Monthly Archives: March 2009

Infraestructuras urbanas bajo el mutualismo

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Los libros escolares y universitarios de economía suelen mencionar entre los “fallos del mercado” las infraestructuras de ferrocarril, carreteras, etc.; además, los opositores del mutualismo rechazan la idea de que una sociedad libre pueda proveer sin problemas todos estos servicios. El libro The Voluntary City viene a remediar todo eso en varios de sus capítulos, donde demuestra a través de ejemplos históricos cómo la organización voluntaria del mercado ha sustituido con éxito en numerosas ocasiones a la organización obligatoria del Estado.

Desde nuestra perspectiva tan solo nos queda “mutualizar” el gran trabajo de Beito, Gordon y Tabarrok, promoviendo no solo organizaciones voluntarias, sino de contenido democrático, cooperativo y a escala humana (ver aquí un comienzo). Clarence Lee Swartz, por cierto, ya abordó en parte este asunto en What is Mutualism, donde mostraba cómo un club de automovilistas había costeado la construcción de carreteras a principios del siglo XX.

En cualquier caso, aquí os dejo un pequeño fragmento de la sinopsis.

Infraestructura urbana y mitos urbanos.

La presunción de que los mercados no pueden proveer infraestructuras urbanas adecuadas es un mito urbano rápidamente despejado por The Voluntary City. Stephen Davies (capítulo 2) comienza revisando la evidencia y mostrando que las ciudades inglesas durante la Revolución Industrial no fueron pueblos chabolistas caóticos cuya carencia de distribución de zonas y códigos de construcción hiciera peligrar la salud y la seguridad pública. En su lugar, los derechos de propiedad y los contratos –instituciones clave de la sociedad civil- hicieron la urbanización demandada por una economía y una población en rápido crecimiento rápidamente ordenada.

David Beito (capítulo 3) muestra cómo los desarrolladores crearon enclaves de autogobierno privados (o lugares privados) de San Luis, completamente con calles, alcantarillas y electricidad privadas, e incluso estructuras de gobierno privadas. Los desarrolladores residenciales de este periodo anticiparon muchas de las técnicas usadas por los modernos planificadores urbanos. Pero ellos se enfrentaron a los incentivos de mercado y obligaciones que rechazaron las innovaciones y evitaron el derroche y la soberbia desmesurada que frecuentemente caracterizó a sus homólogos modernos.

A principios del siglo XIX, la empresa privada produjo también, tanto en Estados Unidos como en Gran Bretaña, redes y carreteras que facilitaron los desplazamientos y el comercio. Daniel Klein (capítulo 4) traza los esfuerzos de las compañías de autopistas de peaje de la América temprana para reemplazar el primer sistema de carreteras gubernamentales, que decayó a finales del siglo XVIII.

Los empresarios privados han creado también comunidades industriales a gran escala con complejas infraestructuras físicas y servicios. Robert Arne (capítulo 5) explica los complejos trabajos del Chicago’s Central Manufacturing District, con sus astilleros en buen funcionamiento, transporte local y ferrocarril, electricidad y muchos servicios de negocios.

Sobre el mercado de trabajo (IV)

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Cuarta entrega del debate con Albert Esplugas:

Los errores en este ejemplo ilustran las fallas en tu argumento. ¿Por qué asumes que solo pueden contratarse cuatro trabajadores y cada empresa solo puede contratar a uno? ¿Acaso no puede contratar una de las empresas a los 5 trabajadores? Si cada trabajador adicional aporta 130 a la empresa, la que pague 130 contratará a los 5. Da igual que los trabajadores estén dispuestos a trabajar por 20. Como mencioné en el artículo sobre el despido gratuito, el mercado “negocia por nosotros”.
Claramente estás obviando la escasez inherente del factor trabajo. Hay literalmente miles de tareas que puedo desempeñar, pues como trabajador soy un factor de producción relativamente no-específico. Pero solo puedo desempeñar una tarea. Este hecho demuestra la escasez del factor trabajo, que George Reisman llaman muy apropiadamente “inerradicable”.

Solo trataba de demostrar que los salarios pueden estar muy por encima del nivel de subsistencias aun en un contexto de monopsonio –ya que esa era la objeción que me hacías. Si los empresarios no contratan más es porque, dado el contexto estatal-capitalista, no son lo suficientemente abundantes como para descubrir todos los usos posibles del factor trabajo. Y esta es la cuestión que considero más importante.

Rothbard, Reisman y tú parecéis tomar los posibles usos del factor trabajo como algo “dado”, cuando lo cierto es que van descubriéndose gracias a la actividad de los millones de individuos que interactúan en el mercado. Y depende de esos millones de personas. Los posibles usos del factor trabajo disminuyen en la misma medida que las barreras estatales restringen el número de competidores capaces de descubrirlos.
La capacidad de aplicar la imaginación y la creatividad, como apuntó Douglas McGregor, está distribuida ampliamente entre la población, por lo que cualquier restricción en el número de personas capaces de aplicar esas habilidades desembocará en problemas de información (el “conocimiento disperso” de Hayek; el círculo más estrecho de empresarios no podrá reemplazar el conocimiento concreto de los individuos excluidos por las barreras estatales). Por ejemplo, nadie va a reemplazar el uso concreto del factor trabajo que habían descubierto estos cooperativistas sevillanos. En definitiva, cuanto más restringido es el grupo de los empleadores, menos probabilidades hay de que descubran los suficientes usos del factor trabajo.

Esto se demuestra, entre otras cosas, porque conforme desciende el salario exigido por los trabajadores (por ejemplo, aboliendo el SMI) aumenta el número de empleadores. En otras palabras: conforme el emprendimiento es accesible a capas más amplias de población, se descubren más usos del factor trabajo.
Implícitamente reconoces esto al admitir que las barreras artificiales retrasan la liquidación de la diferencia entre salarios y productividad (a pesar de que, finalmente, se liquiden), ya que tal “retraso” solo puede deberse a que el número más restringido de empresarios tarda más en descubrir y aplicar nuevos usos del factor trabajo.

Por otro lado, si el lapso de liquidación es muy largo –lo que dependerá de lo restringido de los empleadores-, las innovaciones técnicas, etc. pueden elevar la productividad marginal del trabajo antes de tal liquidación, aumentando la brecha entre salario y productividad. En la práctica, la productividad aumentaría a un ritmo muy superior que los salarios.

Pego un fragmento del Organization Theory, de Kevin Carson (p. 334):

“I’m familiar with the argument that “in a free market” wages are determined by productivity. I’m familiar with Rothbard’s argument that unions can’t do anything for workers, in a free market, that isn’t already accomplished by the operation of the market on an individual basis.
I’ve also seen, in the real world, real wages that have remained stagnant or even fallen slightly since the 1970s, as labor productivity soared and the real GDP early doubled. Labor is far more productive than it was thirty years ago; yet virtually the entire increase in GDP in that time has gone to corporate profits, CEO salaries, and exploding land rents. The entire growth of economic output over the past thirty years has gone into mushrooming incomes for the rentier classes, while the majority have kept up their purchasing power by cashing out home equity at Ditech.”

También sigue en pie el argumento de las fábricas de Nike en el sudeste asiático: ni las instalaciones ni la maquinaria justifican la disparidad salarial entre trabajadores occidentales y asiáticos, y las multinacionales llevan muchos años por allí.

Sobre Reisman:

But this is only another way of saying that the utmost goods and services he is capable of producing are far less than the goods and services he would like to consume. Taken collectively, our desire to be able to spend five or then times more than we now can afford to spend is an indication that we would like five or ten times more work performed. (…)
The scarcity of labor, of course, is also the result of a scarcity of personal services. Virtually everyone, if he could afford it, would like to be able to be served by maids, cooks, gardeners, personal secretaries, and so on. Each individual could probably find worthwhile uses for the labor of half a dozen or more full-time servants, without even giving the matter more than a moment’s thought.
The labor that we implicitly desire to have at our disposal, whether to produce good for us or to provide us with personal services, is, as I have said, limited only by our imaginations. And yet while nature has provided each of us with an imagination capable of forming desire on a grand scale, it has simultaneously equipped each of us with only two arms to provide for the satisfaction of those desires. (pags. 59-60).

Su análisis es acertado para un contexto de libre competencia, pero sería injusto aplicarlo bajo el capitalismo estatal.
Las barreras a la adquisición de los factores de producción complementarios; el poder adquisitivo; el crédito y los salarios mínimos son limitaciones muy fuertes a la demanda de trabajo.

En cuanto a las primeras, Franz Oppenheimer apuntó al monopolio de la tierra como la primera causa del pauperismo del proletariado industrial –lo que no es tan descabellado, tomando en cuenta el caso mencionado de los cooperativistas sevillanos, o las enclosures durante la revolución industrial-. Sencillamente, impide infinidad de aplicaciones del factor trabajo.
En segundo lugar, el poder adquisitivo reduce drásticamente el número de competidores.

En tercer lugar, el tipo de interés marca el límite entre los proyectos rentables y los deficitarios, aumentando los primeros cuando son bajos y los segundos cuando son altos. En un contexto de barreras de entrada a la banca y la emisión de billetes, los tipos son comparativamente más altos y la demanda de trabajo artificialmente más atenuada de lo que sería en un libre mercado.

Por último, los salarios mínimos condenan a miles de trabajadores al paro, lo que presiona los salarios hacia abajo y permite que las empresas que rinden una productividad por encima del SM puedan mantener salarios menores gracias al “ejército industrial de reserva”.
Como consecuencia de todo esto, los proyectos empresariales disminuyen en proporción al número de cabezas pensantes en disposición de competir.

En cuanto a Rothbard:

It is often alleged that the buyers of labor—the employers— have some sort of monopoly and earn a monopoly gain, and that therefore there is room for unions to raise wage rates without injuring other laborers. However, such a “monopsony” for the purchase of labor would have to encompass all the entrepreneurs in the society. If it did not, then labor, a nonspecific factor, could move into other firms and other industries. And we have seen that one big cartel cannot exist on the market. Therefore, a “monopsony’‘ cannot exist. The “problem” of “oligopsony”—a “few” buyers of labor— is a pseudo problem. As long as there is no monopsony, competing employers will tend to drive up wage rates until they equal their DMVPs. The number of competitors is irrelevant; this depends on the concrete data of the market.

En el caso del monopsonio, si la productividad de los trabajadores es en ese sector muy superior que en los demás, la diferencia no llegará a liquidarse. No es necesario que se extienda a todo el mercado laboral. En el caso del oligopolio, como digo arriba, la limitación de competidores reduce los posibles usos del factor trabajo o lentifica su descubrimiento.

Sobre el mercado de trabajo (III)

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Continúo el debate con Albert Esplugas:

No, en el caso de un monopsonio hay un solo comprador, y si solo hay un comprador la subasta se produce en sentido inverso: los trabajadores compiten entre ellos para conseguir el puesto de trabajo, y el que pida menos se lo queda. El resultado sería todos los trabajadores cobrando el salario mínimo. En el mercado mixto actual el factor trabajo es escaso y los empresarios compiten por él, razón por la cuál los salarios están muy por encima del salario mínimo y todavía más por encima del nivel de subsistencia.

Debí puntualizar que no utilizo el término “monopsonio” en sentido literal; como dices, es evidente que no hay un solo comprador, sino en el sentido de que hay menos compradores de los que habría en un libre mercado, lo que les permite ofrecer menos de lo que se verían obligados a ofrecer en un libre mercado.

Quizá todos los trabajadores cobrarían alrededor del salario mínimo en el caso extremo de un único comprador, pero no tiene por qué ser así cuando simplemente la oferta de trabajo supera –artificialmente- su demanda. Un ejemplo más extenso bastará:

Supongamos que se encuentran en el mercado laboral 4 empresarios dispuestos a ofrecer 130, 120, 110 y 100$, respectivamente, con 5 obreros, dispuestos a trabajar a partir de 60, 50, 40, 30 y 20$ cada uno. El salario se situará entre 50 y 60 $, quedando excluido el primer obrero. Y, como ves, aun el precio de mercado -en un supuesto claramente desigual para los trabajadores- se situaría muy por encima del nivel de subsistencias (20, 30 y 40$). Esto no parece tan improbable tomando en cuenta el costo de oportunidad, ya que aunque los trabajadores más exigentes quedan excluidos, el precio de mercado se sitúa justo por debajo.

Dices que los “trabajadores están lejos de percibir el producto completo”, pero eso me parece como mínimo una exageración. La competencia, aun con barreras de entrada artificiales en numerosos sectores, es frenética en la mayoría de ámbitos. Se limita en el margen el descubrimiento de usos más útiles del factor trabajo, la entrada de empresarios que ofrecerían mayores salarios etc. No obstante, si el factor trabajo es relativamente escaso y varios empresarios pujan por él, la tendencia es igualmente (de forma más imperfecta, lenta pero inexorable) elevar los salarios hasta el nivel de la productividad marginal. Asumes que la entrada de nuevos empresarios elevaría extraordinariamente los salarios pero eso solo sucedería si los nuevos empresarios subjetivamente percibieran que los trabajadores tienen una productividad marginal superior a la que percibían los empresarios existintes. Eso no tiene porque ser así, y de hecho es razonable pensar que eso solo sucederá en el margen. Si los trabajadores tienen la misma productividad marginal con o sin barreras de entrada, la puja tiene el mismo límite máximo y en la medida en que el factor trabajo escasee los empresarios tienden a ofrecerlo aunque sean menos de lo que serían sin barreras de entrada.

Las barreras de entrada no solo retardan la liquidación de la diferencia entre productividad y salario, sino que pueden llegar a impedirla. Continúas partiendo de la premisa de que el factor trabajo es lo escaso y los proyectos empresariales lo abundante, pero las barreras de entrada estatales pueden llegar a invertir los términos, de forma que los proyectos empresariales rentables sean menores a la oferta de trabajo disponible (rentables tomando en cuenta la preferencia temporal: quizá un negocio –banca, gran industria, etc.- sea muy rentable a largo plazo, pero las barreras para iniciarlo a corto plazo desalientan a la mayoría de los empresarios).

En este contexto, la entrada de nuevos empresarios no elevaría per se los salarios, pero sí aumentaría las posibilidades de que apareciesen nuevos empresarios dispuestos a ofrecer más por el factor trabajo, hasta el punto de que llegara a percibir su productividad marginal, tomando en cuenta que en el escenario anterior los empresarios podían pagar (y de hecho pagaban) mucho menos.

Piensa, por ejemplo, en casos tan claros como la banca o la gran industria; sus beneficios no pueden justificarse únicamente a partir de la preferencia temporal, luego los salarios de sus trabajadores no corresponden con el producto completo de su trabajo (y no se advierte que la diferencia esté en proceso de liquidarse, sino que es endémica al capitalismo estatal).

Insisto, si estamos ante un monopolio de demanda, no se explica cómo la mayoría de trabajadores cobran dos y tres veces el salario mínimo. Mi conclusión es la contraria a la tuya: los trabajadores en su mayoría están cerca, no lejos, de cobrar un salario correspondiente a su productividad marginal. Ese “mismo trabajo” al que aludes en un fábrica Nike de Filipinas sigo pensando que seguramente no es el mismo en términos de bienes de capital complementarios, que las barreras a la inmigración y al capital obstaculizan o impiden la puja por esos trabajadores, y en cualquier caso la remuneración actual de esos trabajadores no prueba que la tendencia en el medio y largo plazo no es la elevación de sus salarios en la dirección apuntada (los datos muestran que los salarios de los trabajadores de multinacionales están a menudo por encima de lo que ofrecen las empresas locales y siguen subiendo).

Johann Norberg en La globalización es buena mostraba una fábrica de Nike en el sudeste asiático con unas instalaciones iguales o mejores que las de cualquier país occidental, con incluso zonas verdes en los alrededores para que los trabajadores pudieran descansar (o eso decía el documental). Por lo tanto, los bienes de capital complementarios no son la causa de los menores salarios.

Las barreras a la inmigración y al capital tienden a reducir la competencia por los trabajadores; son lo que yo he llamado el “monopsonio” del mercado de trabajo, que impide que los trabajadores reciban su producto completo. En este caso, ¿estamos de acuerdo?

La tendencia a medio y largo plazo no tiene por qué ser la elevación de los salarios, a menos que la libertad económica de esos países aumente. El hecho de que las multinacionales ofrezcan más que las empresas locales es indicio de que su trabajo es allí más productivo, pero no de que el trabajo reciba todo su producto.

Por otro lado, siguiendo con tu esquema, ¿cómo explicarías el paro en aquellos países sin salario mínimo, o con un salario mínimo ínfimo? Sencillamente, creo que no puedes. Solo es posible aludiendo a las barreras estatales que tienden a “monopsonizar” el mercado laboral (sin olvidar la corrupción, etc. que aun así no explican todos los casos).

(Europa en tiempos de la revolución industria o los países africanos o de Latinoamérica pueden ser ejemplos claros de monopsonio extremo con paro en el mercado de trabajo).

Más sobre el mercado de trabajo

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Albert Esplugas responde en el apartado de comentarios de su blog. Contesto cita por cita:

Si dices que es “totalmente incorrecta”, también deberías explicar por qué la mayoría de trabajadores recibe salarios bastante superiores al salario mínimo, ofreciendo los empresarios 1000 euros, 1500 o 2000 al mes cuando podrían ofrecer 624 euros. Esta realidad muestra que los salarios, lejos de igualarse a la baja, tienden a ajustarse a la productividad marginal en la medida en que el mercado opera (y sí, en el actual contexto intervenido, el mercado también opera).

El hecho de que el mercado de trabajo sea un monopsonio (u oligopsonio) no implica que los consumidores (empresarios) puedan imponer unilateralmente el precio del factor trabajo, sino que pueden adquirirlo en condiciones más ventajosas de las que obtendrían en un mercado libre.

Supongamos un caso de monopsonio en que existe un único empresario, A1, que está dispuesto a ofrecer hasta 200 $ por el factor trabajo, y dos obreros, B1 y B2, que están dispuestos a trabajar a partir de 60 y 50$. En este caso, el salario se situaría entre 50 y 60$, y B1 quedaría excluido del intercambio.

Ahora supongamos que la competencia se libera; aparece un nuevo empresario (A2) dispuesto a ofrecer hasta 90$; al tiempo que A1, ante la nueva situación, ya no está dispuesto a ofrecer más de 110$ (como ves, la demanda total de trabajo se mantiene en 200$, solo que dividida entre el mayor número de competidores), mientras B1 y B2 continuan dispuestos a trabajar a partir de 60 y 50$.
A pesar de haber descendido la productividad marginal del trabajo y, como consecuencia, el salario máximo que los empresarios estaban dispuestos a pagar, el precio del trabajo será mayor: se situará esta vez entre 60 y 90$.
Y conforme añadamos competidores, la situación de los obreros mejora.

Por cierto, Mises, en La acción humana, pasó por alto este hecho al tratar el monopolio de demanda (monopsonio) debido a que no contempló la posibilidad de que la oferta de los productores (obreros) fuese altamente inelástica, como en el caso del mercado de trabajo (véanse las pp. 460-2, de la edición en castellano).

Volviendo al asunto, el hecho de que los trabajadores cobren por encima del salario mínimo no es óbice de que estén lejos de percibir su producto completo. Si en el ejemplo expuesto el salario mínimo se situara en 50$, ello no impediría que el precio de mercado –incluso en situación de monopsonio- se situara entre 50 y 60$, siendo 200$ su productividad marginal.

Algunas diferencias se explican por las barreras migratorias. En otros casos la productividad de los trabajadores occidentales es superior no solo por su formación, que en ocasiones podría ser la misma, sino por los bienes de capital que complementan su trabajo y escasean en países menos desarrollados. La capitalización de una sociedad a lo largo de los siglos/décadas explica buena parte de las diferencias salariales de sus trabajadores. De nuevo, las restricciones estatales al movimiento de capitales impide aprovechar y equilibrar esas diferencias.

Un par de apuntes sobre esto:

1.    Las barreras migratorias son consecuencia, no causa, del subdesarrollo de los países emisores de emigrantes: si tales países fuesen lo suficientemente prósperos, tales barreras serían innecesarias.
2.    Para el caso que mencioné (trabajadores de Nike con ocupaciones similares en países diferentes: EEUU, China y Filipinas), la productividad marginal no justifica las diferencias salariales, porque es la misma –si descontamos los costos de transporte, que no suponen un monto apreciable-. La producción, las instalaciones, la formación y el precio final del producto son prácticamente idénticos en una fábrica de Nike en EEUU que en China, luego la pregunta sigue en pie. Una respuesta satisfactoria debe tomar en cuenta que las barreras a la competencia por el trabajo son más acusadas en China y Filipinas que en EEUU.

De hecho, tú mismo pareces intuir esto cuando dices: “no cabe afirmar que todos los trabajadores cobran o cobrarán un salario igual a su productividad marginal en el corto plazo, sino que ésa es la dirección en la que se mueve el mercado, la tendencia.” Sucede que la tendencia queda impedida por las barreras estatales a la competencia, y la disparidad entre salario y productividad nunca se liquida.

Quizás no he sido preciso en este punto. La demanda real obviamente no es infinita, pero el número de tareas útiles que puede desempeñar los trabajadores es muy superior al que de hecho pueden ofrecer, motivo por el cual siempre (en un mercado libre) hay un trabajo a desempeñar. En la medida en que la sociedad se capitaliza, la productividad de los trabajadores aumenta y los salarios tienden a ajustarse a esa productividad por efecto de la puja competitiva entre empresarios (incluyendo a los propios trabajadores deviniendo empresarios). La tierra es escasa pero el factor trabajo es menos específico y aún más escaso, motivo por el que hay tierra sin utilizar y la seguirá habiendo, y el capital es más escaso que el trabajo que puede comprar o complementar. En definitiva, el factor trabajo es relativamente más escaso y su precio tiende a ajustarse a su productividad en la medida en que se permite la puja empresarial por emplearlo en distintos proyectos.

En ese caso estamos de acuerdo, salvo por el matiz de que una mayor capitalización no implica que el salario de los trabajadores tienda a igualares con su productividad, sino simplemente que la productividad aumenta mientras el salario queda pendiente de ascender a posteriori como consecuencia de la competencia entre empleadores (quiero decir, no hay una relación necesaria entre capitalización y la correspondencia del salario con la productividad, sino que son dos cuestiones diferentes).

Si bien es cierto que, como apuntas, el capital y la tierra disponibles exceden al trabajo, los títulos artificiales sobre los usos del capital (patentes) y de la tierra  (parcelas públicas, pendientes de calificación, etc.) tienden a limitar todavía más la demanda de trabajo.

Esplugas sobre el mercado de trabajo

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Albert Esplugas ha posteado una entrada en su blog sobre el mercado de trabajo y el despido libre, a raíz de una réplica de Elkoko a un artículo anterior.

La contestación de Albert tiene buenos puntos que, en mi opinión, refutan la argumentación de Elkoko, pero también contiene fallas importantes. Por ejemplo, dice:

El error en el planteamiento de Elkoko es la premisa de que el factor escaso es la empresa o el puesto de trabajo. Por el contrario, el factor escaso es el trabajo. Simplificando: no hay muchos trabajadores compitiendo por un mismo puesto de trabajo sino muchas empresas y proyectos de empresa compitiendo por los mismos trabajadores.

Y continúa más adelante:

La oferta de trabajo es finita (hay un número limitado de trabajadores que pueden realizar un número limitado de tareas) y los usos útiles de esa oferta son infinitos (la mano de obra es útil para infinidad de proyectos que aportarían valor a los consumidores). En otras palabras, el factor trabajo tiene infinitos usos útiles y sólo puede utilizarse para unos cuantos, de modo que únicamente el empresario que puje más por ese factor trabajo podrá emplearlo en el uso útil que tiene en mente, y el límite de la puja lógicamente lo marca la productividad del trabajador (el valor que el empresario cree que este trabajador adicional aportará a su proyecto).

La perspectiva de Albert es interesante para un contexto de libre competencia (en el cual los salarios sí tenderían a coincidir con su productividad marginal), pero ni siquiera en ese marco es totalmente acertada, y aplicada al contexto de capitalismo estatal actual es totalmente incorrecta.  De hecho, a partir de esas premisas es imposible explicar las grandes disparidades de salarios entre países, para aquellos casos en que la productividad marginal del trabajo no puede justificarlo. En efecto, ¿por qué un trabajador de Nike, que desempeña un puesto similar, tiene una retribución diferente según viva en Estados Unidos, China o Filipinas?

Por un lado, es cierto que los posibles usos del factor trabajo son infinitos, pero el capital y la tierra complementarios (en el sentido clásico) son tan finitos como aquel.
La demanda de trabajo, por lo tanto, queda reducida a aquellos casos en que existen factores de producción complementarios al trabajo, cuyo precio sea, además, inferior a la productividad marginal de los mismos.
En este sentido deben jugar algún papel las patentes, que encarecen la maquinaria (y dificultan el autoempleo de los trabajadores, por lo que repercuten sobre el mercado de trabajo por partida doble); y el monopolio de la tierra, que incluso desde una perspectiva lockeana restringe la oferta de este factor y eleva su precio (en el caso de España, véase la draconiana ley del suelo).

Por otra parte, las barreras estatales a la competencia limitan sustancialmente la demanda de trabajo.
Las licencias, los permisos municipales, etc. tienden a restringir el número de empleadores y, por lo tanto, también la capacidad de negociación de los trabajadores.
El monopolio bancario obstruye la demanda de trabajo y las oportunidades de autoempleo de los obreros; y los cártels de pequeños propietarios (taxis, farmacias, estancos, autobuses, etc.) tienden a restringir igualmente sus oportunidades. En ese sentido, las barreras al emprendimiento en sectores poco intensivos en capital (y por lo tanto asequibles al trabajador medio) juegan un papel similar al monopolio de la tierra en el siglo XIX, formando una oferta de trabajo altamente inelástica, dócil y lista para ser explotada.

En definitiva, la situación en el mercado de trabajo es más similar a un monopolio de demanda (o monopsonio) en el que un número limitado de empleadores se disputan una masa ingente de trabajadores que a un contexto de competencia abierta en el que los empleos andan detrás de los empleados.

Entrevista a Richard Stallman

Richard Stallman, el creador del software libre, fue entrevistado hace una semana por el diario El País a raíz de su paso por Madrid. Puede sernos interesante aprender de la experiencia de este tipo; desconozco su inclinación política, pero desde luego tiene una buena dosis de antiestatismo y anticorporativismo, y le está dando algún que otro dolor de cabeza a monopolios como Microsoft y Apple.

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EP3. Sus teorías se basan en la libertad y la solidaridad. ¿Qué requisitos ha de cumplir un software para ser libre?

Richard Stallman. Debe permitir al usuario utilizar el programa como desee; estudiarlo y adaptarlo; dar la opción de ayudar al prójimo distribuyendo copias y de beneficiar a la comunidad repartiendo versiones modificadas. Un software que da estas cuatro libertades es libre porque sus sistemas de distribución y uso son éticos. Si no, es privativo y es una dictadura. Microsoft lo es: vigila, restringe y ataca. Sus programas hacen cosas malévolas…

EP3. ¿Cómo cuáles?

R. S. Plantean un dilema moral. Si un amigo le pide una copia del programa tendrá que elegir entre dos males: ofrecérsela y romper la licencia, o negársela y respetar el contrato. Conozco dos soluciones al problema: no tener amigos o rechazar el software privativo. Ésta última es mi remedio.

EP3. Su teoría es ideal, pero en la práctica tiene fallos. La mayoría de los usuarios no puede ejercer los derechos que defiende porque no sabe cómo hacerlo.

R. S
. Si alguien quiere ser programador, hay un solo camino: elegir software libre y aprender a programar. Es más fácil porque se puede leer su código.

EP3
. La Free Knowledge Foundation (FKF), que lidera usted, ha dedicado su energía a crear programas no privativos. Pero se ha despreocupado de crear una comunidad libre capaz de programar.

R. S. En la FKF somos pocos…, pero hay miles de escuelas que forman programadores. ¿Por qué deberíamos desperdiciar el tiempo haciéndolo nosotros? Eso sí, las escuelas tendrían que enseñar software libre. Algunas multinacionales imponen sus programas privativos regalando copias a los institutos para crear dependencia. Es como la droga. La primera dosis sale gratis, pero cuando eres adicto toca pagar.

EP3. Ha criticado Gmail. ¿Por qué?

R. S. Mejor no confiar sus correos a una empresa. Y menos aún si es de EE UU.

EP3. ¿Hay alternativas?

R. S. La FKF tiene servidor de correo.

EP3. ¿Todos podemos abrir una cuenta?

R. S. No. Pero un grupo puede montar su propio servidor de correo.

EP3. Conocer el código fuente no sirve de nada si no se sabe programar.

R. S. Pero el usuario puede contratar a alguien para que modifique un programa.

EP3. ¿No está en contra del negocio?

R. S. No soy comunista, no quiero eliminar el negocio. Pero algunas empresas convierten al consumidor en prisionero.

EP3. ¿Qué opina de la crisis musical?

R. S. Las multinacionales merecen fracasar, han comprado leyes para atacarnos. No estoy en contra de producir discos y venderlos si se pueden compartir copias. Esto no significa eliminar el derecho de autor. Mis ideas dependen del uso que se haga de la obra. Distingo tres tipos de creaciones: las de uso práctico; las que transmiten el pensamiento, y las de arte y diversión. Las prácticas deben ser libres. El software es un ejemplo. No sirve para admirar su código fuente. La finalidad de un programa es ser ejecutado. Es como una receta. Imagina que un día el Estado dice a los cocineros: “A partir de hoy, si copiáis o cambiáis una receta os llamaremos piratas y os meteremos en prisión”. La tendencia de copiar, cambiar y mejorar programas no es casual. Es una consecuencia lógica.