Traducido por: Aritz y Víctor L.
Primero, debo comenzar declarando mi convicción de que Lysander Spooner y Benjamin R. Tucker son insuperables como filósofos políticos y que nada es más necesario hoy que la reactivación y el desarrollo del gran legado olvidado que dejan a la filosofía política.
A mediados del siglo XIX, la doctrina anarquista individualista llegó a tal punto que sus más avanzados pensadores, en sus distintas formas (Thoreau, Hodgskin, tempranamente Fichte, Spencer en su primera etapa) comenzaron a darse cuenta de que el Estado era incompatible con la libertad o la moralidad. Pero aun fueron más lejos cuando afirmaron el derecho del individuo a dejar de participar en la red del Estado y el saqueo de sus impuestos. De esta forma incompleta, sus doctrinas no son realmente una amenaza para el aparato del Estado, para algunos individuos se contemplará su exclusión de los inmensos beneficios de la vida social, a fin de obtener la supresión del Estado. Spooner y Tucker vislumbran la forma en que todas las personas pueden abandonar el Estado y cooperar en mutuo beneficio en el contexto de una sociedad libre y de interrelaciones e intercambios voluntarios. De esta manera, Spooner y Tucker convierten al anarcoindividualismo en una protesta contra los males existentes que apunta hacia una sociedad ideal a la que podemos aspirar, y lo que es más, se sitúa correctamente en el ideal del libre mercado, que parcialmente ya existía y estaba proporcionando enormes beneficios económicos y sociales. Así, Spooner, Tucker y su movimiento no sólo apuntaron un objetivo hacia el que avanzar, sino que también superaron sobradamente a los anteriores “utópicos” en la localización de ese objetivo en las instituciones existentes y no en unas coercitivas o imposibles de realizar, fruto de una visión alterada de la humanidad. Su logro fue realmente notable, y no estamos aun a la altura de sus ideas.
No puedo terminar un homenaje a la filosofía política de Tucker y Spooner sin citar un magnífico pasaje del No Treason N º VI, de Spooner, que significó mucho para mi desarrollo ideológico:
“Es cierto que la teoría de nuestra Constitución es, que todos los impuestos son pagado voluntariamente; que nuestro gobierno es una compañía de seguro mutuo voluntariamente aceptado por las personas para defenderse entre sí… Pero la teoría de nuestro gobierno es completamente diferente de la práctica. El hecho es que el gobierno, como un asaltador de caminos, dice al hombre: “su dinero o su vida”. Y muchos, si no la mayoría, pagan los impuestos en virtud de la obligatoriedad que impone esa amenaza. El Estado no toma a un hombre alejado en un lugar solitario, salta sobre él desde el margen del camino, y, le pone una pistola en la cabeza, procediendo a vaciar sus bolsillos. Pero el robo es, sin embargo, como el robo a mano armada, y mucho más cobarde y vergonzoso. El asaltador de caminos toma únicamente para sí la responsabilidad, el peligro, y el delito de su acción. No pretende el derecho legítimo de reclamar ese dinero, ni pretende usar su dinero en su beneficio. No es más que un ladrón. No tiene la desfachatez de proclamarse el “protector” que toma su dinero en contra de su voluntad y se limita a permitir “protegerlo” aunque se sienta perfectamente capaz de protegerse a sí mismo, o no aprecie su peculiar sistema de protección. En cambio, el Estado es muy proclive a actuar de esta forma. Además, después de haber tomado el dinero, el asaltador de caminos le deja hacer lo que quiera. No persiste en ir contra su voluntad, en el supuesto de ser su legítimo “soberano”; en la cuenta de la “protección” que le brinda. No mantiene que le “protege”, para después ordenarle y convertirle en su siervo; no mantiene que Usted le ha pedido que lo haga, robándole tanto dinero como puede debido a su gozo e interés por hacerlo, ni lo marca como un rebelde, un traidor, y un enemigo de su país, ni le derriba sin misericordia, si Usted disputa su autoridad, o resiste a sus exigencias. Él es demasiado señorito, que se declaró inocente de imposturas, insultos y villanías como estas. En resumen, no trata, además de robar, de engañarle para hacerle su víctima o su esclavo.Los procedimientos de estos ladrones y asesinos que llamamos “el gobierno” están diametralmente opuestos a los de este único asaltador de caminos.”
¿Quién, después de leer este excelente pasaje, puede ser engañado de nuevo por el Estado? Estoy tentado, por lo tanto, a llamarme “anarquista individualista” excepto porque de hecho el nombre de sus doctrinas presupone un sentido y tengo ciertas diferencias con esta doctrina. Políticamente son muy similares, y por lo tanto mi sistema es muy similar al suyo; pero económicamente las diferencias son sustanciales, y esto significa que mi visión sobre las consecuencias de la puesta en práctica de nuestro sistema, más o menos común, es muy distinta. Políticamente, mi diferencia con el anarquismo individualista de Tucker-Spooner es doble. En primer lugar, es el papel de la ley y el sistema judicial en una sociedad anarquista.Spooner y Tucker creen en permitir tribuales individuales en libre mercado y más específicamente, que cada uno de los jurados de libre mercado, sea totalmente libre en sus decisiones judiciales. No habría un cuerpo racional u objetivo de ley que los jurados, en cualquier sentido -incluso moralmente- tuvieran la obligación de consultar, ni siquiera los precedentes judiciales, ya que cada jurado tendrá la facultad de decidir tanto los hechos como la ley de todos los casos estrictamente ad hoc. Sin guías ni estándares a seguir, todos los juicios incluso con los mejores jurados, no será de esperar que lleguen a decisiones libertarias o incluso justas.En mi opinión, la ley es un bien valioso que no es más necesario que lo produzca el Estado que el servicio postal o de defensa; el Estado puede ser separado de la tarea legislativa como puede serlo de las esferas religiosa o económica de la vida.Específicamente, no habría gran dificultad en la tarea de los legisladores y juristas libertarios para llegar a un código racional y objetivo de principios legales libertarios y procedimientos basados en el axioma de la defensa de la persona y la propiedad, y por consiguiente de la no coerción que se utilizará en contra de cualquiera que no es un probado y condenado invasor de la persona y la propiedad.
Este código tiene, entonces, que ser seguido y aplicado a los casos específicos por privadas y competitivas cortes y juzgados de libre mercado, todas los que se comprometieron (las cortes) a respetar el código, y que serían demandadas en valor de la calidad del servicio en el mercado por los consumidores de su producto. En la sociedad actual, los jurados tienen la inestimable cualidad de ser los depositarios de la defensa de los ciudadanos privados contra el Estado; son un núcleo indispensable para la gente fuera del aparato del Estado que pueden usar para su protección de los acosadores demandados en las cortes del Estado. Pero en la sociedad libertaria, esta virtud especial se habrá esfumado. En el problema de la justicia, sin embargo, la reconciliación es posible: Tucker, después de todo, dice en este punto que “el anarquismo significa exactamente la observación y el cumplimiento de la ley natural de la libertad” y eso es precisamente lo que yo estoy pidiendo.
Mi segunda diferencia política con la doctrina de Spooner y Tucker es en la cuestión de la tierra, específicamente en el punto de los derechos de propiedad en el título de la tierra. Aquí, sin embargo, pienso que la posición de Tucker es superior de la de los economistas corrientes del lassez-faire que o bien no toman posición en la tierra, o bien asumen alegremente que todos los títulos de tierra deben ser protegidos simplemente porque algún gobierno los declaró “propiedad privada”; y superior a los georgistas [partidarios de Henry George], que reconocen la existencia del problema de la tierra pero niegan la justicia de cualquier propiedad privada sobre ella. La tesis de los anarquistas individualistas, desarrollada por Joshua K. Ingalls, fue la propiedad privada de la tierra que debería ser reconocida solo a los mismos que usan áreas específicas de la tierra. Tal teoría de la propiedad abole automáticamente toda renta sobre la tierra, desde que solo el usuario directo de una parcela de tierra puede ser reconocido como su propietario. Mientras que estoy en claro desacuerdo con esta doctrina, esta supone un útil correctivo para los libertarianos y economistas del laissez faire que se niegan a considerar el problema del monopolio de la tierra en las concesiones arbitrarias de títulos de la tierra por parte del Estado a sus amigos, por lo tanto, son quienes fallan completamente abordando esta cuestión, que probablemente es el problema número uno en los países subdesarrollados actualmente. Esto no es suficiente para llamar simplemente en defensa de los “derechos de propiedad privada”; esta tiene que ser una teoría adecuada de justicia de los derechos de propiedad, ninguna propiedad que algún estado decretó como “privada” tiene que ser ahora defendida por los libertarios, sería un procedimiento injusto de consecuencias terribles. En mi opinión, la teoría de la propiedad justa de los derechos de propiedad debe basarse en John Locke: lo primero para convertirse en propiedad privada es un criterio de uso. Esta regla excluye las ventas del Estado de tierras no utilizadas y del no apropiado “dominio público” a los especuladores de tierras antes de su utilización, así como la transmisión de cualquier título válido. De esta forma, procedo como Ingalls y los anarquistas. Pero tras el uso, transmitir el título de propiedad es una solución adecuada, lo que me parece una completa violación de la “ley de la igualdad de la libertad” de Spooner-Tucker para impedir que el propietario legítimo venda su tierra a otra persona. En resumen, una vez que una parcela de tierra pasa justamente en la propiedad del Sr. A, no se puede decir que verdaderamente sea suya la tierra a menos que pueda transmitir o vender el título al Sr. B, e impedir que el Señor B haga ejercicio de su título simplemente porque no decide utilizarla para sí mismo, sino más bien para arrendarla
Voluntariamente al Sr. C, es una invasión de la libertad de contrato de B y de su justo derecho de propiedad privada. En cambio, no veo racional el principio de que ningún hombre puede tener nunca libremente o alquilar su propiedad justamente adquirida. Tucker, normalmente animado e inteligente en su defensa del libre mercado y de la propiedad privada adolece aquí de errores. Además, tal cosa entorpece las parcelas de tierra o la utilización óptima de la propiedad de la tierra y el cultivo, y la mala asignación arbitraria de tierras perjudica a toda la sociedad. Pero mi principal confrontación con la doctrina de Tucker y Spooner no es política sino económica, no en la forma de este sistema ideal sino en las consecuencias que se seguirán después dela adopción de este sistema. Para esta medida, la confrontación no es moral o ética sino científica. Soy el primero en admitir que la mayoría de los economistas se vanaglorian demostrando la ciencia como un proceso libre de las decisiones éticas y políticas; pero cuando los asuntos económicos son objeto de debate, es nuestra responsabilidad tener en cuenta las conclusiones de la ciencia económica. En realidad, en contraste con los anarquistas colectivistas y muchas otras ideologías radicales, Spooner y Tucker intentaron utilizar antes la economía que el desprecio, de forma excesivamente racional. Algunas de sus falacias (por ejemplo, la “ley de costos”, la teoría laboral del valor) estaban arraigadas en gran parte de la economía clásica, y fue su adopción de teoría del valor-trabajo lo que les convenció de que los pagos de la renta, el interés, y el beneficio eran extraídos explotando a los trabajadores. En contraste a los marxistas, no obstante, Spooner y Tucker, comprendieron muchas de las virtudes del mercado libre, no deseaba abolir esa noble Institución, pues, a su juicio, la plena libertad se traduciría, por el funcionamiento económico de la ley, a la desaparición de estas tres pacíficas categorías de ingresos. El mecanismo que encontraron Tucker y Spooner para esta abolición pacífica -aquí, lamentablemente, hace caso omiso de las enseñanzas de la economía clásica y sustituye en su lugar falacias- en la esfera del dinero.
