Monthly Archives: August 2010

Propiedad intelectual – una crítica libertaria (Kevin Carson, traducción de Libertista)

Hace ya tiempo realicé la traducción del paper de Kevin Carson llamado “Intellectual Property: a Libertarian Critique”, que pueden encontrar en el C4SS, en el cual da un breve esbozo sobre la historia de la “propiedad intelectual” en Estados Unidos, cómo ha sido usada principalmente para crear o mantener monopolios, sus efectos sobre la innovación y su desincentivo a la formación de maquinaria y estructuras de trabajo modulares, entre otros asuntos.

Lo he colgado en Ubuntu One, el servicio de almacenamiento en nube prestado por Canonical, la creadora de la famosa distribución open source de Linux, Ubuntu. Para descargar el archivo PDF, simplemente deben hacer clic en el enlace que aparece abajo y aceptar que su navegador descargue el archivo.

http://ubuntuone.com/p/E7c/

Editado por Alberto García (27/11/2010): Parece ser que el documento ya no está disponible en la dirección mencionada arriba, pero lo he visto disponible en en Scribd en la dirección http://www.scribd.com/doc/43532792/Propiedad-intelectual-Una-critica-libertaria-by-Kevin-Carson.

Cooperativas y costes de transacción

Aparentemente, el estudio de Ronald Coase sobre los costes de transacción plantea cuestiones inquietantes a los mutualistas y cooperativistas en general.

Su tesis principal es que los intercambios de mercado entrañan costes; los individuos tienen que adquirir información sobre los proveedores y mercancías que desean adquirir, deben negociar el contrato, y una vez llegado a un acuerdo, deben supervisarlo para garantizar su cumplimiento. En determinadas circunstancias, una buena solución para reducir estos costes de transacción es interiorizar todas las actividades en el interior de una empresa, de forma que los distintos proveedores trabajen unidos bajo una misma administración.

Para Coase, cuya obra es esencial para entender la teoría de la organización moderna (y por ende, la mutualista), la disyuntiva se plantea de forma tajante: por un lado existe el mercado, donde los participantes cooperan y negocian de igual a igual; y por otro lado existe la empresa, que dirige mediante una jerarquía la actividad de los propietarios de los factores de producción (especialmente el trabajo).

En este marco, ¿qué papel juega la cooperativa? la empresa nace, según Coase, para ahorrar el coste de transacción de negociar con cada uno de los propietarios de los factores productivos, de forma que una empresa donde todos los trabajadores deben negociar entre sí constantemente no tendría ninguna ventaja.

Pero se me ocurre que, cuando todos los actores del intercambio se conocen, interactúan de forma repetida y comparten objetivos similares, el coste de transacción es inferior al coste de intercambiar en el mercado. En primer lugar, el coste de información (dar con un proveedor honesto, cerciorarse de la calidad de las mercancías, etc.) queda casi completamente eliminado. Y, en segundo lugar, el coste de hacer cumplir el contrato es notablemente menor, ya que todos los cooperativistas conocen cuánto y de qué forma están trabajando sus compañeros, y pueden presionar sobre los que no actúan en la dirección adecuada [1]. Quizás el coste de negociación para llegar a un acuerdo sea el más importante, pero este evidentemente está en función del tamaño de la empresa -que, por lo general, sería menor en un libre mercado ausente de subvenciones, barreras de entrada, etc.

Aun así, la empresa cooperativa seguiría siendo superior, en determinadas circunstancias, a las transacciones de mercado y a la empresa jerárquica. El propio Coase reconoce que esta última también incurre en costes a causa de la burocracia, la distorsión de la información o el desafecto de los empleados.

Pero como Kevin Carson ha señalado bien, los costes relativos de cada forma de organización pueden ser (y de hecho son) alterados por la intervención del estado. Las condiciones que priman en el capitalismo probablemente no sean predominantes en un sistema de laissez-faire.

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[1]: Es muy conocido el hecho de que las cooperativas, y aun las empresas descentralizadas, requieren de menos tareas de supervisión que las empresas capitalistas convencionales.

Progresismo vs. mutualismo

“El lenguaje de la verdad debe ser, sin duda alguna, simple y sin artificios” – Séneca.

A día de hoy, la opinión dominante en los medios de comunicación es el progresismo. Se trata de una idea difícil de definir, que va mucho más allá de los términos “socialdemocracia” y “keynesianismo” que empleamos habitualmente al hablar de política o economía. El progresismo no trata de comprender la realidad, sino de sentirla; y, generalmente, tampoco expone abiertamente un programa determinado, sino que se limita a criticar medidas parciales en un tono sarcástico. Los giros efectistas, los detalles retóricos y literarios, son armas que usan con frecuencia para ocultar la superficialidad de su pensamiento.

En gran parte, el progresismo es resultado del fracaso de la izquierda parlamentaria, de su impotencia intelectual; dado que no pueden construir una teoría consistente (política, social, económica), se dejan a la introspección y el sentimentalismo. Un buen ejemplo de ello son los clásicos reportajes de TVE sobre la globalización, donde, en tono melancólico, se lamenta la “mercantilización” de la vida o el predominio del egoísmo como “engranaje del sistema económico”, al tiempo que retransmiten imágenes de niños famélicos, como si quisieran evitar el pensamiento sosegado y racional del espectador.

Vicente Verdú (2009), uno de los iconos progresistas en España, resume la idea de una forma tan literaria como superficial:

El capitalismo funeral nos convierte en objetos que consumen objetos y que acaban consumiéndose unos a otros, impregnados de lujo, de derroche y deslumbrados por los telefilmes y los frascos de perfume. Lujo, brillo, falacia, tú y yo.

Alguien familiarizado con los autores socialistas del siglo XIX, a quienes debemos el término “capitalismo”, podría preguntarse qué relación existe entre la “mercantilización” y el dominio del capital sobre el trabajo (que era el sentido originario del término). Pero sobre todo, podríamos preguntarnos qué tiene de mala la mercantilización per se, ¿debería el cine ser un negocio estatal? Por el contrario; eliminar subvenciones estatales en este sector aumentaría la libertad de los artistas para transmitir sus ideas al margen del Estado y, sobre todo, sin tocar el bolsillo de los contribuyentes. ¿Debería ser pública la fabricación de perfumes? Solo conseguiríamos encarecer el servicio sin obtener nada. ¿Se refiere Verdú a que el capitalismo vende conceptos en lugar de productos materiales –una idea común a Naomi Klein? Entonces tiene razón, pero olvida que la mayor parte de empresas que practican esa forma de negocio están protegidas por patentes o copyright (p. Ej. Nike), impidiendo que compañías más pequeñas y eficientes ofrezcan a sus clientes el mismo servicio a un precio más barato, sin añadir el coste “conceptual”.

Pero los progresistas van más allá. Según ellos, existen ciertos servicios que deberían sustraerse a la “lógica del mercado” (nunca diseccionada, por cierto) debido a su alto “valor social”, como la educación. A propósito del Plan Bolonia he visto muchos carteles del estilo: “no a la mercantilización de la enseñanza” o “la educación no es un negocio”. Y sin embargo, el Plan Bolonia ha sido impuesto centralmente desde la Unión Europea, al margen del mecanismo de mercado y por encima de todos los que no podemos sortear la universidad pública. Una respuesta coherente, en cambio, habría sido reclamar la soberanía de los consumidores (=estudiantes) sobre los planes de estudios, sobre la base de universidades mutualizadas que compiten entre sí por ofrecer el mejor servicio al menor costo. Las distintas universidades tendrían incentivos en copiar los modelos exitosos de enseñanza y, en ausencia de barreras laborales o a la inmigración, cualquier estudiante podría estudiar o trabajar en cualquier punto de Europa sin necesidad de planes centrales que homogeneicen los programas de estudio. El Plan Bolonia es una solución artificial a un problema artificial.

Por otro lado, carece de sentido sostener que el Plan Bolonia “mercantiliza” la enseñanza porque la adapta al mercado laboral. Si las grandes empresas presionan a la Unión Europea para modificar los planes de estudios en su beneficio (p. Ej. para aumentar la oferta de plazas en carreras estratégicas para su funcionamiento), esto no tiene nada que ver con “mercantilizar”; se trata de una actividad de presión al margen del mecanismo de mercado. Los consumidores de la universidad somos los estudiantes, no las empresas; y es posible que nuestros deseos como consumidores sean diferentes de nuestros deseos como trabajadores. De hecho, mucha gente acude a la universidad por el mero placer de aprender cuando ya tiene un trabajo estable (en la carrera de Historia esto es especialmente cierto).

En otra infinidad de temas, mutualistas y progresistas estamos enfrentados; no sobre los fines en sí mismos [1], sino sobre los medios a emplear. Donde los progresistas utilizan eslogans, sarcasmos y frases hechas, los mutualistas tratan de diseccionar la realidad, expresando sus conclusiones en un lenguaje sencillo y sin artificios. Pero, especialmente, los mutualistas apoyan una sociedad donde se deje al individuo la máxima libertad compatible con la misma libertad para los demás; y donde la libertad positiva (poder económico) solo sea un efecto de la libertad negativa (ausencia de agresión).

Cuando los progresistas rechazan la mercantilización, los mutualistas afirman que sería bueno que servicios como las carreteras o la aviación fuesen “mercantilizados”, ya que así la globalización capitalista dejaría de estar subvencionada a expensas del contribuyente. Cuando los progresistas protestan contra el “libertinaje” del sector bancario, los mutualistas afirman que la completa libertad bancaria, junto con la abolición de los bancos centrales, ofrecería fuertes incentivos para que los bancos aumentasen su coeficiente de caja y, además, facilitaría la aparición de bancos mutualistas y de microcréditos, que reducirían el tipo de interés y darían acceso de crédito a trabajadores autónomos y pequeñas empresas [2]. Cuando los progresistas critican el despido libre y reclaman salarios mínimos más altos, los mutualistas señalan que esto solo produciría más paro, al forzar la quiebra de las empresas marginales, y proponen tanto la abolición de este tipo de legislación como la supresión de todas las barreras de entrada que restringen la competencia entre capitalistas e impiden el acceso de los trabajadores a los medios de producción (p. Ej. licencias y falsos requisitos sanitarios y ecológicos). Cuando los progresistas reprochan al libre mercado la especulación inmobiliaria, los mutualistas apuntan el papel de la Ley del suelo que, gracias a su sistema de calificaciones y expropiaciones, permite a los promotores comprar artificialmente barato y vender artificialmente caro. Por último, cuando los progresistas piden al Estado más intervención para impedir el derroche y la contaminación (generalmente con actos simbólicos de impacto ridículo), los mutualistas proponen la abolición del sistema de patentes, que permite a las corporaciones fabricar bienes con un periodo de vida artificialmente reducido, ya que su monopolio sobre las piezas de recambio impide que se reparen a nivel local.

Desde luego, es difícil resumir en unas pocas líneas la opinión mutualista sobre todos estos temas, monopolio tradicional del progresismo, pero creo que bastará para cuestionar la verdad de sus consignas y proponer soluciones efectivas y libertarias.

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[1]: Aunque también esto sería matizable en muchos casos.

[2]: A este respecto véase El efecto del monopolio radical sobre la empresa cooperativa.