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El federalismo: una reflexión a propósito de Pi i Margall

En La idea federal en España, Villacañas Berlanga disecciona el federalismo español del siglo XIX, con especial atención en Pi i Margall. Allí se leen citas tan interesantes como ésta, extraída de  su La reacción y la revolución (1855):

“Nuestro principio es la soberanía absoluta del individuo; nuestro objeto final la destrucción absoluta del poder y su sustitución por el contrato; nuestro medio, la descentralización y movilización de los poderes existentes.”

Aquí se aprecia con claridad que Pi i Margall no era un republicano al uso, sino un libertario. Y confieso que esta perspectiva gradualista me convence cada vez más. A corto y medio plazo, una España descentralizada en multitud de estados federales con amplias atribuciones en materias de recaudación y gasto podría ser una buena solución para limitar el tamaño del Estado. La competencia fiscal entre federaciones promovería bajas tasas de impuestos, y la ausencia de un Estado central redistribuidor (falazmente solidario) limitaría el gasto, al tiempo que proporcionaría más incentivos para el desarrollo regional. En última instancia, la adhesión a la federación debería ser voluntaria. Mutualismo y laissez faire, también en política.

Aunque el debate sobre la monarquía no es urgente ni esencial, tampoco sería excesivo reivindicar la I República frente a la II, liberticida y estatista.

 

Pi i Margall, un mutualista célebre

Hojeando algunos capítulos de La reacción y la revolución (1855), de Pi i Margall, he encontrado material interesante que servirá para enriquecer nuestra Historia del análisis mutualista. Algunos párrafos lo delatan como un auténtico libertario, si bien algo más intervencionista -a corto plazo- de lo que seríamos hoy en materias como la legislación laboral y la educación. Se aprecia la influencia de Proudhon en temas como el libre contrato, la soberanía individual o el derecho de propiedad; bases para una reforma de la sociedad que consistiría en descentralizar el poder y abolir los privilegios económicos. Os pego un fragmento del capítulo VII (la negrita es mía):

Mas examino atentamente las condiciones de esta nueva sociedad, y observo que para fundarla, no sólo es necesario acabar con la actual organización política, sino también con la económica; que es indispensable, no ya reformar la nación, sino cambiar la base; que a esto se oponen infinitos intereses creados, una preocupación de siglos que nadie aún combate, una ignorancia casi completa de la forma y fondo de ese mismo contrato individual y social que ha de sustituir la fuerza; que esta oposición, hoy por hoy, hace mi sociedad imposible. No por esto retrocedo; digo: La constitución de una sociedad sin poder es la última de mis aspiraciones revolucionarias; en vista de este objeto final, he de determinar toda clase de reformas.

¿Me conduce a este objeto la creación de un poder fuerte? Si todo poder es en sí tiránico, cuanto menor sea su fuerza, tanto menor será su tiranía. El poder, hoy por hoy, debe estar reducido a su menor expresión posible.

¿Le da fuerza la centralización? Debo descentralizarlo. ¿Se la dan las armas? Debo arrebatárselas. ¿Se la dan el principio religioso y la actual organización económica? Debo destruirlo y transformarla. Entre la monarquía y la república, optaré por la república; entre la república unitaria y la federativa, optaré por la federativa; entre la federativa por provincias o por categorías sociales, optaré por la de las categorías. Ya que no pueda prescindir del sistema de votaciones, universalizaré el sufragio; ya que no pueda prescindir de magistraturas supremas, las declararé en cuanto quepa revocables. Dividiré y subdividiré el poder, lo movilizaré, y lo iré de seguro destruyendo.

¿Sobre qué legisla hoy el poder público? Hoy legisla aún sobre mis derechos naturales; los pondré fuera del alcance de sus leyes. Hoy legisla aún sobre mi propiedad; la anularé sobre los instrumentos de trabajo, y la proclamaré sobre los frutos de mi inteligencia y de mis manos completamente inlegislable. Rebajaré sin cesar su facultad legislativa; con ella, como es natural, la ejecutiva; y no le dejaré al fin con más atribuciones que la de saldar el debe y el haber de los intereses generales.

Los mutualistas olvidados

En este blog hemos hablado alguna vez de Clarence Lee Swartz, Francis Tandy, Dyler Lum y otros mutualistas norteamericanos mal tratados por la historia. Pero todavía hay una tradición más olvidada, por escribir: la de los mutualistas españoles de mediados del siglo XIX. Con frecuencia partidarios de la República federal y, por tanto, difíciles de distinguir del republicanismo corriente; confundidos con el obrerismo ingenuo de los socialistas utópicos; envueltos en una época convulsa, plagada de golpes de Estado e ideologías fugaces -como el cantonalismo-; y, finalmente, marginados deliberadamente por el anarcocolectivismo posterior, a veces se puede hasta dudar de la existencia de estos mutualistas.

Pero existieron, sin duda. Gente como Rafael Farga i Pellicer, cooperativista y federalista, que más tarde se pasaría al bakuninismo. También Pi i Margall, el mismo presidente de la Primera República, simpatizaba con la idea proudhoniana de “reemplazar el gobierno por el contrato”, y tradujo buena parte de su obra. Y hace poco, investigando sobre el modernismo barcelonés, llego a la persona de Ildefons Cerdà, un ingenierio que, “influido por Hegel y la máquina de vapor, por Proudhon y el romanticismo”, colaboró mediante su labor estadística con la huelga de 1855, al tiempo que simpatizó con el obrerismo y el republicanismo federal más radical, ejerciendo de videpresidente en la Diputación de Barcelona -que, tras la revolución de 1873 se convertiría, por momentos, en un auténtico “estado catalán”-. Paradójicamente, este hombre es el artífice del Eixample de Barcelona, paradigma de planificación central urbana.

Si alguien sabe algo más acerca de estos “mutualistas olvidados”, le agradecería que compartiera sus conocimientos con nosotros.

Una mirada crítica del Orgullo LGTB 2011

El siguiente texto (NO ES MÍO) es de una octavilla anónima que se repartió durante la mani-fiesta del Orgullo Gay 2011 en Madrid, el 2 de julio. Hubo presencia de al menos dos partidos, IU y UPyD, así como publicidad de numerosas discotecas y, por algún motivo, también de McDonalds y de Burger King.

Por una lucha contra el sexismo y la homofobia, libre de autoridad  mercancía

Este mes de junio se cumplen cuarenta y dos años de la revuelta de Stonewall. Lo que en un principio fueron unos disturbios motivados por la reacción de la gente ante una redada policial en un pub (Stonewall Inn) de Nueva York, dio paso a un agitado verano en el que buena parte de la comunidad gay se rebeló contra una condiciones de vida marcadas por el hostigamiento social y policial.

Cuarenta años después, Stonewall se ha convertido en un mito que alienta el desarrollo de un nuevo movimiento social: el de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales a lo largo de todo el planeta.

El 28 de junio se celebra el día del orgullo gay internacional y, como todos los años, este Sábado 2 de julio, una manifestación recorre las calles de nuestra ciudad, poniendo en evidencia el desdén hacia unos valores que originalmente llevaron a muchxs a rebelarse contra la policía por ser la mano ejecutora de un sistema que reprime e invisibiliza a quienes reivindican el derecho a elegir su identidad sexual, sentir, pensar y amar libremente.

Asistimos hoy, a la traición de una lucha cuyos precursores comenzaron enfrentándose al orden establecido. Hace 42 años, muchas personas sufrieron la represión por participar en unas protestas y disturbios encaminados a combatir la imposición de un patrón de vida estandarizado, basado en el control de lo público y lo privado.

Un capitalismo amoral y flexible, que se adapta y muta para fortalecerse, ha asimilado y domesticado este espíritu de lucha para convertirlo en una mercancía más, al servicio de la economía. Tanto la derecha liberal como la izquierda oficial aplauden y patrocinan el espectáculo en que se han convertido las reivindicaciones originales del movimiento.

No nos interesa una oposición dogmática e irracional, que reproduzca los esquemas autoritarios que dicen combatir ni aquella que menosprecie el valor de nuestros compañeros varones, en la lucha contra la dominación.

Porque ser bisexual u homosexual no es mejor que ser heterosexual ni viceversa. Porque ningún criterio racional sitúa a las mujeres por encima de los hombres ni al revés. Porque tener o adoptar una identidad o preferencia sexual es una opción individual que no puede ser violada, juzgada o criticada por nadie externo al propio interesado.

Nosotrxs no nos adscribimos a ninguna doctrina. Buscamos relaciones sin predominio alguno que justifique la respectiva ideología para mantener la dominación, hasta ahora machista. Nos negamos a derrocar un sistema de opresión para sustituirlo por otro de signo opuesto.

Rechazamos la mercantilización de esta lucha por parte de los distintos agentes del capitalismo (prensa, mercado, políticos…) y queremos proponer una respuesta al clima lúdico-superficial con que se vive la protesta del Orgullo Gay. Recordando y solidarizándonos con todas las víctimas de la opresión, abusos y discriminación por razón de identidad sexual, género, preferencia… o cualquier otra decisión privada en la que nadie tiene derecho a incidir.

La ley policéntrica entre los celtas

En Los celtas: una aproximación, trato brevemente el sistema jurídico de los celtas (apartado VII):

Legalmente, todos los hombres libres tenían un precio de honor; es decir, una valoración de su dignididad (prestigio o peso específico en la comunidad), directamente relacionado con su riqueza material, que servía para determinar la compensación que recibirían en caso de agravio. Aunque en época de la conquista romana estaban en proceso de constituirlo, los celtas desconocieron el Estado en sentido estricto. No había administración ni mecanismos públicos de cumplimiento de la ley, y la obtención de compensaciones por agravio era responsabilidad de la familia a la que pertenecían las partes enfrentadas.

Apesar de ello, los celtas [1] fueron capaces de garantizar cierta paz social a través de diversos mecanismos. En primer lugar, existía una clase de magistrados (llamados brithem en Irlanda) encargada de recitar la ley tradicional y de arbitrar en las disputas familiares. Como los linajes debían cargar en su conjunto con los costes de defender a sus agresores o vengar a sus víctimas, eran especialmente proclives a aceptar el arbitraje de los brithem, de los druidas o de los reyes. Una vez solicitado voluntariamente el arbitraje, desobedecer la sentencia judicial implicaba ser excluido de los sacrificios y privado del honor y de la sociedad normal, como bien nos dice César. Así, la responsabilidad familiar, la propia venerabilidad de la ley (y de sus ponentes) y el ostracismo eran incentivos suficientes para garantizar la estabilidad institucional.

Para el contexto general donde surge este sistema jurídico, podéis leer el post entero en Societas Maris. Aunque no trato extensamente el tema (no era mi intención), implícitamente se sugieren algunos factores que podían alterar su funcionamiento: la presión demográfica y la conflictividad intertribal promovían los comportamientos violentos, como se aprecia en las fuentes irlandesas y clásicas; y las economías de escala en la provisión de defensa militar fueron acentuando el poder de la autoridad central en detrimento de las tribus (aunque este proceso no llegó a concluirse hasta después de la conquista romana, ya se aprecia en la Galia).

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[1]: Como otras sociedades tribales: los romanos y los griegos antes que ellos, los árabes hasta tiempos de Mahoma, etc. Por ejemplo, en las leyes de la Atenas clásica todavía se conservaban resquicios de la responsabilidad familiar sobre sus miembros.

La transición hacia el capitalismo en el siglo XXI

Como vislumbrábamos en El capitalismo como orden espontáneo, éste aparece como resultado no intencionado de la interacción del Estado con otros grupos sociales. Ante la imperiosa necesidad de reclutar o pagar inmediatamente grandes ejércitos de mercenarios y artilleros, los Estados modernos (ss. XVI y XVII) tendieron a conceder privilegios a largo plazo a cambio de grandes contribuciones fiscales a corto plazo. Así, vemos a Carlos V conceder asientos sobre el comercio de las Indias a sus banqueros alemanes (en 1528, los Ehingen de Constanza obtienen el monopolio sobre el tráfico de esclavos, entre otros); o a Colbert, el ministro todopoderoso de Luis XIV, decretar todo tipo de privilegios a los comerciantes y manufactureros franceses con el fin de financiar la guerra contra Holanda e Inglaterra. La preocupación de esta época es, ante todo, “dotar a los contribuyentes del dinero suficiente para pagar sus impuestos”, y el método más rápido consiste en promover beneficios artificialmente elevados a base de privilegios y monopolios.

A iguales incentivos, los estados subdesarrollados del siglo XXI están respondiendo con las mismas estrategias que sus homólogos de antaño, acelerando inconscientemente la transición hacia el capitalismo, concentrando la riqueza en pocas manos y empobreciendo a sus ciudadanos (¿o más bien súbditos?). Gracias al maravilloso archivo que ha abierto El País con documentos de Wikileaks, llego a este cable de la embajada estadounidense en Guinea donde se informa de las actividades del gobierno de este país:

Land, operating licenses and import concessions were common forms of “payment” to ministers and other ranking officials during a period when “there was often no money to pay salaries”. The practice began with EG government seizure of “abandoned” Spanish colonial holdings — and their subsequent redistribution to officials as a means of compensation. As testament to the then-prevailing level of abject poverty, former U.S. Ambassador
to EG Chester Norris (1989-1992) relates having to personally loan money to President Obiang himself so he could “buy gasoline to go to local political events.”

Los marxistas deberían dejar de pensar en el Estado como una espada que cambia de manos en función de la clase económica dominante: en gran parte, es él quien marca la aparición de esas “clases económicas dominantes” a partir de sus propios intereses. Los archivos de toda Europa -y ahora Wikileaks- lo prueban sobradamente. Por eso soy mutualista.