
* Este artículo trata sobre la evolución de las ideas mutualistas a lo largo del tiempo (como reza el título, “de Thomas Hodgskin a Kevin Carson”), con la intención de recopilar de forma sucinta más de siglo y medio de literatura, debates y controversia. No se trata, por tanto, ni de realizar un análisis exhaustivo ni de aburrir con una abrumadora cantidad de citas. También busca contextualizar las ideas mutualistas en su marco histórico, relativizando la importancia de algunas herramientas “clásicas” como la teoría del valor-trabajo (En mi opinión, muy exagerada por detractores y partidarios). Si todo va bien y el tiempo me acompaña, me gustaría que formase parte de un artículo más grande sobre teoría mutualista, aunque a día de hoy ese proyecto queda muy lejos. Alguna sugerencia?
El repentino cambio en las formas de vida que trajo la Revolución industrial atormentó a los intelectuales a lo largo de todo el siglo XIX. Si bien es cierto que los últimos siglos del Ancien Régime habían presenciado la aparición de manufacturas relativamente grandes, comerciantes enriquecidos, y bolsas de trabajo asalariado alrededor de los grandes nodos de intercambio [1], hasta entonces la sociedad se había compuesto principalmente de pequeños propietarios rurales, artesanos, tenderos y empresarios individuales.
La mayor parte de la producción era de manufactura local, con frecuencia a través de mercaderes que compraban las materias primas, subcontrataban las tareas de fabricación en las familias campesinas, y luego vendían el producto final en el mercado (Benassar, 2005 [1980]). El trabajo asalariado era marginal, y en los países pioneros se consideraba impropio de hombres libres.
Adam Smith (2007 [1776]) había sostenido que, en ausencia de monopolios comerciales, las compañías por acciones serían incapaces de sostenerse; y que, por una razón similar, las grandes propiedades feudales debían dar paso a la más eficiente propiedad campesina. Según su doctrina, el precio natural de una mercancía estaba en relación directa con el trabajo que había costado producirla, de forma que los empleos más pesados o que requerían una preparación a más largo plazo tendían a recibir un salario mayor. Cuando el precio de mercado se desviaba de este precio natural, la oferta (de trabajo o de productos) aumentaba o disminuía para volver a restablecer el equilibrio. David Ricardo (1973 [1817]) y otros economistas clásicos volverían sobre esta cuestión una y otra vez.
Cuando la obra de estos economistas llegó a manos de los obreros, muchos de ellos desecharon sus enseñanzas por considerarlas vanas y contrarias a la experiencia. Pero no todos. Hubo algunos que respondieron con entusiasmo; reprocharon a los economistas su estrechez de miras, y proclamaron que los escritos de Smith y Ricardo eran verdaderos única y exclusivamente a condición de que se despojase al mercado de barreras, privilegios y monopolios. La ley de la renta de David Ricardo había demostrado que la función de los terratenientes era meramente parasitaria; y, en lo que a Smith se refiere, su teoría del valor apuntaba a los trabajadores como únicos receptores legítimos del producto de su trabajo. Por este motivo fueron llamados socialistas ricardianos [2], porque conjugaban la infraestructura teórica de los economistas clásicos con los ideales socialistas. En justicia, estos obreros podían llamarse individualistas, pues afirmaban las ideas de laissez faire, recelaban del comunismo y creían en el derecho a la propiedad privada. De cuantos tomaron la pluma en favor de estas ideas, Thomas Hodgskin (1825) sería, probablemente, el más brillante.
Aunque el germen del mutualismo ya estaba contenido en la obra de los socialistas ricardianos, no sería hasta unas décadas más adelante, de la mano de Pierre-Joseph Proudhon (1846; 1851; 1863; 1865), cuando tomaría el nombre y la forma casi definitiva. Este hombre, trabajador y autodidacta como Hodgskin, adoptó el término mutualismo (o reciprocidad) para referirse a dos conceptos complementarios. Por una parte, el mutualismo implicaba un sistema de intercambios donde la ley del valor de Smith fuera realmente efectiva; es decir, donde se intercambiaran mercancías de igual trabajo contenido [3]. Por otra parte, significaba que las relaciones de gobierno debían reemplazarse por relaciones contractuales y económicas, pues Proudhon no concebía intercambios mutuamente beneficiosos si no eran voluntarios.
Más adelante desarrollaremos en profundidad estos conceptos, pero cabe señalar una cosa. A partir de este momento, el socialismo ricardiano se convertía en mutualismo, y el mutualismo, a pesar de flirtear con la democracia federal, era irrenunciablemente anarquista. La reciprocidad en el cambio y en el gobierno (o en el no-gobierno) eran correlativas. Curiosamente, estas ideas, nacidas en Europa de la mano de Proudhon, serían propagadas de forma simultánea pero independiente por otro autor americano conocido como Josiah Warren (1841).
A pesar del genio de Proudhon, el mutualismo clásico no llegaría a su forma más depurada hasta el último tercio del siglo XIX, cuando fue rescatado por un círculo de intelectuales norteamericano radicado en Boston. Su actividad giraba alrededor de la revista Liberty, cuyo editor, Benjamin Tucker, con la ayuda de otros hombres brillantes como William Greene, Clarence Lee Swartz, Josuah Ingalls, Francis Tandy o Lysander Spooner, lograría captar la audiencia de sus lectores durante varias décadas (Rocker, 1949; Nettlau, 1934). El valor de la obra de estos autores, que diferían entre sí en los detalles pero no en el fondo, radica en haber sistematizado la obra de Proudhon, descomponiendo en palabras sencillas el lenguaje complicado del francés, extrayendo sus ideas esenciales y añadiendo a este la influencia de Max Stirner, Herbert Spencer y los liberales radicales de la Revolución Americana (Rocker, 1949). De hecho, Tucker llegaría a decir que los anarquistas eran “demócratas jeffersonianos hasta sus últimas consecuencias y sin miedo de estas, para quienes el mejor gobierno es el que menos gobierna, y el que menos gobierna el que no lo hace en absoluto” (1888, State Socialism).
Al sintetizar el pensamiento de sus predecesores, Warren y Proudhon, Tucker llegó a la conclusión de que existían cuatro grandes monopolios que obstruían la competencia y negaban al trabajo su justa recompensa (1881, Who is the Somebody?). Estos monopolios eran, en orden inverso a su importancia:
- Los aranceles, que encarecían las mercancías extranjeras, disminuían los salarios reales e incentivaban la formación de cárteles industriales.
- Las patentes y copyrights, que impedían la competencia en torno a las nuevas invenciones e, igualmente, aumentaban el precio de las mercancías y disminuían los salarios reales.
- El monopolio de la tierra, que restringía el acceso a las parcelas abandonadas, aumentaba su precio de mercado y elevaba las rentas, impidiendo que fueran cultivadas o reutilizadas por campesinos y empresarios dispuestos.
- El monopolio bancario, que erigía barreras de entrada en el sector, restringía la competencia e inflaba artificialmente los tipos de interés. Como consecuencia de este monopolio, que Tucker consideraba el más importante, la cantidad de empresas en el mercado se reducía drásticamente, y los trabajadores se veían privados tanto de su justo salario como de una fuente de independencia frente a sus patronos.
En ausencia de sus cuatro cabezas, pensaban los mutualistas norteamericanos, la hidra del capitalismo sería estéril; la tierra, libre de monopolio, estaría abierta a los cultivadores individuales y a las familias; en ausencia de aranceles, la importación de mercancías más económicas aliviaría la situación de los pobres; gracias a la abolición de las patentes, la tecnología se extendería de forma rápida y barata; y la afluencia de capitales reduciría el interés hasta el mínimo necesario para mantener en funcionamiento un banco. En esta tesitura, la independencia del trabajo respecto al capital sería absoluta; muchos podrían emprender negocios por su cuenta (especialmente en cooperativas), e incluso quienes permaneciesen trabajando para un patrono podrían cambiar fácilmente de empleo y recibir su producto completo (1891, Solutions of the Labor Problem). Por este motivo, los anarquistas de Boston se hicieron llamar socialistas, al igual que Proudhon y los ricardianos. Como diría Tucker en Socialism and the Lexicographers:
“El socialismo es la creencia de que el siguiente paso importante del progreso consiste en un cambio en el entorno del hombre que incluye la abolición de todo privilegio por el cual los poseedores de la riqueza adquieren un poder anti-social de exigir tributos” (Tucker, 1892, Socialism and the Lexicographers).
La agitación que producían sus escritos periódicos en la revista Liberty granjeó muchas simpatías, y lo que comenzó siendo un movimiento intelectual pasó pronto al campo del trabajo. Hombres como Dyler Lum, fascinados por la retórica de Tucker y su círculo, se dedicaron a elaborar panfletos sobre el monopolio y a difundirlos entre los obreros, planteando, desde el mutualismo, soluciones a sus problemas cotidianos. De este momento data su ensayo The Economics of Anarchy: A Study of the Industrial Type (1890).
El mutualismo llegó a tal grado de sofisticación que existían escritores especializados en un solo monopolio, polemizando entre sí sobre la importancia de los mismos a la hora de sostener el capitalismo. William Greene, autor del libro Mutual Banking (1850), dedicó toda su obra al monopolio bancario, que Tucker consideraba el más importante (1888, Free Money and Cost Principle); mientras que los escritos de Ingalls se centraron casi exclusivamente en el monopolio de la tierra (Martin, 1953).
Finalmente, merecen lugar a parte dos obras generales que trataron de integrar todas estas posturas: se trata de Voluntary Socialism (1896), de Francis Tandy; y What Is Mutualism (1927), de Clarence Lee Swartz. En estos libros no solo se exponían las consecuencias nefastas de los monopolios sobre la economía, sino que se ilustraba con numerosos ejemplos cómo el Estado podía ser disuelto en una multitud de relaciones contractuales entre hombres libres. Las compañías ferroviarias privadas, las aseguradoras, las mutuas o las empresas de vigilancia desfilaban por sus libros con total naturalidad, dotando de solidez a lo que podía haber sido un vacuo ejercicio de abstracción.
Pero What Is Mutualism sería el último grito en favor del mutualismo, elaborado cuando la revista de Tucker ya había tocado a su fin y el movimiento norteamericano se encontraba en franca decadencia. Durante las ocho décadas siguientes del siglo XX, el mutualismo sería sepultado por la guerra, los totalitarismos, el anarcocomunismo o el liberalismo vulgar, e irónicamente parece haber seguido un destino paralelo a la economía de laissez-faire ortodoxa.
Habría que esperar a la bomba intelectual de Kevin Carson, publicada en 2004 bajo el título de Studies in Mutualist Political Economy, para que el mutualismo despertara de su letargo y reivindicase su legítimo lugar en el panorama de las ideologías políticas. No se trataba únicamente de desempolvar las viejas enseñanzas de Proudhon, Greene o Tucker, sino de renovar profundamente el mutualismo de acuerdo con los avances científicos desarrollados a lo largo de todo el siglo XX, e incluso finales del XIX. El paradigma de la teoría del valor-trabajo estaba obsoleta, y su puesto había sido ocupado por la teoría de la utilidad marginal, desarrollada por Carl Menger, Léon Walras y Stanley Jevons. A su vez, las afirmaciones sobre el capital, el interés o el trabajo asalariado debían reformularse para rebatir las consecuencias ideológicas (no tanto la teoría en sí) de la obra de Böhm-Bawerk (1884, Capital e interés) y Mises (2007 [1949]). Por último, la moderna teoría de la organización, iniciada con Ronald Coase (1937) y continuada por Oliver Williamson (1975), debía matizarse para enfatizar el papel del Estado en la distorsión del tamaño y la estructura de la empresa.
Esta meritoria tarea fue llevada a cabo casi completamente por Kevin Carson, en solitario, a lo largo de sus dos primeras obras: Studies in Mutualist Political Economy (2004) y Organization Theory: A Libertarian Perspective (2008).
El papel de los monopolios bancario y terrateniente menguó [4], y su importancia fue ocupada por el monopolio de las patentes, que adquiría relevancia en plena era de la información; y, especialmente, por el estudio sistemático de la intervención estatal en forma de barreras de entrada o subvenciones a los insumos de producción. Definitivamente, el mutualismo se había adaptado satisfactoriamente a los nuevos tiempos y a las nuevas corrientes científicas.
En el siglo XIX, dada la política restrictiva de los bancos, era comprensible que los mutualistas cobijasen grandes esperanzas acerca de la liberación del sector. De forma similar, el papel de la expropiación de tierras a la hora de crear una masa de proletarios miserables, o la migración constante, en América, de los trabajadores peor remunerados con el fin de colonizar nuevas tierras (Marx, 1867), había creado la impresión de que la abolición del monopolio de la tierra convertiría a la mayoría de la población, automáticamente, en propietaria de su propio medio de vida. Sin embargo, el peso histórico de estos factores ha decrecido a lo largo del siglo XX; y, en plena globalización, el papel de la subvención de insumos, las barreras de entrada o el sistema de patentes a escala internacional ha aumentado considerablemente a la hora de explicar el capitalismo corporativo. Solo en este sentido puede hablarse de un mutualismo nuevo, de un “neomutualismo”, acondicionado a las nuevas circunstancias.
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[1] Sobre esto, véase Antonio Di Vittorio et al., Historia económica de Europa: siglos XV-XX (2002).
[2]: Naturalmente, el término socialista tenía un significado distinto del que hoy le damos; denotaba todo un sistema en el que los trabajadores tuvieran una participación mayor del producto de su trabajo y/o de la gestión de sus condiciones de producción. Esto podía hacerse a nivel individual, de forma compatible con la propiedad privada, sin necesidad de “socializar” o “colectivizar” los bienes de capital.
[3]: Si bien Hodgskin, Proudhon o Tucker tomaron este principio de Smith y Ricardo, ello no implica que no pueda reformularse desde posiciones austriacas o neoclásicas. El propio Böhm-Bawerk reconocía la influencia del trabajo en la determinación del precio; pues, dado que la desutilidad subjetiva de una tarea determina la oferta de trabajadores, esta oferta en última instancia determinará la productividad marginal de los mismos y su retribución. Para aplicaciones modernas del Principio de Costo, véase Kevin Carson.
[4]: Esto no significa que las ideas de Proudhon o Tucker al respecto se hayan descartado; únicamente significa que la importancia de estos monopolios ha menguado en relación a otras formas de intervención estatal.