguaje grato a los educadores de hoy, diríamos que en las comunidades primitivas la enseñanza era la vida por medio de la vida: para aprender a manejar el arco, el niño cazaba; para aprender a guiar una piragua, navegaba. Los niños se educaban participando en las funciones de la colectividad.[11]

Ante este fenómeno, tan acorde al enfoque de hayekiano del orden espontáneo, Ponce se pregunta: «Si no existía ningún mecanismo educativo especial, ninguna “escuela” que imprimiera a los niños una mentalidad social uniforme, ¿en virtud de qué la anarquía de la infancia se trasformaba en la disciplina de la madurez?».[12] La respuesta, en términos marxistas, es que, dado que la sociedad no se hallaba dividida en clases, los mecanismos ideológicos de legitimación de la clase dominante mediante una dirección central no tendrían razón de ser, y, mediante la libre proliferación de medios de enseñanza se produce, tal y como describiera Menger, una competencia institucional que espontáneamente genera formas ordenadas y eficientes de métodos educativos.

La supuesta necesidad de una educación centralizada y uniforme es, en realidad, una invención de la clase dominante con el objetivo de mantener y sostener indefinidamente su explotación, y no una necesidad “social” descubierta colectivamente y sancionada por la “voluntad general”. Como explica Ponce en su obra, a lo largo de la historia las instituciones educativas fundadas por el Estado no han tenido otro fin que legitimar la explotación de la clase dominante.

Así, en la Esparta de la Grecia Antigua, que presentaba una fuerte división clasista entre una aristocracia guerrera que monopolizaba la tierra, y el resto de la población dominada, compuesta por ilotas esclavos y los periecos que disponían de algunas libertades económicas pero no cívicas; se presentaba también una diferencia enorme entre la educación que recibía cada estamento. Los integrantes de la clase aristocrática guerrera eran sometidos a una instrucción militar extrema desde los siete años basada principalmente en la educación física, con el objetivo de formar soldados capaces de mandar y dirigir, y dotados de un patriotismo totalitario y desprovisto de piedad.[13] Los historiadores suelen detenerse en este punto, como si con la mera descripción de la educación que recibía la clase dominante quedara clarificada la cuestión. Pero lo cierto es que el Estado imponía un sistema educativo muy distinto a las clases dominadas —tendencia que se mantendría hasta la implementación de la educación masificada a partir del siglo XIX.

Recelosos del número y de la rebeldía de los ilotas, los nobles no les permitían la menor gimnasia, y con el pretexto de mostrar a sus propios hijos lo abominable de la embriaguez, obligaban a los ilotas a beber en exceso y, una vez alcoholizados, los hacían desfilar en los banquetes… no contentos con subrayar las diferencias de la educación según las clases, se esforzaban, además, por mantener a los esclavos en la sumisión y el embrutecimiento, mediante el terror y la embriaguez.[14]

El alabado sistema de pensamiento de Atenas, por su parte, no mantenía diferencias sustanciales con la militarizada Esparta. La clase dominante recibía una educación que otorgaba un valor muy importante al trabajo físico y al deporte, mientras los esclavos y demás estamentos inferiores recibían una educación totalmente distinta. El ciudadano ateniense veía con desprecio todo tipo de trabajo manual y artes mecánicas, punto de vista que Aristóteles se encargó de difundir en sus obras. Se ha dicho que en Atenas la educación era libre y corría a cargo de los particulares, pero lo cierto es que «el Estado reglamentaba el tipo de educación que el niño debía recibir en la familia y en las escuelas particulares; que una ordenanza de policía cuidaba en las escuelas la moderación y la decencia; que un magistrado llamado Sofronista vigilaba en las reuniones de los jóvenes el respeto por las conveniencias sociales; que el Areópago, además, no los perdía de vista un solo instante y que, por encima de todos, celoso y terrible, el Arconte-rey —de quien ha dicho Renan que desempeñaba las funciones de un inquisidor— espiaba la menor infracción al orden y a las leyes, a la religión y a la moral».[15] Es decir, existía, tal y como existe hoy, “libertad” de enseñanza pero no libertad de doctrinas. El Estado ateniense, por ejemplo, prohibía la entrada a los gimnasios de los niños que no habían cursado los estudios en las escuelas particulares, cuya enseñanza controlaba y dirigía. Y como sólo eran elegibles para los cargos del gobierno quienes hubieran pasado por la enseñanza del gimnasio, quienes no pudieran costearse la educación particular y “libre” no formarían jamás parte del Estado. La escuela griega, dominada por el Estado y dirigida únicamente a los integrantes de la clase dominante, a costa del embrutecimiento de los demás estamentos, dedicaba gran parte de su atención a formar líderes políticos, hombres capaces de gobernar y de hacer un uso fructífero de la oratoria y la retórica.

En este punto Atenas y Roma tuvieron mucho en común. En ésta última eran los retores los encargados de enseñar a los futuros gobernantes el arte de la oratoria y la argumentación, y con el tiempo se convirtieron en verdaderos formadores de burócratas. La enseñanza, en Roma, estaba tan regulada como en Grecia. El ludimagister era el maestro de enseñanza primaria particular destinada a las familias menos ricas, pero que no estaba legalmente autorizado a cobrar por sus enseñanzas, por lo que dependía fundamentalmente para vivir de los regalos que recibiera de sus alumnos y de algún que otro oficio que pudiera desempeñar en su tiempo libre. Mientras, los retores brindaban un servicio educativo costosísimo y digno de aristócratas, que sólo los ricos estaban en condiciones de pagar. De hecho, estos últimos recibieron toda suerte de privilegios y exenciones impositivas gracias Nerón, de forma que la educación de la clase dominante se viera felizmente estimulada; con Vespasiano los retores superiores incluso comenzaron a recibir subsidios, y con Adriano la enseñanza superior terminó de ser casi totalmente centralizada y provista por el Estado: es decir, las clases dominadas acabarían financiando, vía impuestos, la educación de la clase dominante, mientras los educadores de los primeros apenas podían sobrevivir. Por último, Teodosio y Valentiniano acabaron prohibiendo toda forma de enseñanza fuera de la educación estatal.[16]

El sistema educativo que regiría durante la Edad Media es por demás conocido. La enseñanza a lo largo de este período “oscuro” fue prácticamente vedada a la mayor parte de la sociedad realmente productiva, mientras que la Iglesia, por su parte, descubría que «no podía llevar adelante su propia labor sin brindar educación a sus adherentes y, en especial, a sus clérigos».[17] La Iglesia, por este motivo, se encargó de restringir «la enseñanza dentro de los límites fijados por [sus] intereses y doctrinas».[18] Lo que sobrevino a lo largo de siglos fue un verdadero estancamiento intelectual, donde el único fin de la educación estatal era redescubrir y reinterpretar de acuerdo a la óptica eclesiástica los conocimientos de la Antigüedad.

Durante la Edad Media se produjo la misma separación entre la educación de la clase dominante y la educación de la clase explotada: por un lado estaban las escuelas destinadas a la formación de futuros monjes y otras destinadas a la instrucción de los campesinos y la plebe, en las cuales no se enseñaba a escribir ni a leer, sino que se los familiarizaba con las doctrinas cristianas y se las mantenía en la ignorancia. Por supuesto, durante el Renacimiento surgieron, impulsadas por el auge de la naciente burguesía, las universidades de influencia racionalista, pero aún éstas estaban reservadas tan sólo a los jóvenes de familias de alta fortuna, y que, es importante aclararlo, tampoco escaparon de la poderosa mano de Iglesia, que no sólo introdujo sus contenidos religiosos sino que —con ayuda de reyes como Federico I en el caso de la Universidad de Bolonia— las invistió de privilegios y ayudas.[19] Por su parte, el joven noble, futuro señor feudal, se limitaba a una instrucción principalmente militar.

 

La educación estatal capitalista

Con la desintegración del feudalismo como sistema económico y la ascensión del capitalismo y la formación de Estados cada vez más poderosos, se comenzó a gestar un proceso diferente, en el cual la educación pasaba a estar completamente en manos del Estado, quien se encargaría de llevarla a las masas. En un principio esta tendencia, contraria a la enseñanza típicamente clasista que he descrito antes, respondía a la necesidad de todo un conjunto de Estados en rápida formación que buscaban legitimarse ante la población como expresión de la “nacionalidad”, de la “cultura nacional” o la “unidad popular”, frente a, por lo general, fuerzas extranjeras o “extranjerizantes”. La educación masificada es una consecuencia de la formación del moderno Estado nacional.

Desde el punto de vista del Estado, la escuela presentaba otra ventaja fundamental: podía enseñar a los niños a ser buenos súbditos y ciudadanos. Hasta el triunfo de la televisión, ningún medio de propaganda podía compararse en eficacia con las aulas. […]

Así pues, los estados crearon, con celo y rapidez extraordinarios, «naciones», es decir, patriotismo nacional y, al menos, para determinados objetivos, ciudadanos homogeneizados desde el punto de vista lingüístico y administrativo. La República francesa convirtió a los campesinos en franceses. El reino de Italia… desplegó todos sus esfuerzos, que se saldaron con éxito relativo, para «hacer italianos» a través de la escuela y el servicio militar, después de «haber hecho Italia». En los Estados Unidos, el conocimiento del inglés se convirtió en requisito para obtener la ciudadanía norteamericana y, desde finales del decenio de 1880 se comenzó a introducir un auténtico culto en la nueva religión cívica —la única permitida en una Constitución agnóstica— en forma de un ritual diario de homenaje a la bandera en todas las escuelas norteamericanas.[20]

Pero la educación estatal bajo un sistema como el que se ha analizado, en el cual el Estado funciona como una clase privilegiada que “compra” la legitimidad de algunos grupos de presión mediante la redistribución de recursos recaudados, cumple una función más “economicista”: la socialización de los costos de instrucción de todos los asalariados.

Durante el inicio de la Revolución Industrial, los capitalistas poseían la ventaja de una mano de obra numerosa gracias a las expropiaciones campesinas, pero con una formación técnica nula o muy rudimentaria en el mejor de los casos.  Como señala Benjamin Coriat, a lo largo de todo el siglo XIX, «resuena incesantemente el grito de los fabricantes en busca de obreros “hábiles” y “disciplinados”».[21] Si bien hasta mediados de siglo fue posible mantener en desventaja a los trabajadores gracias a las leyes que prohibían la emigración de la mano de obra, una vez que fueron derogadas[22] los proletarios no tardaron en formar gremios de oficios que protegían la calidad de su trabajo y negociaban directamente con los capitalistas, obteniendo progresivas mejoras en su calidad de vida. Para contrarrestar esto se pusieron en práctica varios mecanismos: la educación pública masificada en la segunda mitad del siglo XIX, para elevar el número de obreros calificados; y a principios del XX con el taylorismo, que organizaba la producción de forma que el trabajo altamente calificado sea innecesario. Los conocidos estudios de Michel Focault revelan cuán importante fue para las autoridades públicas la transformación del campesino en un obrero industrial mediante las “instituciones de secuestro” —escuelas, hospitales, psiquiátricos, etc. — en los albores del capitalismo:

Ya en las instancias de control que surgen en el siglo XIX el cuerpo adquiere una significación totalmente diferente y deja de ser aquello que debe ser atormentado para convertirse en algo que ha de ser formado, reformado, corregido, en un cuerpo que debe adquirir aptitudes, recibir ciertas cualidades, calificarse como cuerpo capaz de trabajar. […] La primera función del secuestro era explotar el tiempo de tal modo que el tiempo de los hombres, el vital, se transformase en tiempo de trabajo. La segunda función consiste en hacer que el cuerpo de los hombres se convierta en fuerza de trabajo.[23]

El objetivo era transformar al hombre que había sido arrojado a la ciudad expulsado del campo, con toda una cultura rural formada a través de siglos, en un ser susceptible de ser explotado, con un cuerpo de conocimientos básicos, con un sentimiento de respeto por las figuras de autoridad, con un tiempo biológico radicalmente distinto al típico de las jornadas agrarias, etc. La escuela actual tiene como fin, además de legitimar la explotación de la clase política dominante, la formación de las masas para producir una sobreoferta de mano de obra instruida y especializada y su consecuente abaratamiento. Más actualmente, el Estado, mediante su enseñanza estatizada, socializa los costes de investigación y trabajo científico. Las empresas que disfrutan de una mano de obra instruida e innovaciones científicas y tecnológicas sin financiarlas directamente con su propio capital, son las principales beneficiadas. Nadie más explícito, en este punto, que Domingo F. Sarmiento, el “padre del aula” argentino, que sentenciaba que «¡Para manejar la barreta se necesita aprender a leer!», «¡Para manejar el arado se necesita saber leer!».[24]

Sea bajo el modelo de división clasista de educación o bajo el modelo masificado de enseñanza estatista, el Estado se asegura la reproducción de su ideología en la sociedad y la legitimación ideológica de la misma.

 

La ideología como superestructura

Todo lo que se ha dicho en este capítulo está basado en la división entre dos tipos de educación: la educación como “socialización” del individuo en la sociedad, y la educación formal o técnica, con miras a la futura inserción del individuo en el mercado laboral. En tiempos modernos la educación estatal cobra esta última forma, que tiene un efecto económico poderosísimo, y se la justifica como un elemento necesario en la formación humana de la persona. Lo cierto es que la socialización del individuo ocurre intervenga o no el Estado, es un proceso intrínseco de la vida en sociedad, y, de hecho, es la sociedad misma la que construye espontáneamente herramientas culturales que ponen en marcha la socialización, como el lenguaje, la moral, o el derecho consuetudinario. Querer hacer pasar la educación estatal, con sus divisiones clasistas o sus más actuales “subvenciones” indirectas a las empresas mediante la socialización indirecta de los costes de formación e instrucción de la mano de obra, es una muestra más del alcance de la ideología dominante.

No obstante, es preciso remarcar el papel secundario que juega la ideología en los cambios sociales. Los cambios sociales provienen principalmente de los cambios económicos, de las modificaciones en la estructura económica de una sociedad y la explotación proveniente de su división en clases; los cambios en el pensamiento de los hombres simplemente seguirán el curso de estos movimientos. Esto quiere decir que los cambios en las ideas de los hombres y en las ideas que transmitan a su descendencia jamás podrá impulsar cambios significativos en la estructura económica, mucho menos provocar una revolución que trastoque los cimientos de la misma o permitir la llegada de una sociedad ideal. «No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia».[25] Las transformaciones en los contenidos educativos y los sistemas educativos en general, sobretodo bajo la órbita del Estado, solamente pondrán en evidencia cambios en las relaciones entre la clase productiva y la clase parasitaria.

 

 

[1]Esta última idea es, lo que considero, un análisis verdaderamente materialista, en coherencia en cierta medida con lo que tanto Marx como Bakunin defendían.

[2]Friedrich Engels, [1880] Del socialismo utópico al socialismo científico, Buenos Aires: Ateneo, 1975 (p. 78).

[3]Joseph A. Schumpeter, [1945] Capitalismo, socialismo y democracia, Barcelona: Folio, 1996 (p. 198).

[4]Schumpeter remarca como hecho determinante que es el fracaso personal en estas profesiones o la sobreoferta de trabajo en estos sectores los que generan un descontento e insatisfacción que llevan a estos individuos a engrosar las filas de los intelectuales. Incluso afirma que este descontento provoca un resentimiento inevitable contra el medio social imperante que no puede sino derivar en la “crítica social” característica del intelectual. Esto mismo parece señalar Rothbard cuando afirma que «podemos afirmar que el sustento de los intelectuales es un mercado libre nunca está demasiado seguro, pues estos deben depender de los valores y elecciones de las masas de sus compatriotas y es precisamente característico de las masas que generalmente están desinteresadas en los asuntos intelectuales». Murray Rothbard, [1974] “Anatomía del Estado”, disponible en http://liberal-venezolano.net/index.php/2005/08/05/anatomia_del_estado (accedido el 02/04/2014). En mi opinión, más que un resentimiento honesto y comprometido en contra del sistema, la actividad de los intelectuales por fuera de aquellas para las que han sido formados es simplemente la búsqueda de otras alternativas de subsistencia. Buscan, en definitiva, “abrir” nuevos mercados para sus discursos.

[5] Joseph A. Schumpeter, Op. Cit. (p. 200).

[6] Murray Rothbard, Op. Cit.

[7] Joseph A. Schumpeter, Op. Cit. (p. 208).

[8]Peter T. Bauer, [1971] Crítica de la teoría del desarrollo, Buenos Aires: Orbis, 1983 (p. 283).

[9]Friedrich Hayek, [1970] Los errores del constructivismo, disponible en http://www.hacer.org/pdf/rev29_hayek.pdf (accedido el 02/04/2014).

[10]Por “socialización” se entiende el proceso mediante el cual individuo interioriza los valores, normas y formas culturales de percibir la realidad de la sociedad que lo rodea, permitiéndole adoptar pautas de conducta que le faciliten una interacción plena y satisfactoria con sus semejantes.

[11] Ponce, Aníbal, [1934] Educación y lucha de clases, México: Editorial Latino Americana, 1978 (pp. 12-13).

[12] Ponce, Aníbal, Ibíd. (p. 14).

[13]Henri-Irénée Marrou, [1948] Historia de la educación en la Antigüedad, Buenos Aires: Eudeba, 1965 (pp. 26-27).

[14]Aníbal Ponce, Op. Cit. (pp. 39-40).

[15]Aníbal Ponce, Ibíd. (p. 49).

[16]Aníbal Ponce, Ibíd. (pp. 75-84).

[17] William Boyd y Edmund King, [1921] Historia de la educación, Buenos Aires: Huemul, 1977 (pp. 93-94).

[18] William Boyd y Edmund King, Ibíd. (p. 94)

[19]Aníbal Ponce, Op. Cit. (p. 110).

[20]Eric Hobsbawm, [1987] La era del Imperio, 1875-1914, Buenos Aires: Crítica, 1998 (p. 160).

[21]Benjamin Coriat,[1994] El taller y el cronómetro. Ensayo sobre el taylorismo, el fordismo y la producción en masa, Madrid: Siglo XXI, 1998 (p. 8).

[22]Coriat dice al respecto: «Una a una son abolidas en Europa las leyes que prohibían la emigración (incluso a los artesanos y obreros especializados): 1825 y 1827 en Inglaterra, 1848 en Alemania, pronto seguida por Escandinavia, a medida que las insurrecciones obreras convencen a las clases dirigentes de que es preferible dejar emigrar a los insurrectos, a afrontar el riesgo de que reconstruyan sus focos rebeldes». Benjamin Coriat, Ibíd. (p 26).

[23]Michel Foucault, [1976] La verdad y las formas jurídicas, México: Octaedro, 2003 (p. 100).

[24]Citado por Aníbal Ponce, Op. Cit. (p. 162).

[25]Karl Marx y Friedrich Engels, [1846] La ideología alemana, disponible en <http://www.marxists.org/espanol/m-e/1846/ideoalemana/index.htm> (accedido el 02/04/2014).

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One Response to La legitimación ideológica del Estado

  1. Benito Quintero says:

    LA “PAZ” ESTALINISTA DE SANTOS
    Diana Duque Gómez

    La nación colombiana, compuesta por cuarenta y cinco millones de seres humanos, que durante décadas ha resistido valerosamente la agresión atroz de una guerra irregular desatada por unas fuerzas totalitarias de izquierda estalinista, está siendo traicionada y entregada a los diez mil asesinos armados de esa izquierda, las FARC, surgidos del Partido Comunista Colombiano, PCC, hoy con patente de corso gracias al falso proceso de paz puesto en marcha en La Habana, Cuba, por el infame y espurio presidente Santos, quien hace parte del socialismo fabiano o Tercera Vía, una de las vertientes del totalitarismo de izquierda.

    Traidores-cómplices como Santos, en palabras del filósofo liberal Bertrand de Jouvenel “terminan por encontrar alivio vergonzoso en la paz del despotismo” (1), en este caso, la pérfida y tenebrosa “paz” del totalitarismo estalinista. La “paz” de la izquierda arrastra consigo la negación de todos los valores que sustentan el sistema de libertades individuales, cuya base es el hombre consciente, libre y creativo y la propiedad privada no monopolista que hace posible el dinamismo de la sociedad, con el despliegue de las infinitas posibilidades del potencial humano y que llevan a un orden espontáneo. Democracia libertaria y totalitarismo de izquierda son dos concepciones del mundo antagónicas e irreconciliables.

    Como señala Erich Fromm, “la verdadera democracia constituye un sistema que crea condiciones políticas, económicas y culturales dirigidas al desarrollo pleno de individuos libres y conscientes (…) Consiste en acrecentar realmente la libertad, iniciativa y espontaneidad del individuo” (2).

    En contraposición, el totalitarismo de izquierda, es una ideología de la opresión, de la exaltación de los odios, que utilizando una máscara altruista o lo que llamó Revel “la trampa intelectual de una ideología mediatizada por la utopía” (3), impone la esclavitud totalitaria, como es el caso del totalitarismo leninista-estalinista. Así, esa sutil estratagema liberticida y genocida ha sido suficientemente desenmascarada en las obras de los escritores rusos disidentes y de manera exhaustiva en el “Libro negro del comunismo” de Stephane Courtois y en el “Lobo del Kremlin” de Stuart Kahan, entre otros, quienes “muestran que el terror fue desde sus orígenes una de las dimensiones fundamentales del comunismo moderno. (…) Se trata de un comunismo muy real que ha existido en una época determinada, en países concretos, encarnado en dirigentes célebres –Lenin, Stalin, Mao, Ho Chi Minh, Castro, etcétera” (4).

    El totalitarismo es una ideología de la dominación y del poder total sobre el individuo, su vida y su intimidad, un poder que detenta el monopolio absoluto de los medios de producción, de la fuerza de trabajo, de todos los aparatos económicos, informativos, culturales, ideológicos; que excluye cualquier tipo de actividad social independiente, cualquier forma de libertad y democracia, sobre la base de un terror psíquico y físico altamente tecnificado y perfeccionado. Para Hannah Arendt el terror es “la esencia del totalitarismo”; para Brzenzinski, su “característica más universal” y para von der Heydte, “su columna vertebral”. Tal es el caso del totalitarismo marxista-leninista que “puso en funcionamiento una represión sistemática, hasta llegar a erigir el terror como forma de gobierno” (5), primero con la dictadura de Lenin (1917-1924), fundador de la Unión Soviética. Luego este régimen modelo de terrorismo fue continuado, aumentado y perfeccionado por Stalin, el mejor discípulo de Lenin. Un “documento revelador de la concepción leninista del terror” es la carta de Lenin a Zinoviev, donde Lenin subraya: “Impulsamos el terror de masas en las resoluciones del soviet” (6).

    El terror rojo ejercido durante el régimen leninista fue legalizado a través de la promulgación del código penal que entró en vigor en 1922, el cual fue elaborado bajo las instrucciones y supervisión directas de Lenin. Su objetivo fundamental fue legalizar la violencia contra los enemigos políticos considerados “enemigos del pueblo” o “enemigos de la revolución”, a los cuales se sentenciaba a muerte. Aclarando Lenin: “El tribunal no debe suprimir el terror, sino fundamentalmente, legalizarlo en los principios, claramente, sin disimular y maquillar” (7). De esta manera se dieron miles de ejecuciones sumarias con esta parodia de justicia. Por eso en aquellos países donde la izquierda controla la rama judicial, sus fiscales actúan de acuerdo a los lineamientos trazados por Lenin y Stalin encarnados en el Fiscal General de la URSS de la época de Stalin, Andrey Vyshinsky, quien fue el autor intelectual de los montajes jurídicos de las incontables y macabras purgas: “El terror era presentado como reflejo de la voluntad popular para proteger a la sociedad de sus enemigos” (8).

    La escuela del terror leninista, el terror rojo, incluido el terrorismo judicial, se convirtió a partir de entonces en todo el mundo en la principal herramienta de las fuerzas totalitarias, para tomar o conservar el poder del Estado y sojuzgar de manera absoluta a las naciones en nombre del socialismo y del comunismo.

    En Colombia, la infiltración y politización prosubversiva de la justicia comenzó en 1968, cuando el abogado Jaime Pardo Leal, un jerarca del Partido Comunista Colombiano, PCC, fundó y dirigió durante cerca de veinte años el sindicato Asonal Judicial (Asociación Nacional de Empleados Judiciales), que aglutina a la mayoría de magistrados, jueces, fiscales y demás funcionarios de la rama judicial. Voz, semanario del Partido Comunista Colombiano, PCC, en una reseña biográfica de Pardo Leal a raíz de su muerte en 1987, exalta: “En la rama judicial fundó, en 1968, la Asociación Nacional de Empleados Judiciales (Asonal) la cual presidió durante muchos años, convirtiéndola en uno de los principales y más combativos destacamentos sindicales” (9). Recordemos que el PCC fue el creador de la guerrilla terrorista de las FARC y que Jaime Pardo Leal, además de candidato presidencial de la Unión Patriótica, uno de los aparatos en la legalidad inventados por las FARC, fue miembro del Comité Central del PCC hasta su muerte. Todo esto explica la impúdica afirmación del juez Antonio Suárez Niño en 1992 cuando era presidente de Asonal Judicial, publicada en Voz: “Todas las decisiones de los jueces son políticas” (10).

    La ideología de izquierda, con su idolatría por el Estado, llámese comunismo, socialismo, socialdemocracia o Tercera Vía es siempre una ideología estalinista totalitaria que busca esclavizar y controlar a la sociedad al precio que sea, lo que incluye toda clase de asesinatos, masacres y genocidios realizados con una sevicia y una crueldad sin nombre. Estas ideologías de la opresión tienen un denominador común: un Estado omnipotente y omnipresente, mafioso por naturaleza, que somete al individuo, lo transforma en un inválido y hace de él un minúsculo y desechable engranaje de la máquina estatal.

    Desde esta perspectiva, la guerra irregular que durante décadas ha soportado Colombia tiene sus raíces en la prolongación de la lucha ideológica del totalitarismo comunista por fomentar la “revolución mundial”. Narra la historia redactada por el propio Partido Comunista Colombiano, PCC, que en febrero de 1929, la Internacional Comunista (IC), se dirige a la izquierda que en esa época se encontraba aglutinada en el heterogéneo Partido Socialista Revolucionario y les aconsejó la transformación gradual en Partido Comunista de Colombia, mediante la adopción de los principios organizativos e ideológicos del “marxismo-leninismo” (11).

    El llamado Partido Comunista Colombiano posee una concepción totalitaria estalinista que ha querido imponer a sangre y fuego con la creación en 1966 de su brazo armado, las FARC. Esto es corroborado por Gilberto Vieira, extinto jefe histórico del Partido Comunista, cuando declaró categóricamente: “El hecho real es que el Partido Comunista participa en la lucha armada, tiene una organización, las FARC” (12). En 1988, en otra entrevista hecha por la izquierdista Marta Harnecker, Gilberto Vieira, afirma: “… del 50 (1950) en adelante, el partido elabora su orientación táctica que hemos llamado la combinación de formas de lucha” (13). Y para rematar la entrevista, jactanciosamente, Vieira afirma: “Además, los guerrilleros de las FARC en ningún momento ocultan su filiación comunista”.

    En consonancia, en los estatutos de las FARC se lee en el capítulo I, artículo 1: “Las FARC… son un movimiento político-militar que desarrolla su acción ideológica, política, organizativa y armada de guerrillas, conforme a la táctica de combinación de todas las formas de lucha de masas por el poder. Artículo 2: Las FARC aplican a la realidad colombiana los principios fundamentales del marxismo-leninismo” (14).

    Desde entonces el Partido Comunista Colombiano-FARC ha desatado en el país una guerra de agresión marxista-leninista, una guerra irregular subversiva que con la táctica de la combinación de formas de lucha pretende la toma del poder para instaurar un régimen totalitario.

    Confirmando lo anterior, el hoy principal cabecilla de las FARC Rodrigo Londoño Echeverri, alias Timochenko ó Timoleón Jiménez, comenzó militando en la Juventud Comunista, organismo del Partido Comunista Colombiano, PCC. Ingresa a las FARC en 1982. En 1983 recibe instrucción en guerra irregular en Cuba y entre 1986 y 1989 adiestramiento político en la Unión Soviética. Es “uno de los gestores del PC3 (Partido Comunista Colombiano Clandestino) en el 2000 y del Movimiento Bolivariano, para la combinación de todas las formas de lucha” (15). Hoy Timochenko es el comandante en jefe de las FARC y miembro número uno del Secretariado. De igual forma, Luciano Marín Arango, alias Iván Márquez, “en 1977 se vinculó a la Juventud Comunista Colombiana. Allí hizo parte de las redes de apoyo de las FARC” (Wikipedia). “En 1988 es nombrado inicialmente cabecilla de la catorce cuadrilla de las FARC y luego recibe el mando del bloque sur. (…) Como miembro del Secretariado Nacional de las FARC, fue desplazado hacia el departamento de Antioquia, con la misión de organizar el llamado bloque noroccidental”. Entre otros crímenes atroces, “fue el autor intelectual de la masacre de treinta y cinco campesinos del barrio La Chinita, municipio de Apartadó (Antioquia), cometido el 23 de enero de 1994”. (16). Hoy, Pertenece al Secretariado de las FARC y preside la delegación de negociadores en La Habana. “Le tuvieron que suspender 132 órdenes de captura por todo tipo de delitos para que pudiera ser el vocero principal de las negociaciones” (17).

    Pero el estalinismo criollo no solamente ha hecho víctimas de su terror a la sociedad colombiana sino que también han tejido un espeluznante entramado de horror dentro de sus filas. Una vez, bajo el clima de intimidación en que vive la población en las regiones, los padres son obligados a entregar a sus hijos a las FARC so pena de muerte para el que incumpla, los niños son esclavizados e inmediatamente sometidos a una perversa escuela del terror sistemático.

    El libro titulado En el infierno cuyo autor es el coronel (r) Alberto Villamarín Pulido recoge “el estremecedor testimonio” de uno de los integrantes y desertor de las FARC, Edison Torres alias Johny. Allí se narran las horrendas verdades acerca del régimen de terror impuesto dentro de las FARC como abominable “sistema de cohesión y solidaridad internas”, gravitando siempre alrededor del fantasma de la traición. Con este fin los consejos de guerra son una práctica común dentro de la organización guerrillera. Casi siempre a niños de escasos 12, 15 años se les sindica de traición por robarse una panela, quedarse dormido o por cualquier acto menor considerado delito dentro de las FARC. Las sindicaciones, como lo dice el guerrillero-desertor son, en la mayoría de los casos, meras “suposiciones, chismes y rumores infundados y llevan una sentencia de muerte segura”.

    Un ejemplo pavoroso que cuenta el libro es el ocurrido a “Olguita”, una guerrillera de 13 años y a “Walter”, un joven retardado mental de apenas 15 años. Los dos son acusados de ser infiltrados. En el ambiente de terror en que viven, “todos los guerrilleros presentes en ese lugar votan por aprobar la culpabilidad de los sindicados”. Lo que sigue es la descripción del horroroso crimen como lo narra alias Johny: “Desnudamos completamente a la jovencita, quien ante la cercanía de la muerte, sobrevino en una desesperada crisis nerviosa que materializó con la expulsión de abundante diarrea.

    “Además como estaba en los días críticos del período menstrual, la sangre que salía de su vagina corrió por las piernas de la víctima, para hacer más asqueante el preludio de la muerte. Con impresionante frialdad, uno de los jefes, Alonso, dirigió el siniestro acto de sadismo:

    “Ajusten bien las sogas al cuello de esta maldita perra, pero tengan en cuenta que cuando vayan a ahorcar a alguien, deben colocar las sogas por encima de la manzana de Adán para que no le salga la lengua por la boca al difunto. Mientras Leoni la tiene cogida de las mechas, caminen hacia los lados con las cuerdas y a mi orden cada uno jala con fuerza. (…)

    “Con la vista fija en el cadáver desnudo y sin inmutarse, el jefe Alonso, agregó:

    “Es bueno que vivieran esta experiencia, porque así pierden el temor para matar. No olviden que si uno está aquí en la revolución y la mamá la embarra, también hay que matarla.

    “Acto seguido también debíamos matar a “Walter”, el bobito, quien atado a un árbol observó aterrorizado la muerte de “Olguita” (…)

    “Cuando iba a colocarle otra soga alrededor del cuello, “Walter” reaccionó e inició un sangriento forcejeo. Todos le propinamos muchos puntapiés y puños… Le fracturamos varias costillas y casi todos los dedos de las manos… Con mucha Fuerza Leoni y yo halamos las dos sogas hacia los lados. El bobito murió… La lengua le quedó por fuera y los ojos estaban desorbitados.

    “Con el cuchillo Alonso cortó la lengua y luego el brazo derecho de “Walter”… -Beban sangre del muerto para que vayan aprendiendo a pelar cristianos como lo hice yo cuando era joven y bello-, vociferó Alonso mientras de sus ojos destellaba un brillo diabólico de satisfacción” (18).

    Estos “juicios revolucionarios”, esta psicosis de traición conocida como “purgas”, han llevado a los cabecillas de las FARC a poner en marcha una maquinaria diabólica de asesinatos en masa, verdaderas masacres al interior de sus filas como las de Tacueyó y Landázuri, las cuales son una evidencia más que constata el carácter necrófilo, genocida y estalinista de las FARC.

    Cuenta el libro La selva roja que “en 1980 ‘Tirofijo’ (jefe de las FARC en ese entonces) junto con el Secretariado de las FARC dio visto bueno para que se llevaran a cabo fusilamientos en cada una de las cuadrillas ‘con el propósito de limpiar el movimiento de posibles infiltrados’. De esta manera se dieron innumerables asesinatos en todas las FARC. (…)

    “Dos de sus más aventajados alumnos, José Fedor Rey y Hernando Pizarro Leongómez, cabecillas e integrantes de la cuadrilla Ricardo Franco cuatro años más tarde masacraron en Tacueyó, Cauca, a 164 bandoleros, con el débil y asqueante argumento que las víctimas eran oficiales de inteligencia militar infiltrados”(19).

    Complementa el analista político Darío Villamizar Herrera: “desde diciembre de 1985 comenzaron a aparecer enterrados en fosas comunes, los cadáveres de decenas de hombres y mujeres que habían pertenecido al frente Ricardo Franco. Con visibles huellas de torturas y mutilaciones, fueron encontrados cerca de 164 guerrilleros, asesinados por su propios comandantes” (20).

    Continúa el libro La selva roja: “La diabólica orgía de sangre y terror causada por los demenciales alumnos de Marulanda Vélez (“Tirofijo”) fue reeditada con creces ignominiosas por Braulio Herrera (ex congresista de la Unión Patriótica, UP, organización electoral de las FARC en ese momento. N. de la a.) y Pablo Catatumbo (hoy negociador de las FARC en La Habana. N. de la a.), cuando ejecutaron la tenebrosa purga estalinista ordenada por Jacobo Arenas, conocida con el mote de ‘Plan Cóndor’” (21). Esta otra masacre fue cometida en 1988 en la Cueva de las Flores municipio de Landázuri (Santander) y allí murieron 65 guerrilleros de los frentes XI, XII y XXII de las FARC, tras sufrir crueles torturas. Afirma El Tiempo que “meses después, el propio Jacobo Arenas, ideólogo de las FARC, reconoció a los medios de comunicación que Braulio Herrera había participado en la masacre” (22).

    El terror de las “purgas”, los brutales asesinatos presentados como “juicios revolucionarios” que plasman la naturaleza asesina del leninismo-estalinismo, se ha ensañado con peor salvajismo con la población civil que se resiste a las imposiciones de las FARC. Grupos enteros de pobladores han sido diezmados o exterminados por las FARC sin que se tengan cifras concretas.

    Un caso reciente que estremeció al país ejecutado en medio de la entrega santista en La Habana y de una supuesta tregua unilateral de las FARC fue el asesinato de cuatro niños en el Caquetá.

    El 4 de febrero de 2015 es perpetrada la masacre de cuatro niños cerca de Florencia, departamento de Caquetá. Las víctimas son los hermanos Vanegas Grimaldo de 17, 14, 10 y 4 años. En su editorial del 18 de febrero de su programa radial La Hora de la Verdad, Fernado Londoño Hoyos, afirma: “El país se está plagando de silencios estratégicos para tratar de tapar la moribunda verdad, el país está lleno de esa forma de mentir, que es negar a través del silencio la realidad que nos circunda.

    “Recuerdan ustedes queridos ciudadanos cómo durante dos o tres días se llenaron todos los espacios con las noticias provenientes del Caquetá y que se enfocaban a la investigación sobre la muerte de los niñitos que fueron cruelmente asesinados en su modesta casa de habitación, más que modesta, ¿lo recuerdan? Pues bien, ahora se darán cuenta que todo eso está en silencio. ¿A qué se debe ese silencio súbito, ese silencio estratégico? Se debe a que las cosas apuntaron clarísimamente a los autores de la muerte de esos niños: fueron las FARC.

    “La madre de los niños era desmovilizada de las FARC a quien las FARC detestan. Y la madre había sido conminada a que entregara a su hijito mayor de 17 años para que entrara a formar parte de las FARC. Se trataba de dar una lección, se trataba de castigar a una desmovilizada… Además, se trataba de sentar un precedente para que lo supieran en toda la comarca, para que lo supieran en todas las regiones del país que la madre que no entregue a sus hijos será castigada con el asesinato del niño renuente y de los otros niños pequeños… Por eso, silencio señores. No se vuelva a hablar de la muerte de los niños del Caquetá porque fueron las FARC” (23).

    Todos estos actos de barbarie cometidos de manera sistemática por las FARC para imponer a sangre y fuego su ideología totalitaria a través de la táctica de guerra irregular han sido denominados “crímenes sin nombre” y “crímenes de lesa humanidad” por considerarse que son de una gravedad inmensa superior a los delitos comunes consagrados en las legislaciones penales democráticas. Esto quiere decir que los crímenes del totalitarismo por su ideología liberticida y genocida fundamentada en el terror son delitos políticos de lesa humanidad y, como los de Hitler, Lenin o Stalin, incalificables por su enormidad y deben ser castigados con la máxima condena. Al respecto, Hannah Arendt afirmó: “El castigo es necesario para defender el honor y la autoridad de aquel a quien el delito ha lesionado, para que la ausencia de castigo no le degrade mayormente” (24). Por tanto, es el colmo de la vileza y la perversidad pretender justificar, minimizar, encubrir o exculpar los crímenes de la subversión totalitaria colombiana por ser políticos, y quienes así proceden con la mentirosa coartada de la “paz”, son sus encubridores y cómplices necesarios.

    Recordemos que en alguna ocasión Lenin, el maestro de Stalin, le dijo a un camarada: “dígame cuándo y dónde se ha negado el Partido a utilizar el pacifismo para dividir al enemigo” (25). Es del ABC del estalinismo utilizar como táctica de guerra la trampa de la paz con el fin de destruir el sistema de libertades.

    El propósito del régimen de Juan Manuel Santos es entregarle el país a las FARC en nombre de la estratagema estalinista de la “paz”. La consumación de este objetivo consagraría la esclavitud de la nación. Ante esta realidad inminente, los colombianos tienen la responsabilidad consigo mismos, con sus familias y con su país de defender su libertad, oponiéndose de inmediato y radicalmente a este atroz crimen santista de alta traición.

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    NOTAS:

    1. Bertrand de Jouvenel, El poder. Editora Nacional, Madrid, 1974, pág. 344; 2. Erich Fromm, El miedo a la libertad. Editorial Paidós, Buenos Aires, 1971, págs. 317 y 319; 3. Jean Francois Revel, El renacimiento democrático. Plaza & Janes Editores, Barcelona, 1992, pág. 33; 4. Stéphane Courtois y otros, El libro negro del comunismo. Editorial Planeta, Barcelona, 1998, págs. 16 y 17; 5. Ídem., pág. 16; 6. Ídem., pág. 87; 7. Ídem., pág. 151; 8. Álvaro Lozano, Stalin, el tirano rojo. Ediciones Nowtilus, Madrid, 2012; 9. Voz, octubre 15 de 1987, pág. 14; 10. Voz, del 25 de junio al 1 de julio de 1992, pág. 6; 11. Treinta años de lucha del Partido Comunista de Colombia, Esbozo histórico elaborado por una comisión del Comité Central del Partido Comunista de Colombia, Ediciones Paz y Socialismo, Bogotá, 1960, pág. 17; 12. Umberto Valverde, Colombia tres vías a la revolución. Círculo Rojo Editores, Bogotá, 1973, pág. 57; 8. Marta Harnecker, Combinación de todas las formas de lucha. Ediciones Suramericana, 1988, pág. 77; 14. http://www.farc.ep.co/wp-content/uploads/2013/10/estatutos.pdf ; 15. http://www.elcolombiano.com/timochenko_no_queria_ser_el_jefe_MCEC_/60387 y es.wikipedia.org ; 16. Mayor Luis Alberto Villamarín Pulido, El cartel de las FARC. Ediciones El Faraón, Bogotá, 1996, págs. 200 y 201; 17. http://www.verdadabierta.com/jefes-de-la-farc/4323-marquez-luciano-marin-arango ; 18. Coronel Luis Alberto Villamarín Pulido, En el infierno. Ediciones Luis Alberto Villamarín Pulido, Bogotá, 2008, págs. 40 a 43; 19. Teniente Coronel Luis Alberto Villamarín, La selva roja. Ediciones Luis Alberto Villamarín, Bogotá, 1997, pág. 362; 20. Ídem., pág. 363; 21. Ídem. ; 22. http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-13755 ; 23. http://www.lahoradelaverdad.com.co , 18 de febrero de 2015; 24. Hannah Arendt, Eichman en Jerusalén. Editorial Lumen, Barcelona, 1967, pág. 412; 25. Jean Francois Revel, Lenin un dios que no funcionó. Lecturas dominicales de El Tiempo, febrero 25 de 1990.

    Bogotá, 3 de marzo de 2015

    Publicado en http://www.dianaduquegomez.blogspot.com

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