Respuesta a Albert Esplugas

Albert Esplugas nos plantea en su blog algunas dudas a los mutualistas. Aunque reconoce lo sustancioso de los argumentos de Kevin Carson, considera que ha sido selectivo a la hora de presentar la intervención estatal en relación a las corporaciones, y cuestiona hasta qué punto el Estado las ha beneficiado: antes bien, él observa que las ha gravado con doble tributación (grava a la sociedad y a los accionistas por separado), las ha limitado mediante leyes antimonopolio y ha aumentado sus costos a través de regulaciones arancelarias, laborales y ambientales. Además, Albert considera que las corporaciones tienen más riesgos de ser expropiadas por los gobiernos que las pequeñas empresas.

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Las ventajas de ser mutualista

Síguese de ahí que la mutualidad tiene por principio, en lo que a la asociación se refiere, que los hombres no deben asociarse sino en cuanto lo requieran las exigencias de la producción, la baratura de los productos, las necesidades del consumo y la seguridad de los mismos productores-. – P-J. Proudhon.

Navegando por Internet he encontrado un artículo de un antiguo suplemento del periódico El Mundo, “Su dinero”, en el que se trata el tema del mutualismo (no-político), con algunas anotaciones interesantes.

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La falacia del mercado depredador.

Escrito por Víctor L.

Una de las creencias falaces que aun sostienen muchos, incluso de entre los que comienzan a inclinarse por el libre mercado, es que este depreda los recursos y, por tanto, es necesaria una intervención ajena a él para ponerle coto.

 

Podríamos preocuparnos por cuestiones secundarias como por qué el libre mercado es más depredador que el comunismo, si ambos, en teoría, producen para satisfacer las necesidades o demandas de los consumidores: ¿el papel, los lápices y los muebles comunistas consumirán menos árboles que el papel, los lápices y los muebles mutualistas?

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El mito del Estado mínimo neoliberal

Sobre el texto

Puede ser una respuesta contundente a los dos bloques “libertarios” a izquierda y derecha del mutualismo: los anarcocapitalistas parlamentarios, que recuerdan con admiración a Margaret Thatcher y Reagan; y los anarcocomunistas, que achacan falazmente las nefastas consecuencias de las experiencias neoliberales, como la de Pinochet, al libre mercado genuino.

El artículo plantea que es totalmente inútil reducir el papel directo del Estado en la economía (a través de, por ejemplo, industrias estatales) si después va a intervenir masivamente para proteger a las industrias privatizadas de la competencia. El libre mercado no se “impone”; de hecho, consiste en “desimponer”. Sin más, que lo disfruten (la versión original puede encontrase aquí).

Por Kevin A. Carson

El mito del Estado mínimo neoliberal

Recientemente tropecé con un artículo fascinante.

Ya he discutido, en una subsección del Capítulo 8 de Estudios en Economía Política Mutualista, que simplemente no hay ningún camino por el que el recorte de gastos neoliberal pueda reducir los gastos totales del gobierno y la intervención a los niveles anteriores al New Deal. La razón es que, aún en períodos caracterizados por una crisis de subacumulación, la tendencia fundamental subyacente del capitalismo estatal es todavía hacia la sobreacumulación y el subconsumo.

El neoliberalismo de Reagan y Thatcher, a pesar de toda su retórica “anti-gobierno grande”, en la práctica hubo de mantener los niveles masivos de gastos de gobierno para comprar en grandes cantidades el producto excedente de la economía corporativa y utilizar la capacidad de exceso.

Y aunque hubo movimientos importantes en la dirección de la intervención del gobierno bajo el neoliberalismo, es cuestionable si el nivel neto de actividad del gobierno bajo el reaganismo-thatcherismo es inferior en términos absolutos. Los tipos de intervención de gobierno y sus gastos han cambiado algo; pero en general, el capitalismo corporativo confía en gran medida en la intervención estatal para su propia supervivencia. Tiendo a sospechar que el nivel total de intervención estatal en la economía es en realidad más alto bajo el neoliberalismo, con mucha diferencia, de lo que lo fue bajo el liberalismo corporativo de mediados del siglo XX.

Entonces, puede imaginarse como de complacido debía estar yo al encontrar corroboradas mis sospechas por el asombroso artículo antedicho: Nicholas Hildyard. “El Mito del Estado Mínimo: Ambigüedades de Libre mercado” Corner House Friefing 05 (marzo de 1998).

La retórica política alrededor del neoliberalismo, advierte Hildyard emplea términos fuertes como la “política de no intervención” ” y el “libre mercado”. La revolución neoliberal, en apariencia, apunta a un “estado mínimo”.

Aún el resultado práctico de esta política, en la mayoría de los casos, no ha disminuido el poder institucional del estado o sus gastos. Más bien los ha redirigido. Esto también ha reforzado el poder de muchas naciones del Norte para intervenir en los asuntos económicos de otros países, principalmente los países endeudados del Sur, las economías emergentes de la ex-Unión Soviética, y los compañeros más débilmente industrializados de bloques comerciales como la Unión europea.

Por ejemplo:

Lejos de abolir la burocracia estatal, las políticas de libre mercado [sic], en cambio, la han reorganizado. Mientras la privatización de industrias y activos estatales seguramente ha reducido la participación directa del estado en la producción y la distribución de muchos bienes y servicios, el proceso ha sido acompañado de nuevas regulaciones estatales, subvenciones e instituciones que apuntan a la introducción y el afianzamiento de un “ambiente favorable” para las industrias recién privatizadas.

El estado en realidad ha jugado un papel central en la realización de las políticas de libre mercado [sic] y, además, tiene una continuada participación “íntima y ubicua” en la regulación de los minuciosos detalles de la economía de mercado – una consecuencia directa de la relaciones de “mango en guante” que han promovido los gobiernos de libre mercado [sic] entre las “ajustadas” instituciones estatales y los intereses de mercado….

En general los niveles de gasto del gobierno, de hecho, han seguido elevándose bajo el neoliberalismo. Con más exactitud puede llamarse “nueva regulación” a la “desregulación”: un cambio de las actividades del Estado regulador en una dirección más amistosa con las corporaciones. La “privatización” de las actividades del gobierno, como ha puesto sobre la mesa Hildyard, deja una parte mayor de funciones bajo la dirección nominalmente privada, pero operando dentro de una red de protecciones, ventajas y subvenciones en gran parte definidas por el Estado. Los recortes en servicios sociales han sido más que compensado por otras formas de gasto que subvencionan los costes de las operaciones de las empresas corporativas. Las subvenciones para desarrollos multilaterales de bancos son especialmente necesarias para atraer muchas inversiones de provechoso capital extranjero, y están en aumento. Los acuerdos comerciales neoliberales incluyen un marco legal (p. ejemplo los supuestos derechos [sic] de “propiedad intelectual”) diseñados principalmente para proteger a los grandes capitales contra el mercado. Muchos de estos acuerdos requieren la creación de cuerpos internacionales, gobiernos supranacionales de facto, para invalidar la política de los estados signatarios.

En general, la versión neoliberal del “libre mercado” se parece a una de esas anticuadas máquinas que juegan al ajedrez que solían estar en comarcas distinguidas. Es una operación aparentemente automática, pero observándolo de forma más detallada, vemos que fue realizada por un enano que tiraba en el interior afanosamente sobre unas palancas. En el caso del “libre mercado” neoliberal, en el que el Estado tira de las palancas.

Los mutualistas ante la crisis

Durante los últimos meses hemos visto cómo nuestro poder adquisitivo decrece, montones de bancos y compañías inmobiliarias quiebran y legiones de trabajadores son despedidos como consecuencia de todo ello. Todos parecen estar de acuerdo en que los empresarios han cometido errores, pero difieren en la razón por la que lo han hecho: unos aprovechan para achacarlo al libre mercado (incluso invocan por vigésimo quinta vez su inminente caída), mientras los otros apuntan a los bancos centrales, que –nos dicen- envían señales erróneas a los empresarios.

¿Qué dice la ciencia económica de todo esto? Y, ¿qué soluciones tiene el mutualismo para solucionarlo? Eso es lo que pretendemos tratar aquí.

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Proudhon, mutualismo y fútbol

En el último número del periódico de la FAI; Tierra y Libertad, ha aparecido un artículo, al parecer traducido del semanario francés Le Monde Libertaire-, en el que se presenta un diálogo ficticio entre el inventor del fútbol y Proudhon, donde el primero pretende persuadir al segundo de que su juego, el fútbol, encarna los ideales de mutualismo que defiende el segundo. La broma no tendría más importancia si su autor, Michael Paraire, no hubiera pretendido con ella mostrar una idea falaz de las ideas de Proudhon, y desprestigiar de paso a los mutualistas modernos (debe suponerlos un peligro para su ideología), que alegremente se llaman a sí mismo “anarquistas de mercado”.

El equívoco del artículo, aunque precedido de intervenciones de Proudhon contra la “mano invisible”, etc. se esconde al final, cuando el inventor del fútbol dice a Proudhon: “Pero entonces ¿de qué principio, de qué ley, es expresión el juego del que soy yo el dios?” y aquel contesta que: “De la ley de mercado, del puro capitalismo, y no del mutualismo”. Cualquiera que lo lea, aun siendo consciente de que Paraire ha podido poner en boca de Proudhon lo que le ha dado la gana, no puede dejar de llevarse una idea errónea del mutualismo. Nosotros, en cambio, citaremos las palabras exactas de Proudhon sobre la libre competencia para que cualquiera pueda consultarlas.

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Un mercado sin capitalistas

Sobre el texto:

 Se trata de un escrito de Frances Moore Lappe que encontré enlazado en el blog de Kevin Carson; la autora es una librecambista alternativa que hace una descripción de la situación de Emilia Romagna y la repercusión de las cooperativas en el bienestar de la gente. Por una parte pone de relieve que realmente es posible una economía de mercado sin capitalistas, y por la otra, que no es necesario el Estado para proveer de todos los servicios que hoy son considerados por la mayoría de la gente como patrimonio del Estado del “Bienestar”. El texto original puede consultarse aquí.

Un mercado sin capitalistas

Por Frances Moore Lappe

Economía de mercado y capitalismo son sinónimos-o al menos están unidos entre sí. Esto es lo que asumen la mayor parte de los americanos. Pero no es necesariamente así. El capitalismo – el poder de los que proporcionan el capital de devolver la riqueza a los accionistas – es sólo un modo de conducir el mercado.

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Albert Esplugas y la pedrada de Stephan Kinsella

Albert Esplugas ha expresado algunas opiniones en su blog respecto a la ya famosa “pedrada” de unos activistas ancoms contra un escaparate de la corporación Macy’s, que comentábamos ya brevemente en el post anterior, así que me gustaría comentar más extensamente el suceso aquí.

Antes de comenzar, me gustaría resaltar que las comillas en la palabra anarquista están de más. Los comunistas libertarios son anarquistas de pleno derecho, como dice Kevin Carson, cualquiera que cree en la autopropiedad y la no agresión es técnicamente un libertario. A pesar de que su código de propiedad pueda parecernos contradictorio y en ocasiones nocivo para la libertad individual, siempre que tolere la secesión, es anarquista.

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Noticias anarquistas desde Estados Unidos

1) La primera noticia es más bien una puntualización sobre la anterior. En el post anterior mencionábamos los ocho detenidos anarquistas en la convención republicana: solo aclarar que se trata de comunistas libertarios y no de mutualistas (aunque Stiwie no se pronunció en ningún momento sobre eso, y yo solo lo cité en relación a la incautación del ensayo de Carson). Como el propio Stiwie decía en el post anterior, los anarquistas de mercado –mutualistas y agoristas- estaban mezclados en la convocatoria anti-capitalista, y a juzgar por algunas de las proclamas como “La ayuda mutua y sindicatos radicales libres son actividades de mercado, mientras que Blackwater y Wal Mart no lo son” es posible que se tratara de afiliados al IWW, sindicato suscrito a la convocatoria (dentro del mismo, además de mutualistas, hay un pequeño núcleo agorista).

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Cálculo económico comunista III

Perdona la tardanza Ardegas. Tomo otra vez el debate, después de un tiempo de descanso. Venimos de aquí.

En cuanto al punto de la pobreza, hube de puntualizar que no damos garantías como no puede darlas ningún sistema, pero sí tenemos argumentos razonables para suponer que será eliminada.

Sin entrar a valorar la imperfección del sistema de precios (que sin duda lo es, y los austriacos no pretendieron negarlo), los salarios bajos son una señal a los empresarios de que la mano de obra está siendo utilizada de forma subóptima, es decir, muy por debajo de su productividad marginal –o de su potencial productividad marginal en un sistema más intensivo en capital- y que, por tanto, es rentable demandar trabajo de esos países hasta que los salarios se igualen con la productividad marginal, descontando el interés y los costos de transporte hasta el mercado de los productos.

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