El ascenso de la izquierda autoritaria: una perspectiva mutualista

May 26 • Mutualismo • 63615 Views • 26 comentarios en El ascenso de la izquierda autoritaria: una perspectiva mutualista

Gramsci diría de la España de hoy que se encuentra en un punto donde «lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer». Pero lo más grave es que lo viejo y lo nuevo en este país se confunden hasta perder el sentido. Las elecciones al parlamento europeo del 25 de mayo confirman lo que muchos sospechábamos ya; a saber, que el gran movimiento de oposición contra el régimen tendrá lugar de ahora en los próximos años, cuando ya es evidente que la recuperación no será rápida ni fácil. Izquierda Unida y sobre todo Podemos, el nuevo partido liderado por Pablo Iglesias, se perfilan como aspirantes al trono de la casta política con un 9,9 y un 7,9% de los votos.

El mensaje de Pablo Iglesias ha calado en una masa de parados de larga duración, trabajadores precarios y jóvenes emigrantes que perciben de forma nítida la conexión entre nuestra casta político-empresarial y el deterioro de nuestro sistema político y nuestra economía. Perciben, además, que la salida de la crisis puede y debe realizarse conforme a los intereses de la gran mayoría, en lugar de hacerse conforme a los intereses de la clase dominante. Pero todo su análisis está viciado por un error de raíz que Pablo Iglesias y sus acólitos se han encargado de explotar en su camino hacia el poder. Sus ideas, si llegaran a aplicarse alguna vez, producirían más paro y más miseria; el capital huiría del país y el Estado se vería obligado a adquirir un poder cada vez más colosal y centralizado hasta controlar toda la producción y la distribución —como ya ocurre en Venezuela—. En lugar de liberar a la gente, el programa de la izquierda autoritaria daría lugar a una nueva burocracia soviética, dado que una economía compleja de escala nacional no puede planificarse mediante asambleas de ciudadanos.

Existe, por suerte, un ideal que funde en una misma propuesta revolucionaria los análisis acertados de César Molinas y Daniel Lacalle con las aspiraciones de la calle. Su nombre es el Mutualismo. Suiza, Suecia y Alemania carecen de salarios mínimos, cuentan con leyes laborales mucho menos restrictivas que la española y, sin embargo, sus trabajadores perciben salarios más altos y gozan de condiciones laborales mucho más dignas. Pero la izquierda autoritaria es incapaz de explicar por qué sucede esto. La clave en esta lucha no son las leyes laborales —que con mucha frecuencia se vuelven contra los trabajadores cuando los empresarios deciden no contratar o cerrar sus empresas— sino la correlación de fuerzas entre trabajadores y empresarios. Cuando existe un número creciente de empresarios compitiendo por contratar trabajadores, los salarios aumentan y las condiciones de trabajo mejoran. Muchos emigrantes españoles ya han confirmado esta teoría cuando van a trabajar a países con menos paro, donde cobran más y sus jefes les tratan mejor. Sin embargo, ningún país del mundo ha aplicado este principio hasta sus últimas consecuencias (porque significaría, naturalmente, un ataque mortal contra los intereses de la clase dominante). En España existen multitud de barreras de entrada, impuestos a los autónomos y privilegios que restringen la competencia entre empresarios, perpetúan el paro y fuerzan a los trabajadores a vender su trabajo por menos valor de lo que producen.

El programa de los revolucionarios consiste en eliminar todas estas barreras y privilegios; en permitir que el autónomo viva dignamente sin pagar una cuota desorbitada; en garantizar su trabajo al vendedor ambulante; en alentar que los parados y los recién graduados funden sus propias empresas sin necesidad de pagar impuestos durante mucho tiempo; en eliminar impuesto tras impuesto (en especial, el IVA), concentrándolos paulatinamente en una única contribución sobre el valor del suelo, que es probablemente la única legítima y la menos lesiva para la economía. Además, debemos abolir el monopolio de las patentes, que restringe la innovación y encarece los medicamentos; debemos acabar con los aranceles agrarios, que multiplican el precio de los alimentos; debemos abolir la ley del suelo, que encarece la vivienda y promueve la corrupción;  debemos convertir nuestros colegios y universidades en cooperativas de profesores o padres, libres para experimentar con diferentes modelos educativos; debemos mutualizar la sanidad y la electricidad, para ponerlas en manos del público y evitar los gastos políticos o de monopolio —subvencionando a todo el que necesite estos servicios, que en un contexto como el actual somos mayoría—; y, por último, debemos permitir la máxima libertad bancaria y de emisión para que el ahorro se transforme en crédito, erosionando los beneficios de monopolio y las malas prácticas de los grandes bancos que deben su origen al privilegio y la protección de las autoridades públicas y el Banco Central Europeo.

El gasto público podría restringirse dramáticamente sólo mediante el recorte del Estado del Bienestar político-empresarial (plan PIVE, rescates bancarios y de autopistas, subvenciones a compañías eléctricas, automovilísticas o mineras, gasto político derivado de la gestión estatal de la educación y la sanidad, etc.). El mutualismo no exige mineros subvencionados sino mineros propietarios de las minas; no quiere funcionarios de la educación sino profesores cooperativistas; no necesita de repartos de trabajo planificados por el Estado sino de la máxima libertad sin privilegios para acabar con el paro y garantizar al trabajo su justa recompensa. El comunismo es el ideal del pasado; el mutualismo, del futuro.

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