Monthly Archives: July 2008

El anarquismo izquierdista de Malatesta

 

 

por Milton Batiste (en Anti-State.com: http://www.anti-state.com/article.php?article_id=340)

traducido por Fabricio Tedel para Mutualismo.org

 

 

Los anarquistas de izquierda hoy en día parece que odian el comercio más de lo que odian el Estado. Algunos están incluso dispuestos a apoyar las intervenciones gubernamentales como las leyes de salario mínimo y la reglamentación ambiental para combatir los (supuestos) efectos del comercio libre y la globalización. Estas personas podrían aprender una cosa o dos de Errico Malatesta. Tal vez, si leen libros.

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El hombre era un auténtico anarquista. Debido a la especial atención que le concedió la policía en Italia, Malatesta pasó casi la mitad de su vida en el exilio. Pudo, sin embargo, regresar a su país de nacimiento en 1919, después de haber vivido en Londres durante la guerra. Se convirtió en uno de las más influyentes activistas en el movimiento italiano.

La experiencia y dedicación de Malatesta se unió con el respeto que tenía en los círculos anarquistas. Umanità Nova, el diario anarquista documento en el que se fundó, tuvo, en su apogeo, una tirada de más de 50.000 ejemplares. No fue todo. El fascismo fue en aumento. Las autoridades cerraron el proyecto de Malatesta. El movimiento anarquista se volvió clandestino. Malatesta pasó los últimos cinco años de su vida bajo arresto domiciliario.

Errico Malatesta no fue un estudioso académico, pero dejó un rico legado de escritura. Su enfoque es, en cierto sentido, muy pragmático. Malatesta fue un comunista libertario que pensó que los individualistas antiestatistas deberían ser reconocidos como verdaderos anarquistas y darles la oportunidad de poner en práctica sus ideas.

A lo largo del siglo XIX y la primera década del siglo XX, los individualistas formaron una parte considerable del movimiento anarquista en los Estados Unidos. No hubo mayor número de individualistas en Europa, pero hubo algunos. Los anarquistas colectivistas de ese período estaban familiarizados con la tradición individualista. Muchos lo vieron como una fparte más o menos válida del movimiento anarquista.

Errico Malatesta examinó la posibilidad de acuerdos económicos individualistas en una sociedad anarquista. Escribió acerca de un mundo sin Estado, donde diferentes formas económicas que coexisten, cooperan y compiten:

“Probablemente todas las formas posibles de propiedad, uso de los medios de producción y todas las formas de distribución se experimentarán simultáneamente en el mismo o en diferentes lugares, y se fusionarán y adaptarán de diversas maneras hasta que la experiencia práctica identifique la mejor forma o formas “.

Malatesta había llegado a la no muy original, pero aún muy poco habitual, conclusión de que una sociedad anarquista debe basarse en la libertad. Muchos anarquistas de izquierda parecen estar tan obsesionados con sus propias visiones colectivistas que son incapaces de ver mucho mérito en la libertad de contratación y de asociación una vez que el Estado haya sido abolido. Malatesta señaló que “para una verdadera libertad, que es la anarquía, de existir, tiene que haber la posibilidad de elección, y que todo el mundo puede organizar su vida para adaptarse a ellos mismos, ya sea en líneas comunistas o individualistas, o cualquier mezcla de ambas.”

Malatesta se prevé una sociedad libre con “una multiplicidad de comunidades formadas por vecinos de las poblaciones y parentela, que tendrían una serie de relaciones diferentes entre sí, ya sea comunista o comercial.”

El comunismo sería la mejor opción, desde el pensamiento malatestiano, pero él esta muy dispuesto a probar sus errores. Y, sobre todo, estaba convencido de que la victoria de los ideales comunistas debían ser ganada “por la persuasión, sobre la base de las pruebas de los hechos.”

“Para concluir,” escribía Malatesta, “me parece que ningún sistema puede ser viable y realmente liberar a la humanidad de la esclavitud atávica, si no es el resultado del libre desarrollo.”

En otro sentido, Malatesta el punto de vista pragmático no es absoluto. Se dio cuenta de que nada bueno puede venir del Estado:

“Sostenemos que el Estado es incapaz del bien. En el ámbito internacional, así como de las relaciones individuales sólo puede combatir la agresión haciéndose él mismo agresor, sólo puede obstaculizar el delito organizando y cometiendo un crimen aún mayor.”

 

 

Recordando a Fanya Yefimovna Kaplan

 

 

 

Por Felipe B:

“Mi nombre es Fanya Kaplan. Hoy disparé a Lenin. Lo hice con mis propios medios. No diré quién me proporcionó la pistola. No daré ningún detalle. Tomé la decisión de matar a Lenin hace ya mucho tiempo. Le considero un traidor a la Revolución. Estuve exiliada en Akatui por participar en el intento de asesinato de un funcionario zarista en Kiev. Permanecí once años en régimen de trabajos forzados. Tras la Revolución fui liberada. Aprobé la Asamblea Constituyente y sigo apoyándola.”

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Esta es la declaración tomada a Fanya Kaplan horas después de haber atentado contra la vida de Lenin en 1918. Fanya Kaplan, hija de una familia de campesinos, había iniciado su actividad revolucionaria en grupos anarquistas y más tarde se afilió al PSR (Partido Social-Revolucionario), en 1906 participó en un atentado contra un funcionario del gobierno zarista y fue condenada de por vida a un campo de trabajo, en el que acabaría pasando once años hasta que la Revolución de Febrero de 1917 la liberó.

 

El 30 de Agosto de 1918 cuando Lenin salía de una fábrica de Moscú después de haber participado en un mitin, Fanya le disparó tres veces, dos de los disparos impactaron, uno en el hombre y otro en el pulmón. A pesar de las heridas provocadas por los disparos Lenin sobrevivió aunque su salud se vio muy deteriorada, este atentado sería un factor fundamental para que seis años después en 1924, Lenin muriera. Sin duda de no ser por la actuación de Fanya, Lenin hubiera vivido muchos años más y con el, el terror de su gobierno. Aún con la sacrificada acción de Fanya Kaplan, Lenin tenía todo atado y bien atado y se guardaba en la manga su sucesión con dos candidatos forjados bajo su sombra; bien León Trostsky, el artífice de la matanza de Kronstad o bien, Stalin el atroz asesino del pueblo soviético. De principio a fin, la historia de la URSS está escrita con la sangre del pueblo ruso.

 

Fanya Yefimovna Kaplan fue ejecutada el 3 de septiembre, tan solo cuatro días después de haber realizado el atentado. A las pocas horas después del atentado, se emitió un decreto oficial que legitimizó la represión en nombre de “la defensa de la revolución”, este decreto llevó al arresto y ejecución, sin juicio previo, de más de 800 opositores al régimen bolchevique y sería el preludio de la Gran Purga a finales de los años 30.

 

Sirviera a los intereses que sirviera, la valiente voluntad de Fanya Kaplan demuestra cuan pronto viró la Revolución Rusa de ser una revolución, a ser un golpe de estado a los intereses de una oligarquía con ansias de poder, y nos demuestra también la imperiosa necesidad de usar todos los medios posibles para alejar a la revolución del cariz autoritario que estaba tomando.

El mutualismo

Quizá antes de empezar con este blog debimos aclarar qué es el mutualismo. Estoy seguro de que algunos lo agradecerán.

Bien. Imagine que los negocios en el ramo en que trabaja se han multiplicado porque ya nadie tiene que pagar licencias o impuestos; que los beneficios de sus patrones se han reducido en la misma proporción en que su salario ha aumentado; que los bancos, desprotegidos de la competencia, ya no pueden cobrar tasas onerosas; que la abolición de la “propiedad” intelectual ha abaratado los productos tecnológicos y que, como consecuencia, sus compañeros y Usted pueden comprar la empresa en que trabajan y subdividirla en varias cooperativas autogestionadas, y unirse a tantas otras para proveerse de crédito gratuito, en los que solo se cobren el precio de la transacción; imagine a su vez, que los gastos de las vías de transporte –carreteras, ferrocarriles, etc.- recaen íntegramente sobre quienes las utilizan, y que gracias a eso las grandes empresas de su ramo ya no pueden ahogar su cooperativa de trabajadores ofreciendo productos –artificialmente- más baratos, como lo hubieran hecho bajo el Estado. Imagine también que los capitales se desconcentran, pues los accionistas de esas mismas grandes empresas, ahora responsables ante las pérdidas, retiran sus dinero de los negocios más peligrosos, e invierten por igual en empresas de todos los tamaños.

Del mismo modo, las empresas del Estado han sido “mutualizadas” y devueltas a la sociedad en forma de cooperativas de consumo barriales y municipales, y sus servicios son ahora mucho más baratos y eficientes. Imagine que los terratenientes han sido barridos de las tierras ociosas, y la tierra, por tanto, es ahora más barata y asequible; que la competencia universal ha hecho caer el precio de la vida y no tiene necesidad de trabajar jornadas enteras ni durante toda su vida.

Pues bien, eso es el mutualismo: igualdad en el intercambio [1], reciprocidad en el crédito y democracia industrial en el marco de un mercado completamente libre y voluntario. Como dice Kevin Carson:

“Su visión última [la de los mutualistas] es una sociedad en la que la economía esté organizada entorno al mercado libre entre productores, y la producción esté llevada por artesanos y campesinos autónomos, pequeñas cooperativas de productores, grandes empresas controladas por los trabajadores y cooperativas de consumidores.”

 

***

 

[1]: Aunque aparentemente este concepto está en contradicción con las enseñanzas de la Escuela Austriaca, puede interpretarse como “intercambios voluntarios sin interferencias estatales” que reduce siempre los beneficios hasta lo que Tucker llamaría “el precio de costo” y evita que ningún participante tenga una ventaja excesiva por mucho tiempo.

Descentralización y mutualización de los servicios “públicos”


Este es un capítulo del ensayo de Kevin Carson aparecido en la web de la Alliance of the Libertarian Left titulado Un programa político para los anarquistas. Creo que rescata el proyecto de Larry Gambone (mutualize!) de devolver a las comunidades los bienes del Estado, privatizándolos para sus consumidores. Es muy interesante por varios motivos: uno de ellos es que resuelve de una vez el problema de la colonización de los bienes estatales, ya que posibilita un reparto igualitario de los mismos sin necesidad de ningún “organismo centralizado” –en ese aspecto me recuerda al eterno debate entre Stiwie y WG. Y por otra parte, el artículo, además de mostrar un camino para acabar con el Estado, puede ser una respuesta eficaz a la objeción clásica al mutualismo (o a cualquier otro anarquismo de mercado) de “¿qué haréis con los que no pueden valerse por sí mismos?” puesto que es evidente que unas organizaciones barriales como las que propone Carson son mucho más proclives a ese tipo de beneficencia que las empresas privadas de las que suelen hablar los anarcocapitalistas. Sin más, ahí va.

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DESCENTRALIZACIÓN Y MUTUALIZACIÓN DE LOS SERVICIOS “PÚBLICOS”

La policía, los servicios públicos, la salud y los servicios de bienestar deberían ser delegados íntegramente a la comunidad o al nivel de la vecindad, y controlados siempre que sea posible desde una base cooperativa con el control del “cliente”. Al mismo tiempo cada unidad demográfica de unos miles de personas – pequeñas ciudades y barrios urbanos – debería organizar el gobierno sobre el modelo de una democracia directa, con reuniones públicas y comisiones de consejeros municipales, para ejercer el control de tales funciones de gobierno.

Las comisiones estatales para las escuelas de las grandes ciudades deberían ser eliminadas, y cada escuela se convertiría en una cooperativa de consumidores, con el director y el personal convertidos en “consejeros municipales” responsables ante los padres. Intenté calcular la matrícula mínima para una educación de calidad, suponiendo que los padres de veinte o treinta niños reunieran su propio dinero para formar una escuela cooperativa. Teniendo en cuenta cosas como el alquiler de una casa para el espacio de clase, y contratando al profesorado, el costo anual no sería de más de 1500 dólares por niño.

Existiendo colegios “públicos”, por otra parte, se gastan más de 6000 dólares. La mayor parte de la diferencia radica en la proliferación de burócratas parásitos con salarios de prestigio, y en el hecho de que la aureola de majestad del Estado requiere diseñar arquitecturas estalinistas en los terrenos más caros de la ciudad.

Este es un modelo común. Cuando tratas de calcular cuánto costaría organizar este servicio para ti, y lo comparas con lo que pagas, resulta increíble. ¿A dónde va todo el dinero? Va a financiar la burocracia parásita centralizada, que no tiene incentivos para ahorrar. Es asombroso lo creativa y ahorrativa que puede ser la gente corriente cuando gasta su propio dinero, en lugar de botines robados.

Los hospitales “públicos” y municipales deberían ser hechos públicos de verdad y organizados bajo una base cooperativa, con los encargados de la administración directamente responsables ante quienes los usan. Me gustaría ver la reacción de los burócratas de oficina, que rezuman tópicos zalameros sobre los “servicios públicos”, cuando averigüen que el público es realmente quien manda.

Pero la cuestión del control es sólo un primer paso. En última instancia, tenemos que alejarnos de nuestra adoración ciega de la autoridad protectora, y nuestra creencia de que “los expertos” están en un edificio grande de cristal y acero. Como en el caso de los colegios, la descentralización a nivel vecinal causaría ahorros masivos. Y adquiriendo responsabilidades sobre nuestra propia salud se reduciría considerablemente la demanda de hospitales. Preveo una clínica en cada barrio, propiedad de sus pacientes, con un personal mínimo de MDS y muchas más enfermeras y paramédicos para dar cuidados básicos a domicilio. Sería una mezcla de la Clínica Cooperativa de Berkeley y el chino “doctores descalzos.”

Hasta donde es posible, se pondría más atención en la prevención, y la integración de medicina alopática, neuropática y alimentaria. Cuando tales métodos no fueran suficientes, los miembros de las clínicas locales tendrían acceso a equipos más especializados de alta tecnología, propiedad conjunta de todas las cooperativas barriales de una región. El plan de estudios de la facultad de medicina se parecería más a lo propuesto por Andrés Weil, que a lo propuesto por la industria farmacéutica.

El objetivo último en cada caso es el de organizar estos servicios de forma voluntaria, con la base del coste, financiados por honorarios de los usuarios y deudas en lugar de impuestos, y así eliminar la distinción entre el Estado y la sociedad. Pero la viabilidad de hacer esto a corto plazo varía en cada caso, y en algunos debe esperar a la liquidación final del Estado. Algunas cosas, como la educación, no pueden ser llevadas desde una base voluntaria y de costos hasta que la liquidación del privilegio cause una distribución más igualitaria de riqueza.

Un candidato para la reorganización inmediata en base a los costos son las utilidades (N. T: los servicios de gas, agua, electricidad, etc.). La mayor parte de los incentivos de la extensión urbana son falsos, en el sentido de que fuerzan a los habitantes de áreas más antiguas y centrales, a pagar tarifas más altas para subvencionar a aquellos que se instalan en nuevas áreas (con la división por zonas de códigos contra los tenderos vecinos y el desarrollo de varios otros tipos de empleos, que también deberían ser suprimidos). La eliminación de las subvenciones a los combustibles fósiles y a la energía nuclear, y a empresas de utilidades (gas, agua, electricidad, etc.), con el control por los contribuyentes en pequeñas unidades de toma de decisiones, será un incentivo poderoso a la conservación y el empleo de energías alternativas. Muchos decidirían dejar la red (de gas, agua, electricidad…) en parte o totalmente, y cavarían sus propios pozos, generarían su propia energía, o sus desperdicios orgánicos.

En el caso de la policía y los servicios de bomberos, se debería tender hacia la incorporación de ciudadanos voluntarios en las organizaciones regulares. En cierto modo, esto es similar a la práctica de algunas cooperativas de requerir que sus miembros realicen ciertos servicios ellos mismos para evitar la creación de una jerarquía que comiera a costa de los asalariados. El fomento de extender la propiedad de armas de fuego como una fuerza disuasoria es un modo de reducir hasta donde es posible la necesidad de una policía organizada. El fomento de organizaciones de defensa de barrio armadas, a cargo de la policía “oficial”, interviene igualmente en la dirección correcta.

En algún punto tales organizaciones benéficas deberían combinarse con las organizaciones “públicas”, con las tropas comitatus (N.T: no entiendo qué quiere decir aquí, “comites” es “compañeros” en latín) suplantando completamente la aplicación profesional de la ley. Combinado con jurados libres locales autorizados a juzgar tanto la ley como los hechos, y con milicias populares, sería en buena medida una vuelta al ideal anglo republicano libertario del siglo XVIII.

La administración local y los servicios sociales son un área en la cual las bases “contrainstituciones” pueden ser sobre todo eficaces en la coordinación con el movimiento político. Las asambleas vecinales, vigilantes de policías/ organizaciones de guardia del barrio, uniones de arrendatarios, etc., las formas de organización de las comunidades locales son un modo excelente de formar el núcleo de un futuro sin Estado. Tales organizaciones pueden coordinar sus actividades con cooperativas vecinales, bancos mutuos, y pueden emprender proyectos de energías alternativas y autosuficientes. Experimentos más tempranos como las cooperativas de Berkeley, el programa de leche de la escuela Pantera Negra, o la Organización de Adams-Morgan (detallado en Community Technology de Karl Hess) son modelos excelentes que añadir.

Hay una muy amplia área en la cual la política descentralista y populista de Karl Hess se superpone con la de Lorenzo Komboa Ervin; existe un frente demasiado amplio para suprimir el Estado, si una comunidad fuerte lo apoya.

El monopolio del dinero – Traducción de Kevin Carson

Extraido de Studies on Mutualist Political Economy, Capítulo V, apartado B.

Por Kevin A. Carson.

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En todo sistema de explotación de clase, una clase dirigente controla el acceso a los medios  de producción para extraer tributo del trabajo. El monopolio del propietario, que examinamos en la sección anterior, es un ejemplo de este principio. Y hasta el siglo XIX, el monopolio de la tierra fue probablemente la forma más importante de privilegio por el cual forzaron al trabajo a aceptar un salario menor que su producto. Pero en el capitalismo industrial, probablemente, la importancia del latifundismo fue sobrepasada en importancia por el monopolio del dinero. Bajo esta última forma de privilegio, el otorgamiento de licencias a los bancos por el Estado, las exigencias de capitalización, y otras barreras de entrada al mercado permiten a los bancos cargar un precio de monopolio sobre las tasas de interés de los préstamos de forma usuraria. Así, se restringe el acceso del trabajo al capital, y este es forzado a rendir un tributo en forma de tasas de interés artificialmente altas.

Los anarquistas individualistas como William Greene (58) y Benjamin Tucker vieron en el monopolio del dinero un punto central en el sistema capitalista de privilegios. Como Tucker advierte, el banco capitalista, está asegurado a la hora de un préstamo, porque de hecho no presta nada. El banquero “invierte poco o nada de su propio capital, y por lo tanto, no presta ninguno a sus clientes, desde el valor que ellos le proporcionan constituye el capital con el que funciona… “(59) Lo que el banquero  hace en realidad es realizan el simple servicio de garantizar que la propiedad del “prestatario” esté disponible en forma líquida. Y como consecuencia de las leyes del Estado, que restringen el funcionamiento de este “servicio” a aquellos con bastante capital disponible para superar sus exigencias de capitalización, los banqueros pueden cobrar un precio de usura por ello.

El proceso de obtener una carta bancaria del gobierno, federal o estatal, fue descrito por Karl Hess y David Morris en  Neighboorhood Power:

“Primero, uno consigue un certificado que le permite recaudar capital para el banco y resume cuáles son las condiciones que debe reunir para recibir una carta. En el segundo paso recibe la carta después de haber superado las condiciones. Estas condiciones son numerosas, pero la más importante es que se necesita una cantidad determinada de capital en depósito en un período específico de tiempo. Para conseguir el permiso de recaudar el capital, un equipo del gobierno debe comprobar que existe alguna razón para tener otro banco, y que este podría cumplir una función necesaria, así como que tendría posibilidades viables de continuidad”.

En un mercado bancario genuinamente libre, cualquier agrupación voluntaria de individuos podría formar un banco cooperativo y emitir billetes de banco mutuos contra cualquier forma de fianza que ellos escojan, aceptando estas notas para convertirse en socio. Tucker y Greene por lo general consideraban la tierra como la forma más probable de fianza, pero en una ocasión Greene especuló que un banco mutuo podría decidir respaldar como fianza no solo la propiedad vendible, sino “la garantía de entrega de la producción futura. ” 61 Pero suponiendo que el banco mutuo se limite a prestar el dinero de sus miembros, no habría, en sentido estricto, ” ningún préstamo en todo “:

El supuesto prestatario simplemente cambiaría la cara de su propio título para hacerlo reconocible por el mundo en general, y no tendría otro costo que el mero coste de la transacción. Es decir, el hombre que tiene  capital o buen crédito, debería ir a un banco… y procurarse una cierta cantidad de sus apuntes por el proceso ordinario de hipotecar la propiedad o conseguir respaldada la comercial descontada, sólo cambiaría su propio crédito personal… para el crédito bancario conocido y admisible para la entrega de productos en todas partes del Estado, o de la nación, o quizás del mundo. Y por esta ventaja el banco le cobraría sólo el coste del trabajo de su servicio en la transacción del cambio de créditos, en lugar de cobrarle las tarifas ruinosas de descuento por las cuales, bajo el presente sistema de monopolio, estos bancos privilegiados cobran tributo a los productores de la propiedad no privilegiada de la casa en casa. 62

La propiedad sería poseída por la clase obrera liberada gracias a la movilización por medio del capital, y si los productores pudieran organizar su propio crédito sin obstáculos, los recursos a su disposición serían enormes. Como Alexander Cairncross observó, “el trabajador americano tiene en a disposición más existencias de capital en casa que en la fábrica donde es empleado… “63

El abundante crédito barato cambiaría drásticamente el equilibrio de poder entre el capital y el trabajo, y las rentas del trabajo reemplazarían a las rentas del capital como la forma dominante de actividad económica. Según Robinson,

En el tipo de interés de monopolio sobre el dinero que nos es impuesto por la ley, está basado el sistema entero de interés del capital, que impregna todo el negocio moderno.
Con la banca libre, el interés sobre las obligaciones de todas las clases y los dividendos sobre el stock caería al precio de interés mínimo bancario. El alquiler de las viviendas… caería al precio del coste de mantenimiento y reemplazo.
Toda la parte del producto del trabajo que ahora es apropiado por el interés pertenecería al productor. El capital, sin embargo…definido como un ingreso que produce recursos, prácticamente dejaría de existir, por la simple razón de que si el dinero, con el cual se compra el capital, podría ser obtenido por la mitad de un uno por ciento, el capital en sí mismo no podría establecer un precio más alto. 64

Y el resultado sería una posición negociadora drásticamente mejorada para los arrendatarios y trabajadores frente a los propietarios de la tierra y el capital. Según Gary Elkin, el anarquismo de libre mercado de Tucker tuvo ciertas implicaciones inherentemente socialistas libertarias:

Es importante señalar que debido a la intención de Tucker de aumentar el poder negociador de los trabajadores a través del acceso al crédito mutuo, su supuesto anarquismo individualista es no sólo compatible con el control de los trabajadores, sino que de hecho lo promovería. Ya que si el acceso al crédito mutuo debía aumentar el poder negociador de los trabajadores al grado que Tucker lo demandó, ellos entonces serían capaces de (1) pedir y conseguir la democracia del puesto de trabajo, (y 2) reunir su compra de crédito y poseer las empresas en conjunto. 65

Considerando mejorada posición negociadora del trabajador, “la capacidad de los capitalistas de extraer la plusvalía del trabajo de los empleados sería eliminada o al menos enormemente reducida.” 66 Como la recompensa del trabajo se acercaría a su producto completo, las ganancias del capital bajarían a causa de la competencia de mercado, y el valor de las acciones por consiguiente caería a plomo, el trabajador se haría de facto el codueño de su puesto de trabajo, incluso si la empresa permaneciera formalmente poseída por los accionistas.

Las tasas de interés cerca de cero aumentarían la independencia del trabajo en todos los tipos de caminos interesantes. En primer lugar, alguien que ahora tiene una hipoteca de veinte años al 8 %, sin usura, podría pagarla en diez años. La mayoría de la gente a los 30 años tendría su propia casa, de forma barata y clara. Entre esto y la inexistencia de altos tipos de interés en la deuda de tarjetas de crédito, dos de las mayores fuentes de preocupación para apropiarse del trabajo de alguien en cualquier coste desaparecerían. Además, muchos trabajadores tendrían grandes ahorros (“el dinero va al diablo”). Muchos trabajadores se retirarían a los cuarenta o cincuenta años, reducirían su trabajo a media jornada, o emprenderían negocios; con los empleos compitiendo por los empleados, el efecto sobre el poder negociador sería revolucionario.

Bajo el capitalismo industrial, Tucker sostenía que el monopolio del dinero reforzó el monopolio de la tierra y el capital. El alquiler de parcelas, como tal, dependió principalmente de la asignación de títulos de tierra a propietarios ausentes. La disponibilidad de toda la tierra libre susceptible de ocupación provocaría que la renta de la tierra, como tal, cayera a cero por la competencia. Pero en zonas muy urbanizadas, el valor de las mejoras y los edificios pesaría más que la parcela en sí misma. Y la disponibilidad de crédito sin interés, de la misma manera gracias a la competencia, haría que el alquiler de casas cayera hasta cero. Nadie pagaría alquiler por una casa cuando él puede conseguir el dinero suficiente, sin interés, para construir una él mismo. Y del mismo modo, nadie aceptaría mucho menos que el producto de su trabajo por emplearse en el medio de producción, cuando él y sus compañeros de trabajo podrían conseguir  capital sin interés para comprar el suyo propio. “En esta situación, ” como Gary Elkin escribió, “sería absurdo que los trabajadores pagaran a alguien (p. ej. un capitalista) por el empleo de los instrumentos y equipos de trabajo más de lo que equivale a su depreciación y a los costes de mantenimiento más los impuestos (si los hay) y las ventajas que implica su utilización.” 67
Además de todo esto, los sistemas de banca central hacen un favor adicional a los intereses del capital. Ante todo, una exigencia principal de los capitalistas financieros es que se debe evitar la inflación, para permitir rendimientos predecibles en las inversiones. Este es, aparentemente, el objetivo principal de la Reserva Federal y otros bancos centrales. Pero al menos tan importante como este es el papel de los bancos centrales en la promoción de lo que ellos consideran un nivel “natural” de paro – hasta los años 1990, alrededor del seis por ciento. La razón es que cuando el paro desciende por debajo de esa cifra, el trabajo se hace cada vez más exigente y exige mejor paga, mejores condiciones de trabajo y más autonomía. Los trabajadores no están tan dispuestos a aguantar la mierda del jefe cuando saben que pueden encontrar un trabajo tan bueno como ese al día siguiente.

Por otra parte, no hay nada más efectivo para conseguir una opinión como el conocimiento de que la gente está obligada a aceptar tu empleo.

“La prosperidad” de Clinton es una aparente excepción a este principio. Como el paro amenazó con caer por debajo de la señal del cuatro por ciento, una minoría de la Reserva Federal estaba deseosa por elevar los tipos de interés y salir de la presión “inflacionista” lanzando unos cuantos millones de trabajadores a la calle. Pero como declaró Greenspan ante el Comité de Banca del Senado, la situación era única. Considerando el grado de inseguridad del trabajo en la economía de alta tecnología, existía un “retraimiento típico sobre el aumento de la recompensa”. En 1996, aun con el mercado de trabajo ocupado, el 46% de los trabajadores de grandes corporaciones temían ser despedidos- en comparación con solo el 25% de 1991, cuando el paro era mucho mayor.

La reticencia de los trabajadores a dejar sus empleos para buscar otros, se demuestra, mejor que por el nivel de empleo, por la tendencia hacia contratos sindicales más largos. Durante muchas décadas, los contratos pocas veces excedían de tres años. Hoy uno puede ver contratos de cinco –e incluso seis- años, que se caracterizan comúnmente por un énfasis sobre la seguridad en el puesto, lo que implica aumentos de salario solo modestos. El bajo nivel de paro de años recientes da testimonio del asunto de la seguridad de mantener el empleo. 68

Así, la buena voluntad de los trabajadores durante el “boom” de Clinton para negociar aumentos menores de salarios en pos de la mayor seguridad del puesto de trabajo parece estar razonablemente bien documentada. Para los patrones, la economía de alta tecnología es lo segundo mejor que les puede pasar, después del alto paro para mantener nuestra sumisión. “La lucha contra la inflación” se traduce en la práctica en la inseguridad creciente de los puestos de trabajo y en la menor capacidad de los trabajadores para protestar o buscar nuevos empleos.

Mutualismo, interés, escuela austriaca y crédito gratuito

 

 

 

El interés

Desde la polémica entre Proudhon y Bastiat, pero sobretodo a partir de la definición austriaca del interés y su teoría del ciclo económico, el mutualismo ha sido despreciado e incomprendido por muchos de los que tenían alguna noción de economía, y sus proclamas contra el interés y a favor del crédito gratuito han sido vistas como populistas e inviables, por lo que me veo obligado a aclararlas.

 

 

 

La Escuela Austriaca de Economía define el interés como el producto de las preferencias intertemporales de los individuos. Esto quiere decir que el ahorro es consecuencia de una preferencia por los bienes futuros sobre los bienes presentes, y el consumo exactamente lo contrario. De la misma forma, la teoría austriaca del ciclo económico nos dice que las crisis son producidas por el Estado, que mediante las expansiones monetarias reduce los tipos de interés artificialmente y, al no variar las preferencias intertemporales de los individuos, las inversiones se dirigen hacia actividades que solo son rentables mientras se mantienen los tipos artificialmente bajos, produciéndose la crisis al subir.

Así, el mutualismo se ha confundido con el “inflacionismo” y el populismo de Estado, y se ha creído que sus pretensiones eran utópicas o perjudiciales. En realidad, lo que los mutualistas pretenden es abolir los requisitos de capitalización, las licencias selectivas del Estado y un sinfín de trabas que permiten a los banqueros actualmente existentes elevar su usura. Pero la reducción de los tipos, consecuencia de la abolición de todas las trabas mencionadas, no alteraría las preferencias intertemporales de los individuos, puesto que la proporción entre bienes presentes y futuros se mantendría, descontando las tasas de monopolio que existían antes. No habría crisis cíclicas. El tipo de interés sería marginal y correspondería únicamente a tales disparidades de valoración entre bienes presentes y futuros, los trabajadores tendrían acceso a los medios de producción, la capacidad de percibir rentas del trabajo se reduciría como consecuencia de la multiplicación de los negocios, los bienes de consumo serían más baratos y, como dice Kevin Carson, la gente no tendría necesidad de trabajar mucho más de media jornada, y podría jubilarse antes.

Para Tucker, por ejemplo, el interés era fruto de un estado primitivo en que la riqueza no está generalizada y, por tanto, “aquellos que no tienen capital estarán dispuestos de obtener préstamos de los que sí dispongan, así como a pagar interés por el uso del capital.” De esta forma, el interés se relaciona directamente con la intervención del Estado, que es el causante de dicho estado primitivo, pues “conforme el capital “prestable” de un país aumenta, la tasa de interés disminuye, y cuando la riqueza acumulada del mundo se hace lo suficientemente grande, nadie paga intereses”.

Y al entender el interés como una consecuencia del estatismo, aunque lo considera legítimo en tanto que voluntario, Tucker lo condena como una consecuencia del Estado, que desaparecerá junto con este.

En cierto modo, esto también se relaciona con Bastiat, al decir que:

“Cuanto más abundante es el capital, más se reduce su parte proporcional en el producto. Y como los capitales, al aumentar, aumentan la facilidad de crear otros, se sigue que la condición del prestatario mejora sin cesar.”

 

Solo que Tucker no achaca el interés a una diferencia de cualidades entre los individuos, que permite que los “más aptos” adquirir antes el capital y cobrar por su uso a los rezagados (es decir, no justifica el status quo), sino única y exclusivamente al Estado. [1]

 

Por otra parte, el interés era para Proudhon el cerrojo que impedía a los trabajadores acceder a los medios de producción. Pero cuando advirtió que este era, en su mayor parte, producto del monopolio, tomó la bandera de la competencia para reducirlo, labor que consideró “revolucionaria”, ya que “la aubana [interés, renta, usura] disminuye en proporción al aumento del número de socios”.

 

 

El crédito gratuito

 

En la cuestión del crédito gratuito, Bastiat opone dos objeciones.

En primer lugar, que si el banco entrega billetes a todo aquel que se presente en él, dichos billetes se depreciarán y todo quedará igual (salvo el banco, que quebrará).

En segundo lugar, que si el banco selecciona a sus prestarios y pide avales, solo los ricos podrán acceder al crédito gratuito y los proletarios quedarán igual.

 

Lo cierto es que el propio Proudhon, con la ayuda de Jules Lechevalier ya resolvió aquel problema con unos mecanismos que llamó “sindicatos de producción”, que se encargaban, además de formar cooperativas de trabajadores, coordinarlas, etc. de “negociar y avalar los préstamos de cada corporación especial respecto al Banco del Pueblo, en el buen entendido de que las únicas garantías serán, en capital, la vida del trabajador evaluada equitativamente, y en la circulación corriente, las obligaciones de mano de obra”.

De esa forma, el Banco del Pueblo –que no tendría por qué imprimir billetes, sino simplemente aglutinar los ahorros de los obreros- concedería préstamos a sus socios-clientes tan solo con la promesa de que le sería devuelto con la producción futura, tal y como proponía William Greene.

De hecho, los exitosos bancos del premio nobel Muhummad Yunus funcionan así: los prestatarios son a su vez dueños mayoritarios (94%) del banco, con lo que el interés se lo cobran a sí mismos; no tienen ninguna clase de aval a la hora de recibir los créditos, y forman “grupos de apoyo” con gente afín, que podrían equipararse a los “sindicatos de producción” de Proudhon y Lechevalier. Estos “grupos de apoyo”, en palabras de Yunus crean incentivos para que los prestatarios se ayuden mutuamente para salir adelante en sus negocios, logrando que cada uno sea más fiable, ya que el grupo realiza la tarea de supervisión –pues si un miembro falla el grupo entero pierde el derecho a crédito.

 

“La presión de sus iguales –sutil a veces y no tan sutil otras- mantiene a cada miembro del grupo en sintonía con los objetivos generales del programa de créditos. Al mismo tiempo, la adquisición de una cierta sensación de competencia intergrupal e intragrupal anima también a los miembros a desarrollar más a fondo su potencial.”

El proyecto de Yunus se ha extendido por todo el mundo y hoy día atiende a millones de personas, ha ayudado a desarrollar la región de Bangladesh y ha suministrado tecnologías –móviles, etc.- a sus socios para ayudarles a expandir sus negocios.

También en Suecia existe una cooperativa de crédito en expansión con más de veinte mil socios.

En general, podemos concluir que la abolición del interés, entendida como una reducción drástica del mismo por la competencia o como consecuencia de una red de cooperativas de crédito y bancos de microrcéditos es completamente viable.

[1]: En la famosa polémica, Bastiat comparaba a los proletarios con ciegos y con niños, y a los capitalistas con videntes y adultos que debían ayudarlos a salir de la miseria.