Iron Fist (III): el dominio ideológico

1984

Por Kevin Carson

El dominio ideológico es el proceso por el cual los explotados pasan a ver el mundo a través de la estructura conceptual de sus explotadores. Actúa en primer lugar para encubrir el conflicto de clase y la explotación detrás de la cortina de humo de la “unidad nacional” o el “bienestar general”. Aquellos que apuntan al papel del Estado como garante de los privilegios de clase son denunciados, en tonos teatrales de ultraje moral, por “lucha de clases”. Si alguien es tan intolerablemente “extremista” como para describir la intervención estatal masiva y la subvención en la que descansa el capitalismo corporativo, es reprendido por su “retórica de clases marxista” (Bob Novak) o por “retórica de barón ladrón” (el secretario del Tesoro O’Neill).

La estructura ideológica de la “unidad nacional” se lleva al punto de que “este país”, “esta sociedad”, o “nuestro sistema de gobierno” se han erigido como objeto de gratitud por “la libertad de que disfrutamos”. Solo los más antipatrióticos advierten de que nuestras libertades, lejos de sernos garantizadas por un generoso y benevolente Estado, fueron ganadas por pasadas resistencias contra el Estado. Las cartas y leyes de derechos no fueron concedidas desde el Estado, sino forzadas al Estado desde abajo.

Si nuestras libertades nos pertenecen por derecho de nacimiento, como un hecho moral de la naturaleza, de ahí se sigue que no debemos nada al Estado por abstenerse de violarlas, del mismo modo que no le damos las gracias a otro individuo por abstenerse de robarnos o matarnos. La simple lógica implica que, en lugar de ser agradecidos al “país más libre de la tierra”, deberíamos sublevarnos cada vez que inflinge nuestra libertad. Después de todo, así es como obtuvimos nuestra libertad en primer lugar. Cuando otro individuo nos coge la cartera para enriquecerse a nuestra costa, nuestro instinto natural es resistir. Pero gracias al patriotismo, la clase dominante puede transformar su mano robacarteras en la “sociedad” o “nuestro país”.

El presidente de la JCS, discutiendo la postura de “defensa”, preferirá las “amenazas a la seguridad nacional” a que se enfrentan los EEUU con un gesto dramático y describir las fuerzas armadas de algún enemigo oficial como China como más allá de las “exigencias defensivas legítimas”. El camino más rápido de ponerse al margen de la sociedad es apuntar que todas esas “amenazas” implican lo que está haciendo algún país al otro lado del mundo a cientos de millas dentro de sus propias fronteras. Otra ofensa contra la adoración de la patria consiste en juzgar las acciones de los Estados Unidos, en sus operaciones globales para hacer del Tercer Mundo un lugar seguro para ITT y United Fruit Company, con el mismo criterio que las “exigencias de defensa legítimas” que se aplican a China.

Para la ideología oficial, las guerras de Estados Unidos se libran por definición “por nuestras libertades”, para “defender nuestro país”, o en el adulador mundo de Maudllin Albright, por un deseo desinteresado de promover la “paz y la libertad” en el mundo. Sugerir que los verdaderos defensores de nuestras libertades se levantan en armas contra el Estado, o que la seguridad nacional del Estado es una amenaza para nuestras libertades mayor que cualquier enemigo externo al que nos hemos enfrentado jamás, es imperdonable.
Por encima de todo, los buenos americanos no deben advertir a todos esos consejeros militares enseñando a los escuadrones de la muerte cómo golpear a los líderes sindicales en la cara y dejarlos en la cuneta, o  cómo usar adecuadamente las pinzas contra los testículos de los disidentes. Los crímenes de guerra solo son cometidos por potencias derrotadas. (Pero como los nazis aprendieron en 1945, los criminales de guerra desempleados pueden encontrar trabajo normalmente con la nueva potencia hegemónica).

Después de un siglo y medio de adoctrinamiento patriótico por el sistema de educación estatal, los americanos han interiorizado concienzudamente la versión “little red schoolhouse” de la historia estadounidense. Esta devoción autoritaria está diametralmente opuesta a las creencias de quienes se levantaron en armas en la Revolución, con lo que la ciudadanía ha olvidado en gran parte qué significa ser americano. De hecho, los auténticos principios del americanismo han estado delante de sus narices. Dos siglos atrás, los ejércitos permanentes eran temidos como una amenaza para la libertad y un campo de cultivo para las personalidades autoritarias; el servicio militar obligatorio estaba asociado a la tiranía de Cromwell; se veía el trabajo asalariado como algo incongruente con la independencia de espíritu de un ciudadano libre. Hoy en día, dos siglos más tarde, los americanos están tan prusianizados por sesenta años de estado cuartel y “guerras” contra un enemigo interno u otro, que tienden a arrodillarse a la señal del uniforme. Los evasores de impuestos son comparados con los abusadores de niños. Mucha gente trabaja para alguna burocracia estatal o corporativa centralizada, donde se espera que obedezcan las órdenes de sus superiores, trabajen bajo constante subordinación e incluso meen sobre los novatos cuando se les ordene.

Durante las épocas de guerra, se convierte en antipatriótico criticar o cuestionar al gobierno, y disentir se identifica con la deslealtad. La creencia absoluta y la obediencia en la autoridad son los tests del “americanismo”. La guerra exterior es una herramienta muy útil para manipular la conciencia popular y poner bajo control a la población nacional. La guerra es la forma más fácil de otorgar vastos e innumerable poderes nuevos al Estado. La gente es obediente casi sin crítica justo en el momento que necesitan estar más alerta.

La mayor ironía es que, en un país fundado por la revolución, el “americanismo” se define como el respeto a la autoridad, y la resistencia como “subversión”. La Revolución fue una revolución, de hecho, en la que las instituciones políticas nacionales de las colonias fueron derrocadas por la fuerza. Fue, en muchos tiempos y lugares, una guerra civil entre clases. Pero como Voltairine de Cleyre escribió hace un siglo en “Anarchism and American Traditions”, la versión de los libros de historia es que se trató de un conflicto patriótico entre nuestros “Padres fundadores” y el enemigo extranjero. Aquellos que citan todavía a Jefferson sobre el derecho de la revolución son apartados como “extremistas” marginales, a ser atrapados en la próxima histeria de guerra o en la próxima caza de rojos.

Esta construcción ideológica de un “interés nacional” unificado incluye la ficción de un cuerpo “neutral” de leyes, que oculta la naturaleza explotadora del sistema de poder bajo el que vivimos. Bajo el capitalismo corporativo las relaciones de explotación son mediadas por el sistema político hasta un punto desconocido bajo los sistemas de clase anteriores. Bajo el esclavismo y el feudalismo, la explotación era concreta y estaba personalizada en las relaciones del productor con el amo. El esclavo y el campesino conocían exactamente quién le estaba fastidiando. El trabajador moderno, por otro lado, siente una sensación dolorosa, pero tiene solo una idea vaga de dónde proviene.

Más allá de su función de enmascarar los intereses de la clase dominante detrás de una fachada de “bienestar general”, la hegemonía ideológica también produce divisiones entre los gobernados. A través de campañas contra los “tramposos del sistema” y los “agotados”, así como de demandas para “ser duro con el crimen”, la clase dominante consigue canalizar la hostilidad de las clases media y trabajadora contra la clase sumergida.

Especialmente nauseabundo es el fenómeno del “populismo multimillonario”. Señala la bancarrota del sistema y reclama su “reforma”, clama por la guerra contra el crimen y, disfrazado de una retórica pseudopopulista, identifica a la clase sumergida como el parásito principal que vive del trabajo de los productores. Dado su universo simbólico de “ah, apesta”, pensarías que Estados Unidos es un mundo de Readers Digest/Norman Rockwell sin otra cosa que pequeños empresarios y granjeros familiares, por una parte, y tramposos del sistema, maleantes, líderes sindicales y burócratas por el otro. Escuchándolos a ellos no sospecharás ni siquiera que existan multimillonarios y corporaciones globales, y mucho menos que pudieran existir para beneficiarse de ese “populismo”.

En el mundo real, las corporaciones son el mayor cliente del Estado de bienestar, las mayores bancarrotas son los archivos corporativos del capítulo once, y los peores crímenes se cometen en los despachos de las corporaciones en lugar de en las calles. El verdadero atraco contra el productor medio consiste en el beneficio y la usura, extraídos solo con la ayuda del Estado –el verdadero “gobierno grande” que tenemos encima. Pero mientras la clase trabajadora y la clase sumergida permanecen ocupadas luchando entre sí, no perciben quién les está robando realmente a ellas.

Como decía Stephen Biko, “el arma más poderosa de los opresores es la mente de los oprimidos”.

Un apunte sobre economía local

calle

Echando un vistazo al nuevo estudio de Kevin Carson, Resilient Communities and Local Economies, encuentro un par de párrafos interesantes sobre el desarrollo económico local:

Las comunidades de pequeñas empresas gestionadas a nivel local son mucho más sanas económicamente que las comunidades que están colonizadas por grandes corporaciones de propiedad ausente. Por ejemplo, un estudio de 1947 comparaba dos comunidades en California: una era una comunidad de pequeñas granjas, y la otra estaba dominada por unos pocos grandes agronegocios. La comunidad de pequeños granjeros tenía mayores niveles de vida, más parques, más tiendas y más organizaciones cívicas, sociales y de ocio.

Hill McKibben hizo un apunte similar en Deep Economy. Gran parte del dinero que se gasta en una corporación nacional comprando cosas es rápidamente succionado de la economía local, mientras el dinero que se gasta en negocios locales circula repetidamente en la economía local y escapa al exterior mucho más lentamente. De acuerdo con un estudio de Vermont, sustituir la comida importada por producción local en solo un 10% crearía 376 millones de dólares en nueva producción económica, incluyendo 69 millones en salarios  para más de 3600 nuevos trabajos. Un estudio similar en Inglaterra encontró que el efecto multiplicador de diez libras gastadas en negocios locales beneficiaba a la economía local hasta en 25 libras, comparado con solo 14 para la misma cantidad gastada en una cadena de tiendas.

No sé hasta qué punto el primer estudio es concluyente, pero tiene cierta lógica: gran parte de los beneficios corporativos se obtienen a nivel local y se desembolsan lejos de las tiendas y de las fábricas de origen para pagar a los gerentes de las oficinas centrales, y estos desvían la creación de riqueza del circuito local. Por otro lado, también tiene lógica que donde no existan intermediarios como el Estado o los patrones para proveer ciertos servicios (p. ej. el seguro médico, que en ocasiones se incluye en el contrato de trabajo), estos sean provistos por organizaciones de iguales como cooperativas o mutualidades, y los lazos a nivel horizontal se estrechen.

Tratado ACTA sobre el copyright

Hace unos días se filtró un futuro acuerdo entre una cuarentena de países llamado ACTA (Anti-Counterfeiting Trade Agreement) que es un texto sobre copyright donde entre otras cosas definen cómo ha de ser la actuación policial ante las violaciones en Internet del uso del copyright.

Para profundizar os dejo un par de links. Para el primero, un artículo de Kevin Carson, pinchad aquí; para el segundo, parte del texto filtrado, hacedlo aquí. Ambos están en inglés así que para aquellos que no puedan leerlo correctamente os dejo un pequeño artículo escrito en el diario El País hace unos días:

La negociación secreta de un acuerdo mundial sobre el ‘copyright’ alarma a los internautas

La negociación secreta de un acuerdo comercial mundial que autorizaría a las empresas y propietarios de derechos a exigir a los proveedores de acceso a Internet la vigilancia sobre el tráfico de sus clientes ha desatado la alarma de los internautas. De las negociaciones para redactar el Anti-Counterfeiting Trade Agreement (ACTA) se tienen noticias desde el año pasado, pero la semana pasada trascendió un documento de la Unión Europea en la que explicaba a sus estados miembros la posición de Estados Unidos, que se ha reservado la redacción del capítulo dedicado a Internet.

Aunque formalmente se trata de un acuerdo mundial para combatir la falsificación, el texto incluye una propuesta sobre Internet. Grupos civiles han remitido una carta al presidente norteamericano en el que critican el secretismo sobre estas negociaciones, que contradice la política de transparencia anunciada por Obama.

El acuerdo, en cuya negociación intervienen unos 40 países desde Estados Unidos a la Unión Europea pasando por importantes países asiáticos, como Japón y Corea, empezó a trabajarse en secreto bajo el mandato de Bush y prosigue ahora. La semana pasada hubo una nueva reunión en Seúl y en enero se celebrará otra en México. El documento propone perseguir a quienes elaboren o distribuyan programas que desactiven DRM (sistemas anticopia) y obliga a los proveedores de acceso a Internet a controlar el tráfico de sus clientes para evitar el intercambio o distribución de material protegido por copyright. Actualmente, en muchos países, los proveedores de acceso no son responsables de la conducta telemática de sus clientes salvo que tengan noticia, documentada por la administración o un juez, de que infringen la ley.

En la citada carta se reclama que ACTA, como un instrumento que afecta a las leyes y políticas de múltiples naciones, “debería ser negociado públicamente”, a la vista de todos. “Sin el necesario balance entre intereses” se puede dañar la economía y el bienestar cívico, añaden. Estados Unidos ha comentado el documento a empresas y distintos grupos pero bajo la obligación de confidencialidad lo que les impide participar en un debate público o dar detalles sobre el proyecto. La propia UE, al informar de la propuesta de Estados Unidos, habla de que ha recibido información oral sobre el mismo.

Recopilatorio sobre economía alternativa (I)

libros y

Ya que estos días no voy a estar muy activo he hecho algo que llevaba tiempo queriendo hacer: un recopilatorio. Empiezo con el primer apartado de Economía alternativa, que incluye 1) cooperativismo, producción descentralizada y teoría de la organización radical; 2) banca mutualista; y 3) servicios mutualizados. El segundo apartado tratará sobre el estatismo corporativo –que está muy relacionado con la teoría de la organización radical, y en buena parte se solapa-, pero lo haré más adelante. En cierto modo será un pilar de la minienciclopedia mutualista, ya que este recopilatorio es casi la enciclopedia en sí misma, y me gustaría crear un apartado en la web sobre “recopilatorios y artículos seleccionados”, para que no se vayan perdiendo en el fondo de la red.

Revisando los posts antiguos me he dado cuenta de dos carencias que intentaré solucionar: 1) apenas he hablado de tecnologías intermedias y bancos de microcréditos, cuando son dos pilares importantes de la producción descentralizada; 2) las cuestiones de seguridad y defensa están poco tratadas, sobre todo desde la perspectiva de los servicios mutualizados –por ahora tenéis el genial apartado de What Is Mutualism? de Clarence Lee Swartz sobre el tema, que he incluido aquí (Seguridad y seguros mutualistas, el último de la tercera sección), pero poco más.

Cooperativas, producción descentralizada y teoría de la organización radical:

-    Reportaje de Emilia Rogmana
-    Un vistazo al estudio del Harvard Business School sobre la autogestión
-    Un mercado sin capitalistas
-    MARVV: producción en red en acción
-    Equipos de trabajo autodirigidos
-   Flexibilidad y seguridad
-    La agricultura cubana
-    Jerarquía o mercado
-    Democracia representativa y corporaciones burocráticas
-    Los ascensos como mecanismo de motivación
-    Lecciones de management en Cómo conocí a vuestra madre
-    El trabajo en la corporación
-    La farmacia autogestionada
-    ¡Tesco Bell para sus trabajadores!
-    El ágora de Elance
-    Autogestión en el sector musical
-    Equipos autogestionados y propiedad intelectual
-    El transporte del futuro: la aviación en red

-    Irracionalidad y corporaciones

-    El cálculo económico en la empresa multinacional

Banca mutualista:

-    El efecto del monopolio radical sobre la empresa cooperativa
-    Un banco para cooperativas
-    La banca mutualista funciona
-    Banca mutualista en acción


Servicios mutualizados
:

-    Descentralización y mutualización de los servicios públicos
-    Los servicios mutualizados: teoría y práctica
-    La sanidad mutualizada (en condiciones extremas)
-    Seguridad y seguros mutualistas

La sanidad mutualizada (en condiciones extremas)

WELFARE STATE

A través de Albert Esplugas llego a este post de Luis Carlos donde se pasa revista al verdadero panorama sanitario de la India.

Al parecer, el 72% de los indios no puede costearse la sanidad privada, pero los servicios públicos son tan deficientes que no tienen más remedio que recurrir a médicos y curanderos locales. Sin embargo, a la hora de operaciones serias o análisis, incluyendo cirugía coronaria, neurocirugía o trasplantes (los indios tienen tres veces más posibilidades de sufrir enfermedades cardíacas por razones genéticas) contratan micro-seguros de cobertura limitada a este tipo de servicios, en muchos casos a través de sociedades mutualistas como la Cooperativa de Agricultores de Yeshasvini. Esta organización, por cierto, es la mayor mutua sanitaria del mundo por número de asociados, y mantiene 135 hospitales en su región.

A propósito, me viene a la cabeza el relato de Roderick Long sobre la sanidad occidental antes del Estado del Bienestar, cuando las mutualidades obreras ofrecían servicios médicos a sus asociados por apenas unas pocas libras o dólares anuales.

La pregunta que todo libertario debería hacerse es: ¿quién se quedaría sin sanidad cuando el trabajo reciba su producto completo, es decir, cuando los salarios sean más altos y el precio de las mercancías –especialmente los fármacos- sea notablemente más bajo?

Como sugieren Larry Gambone y Kevin Carson, una solución plausible sería mutualizar la sanidad pública, de modo que los servicios médicos rutinarios estén tan descentralizados y junto a las comunidades receptoras como sea posible, dejando los grandes hospitales a un nivel regional. La sanidad low cost sería reemplazada por la sanidad cost price.