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Teoría de la organización (I): el proceso de producción

(Este artículo pretende ser la primera de dos entregas acerca de la teoría de la organización mutualista. Aunque usualmente no se distingue entre el proceso de producción y la empresa, se trata de dos unidades bien diferenciadas: un proceso a gran escala puede ser operado por una empresa pequeña, al tiempo que multitud de pequeños procesos pueden estar bajo control de una gran empresa. Por este motivo, y dada la confusión que existe incluso entre nosotros, he preferido dividir la Teoría de la organización en dos partes: una relativa al proceso de producción -el aspecto físico- y otra relativa a la empresa -el aspecto legal y contractual-. De todos modos, ambas partes interaccionan para explicar por qué las organizaciones del capitalismo tienen poco que ver con las que tendrían lugar en un libre mercado. A un plazo mayor, me gustaría completar las dos entregas con una tercera acerca del privilegio, donde se trate por qué los Estados tienden a promover la centralización de las organizaciones y de la riqueza).

La decisión de producción básica que afrontan los empresarios consiste en escoger entre diferentes cantidades y combinaciones de insumos con el objetivo de minimizar sus costes y maximizar sus ganancias. En la teoría neoclásica convencional, una de las herramientas para resolver este dilema es la función de producción, que indica la cantidad máxima de producto (output) que puede obtenerse con un conjunto determinado de insumos (input), dada la tecnología existente. Tomando en cuenta el precio de los insumos y sus tasas de sustitución, el empresario puede escoger la combinación óptima para producir una cantidad determinada del bien en cuestión. Desde esta perspectiva, el proceso de producción aparece como una caja negra donde las entradas se transforman automáticamente en salidas, y donde la proporción de las primeras se escoge mediante una simple operación matemática.

Cuando la producción de un bien requiere ciertas proporciones fijas de un insumo X, y tal insumo está subvencionado, el nivel general de la producción tenderá a aumentar por encima de lo que hubiera sucedido en otro caso. Así, por ejemplo, la producción de muchos bienes físicos requiere de ciertas proporciones fijas de infraestructuras de transporte (carreteras, aeropuertos, etc.), de modo que una disminución en su coste promueve una ampliación en el resto de insumos que intervienen en el proceso de producción (instalaciones, maquinaria, etc.). En cambio, cuando la proporción necesaria del insumo es variable, una disminución en su precio como consecuencia de la subvención tenderá a aumentar la proporción del insumo subvencionado respecto a los no subvencionados, sin repercutir sobre el nivel general. Así, las exenciones a la depreciación del capital o las subvenciones a la I+D tienden a promover métodos de producción artificialmente intensivos en capital. En un caso aumenta el tamaño de la planta de producción; en el otro, su composición.

Dentro de los insumos cabe distinguir dos tipos. Por un lado, los insumos fijos, cuya cantidad no se puede cambiar de inmediato si las condiciones del mercado indican que tal cambio sería conveniente, como en el caso de las instalaciones, las grandes máquinas y el personal de gerencia. Por otro lado, los insumos variables, cuya cantidad sí puede modificarse de inmediato, como en el caso de la provisión de materias primas o trabajadores. A largo plazo, todos los insumos (y costes) son variables, pero a corto plazo existen diferencias significativas. Los procesos de producción basados en una proporción mayor de insumos fijos tienen menos capacidad para adaptarse a las fluctuaciones del mercado, puesto que no pueden ampliar o reducir con facilidad sus niveles de producción. Por ese motivo, sus dificultades son mayores conforme se enfrentan con mercados más competitivos y fluctuantes.

Cuando un aumento en la cantidad de insumos da lugar a un aumento proporcional de la producción, decimos que existen rendimientos constantes a escala. No obstante, es frecuente que la adición de más insumos de lugar a un aumento más que proporcional de la producción (o a una disminución más que proporcional de los costes); entonces hablamos de rendimientos crecientes a escala. En este caso (también conocido como economías de escala), el coste unitario de producción se reduce y los empresarios están en disposición de disminuir el precio de sus productos. Pero, ¿por qué ocurren las economías de escala? Principalmente por tres motivos:

1. La división del trabajo. Conforme aumenta el tamaño de la planta de producción, los empleados pueden dividirse el trabajo de forma más eficiente y suprimir los tiempos muertos que median entre unas tareas y otras.

2. La tecnología. Si en el proceso de producción se requiere el empleo de varias máquinas diferentes, cada una de ellas con distinta capacidad productiva, es posible que la operación deba realizarse a cierta escala para explotar adecuadamente el equipo. Supongamos que sólo se requieren dos tipos de máquinas, una que fabrica y otra que empaqueta el producto. Si la primera máquina puede producir 20 000 unidades diarias y la segunda puede empaquetar 30 000, la producción deberá ser, por lo menos, de 60 000 unidades diarias para poder emplear ambos tipos de máquinas a plena capacidad. También existen economías cuando máquinas de mayor tamaño requieren proporcionalmente menos espacio, reparaciones o cualquier otra cuestión que las máquinas más pequeñas.

3. La compra de materias primas y bienes intermedios en gran escala, así como la contratación de publicidad, puede permitir al comprador obtener precios más favorables (descuentos por cantidad).

Sin embargo, por encima de cierto punto, la adición de más insumos produce un incremento menos que proporcional de la producción (o un aumento más que proporcional de los costes), lo que conocemos como rendimientos decrecientes a escala. En este caso (deseconomías de escala), los costes de producción tienden a distribuirse en una cantidad proporcionalmente menor de producción, de modo que el coste unitario aumenta. Esto se debe principalmente a dos motivos:

a) Los costes de distribución se elevan conforme aumenta el tamaño de las instalaciones y se añaden insumos al proceso de producción. Esto se debe a que, conforme una planta más grande centraliza las actividades de otras plantas más pequeñas, tiende a ubicarse necesariamente más lejos de la mayoría de consumidores. Así, a partir de cierto punto, cualquier disminución en el coste medio de producción derivado de un aumento en la cantidad de insumos queda anulado por un aumento más que proporcional en el coste de distribución. Éste se compone de los gastos necesarios para construir y mantener carreteras, aeropuertos y puertos, además de la contratación de camiones, aviones y barcos para transportar las mercancías a los puntos de consumo.

b) En la misma línea, la burocracia y los peldaños de la jerarquía aumentan conforme se añaden insumos a la producción. Esto implica tanto costes directos (el salario de los nuevos gerentes) como indirectos: la cúspide de la jerarquía se muestra cada vez más incapaz de obtener toda la información relevante acerca del proceso de producción, de modo que las decisiones administrativas tienden a alejarse más de la realidad conforme aumenta la escala de la producción. Naturalmente, esto se traduce en errores de dirección cada vez mayores que imponen serios límites al tamaño de la planta de producción. Volveremos sobre ello al tratar la teoría de la empresa.

Podríamos expresar lo dicho hasta ahora mediante una gráfica en forma de U más o menos pronunciada, donde a una disminución inicial del coste medio derivada del aumento de la producción sigue un incremento derivado de las deseconomías de escala. (Véase la gráfica, donde el eje horizontal representa la cantidad de producción y el eje vertical el coste medio). Equipado con estas herrramientas, el productor tiene la información necesaria para escoger el tamaño óptimo de sus instalaciones y la cantidad de insumos que desea emplear. Pero, ¿hasta qué punto ha distorsionado el Estado los costes y beneficios a considerar? ¿En qué medida ha intervenido el precio de los input y del output? Eso es lo que trataremos a continuación.

En primer lugar, bajo el capitalismo estatal los costes de distribución son artificialmente bajos. El Estado subvenciona masivamente el transporte de bienes físicos mediante la construcción y el mantenimiento de carreteras, puertos y aeropuertos públicos, promueve las industrias aeronáutica y naval y otorga precios especiales de combustible a los transportistas. De ese modo, y como indicamos antes, la subvención de uno de los insumos conduce a un aumento en la escala (y la centralización) de las operaciones. Además, en el sector servicios las carreteras públicas promueven la aparición de grandes almacenes y centros comerciales en el extrarradio, a donde los consumidores pueden desplazarse en automóvil gratuitamente.

En segundo lugar, las barreras de entrada, la protección contra la competencia (p. ej. mediante patentes y copyrights) y las regulaciones estatales reducen la competitividad de los mercados, promoviendo que los costes derivados de la burocracia (toma de decisiones errónea, etc.) sean menos penalizados de lo que serían en otro caso.

Como consecuencia, la intensidad de las deseconomías de escala se reduce, éstas se muestran a un nivel de producción mucho mayor y las instalaciones productivas se expanden por encima de lo que sucedería en un libre mercado. En nuestra gráfica, esto se plasmaría en una curva de costes con una sección horizontal artificialmente prolongada en su parte media. En la misma línea, las licencias elevan el tamaño óptimo de la planta de producción, como en aquellos casos donde se requiere un fondo de salida para iniciar el negocio (p. ej., en la banca). La expropiación de solares y los programas agrarios como la PAC, que otorgan subvenciones en función del tamaño de las propiedades, promueven asimismo unidades de producción excesivamente grandes.

Por otro lado, las subvenciones al transporte promueven artificialmente la división del trabajo e inflan el tamaño de los mercados. Esto, unido a las exenciones a la depreciación del capital, las subvenciones al I+D y la educación técnica -investigación militar y universitaria, etc.-, inclina la balanza en favor de la tecnología intensiva en capital y a gran escala, con predominio aplastante de los costes fijos sobre los variables. A su vez, como este modo de producción basado en tecnología hiperespecializada y altos costes fijos es más vulnerable a las fluctuaciones de la oferta y la demanda, requiere del Estado para inhibir la competencia del mercado (por medio de regulaciones, etc.) y absorber ocasionalmente los excedentes productivos a través del complejo militar-industrial, la conquista de mercados y otros programas públicos.

De ese modo, en ausencia de Estado, y si nuestros razonamientos son correctos, las unidades de producción serían más pequeñas y flexibles, con una proporción menor de costes fijos y equipadas con tecnologías multiusos, preparadas para saltar de un producto a otro en función de la oferta y la demanda.