Monthly Archives: March 2010

8 de Marzo, día de la mujer trabajadora.

Hoy, 8 de Marzo, se celebra en todo el mundo el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Teniendo en cuenta sus implicaciones insitucionales (en gran medida, agresivas) y de lo que a día de hoy se ha hecho con el feminismo (convirtiéndolo en baluarte del Estado para atentar contra los derechos individuales), creo que es un buen momento para recordar a todo el mundo que feminismo puede (y debe) ir unido a la libertad; que para el pleno desarrollo de las personas, más allá de roles y conductas preestablecidas, no hay nada como permitir a cada cual actuar como estime conveniente; y que toda la propaganda e intervención del Estado no hace más que perjudicarnos, especialmente a las propias mujeres cuando trata de “defenderlas”.

Por un feminismo verdaderamente libertario, hoy y siempre, ¡arriba la lucha feminista!

El cálculo económico en la empresa multinacional: respuesta a LG

LG ha escrito en Austrian Uruguay un artículo donde arremete contra la teoría mutualista sobre el cálculo económico en el interior de la empresa. En su opinión, los mutualistas aciertan al considerar que el Estado opera sin una base para establecer cálculos económicos racionales, pero yerran al extrapolar este análisis a las multinacionales, que compiten en un marco de mercado (más o menos libre) y por lo tanto pueden servirse de los precios para realizar sus operaciones.

Es un tema sobre el que he intentado escribir más de una vez, pero que por diversas cuestiones nunca he analizado en profundidad aquí.  Y nuevamente me temo que por falta de tiempo no podré hacerlo, así que me reservo otra ocasión para hacerlo mejor.

Sin embargo, me gustaría apuntar algunas cosas que se me han ido ocurriendo conforme leía el artículo.

En primer lugar, me choca lo maniqueo del planteamiento de LG: según él, o existe un perfecto cálculo económico racional o no existe en absoluto. No hay posturas intermedias. Como el Estado soviético opera en un contexto de cálculo caótico, cualquier mejoría respecto a ese modelo (véase la gran empresa) implica que existe un cálculo económico perfecto.

Si definimos el problema del cálculo económico como de emplear los medios idóneos para conseguir los fines deseados, es evidente que existe una gradación casi infinita sobre el grado en que una empresa o un Estado están incurriendo en “caos de cálculo económico”. Los precios de mercado solo son una alternativa, probablemente la mejor, de averiguar cuáles son esos “medios idóneos” en el contexto de una economía compleja.

En pocas palabras: el problema del cálculo económico radica en la mejor o peor percepción de los fines y los medios, y este problema de información admite muchísimas gradaciones.

En segundo lugar, al leer su artículo me vienen a la cabeza varios libros que le habrían sido útiles para percibir mejor la cuestión.
Especialmente La naturaleza de la empresa, de Ronald Coase. Setenta y tres años después de su publicación, todavía hay quien ignora qué son los “costes de transacción” y los “costes de administración” y qué papel juegan en el tamaño de la empresa. No tengo tiempo para exponer su argumento, pero básicamente sostiene que toda organización tiene costes de administración inherentes a su funcionamiento interno; y costes de transacción inherentes a sus relaciones con el exterior. Es la variación relativa de estos costes lo que inclina a las organizaciones hacia el crecimiento interno o externo.

El problema de cálculo económico, es decir, de emplear los medios idóneos para conseguir los fines deseados, no es más que un coste de administración añadido que aumenta conforme la organización interioriza más y más actividades. Cuando existen bienes intermedios específicos que no poseen precios de mercado, estos circulan a lo largo de la organización con criterios de “costo+plus” totalmente irracionales. E incluso cuando estos bienes intermedios poseen precios de mercado en el exterior de la empresa, no tienen por qué reflejar la escasez relativa en el interior de la empresa (del mismo modo que en la Unión Soviética), y por lo tanto llevarán a problemas similares de cálculo.

Este primer argumento, por cierto, ya fue empleado por Rothbard en Man, Economy and State (p. 546):

Supongamos que no hay precios de mercado: p. ej. que la Compañía Jones es el único productor de un bien intermedio. En ese caso, no habría modo de conocer qué etapa de la producción está siendo gestionada de forma rentable y cuál no. No habría forma de conocer cómo asignar los factores a las distintas etapas. No habría forma de estimar ningún precio implícito o coste de oportunidad para los bienes de capital en ninguna etapa particular. Cualquier estimación sería completamente arbitraria y no tendría ninguna relación significativa con las condiciones económicas.

Pero como sugiere el segundo argumento –que es la principal aportación de Carson al debate-, incluso si el bien intermedio posee un precio de mercado, este no expresará la escasez relativa del bien dentro de la empresa. En ambos casos el problema de cálculo económico llevará a derrochar recursos; aumentará los costes de la empresa y, finalmente, la hará comparativamente más ineficiente que aquellas que no incurran en tales prácticas.

Si todavía sigue pensando que la perspectiva mutualista es un alien dentro de la teoría austriaca (algo rigurosamente cierto para los más vulgares), le recomiendo Economic Calculation anad the Limits of Organization, de un economista austriaco mainstream como Peter Klein, donde expone una versión moderada del mismo argumento: el problema de cálculo económico es un coste de administración que limita el crecimiento de la empresa por encima de cierto punto. Los mutualistas solo han subrayado aquello que los austriacos habían escrito con letra temblorosa –con algunas anotaciones a pie de página. Este otro artículo, del mismo autor, también es esclarecedor (en castellano).

En tercer lugar, me llama la atención que para LG una transacción de mercado (p. ej. entre dos empresarios independientes) sea equivalente a una transacción en el interior de la empresa (p. ej. entre un trabajador y su patrono). Ignora completamente que el contrato entre trabajador y empresario está en gran parte incompleto (no se puede determinar a priori cuánto debe producir un trabajador), y que para llevarlo a término, el empresario tiene que incurrir en costes de monitoreo y supervisión durante el mismo – costes que están ausentes en el caso de dos empresarios independientes, donde solo es necesario comprobar el resultado final.

Por último, me gustaría hacer una anotación sobre la concepción de la empresa implícita en LG, similar a la que Klein critica como de “libro de texto”:

En los libros de texto de economía, la empresa es una función de producción o una serie de posibilidades de producción, una “caja negra” que transforma entradas en salidas. A partir del estado de la tecnología, los precios de las entradas y un plan de demanda, la empresa maximiza el beneficio monetario sujeto a las limitaciones de que sus planes de producción deben ser tecnológicamente viables. La empresa se modela como un solo actor, afrontando una serie de decisiones no complicadas: cuánto hay que producir, cuánto hay que contratar de cada factor y cosas así. Estas “decisiones”, por supuesto, no son decisiones en absoluto: son cálculos matemáticos triviales, implícitos en los datos subyacentes. En resumen, la empresa es una serie de curvas de costes y la “teoría de la empresa” es un problema de cálculo.

Obviamente, la cuestión es más compleja. El hecho de que quienes tomen las decisiones estén tan lejos de la línea de fuego implica toda una variedad de problemas: los empleados transmiten la información distorsionada en función de sus intereses (recibir premios, evitar castigos, etc.); la información tarda demasiado tiempo en subir hasta la cúspide de la jerarquía; esta cúspide tarda demasiado tiempo en reaccionar ante las demandas de los consumidores, etc.

Y todo eso, LG, actúa en una sola dirección: aumentar los costes de operación de las grandes empresas, cuya oligarquía dirigente está tan lejos de la realidad como lo estaba un ministro de industria soviético.
Naturalmente, existen algunos beneficios en la forma de organización de las grandes empresas, pero el hecho de que muchos de sus costes sean externalizados en el contribuyente me induce a pensar que no sobrevivirían en un libre mercado.

Eso no significa que no vaya a haber empresas grandes –que es un término relativo, y puede denotar tanto a una empresa de 5 como de 10.000 empleados- sino que las empresas serán notablemente más pequeñas y menos jerárquicas. Significa que en lugar de Zaras habrá Pratos y Bolonias.