He estado echando un pequeño vistazo por la red al socialismo de mercado y he encontrado alguna cosilla interesante. A parte de Silvio Gesell y Léon Walras, que podrían ser considerados socialistas libertario y liberal respectivamente, suelen considerarse marxistas y el “de mercado” no significa que tengan excesivamente confianza en él, sino que más bien lo utilizan como una forma de sortear el problema del cálculo económico. David Schweickart, por ejemplo, plantea una suerte de “socialdemocracia autogestionaria” en la que los trabajadores interactúan en el marco de un mercado, pero el Estado monopoliza la banca, ofrece servicios “públicos” y cubre las “fallas del mercado”. De David Prychitko aun no he leído nada –solo una reseña en el google books- pero parece que pretende compatibilizar la ciencia económica actual con el marxismo, como decía Rafael Hotz.
En general, los encuentro bastante inferiores a los autores mutualistas, principalmente porque fuerzan una combinación entre marxismo y mercado a todas luces contradictoria, con base en lo que dijo o no Marx, y eso les impide llegar hasta las últimas consecuencias de su pensamiento.
Sus argumentos contra el mercado libre suelen limitarse a datos históricos bastante discutibles sobre el papel del Estado en el desarrollo de tal o cual país (Schweickart cita Japón, por ejemplo), por lo que he podido leer no tienen ningún sistema que explique los beneficios de la intervención estatal o las fallas del mercado.
De todos modos, es interesante leer sus argumentos a favor de la autogestión, bastante en consonancia con las nuevas corrientes de management.
Ardegas ha respondido en su blog a mi réplica de Robin Cox, con lo que continuamos con el debate sobre el cálculo económico en el comunismo libertario.
Respecto a que Cox se refiere al “mercado” actual y no al genuino mercado libre que propugnamos los mutualistas, Mises y Hayek podían responder exactamente lo mismo en relación a los reproches de aquel. De todos modos, si Cox quiere desmontar el modelo teórico austriaco del mercado, que parte del supuesto de que no existen barreras arbitrarias a la competencia, debe demostrar que en ese contexto existen tales fallas; de lo contrario, está refutando un muñeco de paja.
En cuanto a este punto, es cierto que nosotros no podemos garantizar al cien por cien la desaparición de la pobreza; en realidad, no podemos garantizar ni un solo punto de nuestro sistema, de la misma forma que ni siquiera el estatismo actual puede garantizar su continuidad dentro de 24 horas. Ahora bien, ¿es probable que funcione la anarquía de mercado? Y, ¿es probable que dentro de 24 horas continúe el Estado? Eso es lo que podemos discutir.
Mises pretendió demostrar que el socialismo, según los planes de los socialistas de su época –esto es lo importante-, era imposible. Es imposible prever que algún día pueda idearse un sistema que lo haga viable.
Ahora vayamos al grano.
El problema de ciertas externalidades, como la contaminación que producen los coches, creo que podría resolverse penalizando su producción, en lugar de ir pidiendo indemnizaciones individuales al sinnúmero de propietarios de vehículos. La tasa que debería aplicarse en cada caso deberán juzgarla los expertos y los tribunales de arbitraje ad hoc, en cualquier caso, suponemos que tienen incentivos para hacerlo bien.
Sobre el ejemplo de los individuos que truecan sus mercancías, comentas:
“La “valoración mutua” de la que hablas, solo queda clara en un ejemplo sencillo como este, ya que en una organización económica compleja, en la que las personas no se conocen entre sí, no se puede decir que los ingresos estén determinados por “valoraciones mutuas”. Estos precios e ingresos están influidos por muchas variables, entre las que entran en cuenta hechos que no tienen que ver con la “capacidad productiva” de las personas, como sus conexiones personales, el encontrarse con ventajas monopólicas, la capacidad de negociación, herencias, o la simple suerte que se tenga.”
Si con “solo queda clara en un ejemplo sencillo” quieres decir que es más evidente en este ejemplo que en la vida real, lo admito. Pero eso no le resta ni un ápice de verdad, aunque haya medio de cambio y una red de complejas relaciones mercantiles de por medio.
Ahora, tienes razón en que herencias, suerte, etc. pueden jugar un papel importante en la capacidad adquisitiva a nivel individual pero, ¿tiene relevancia a nivel de una sociedad? Y lo más importante, ¿extirpar ese mal supone más perjuicio para la sociedad que mantenerlo? Esa es la verdadera pregunta que debemos hacernos.
Tienes razón en que en ocasiones es difícil medir la productividad marginal de cada individuo, sobretodo en las grandes corporaciones que dominan el panorama económico actual –tengo pensado tratar ese tema en el blog próximamente.
Después apuntas sobre el sistema bancario:
“Por lo tanto, aunque se argumente que el sistema de libre acceso tenga problemas de cálculo económico, no se puede negar que la eliminación del sistema bancario y financiero liberaría una gran cantidad de recursos. Esta es una ventaja importante del comunismo libertario. Hay quienes estiman que los recursos liberados serían de la mitad de los utilizados en la economía actual.”
Solo tiene sentido discutir este punto suponiendo, como dije antes, que en el sistema anarcocomunista los “recursos liberados” compensen los “recursos derrochados”, por tanto, pasemos al tema central…
Robin Cox nos dice:
Asumamos que, por cualquier motivo, la tasa de rotación de existencias se incrementa rápidamente en digamos 2000 latas por mes. Esto requerirá entregas más frecuentes o, alternativamente, entregas más grandes. Posiblemente la capacidad del punto de distribución no sea lo suficientemente grande para acomodar la cantidad extra de latas requeridas, en cuyo caso se optará por entregas más frecuentes. Se podría también aumentar su capacidad de almacenaje, pero esto talvez tome algo más de tiempo. En cualquier caso, esta información será comunicada a los proveedores. Estos proveedores, a su vez, pueden necesitar más hojalata (lámina de acero cubierta de estaño), para hacer más latas, o más judías, para ser procesadas, y esta información puede similarmente ser comunicada en la forma de nuevas órdenes a los suplidores de esos artículos que se encuentran más abajo en la cadena de producción. Y así por el estilo. Todo el proceso es, en gran parte, automático – o auto-regulado – siendo conducido por las señales de información dispersa de los productores y consumidores sobre la oferta y la demanda para bienes, y, como tal, está muy alejada de la burda caricatura de una economía de planificación centralizada.
La comunicación puede pasar, como supone Cox, perfectamente de un actor de la producción a otro hasta que llegamos a los extractores de estaño, con el que se fabrica el envase de las judías. En este punto, debemos hacernos la pregunta que Cox ha estado evadiendo durante todo el párrafo; ¿en qué proporciones ha de asignarse el estaño para sus respectivas demandas? ¿qué porcentaje del cobre disponible debe utilizarse en la producción de latas de judías y qué porcentaje a todos los demás productos manufacturados que se fabrican con él?
Ante este contratiempo Coxmenciona un recurso llamado “el colchón de existencias”, que es un porcentaje de los bienes en cuestión que se almacena para evitar que el aumento repentino de la demanda produzca una escasez. Pero en realidad, este tampoco supera el costo de oportunidad, como Cox supone, sino que él mismo necesita, a su vez, una evaluación de los costos de oportunidad para saber qué cantidad de recursos deben destinarse al “colchón” y, a pesar de todo, solo conseguiría retrasar la disyuntiva de a dónde asignar los recursos hasta el momento en que el colchón se consuma.
En este punto cabrá preguntarse: necesitamos más tierra, trabajo y capital para satisfacer la mayor demanda de estaño (podemos obviar la naturaleza escasa del estaño), ¿de qué actividades desviaremos esa tierra, ese capital y ese trabajo que necesitamos? En este punto solo se puede apelar a la intensidad de la demanda de los consumidores del resto de bienes, y hacer una comparación muy precisa –tal y como hacen los precios- entre ellos para retirar la tierra, el trabajo y el capital necesarios para nuestra actividad –y que deben ser compatibles con ella- de la producción de bienes de escasa valoración.
El problema del comunismo está, pues, en que le es imposible comparar todos bienes necesarios a los consumidores de una manera tan precisa como se requiere. Para este propósito no serviría la “tasa de rotación de existencias” puesto que esta compara magnitudes diferentes entre sí: no nos dice nada en relación a la intensidad de la demanda que la “tasa de rotación” diaria de zapatos sea de 100 y la de calcetines sea de 200, puesto que a pesar de la mayor tasa de los calcetines, los consumidores podrían preferir renunciar a estos antes que a los zapatos.
En cuanto a la ley del mínimo, Cox nos dice:
Cuando un factor en particular es limitado en relación a las múltiples demandas que recaen sobre él, la única manera en que puede ser “ineficientemente asignado” (aunque esto en última instancia es un juicio de valor) es escogiendo “incorrectamente” a cual uso final particular debe de ser asignado (un punto que consideraremos en breve). Fuera de eso, no se puede usar mal o asignar mal un recurso si simplemente no está disponible para ser mal asignado (esto es, cuando hay un inadecuado o inexistente colchón de existencias en el estante, por decirlo así). Por necesidad uno se ve obligado a buscar una alternativa más abundante o substituto (lo que sería el comportamiento sensato en esta circunstancia).
Pero no indica con qué criterio se busca la alternativa más abundante o el sustituto.
Al terminar la explicación práctica de la Ley del Mínimo, continúa:
Nótese también que reconoce y pone en operación el concepto de costos de oportunidad con que el ACE está ostensiblemente preocupado. Así, si deseamos desviar 4 unidades de N fuera de la producción de Y a la producción de cualquier otro bien – llamémoslo Z – entonces sabremos muy bien lo que hemos perdido al haber cortado los suministros de N necesarios para producir Y. Las 2 unidades de N con las que quedamos después de que las otras 4 han sido desviadas a Z solo serán suficientes para la producción de 1 unidad de Y. Mientras que antes podríamos haber producido 2 unidades de Y donde M era el factor limitante, desviando 4 unidades de N a Z significaría, en efecto, que N reemplazaría a M como el factor limitante al producir, y que el costo de oportunidad de desviar 4 unidades de N a Z nos daría la pérdida de una unidad de Y.
Pero realmente vuelve a escapar la cuestión esencial: de qué forma “pone en operación el costo de oportunidad”. Es verdad que mediante “la ley del mínimo” puede fácilmente determinarse qué se pierde al desviar un determinado factor de producción o insumo a producir otro bien, pero no nos indica de ninguna forma en qué proporciones debe desviarse.
En conclusión, la ley del mínimo tampoco soluciona nuestro problema porque el factor más escaso, que es el que según esta teoría debería ahorrarse, es imposible de reconocer sin saber antes la intensidad de la demanda de los consumidores, ya que esta no es un valor absoluto, sino una relación entre las existencias y la intensidad con que se requiere el bien. Un factor escaso es un factor muy demandado en relación con su oferta.
Por último, la jerarquía de las necesidades no ayuda en esta cuestión porque existen infinidad de bienes considerados “primarios”, “secundarios”, “terciarios”, etc., lo que nos impide compararlos entre sí. Para resolver esta cuestión, el comunismo necesitaría que cada uno de sus componentes elaborase una jerarquía valorando las decenas de miles de bienes que se producen en la sociedad en una escala que, para ser útil, debería abarcar al menos 10.000 cifras y tener en cuenta las peculiaridades de los factores de producción concretos que en ocasiones hacen imposible que determinada porción de trabajo, tierra o capital se transfiera de un sector a otro.
Y aun si esto fuera posible –lo cual es muy dudoso-, la centralización y el procesamiento de las precisas y exhaustivas encuestas de los consumidores haría perder al “socialismo descentralizado” la ventaja que posee con respecto al “socialismo centralizado”; la flexibilidad.
Navegando por la red me he encontrado con este interesante texto de Noam Chomsky sobre la guerra de Irak. Se trata de un análisis sobre los móviles y el desarrollo de la guerra, que evoca la vieja sentencia marxista sobre el Estado, según la cual “el poder estatal moderno no es más que una junta administradora que gestiona los negocios comunes de toda la clase burguesa [en este caso, de la clase corporativa]”. Aunque la sentencia es sesgada, apunten bien los nombres de las multinacionales que cita Chomsky; llegada la revolución debemos tener bien claro quiénes deben rendir cuentas de sus títulos de propiedad.
Petroleras en Irak
Por Noam Chomsky
Pero lo cierto es que toda la invasión fue un crimen de guerra, el supremo crimen internacional. Y difiere de otros crímenes de guerra en que abarca toda la maldad que sigue. El acuerdo que negocian el Ministerio de Hidrocarburos de Irak y cuatro empresas petroleras occidentales plantea graves cuestiones acerca de la naturaleza de la invasión y ocupación del país árabe por parte de Estados Unidos. Esas cuestiones ciertamente serán presentadas por los candidatos presidenciales, seriamente discutidas en Estados Unidos, y por supuesto en el Irak ocupado, donde al parecer la población tiene un escaso papel en determinar el futuro de su país.
En la actualidad se realizan negociaciones para que Exxon Mobil, Shell, Total y BP –socios originales hace varias décadas en la Compañía de Petróleo de Irak, a los que se han sumado Chevron y compañías petroleras más pequeñas– renueven las concesiones perdidas en el proceso de nacionalización cuando los productores de crudo se hicieron cargo de sus propios recursos. Los contratos, sin licitación, aparentemente redactados por las corporaciones petroleras con la ayuda de funcionarios estadunidenses, prevalecieron sobre ofertas de más de otras 40 compañías, entre ellas empresas de China, India y Rusia.
“Hubo sospechas en muchas partes del mundo árabe y entre sectores del pueblo estadunidense de que Estados Unidos había ido a la guerra con Irak precisamente para asegurarse la riqueza petrolera que esos contratos intentan extraer”, escribió Andrew E. Kramer en el diario The New York Times.
La alusión de Kramer a “sospechas” es el eufemismo del año. Aún más, es bastante probable que la ocupación militar tomó la iniciativa en restablecer las actividades de la odiada Compañía de Petróleo de Irak, que, como señaló Seamus Milne en el London Guardian, fue impuesta durante el mandato británico para “extraer la riqueza de Irak en un acuerdo célebre por su explotación”.
Los últimos informes indican que hay demoras en los acuerdos. Mucho de lo que ocurre está envuelto en el secreto y no sería sorprendente que emerjan nuevos escándalos.
La demanda es muy intensa. En Irak existen posiblemente las segundas reservas más grandes de petróleo del mundo. Además, el petróleo iraquí es barato de extraer. No hay capa de hielo permanente, arenas de alquitrán o prospección en las profundidades marinas. Para los planificadores estadunidenses es imperativo que Irak continúe bajo su control como un obediente Estado dependiente que albergue sus bases militares en el corazón de las importantes reservas energéticas.
Que ésa fue la causa principal de la invasión resultó siempre clara pese a los pretextos sucesivos de las armas de destrucción masiva, los vínculos de Saddam Hussein con Al Qaeda, la promoción de la democracia y la guerra contra el terrorismo que, tal como se pronosticó, se agudizaría drásticamente a raíz de la invasión.
En noviembre, esas preocupaciones se hicieron explícitas cuando el presidente George W. Bush y el primer ministro de Irak, Nuri Maliki firmaron una Declaración de Principios ignorando al Congreso de Estados Unidos y al Parlamento iraquí, así como a la población de ambas naciones.
La declaración dejó abierta la posibilidad de una presencia militar estadunidense en Irak que se prolongaría de manera indefinida. Eso incluiría, al parecer, grandes bases aéreas que están siendo construidas en diferentes partes del país y la “embajada” en Bagdad, una ciudad dentro de una ciudad, que no se parece a ninguna otra sede diplomática en el mundo. Esas instalaciones no van a ser construidas para después abandonarlas.
En la declaración se señaló también, de manera osada, que era necesario explotar los recursos de Irak. Se indicaba que la economía iraquí, esto es sus recursos petroleros, debe abrirse a la inversión extranjera, “especialmente a las inversiones estadunidenses”.
La seriedad de este compromiso quedó subrayada en enero, cuando Bush signó una “declaración firmada” indicando que rechazaría todo proyecto de ley que restrinja el financiamiento “destinado a establecer alguna instalación militar o base con el propósito de proveer el emplazamiento permanente de las fuerzas armadas de Estados Unidos en Irak” o a “ejercer el control de los recursos petroleros de Irak por parte de Estados Unidos”.
No resulta sorprendente que la declaración causó de inmediato objeciones en Irak, entre otros sectores, en los sindicatos, que sobreviven bajo duras leyes antilaborales que Saddam instituyó y que la ocupación preserva.
En la propaganda de Washington, quien está arruinando la dominación de Estados Unidos en Irak es Irán. La secretaria de Estado estadunidense Condoleezza Rice tiene una simple solución: los “ejércitos extranjeros” deben ser retirados de Irak: los de Irán, no los nuestros.
La confrontación por los programas nucleares de Irán aumenta las tensiones. La política de “cambio de régimen” del gobierno de Bush hacia Irán es acompañada de amenazas de fuerza (en ese tema ambos candidatos presidenciales se unen a Bush). La política, según se ha informado, también incluye acciones terroristas dentro de Irán. Según los amos del mundo, esas acciones son legítimas.
La mayoría del pueblo estadunidense está en favor de la diplomacia y se opone a la utilización de la fuerza. Pero la opinión pública parece irrelevante, y no solamente en este caso.
Una ironía es que Irak se está convirtiendo en un condominio estadunidense-iraní. El gobierno de Maliki es el sector de la sociedad iraquí más respaldado por Irán. El llamado ejército iraquí, que es apenas otra milicia, está en buena parte basado en la brigada Badr, que fue entrenada en Irán y luchó junto con los iraníes en la guerra entre Irak e Irán.
Nir Rosen, uno de los más astutos e informados corresponsales en la región, observa que el principal objetivo de los operativos de Estados Unidos y de Maliki, el clérigo Muqtada Sadr, tampoco es visto con simpatía por Irán. Sadr es independiente y tiene apoyo popular. Por lo tanto, es peligroso.
Irán “claramente respaldó al primer ministro Maliki y al gobierno iraquí contra lo que calificó de ‘grupos armados ilegales’ (del Ejército del Mehdi de Sadr) en el reciente conflicto en Basora”, señala Rosen. “Y eso no es sorprendente, dado que su principal representante en Irak, el Consejo Supremo Islámico, domina el Estado iraquí y es el principal respaldo de Maliki.”
En la revista Foreign Affairs, Steven Simon señala que la actual estrategia de contrainsurgencia de Estados Unidos “está acicateando las tres fuerzas que de manera tradicional han amenazado la estabilidad en los países de Medio Oriente: el sectarismo, el caudillismo y la mentalidad tribal”. El resultado podría ser “un Estado fuerte, centralizado, gobernado por una junta militar que recordaría” al régimen de Saddam.
Si Washington concreta sus objetivos, entonces sus acciones se justifican. Las reacciones son muy diferentes cuando Vladimir Putin tiene éxito en pacificar a Chechenia en un grado muy superior al que el general David Petraeus ha alcanzado en Irak. Pero de un lado están ellos, y del otro lado, nosotros. Los criterios son totalmente diferentes.
En Estados Unidos los demócratas se mantienen silenciosos debido al supuesto éxito de la ofensiva militar en Irak. Ese silencio refleja el hecho de que no hay críticas de la guerra basadas en principios. Para ese punto de vista, si alguien concreta sus objetivos, la guerra y la ocupación están justificadas. Y los acuerdos petroleros forman parte de esa justificación.
Pero lo cierto es que toda la invasión fue un crimen de guerra, en realidad, el supremo crimen internacional. Y difiere de otros crímenes de guerra en que abarca toda la maldad que sigue, en términos del juicio de Nuremberg. Ése es uno de los tópicos que no pueden ser discutidos, en el curso de la campaña presidencial, o en otra parte. ¿Por qué estamos en Irak? ¿Qué le debemos a los iraquíes por haber destruido su país? La mayoría del pueblo de Estados Unidos está en favor de la retirada de Irak. ¿Interesa su opinión?
William enlazó hace poco la web de panarchy, el proyecto para la convivencia simultánea pacífica de varios proyectos anarquistas (y no solo anarquistas) en el mismo espacio. Pego un grandísimo artículo de Max Nettlau al respecto. Recuerda sospechosamente demasiado a la “ley policéntrica” que dicen haber inventado los anarcocapitalistas; al menos, sí es cierto que tiene todos sus componentes esenciales.
Panarquía, una idea olvidada de 1860
Por largo tiempo me ha fascinado la idea de cuán maravilloso sería que, en lugar de que las instituciones políticas y sociales se vayan sucediendo “una después de la otra”, dicho término fuese reemplazado por este otro: “simultáneamente”.
Ideas como “¡Abajo el Estado!” y “Sólo sobre las ruinas del Estado…” expresan las emociones y deseos de muchos, pero parece que solamente el “Elija su Estado” puede ayudar a lograr eso.
Cuando aparece una nueva idea científica, sus partidarios sencillamente empiezan a utilizarla, sin tratar de persuadir a los viejos profesores que no quieren seguirla, ni forzarlos a aceptarla o matarlos. Por sí mismos ellos se rezagarán, perderán reputación y se secarán, siempre que la nueva idea esté llena de vida. Muchas veces la malicia o la estupidez pondrán obstáculos a la nueva idea; de ahí que es preciso luchar arduamente para lograr la tolerancia mutua e incondicional. Sólo así la ciencia florece y avanza, pues su fundamento es la libre experimentación e investigación.
Nadie debiera tratar de “poner todo en la misma canasta”. Ni siquiera el Estado puede conseguirlo. Los socialistas y anarquistas escaparán a su poder. Tampoco nosotros (los anarquistas) podríamos hacerlo, porque los estatistas seguirán existiendo (es un hecho). Además, será mejor para nosotros no introducir luchas a muerte en nuestra sociedad libre. La famosa cuestión “¿Qué debemos hacer con aquellos reaccionarios que no se adapten a la libertad?” tendrá una solución simple: En tanto así lo deseen, podrán conservar su Estado. Para nosotros eso no tendrá importancia. No tendrán sobre nosotros más poder que el que tienen las ideas excéntricas de alguna secta que a nadie interesa. Esto ocurrirá tarde o temprano. La libertad se abrirá camino por sí misma, dondequiera que sea.
Una vez estábamos en un vapor en el Lago Como. Una maestra abordó el barco con un gran grupo de niños. Ella les ordenaba que permanecieran sentados y no se empujaran unos a otros. Sin embargo, cuando apenas ponía orden en algún grupo, otro grupo de niños ya se había puesto de pie, y cuando intentaba poner en orden a todos y creía haber terminado su labor, se encontraba rodeada del mismo desorden que antes. En lugar de ponerse más severa, la joven maestra se rió de sí misma y dejó a los niños en paz. De todas maneras, la mayoría terminó sentándose por propia iniciativa. Este es un ejemplo inocente que demuestra que, cuando se le deja en libertad, todo termina por resolverse mejor.
En conclusión: antes de que la idea de TOLERANCIA MUTUA en todos los asuntos políticos y sociales termine encontrando su camino, lo mejor que podemos hacer es prepáranos para ello -practicándola en nuestra vida y pensamiento diarios. ¿Acaso no seguimos atentando contra ella cada día?
Mis palabras van dirigidas a decir lo mucho que amo esta idea, y a manifestar mi gran placer por haber encontrado el ensayo de un pionero de esta idea, una idea de la que no se habla mucho en nuestra literatura.
Me refiero al artículo “Panarchie”, escrito por P. E. De Puydt, en el “Revue Trimestrielle” (Bruselas), Julio 1860, pp. 222-245. El autor, que me es desconocido y sobre el cual no hablaré, probablemente vivía apartado de los movimientos sociales. Pero tenía un visión clara de la medida en que el actual sistema político, según el cual TODO debe someterse a un gobierno constituido por decisión mayoritaria (o de alguna otra manera), contradice los requisitos más elementales de la libertad.
Sin identificarme con sus propias metas, deseo resumir sus puntos de vista y señalar algunos detalles. Nos sentiremos más cercanos a su idea si sustituimos en nuestra mente la palabra “gobierno” – que De Puydt utiliza siempre – por el término “organización social”, sobre todo porque el mismo autor proclama la coexistencia de todas las formas de gobierno, “incluida la AN-ARQUÍA del señor Proudhon”.
De Puydt se declara partidario de las enseñanzas del “Laissez faire, laissez passer” (la escuela de Manchester de la libre competencia sin intervención del estado). No hay medias verdades. De esto concluye que la ley de libre competencia se aplica no sólo a las relaciones industriales y comerciales, sino que también debiera traérsela y dejarla que se abra paso en la esfera política.
Algunos dirán que hay exceso de libertad, otros dirán que no hay suficiente libertad. Sin embargo, se está perdiendo la libertad fundamental, precisamente la más necesaria: la libertad de ser libres o no serlo, de acuerdo a la propia elección. Cada uno decide esta cuestión por sí mismo, y puesto que hay muchas opiniones, tantas como seres humanos, el resultado es esa mezcla confusa llamada política. La libertad de una parte es la negación de la libertad de los otros. El mejor gobierno nunca funciona de acuerdo a la voluntad de todos. Siempre hay vencedores y vencidos, opresores en nombre de la ley actual e insurgentes en nombre de la libertad.
¿Quiero proponer mi propio sistema? ¡Por supuesto que no! Estoy abogando por todos los sistemas, esto es, por todas las formas de gobierno que encuentren a sus propios seguidores.
Todo sistema es como un conjunto de apartamientos (casas) en el cual el propietario y los principales tenedores están mejor acomodados y más a su gusto. Los otros, para los que no hay suficiente espacio, están insatisfechos. Yo odio a los destructores tanto como a los tiranos. Los insatisfechos deberán buscar su propio camino, pero sin destruir el edificio. Lo que no les gusta a ellos puede gustar a sus vecinos.
¿Deberían emigrar y buscar para sí mismos, en algún lugar del mundo, otro gobierno? Por supuesto que no. Ni tampoco debiera deportarse a nadie por sus opiniones. “Yo deseo que continúen viviendo donde están, o donde sea, pero sin lucha, como hermanos, cada uno hablando libremente y subordinándose sólo a aquellos poderes que cada uno, por sí mismo, haya elegido o aceptado.
Volvamos a nuestra materia. “Nada se desarrolla ni perdura si no se basa en la libertad. Nada puede sostenerse ni funcionar con éxito, excepto mediante el libre juego de todos sus elementos activos. De otro modo perderá energía por la fricción y el rápido deterioro de sus engranes y las muchas fracturas y accidentes. Por tanto, exijo para todos y cada uno de los elementos de la sociedad humana (los individuos) la libertad de asociarse con otros, de acuerdo a sus elecciones y empatías, para trabajar sólo de acuerdo a sus capacidades; en otras palabras, el derecho absoluto para elegir la sociedad política en la cual desea vivir y depender sólo de ella.”
Hoy en día el republicano intenta derrocar la actual forma del Estado para establecer su propia idea del Estado. Sus enemigos son todos los monarquistas y cualesquiera otros no interesados en su ideal. Sin embargo, de acuerdo a De Puydt, uno debiera proceder de un modo que corresponde a un divorcio o separación legal en las relaciones familiares. Propone una opción similar de divorcio para la política, una que no daña a nadie.
¿Alguien desea la separación política? Nada más simple que hacerlo al modo propio -pero sin infringir los derechos y opiniones de otros, los cuales, por su parte, tendrán que hacer un poco de espacio y dejarlo en plena libertad para que realice su propio sistema.
En la práctica una oficina de registro civil sería suficiente. En cada municipalidad habría una oficina para la CIUDADANÍA POLÍTICA de los individuos. Los adultos ingresarían a discreción a las listas de la monarquía, la república, etc.
Desde ese momento no serían afectados u obligados por los sistemas de gobierno de otros. Cada sistema se organizaría a sí mismo, tendría sus propios representantes, leyes, jueces, impuestos, sin importar que existan dos o diez de tales organizaciones en la vecindad.
Para las diferencias que pudieran surgir entre esos organismos, tribunales de arbitraje serían suficientes, como entre personas amigables.
Probablemente existirán muchos asuntos comunes a todos los organismos, que se arreglarán mediante acuerdos mutuos, como hacen los cantones suizos y los estados americanos y sus federaciones.
Puede haber personas que no quieran estar en ninguno de esos organismos. Ellas pueden propagar sus ideas y tratar de aumentar el número de sus seguidores, hasta lograr un presupuesto independiente que les permita pagar lo que quieren tener a su propia manera. Hasta entonces tendrán que pertenecer a alguno de los organismos existentes. Es sólo un asunto de finanzas.
La libertad debe ser tan amplia que incluya el derecho a no ser libre. En consecuencia, habrá clericalismo y absolutismo para aquellos que así lo quieran.
Habrá libre competencia entre los sistemas de gobierno. Los gobiernos tendrán que reformarse a sí mismos para asegurarse seguidores y clientes. Sólo se requerirá una simple declaración en la Oficina local de Ciudadanía Política, y sin necesidad de marcharse a otro lado, con todo y bata y pantuflas, uno podrá ser transferido de la república a la monarquía, del parlamentarismo a la autocracia, de la oligarquía a la democracia o incluso a la anarquía del señor Proudhon, todo según su propia elección.
“¿Está insatisfecho con su gobierno? Tome otro” – sin insurrección, sin revolución y sin fatigas; sólo dirija sus pasos hacia la Oficina de Ciudadanía Política. Los viejos gobiernos pueden continuar existiendo, hasta que la libertad de experimentación – aquí propuesta – conduzca hacia su decadencia y caída.
Sólo una cosa se exige: libre elección. La libre elección y la competencia… éstos serán algún día los lemas del mundo político.
Pero ¿no conduciría eso a un caos insufrible? Hay que recordar los tiempos cuando cada uno estrangulaba a los demás en las guerras religiosas. ¿Qué fue de estos odios mortales? El progreso del espíritu humano los ha disipado, igual que el viento se lleva las últimas hojas del otoño. Las religiones, en cuyos nombres ardían las hogueras y se daban las torturas, coexisten pacíficamente hoy en día, una al lado de la otra, ocupada cada una en su dignidad y pureza. Si eso fue posible en esta esfera, pese a todos los obstáculos, ¿no será también posible en la esfera de la política?
Hoy en día, cuando los gobiernos sólo existen gracias a la exclusión de otros poderes, cada partido domina luego de haber vencido a sus oponentes y la mayoría suprimido a la minoría. Es inevitable que las minorías, los oprimidos, se quejen e intriguen por su lado, y esperen el momento de la revancha, hasta alcanzar el poder. Pero cuando toda coerción es abolida, cuando todo adulto tenga siempre la libertad de elegir por sí mismo, tales luchas inútiles llegarán a ser imposibles.
Cuando los gobiernos queden sometidos a estos principios de libre experimentación y competencia, ellos mismos mejorarán y se perfeccionarán. No más volar, allá en las nubes, que sólo ocultan su vaciedad. Su éxito dependerá enteramente de sí mismos, de hacer las mejor y más baratas que los otros.
Las energías, que actualmente se desperdician en fricciones, resistencias y tareas inútiles, se unirán y promoverán el progreso y la felicidad del hombre, de maneras impredecibles y maravillosas.
Es posible que, luego de experimentar con gobiernos de todos tipos, las personas regresen a un solo gobierno, el más perfecto. Sobre eso, De Puydt afirma que, si así fuera el caso, este acuerdo general sólo se alcanzaría después del libre juego de todas las fuerzas. Y sólo podría ocurrir en un futuro muy lejano, “cuando la función del gobierno se reduzca a su mínima expresión”. Mientras tanto, las personas tienen diferente mentalidad, y sus costumbres son tan diversas que sólo la multiplicidad de gobiernos es posible.
Alguno busca la excitación y la lucha, otro desea el descanso, otro más necesita aliento y ayuda, algún otro, el genio, no tolera que lo dirijan. Uno desea república, sumisión y renunciación, otro quiere la monarquía absoluta con su pompa y esplendor. El orador quiere un parlamento, el silente condena a los habladores. Hay mentes fuertes y débiles, unos ambiciosos y otros simples y satisfechos. Hay tantos caracteres como personas, tantas necesidades como naturalezas diferentes. ¿Cómo podrían todos quedar satisfechos con una sola forma de gobierno? Los satisfechos serán una minoría. Hasta el gobierno perfecto encontrará su oposición.
Bajo el sistema propuesto, todos los desacuerdos serán meramente como riñas caseras, con el divorcio como solución final.
Los gobiernos competirán entre sí, pero sus asociados (sus ciudadanos) les serán especialmente leales, puesto que su gobierno es el que corresponde a sus propias ideas. -Yo creo en “el poder soberano de la libertad para establecer la paz entre los hombres”. No puedo anticipar el día y la hora que esto sucederá. Mi idea es como una semilla arrojada al viento. ¿Quién, en el pasado, había soñado con la libertad de pensamiento… y quién la pone en duda hoy?
Para su realización práctica, se podría, por ejemplo, establecer un periodo mínimo de un año para la pertenencia a una forma de gobierno.
Cada grupo encontraría y congregaría a sus seguidores cuando lo necesitara, así como lo hacen las iglesias con sus miembros o las corporaciones con sus accionistas.
La coexistencia de muchos organismos gubernamentales ¿conduciría a un exceso de servidores públicos y al correspondiente desperdicio de energías? Esta objeción es importante; sin embargo, una vez que tal exceso es descubierto, tiene que ser solucionado. Solamente los organismos verdaderamente viables persistirán, los otros desaparecerán por su propia debilidad.
¿Aceptarán estas propuestas los actuales partidos y dinastías gobernantes? Por su propio interés les convendría hacerlo. Estarían en mejores condiciones si lo hicieran con menos personas, pero todos ellos voluntarios y totalmente subordinados. Ninguna coerción sería necesaria contra ellos, ningún soldado, gendarme o policía. No existirían conspiraciones ni usurpaciones.
Un gobierno puede ser liquidado hoy, pero más adelante, cuando encuentre más seguidores, puede reestablecerse mediante un simple acto constitucional, como hacen las sociedades anónimas. Los pequeños honorarios pagarían a las oficinas de registro financiarían a las oficinas de ciudadanía política. Sería un mecanismo sencillo, uno que hasta un niño podría hacer…
Esta manera de pensar del autor, De Puydt, me recuerda algo de Anselme Bellegarrigue, tal como escribía en sus muchos artículos en el periódico “Civilization” de Tolouse, 1849. Ideas similares, sobre todo en relación a los impuestos, fueron expresadas años después por Auberon Herbert (impuestos voluntarios).
El hecho de que sus argumentos nos parezcan hoy más plausibles que lo que parecían a sus lectores de 1860 demuestra que algún progreso ha habido. Lo importante es EXPRESAR ESTA IDEA DE MANERA QUE CORRESPONDA A LOS SENTIMIENTOS Y NECESIDADES ACTUALES, y prepararse uno mismo para su REALIZACIÓN.
¿No es eso precisamente lo que hace más prometedora la discusión de estas ideas hoy en día?
He traducido un breve texto sobre Léon Walras en el que se explica su concepción del “socialismo de mercado”. Antes de que Langlois lo comentara en el post anterior, solo había oído hablar de él alrededor de su Teoría del equilibrio general, apenas sabía de él como “teórico cooperativista” (creo que sus textos sobre este tema no están traducidos, y es difícil encontrarlos en la red), pero ahora que leo por encima su propuesta, le veo muchas similitudes con el pensamiento de Henry George, Silvio Gesell o Thomas Paine. Puede ser interesante reivindicarlo, pues aunque no era un anarquista, sí proponía una reducción bastante drástica del Estado, a la vez que era partidario de la economía social y autogestionaria.
El texto es de Renato Cirillo y lo extraje de aquí.
Léon Walras fue uno de los pocos economistas excepcionales del siglo XIX que, aunque perteneció como teórico a la corriente principal de la economía ortodoxa, expresó opiniones que en aquella época se consideraban demasiado radicales. Él abogó en particular por la nacionalización de la tierra como solución del problema social. Esto generaría un ingreso suficiente al gobierno como para permitirle abolir la financiación a través de impuestos extraído de los salarios y las recompensas del trabajo. Por consiguiente los trabajadores quedarían en posición para invertir sus ingresos libres de impuestos y adquirir su parte legítima de la riqueza nacional. Contrariamente a lo que muchos han discutido, tal política ‘socialista’ no era incompatible con el modelo teórico de Walras de competencia perfecta. En ausencia de la propiedad privada sobre la tierra y los recursos naturales, no habría lugar para grandes empresas y monopolios. Su gran compromiso era: no hacer reformas sociales en el campo de la distribución, sino promover el laisser-faire en la producción de bienes y servicios. Walras estaba convencido de que si, sobre la base de una reforma agraria radical, el Estado procuraba asegurar el funcionamiento de un sistema libre competitivo, entonces el sistema económico podría funcionar de forma muy parecida al modelo teórico. Aunque haya defectos en sus propuestas, sus ideas no parecen tan absurdas como hicieron en aquella época.
Muchos anarcocapitalistas suelen presentarse como “anarcoindividualistas austríacos”, lo que tiende a perpetuar la confusión de que la teoría del valor-trabajo es inherente a la filosofía política mutualista –que Rothbard consideraba, en su tiempo, “aun no superada”-.
Esto es fruto del error de suponer que la aceptación de los conceptos económicos austriacos, por ejemplo, del interés y de la productividad marginal, supone aceptar también las concepciones morales sobre dichos conceptos de los autores que los formularon. En general, Tucker o Proudhon podrían llegar a asimilar la teoría económica austriaca sin corregir sus concepciones morales con respecto a los temas tratados por ella, dirigiendo de la misma forma sus ataques contra la usura o la explotación del hombre por el hombre; de la misma forma que David Ricardo no dejaba de sancionar el capitalismo a pesar de suscribir la teoría del valor-trabajo.
El primer error consiste en pensar que los austriacos refutaron la concepción socialista que sostiene que, bajo el capitalismo [1], los beneficios del empresario proceden del trabajador. [2]
La Escuela Austriaca desarrolló el concepto de la productividad marginal de los factores de producción –entre ellos el trabajo-, según el cual la productividad de cada unidad de factor puede valorarse en términos de la pérdida de rendimiento que produciría la desaparición de dicha unidad. Por ejemplo, si dados 20 trabajadores y 10 máquinas la producción es de 100 zapatos y, al retirar un trabajador, la producción desciende a 90, la productividad marginal del trabajo será la diferencia entre ambas producciones: 10.
Según los austriacos, el precio de cada factor de producción tiende a igualarse con su productividad marginal -descontando el interés-, pues de lo contrario, el “beneficio neto” producido por la diferencia entre ambos atraería a otros empresarios hasta que este desapareciera por completo. En el caso que hemos expuesto, si el salario del trabajador equivaliera a 6 zapatos, los empresarios demandarían trabajadores hasta que tal salario se igualara a su productividad, esto es, 10. De esta forma, la ganancia del capitalista quedaría reducida al interés (que trataremos más adelante).
Lo que no suelen mencionar los economistas austriacos tan a menudo es que tal competencia está artificialmente limitada por el Estado y, por tanto, los “beneficios netos” producidos por la disparidad entre salario y productividad muy a menudo no llegan a liquidarse o, lo que es lo mismo; la “plusvalía” existe.
Kirzner, por su parte, sostiene que los beneficios del empresario son la recompensa del ejercicio de la empresarialidad, que él define como la percepción, en un entorno de información dispersa, de unos medios económicos para obtener determinados fines también económicos. Pero a continuación de esto, Kirzner afirma que, de existir “impedimentos arbitrarios para acceder al mercado” para los demás competidores, los beneficios del empresario se convertirían en “rentas de monopolio”. Ahora, como es fácil advertir en el mundo real, el mercado está repleto de barreras de entrada a la competencia cuyas consecuencias en la tasa de beneficios son imposibles de determinar de forma precisa, lo que nos lleva a la conclusión, de acuerdo con Kirzner, que cierto porcentaje de los beneficios del capital son en realidad “rentas de monopolio”. Poco a poco vamos cercando la ganancia que se atribuye al mérito del capitalista.
Por otro lado, Bohm-Bawerk y Mises establecieron que los individuos valoran los bienes presentes por encima de los futuros y que, por tanto, el tipo de interés es el fruto de la preferencia temporal de los mismos. Así, si un individuo considera 100 euros presentes equivalentes a 110 euros a corto plazo (supongamos, un mes), el interés será del 10%.
En este caso, el axioma de la preferencia temporal se aplicaría a la producción, equiparando la función del capitalista con la del prestamista y la de los trabajadores con la de simples prestatarios.
Los vieneses añaden a esto, además, que el interés empresarial tiende a igualarse con el interés crediticio, pues si el primero fuese superior al segundo, los capitales se desplazarían del sector crediticio al empresarial, y al revés en el caso contrario. Como consecuencia, los beneficios empresariales corrientes serían idénticos al tipo de interés crediticio.
Nuevamente, los austriacos se olvidan de tomar en cuenta las grandísimas barreras de entrada (requisitos de capitalización, licencias, etc.) en el sector bancario, que elevan artificialmente la tasa de interés por encima de las preferencias temporales, aumentando también los beneficios usurarios del sector empresarial.
Paso a paso hemos rodeado el beneficio del empresario, que en un contexto de “competencia universal”, como proponía Benjamin Tucker, se reduciría a una tasa ínfima –equivalente a la preferencia temporal del momento, descontando las barreras de entrada actuales- y permitiría el control obrero de las empresas poseídas hoy por los capitalistas. Fuera de la torre de marfil de los economistas austriacos, que se abstraen de la realidad, su teoría económica es perfectamente compatible con el socialismo.
La propuesta de Hayek de “desnacionalizar el dinero”, aunque él la concibiera tan solo como una forma de acabar con la inflación, también camina en esa dirección.
Autogestión obrera y Escuela Austriaca
En general, la Escuela Austriaca ha sido reacia a las ideas cooperativistas y autogestionarias, si bien Murray Rothbard propuso que la transición de la economía planificada al mercado libre en los países “socialistas” se llevara a cabo mediante la entrega a los trabajadores de los medios de producción, lo que demuestra cierta confianza por su parte en que estos serían capaces de administrar sus puestos de trabajo.
Ludwig von Mises es quizá el mayor detractor de la autogestión obrera [3] dentro de la Escuela Austriaca, llegando a afirmar que, si los trabajadores fuesen dueños de los medios de producción, menguaría la productividad y, como consecuencia, estos ganarían mucho menos que bajo la empresa capitalista. Esta y muchas otras afirmaciones erróneas de Mises serán tratadas en un artículo próximo sobre la autogestión; aquí nos centraremos en sus objeciones al cooperativismo como sistema social, y no como propuesta de administración empresarial.
Por ejemplo, en Crítica del Intervencionismo, Mises comenta que:
“Los sistemas sindicalista y corporativista se basan en el supuesto de que la estructura productiva existente en un determinado momento permanecerá invariada. Sólo en el caso de que este supuesto sea correcto sería posible prescindir de las transferencias de trabajo y capital desde un sector a otro.”
En la misma línea, comenta en El Socialismo que:
“[…] el sindicalismo haría prácticamente imposible una transformación de la producción. No cabe duda alguna de que, allí donde el sindicalismo fuera amo y señor, cesaría el progreso”.
Tras estas dos citas, no cabe duda de que Mises se refiere a un sistema que comparte con el mutualismo la premisa de que los medios de producción deben ser para los trabajadores y que, a su vez, estos deben interactuar entre sí en el marco de un mercado libre. Donde el sistema que critica Mises y el mutualismo se separan es en el carácter estático del primero. La escuela sindicalista, cuyos principales autores conozco tan solo a través de él (Mises no los menciona en ninguna parte), proponen la expropiación de los medios de producción y creen que a partir de ese momento la dinámica del mercado se limitará al intercambio de mercancías entre las distintas unidades de producción. Cuando se les plantea el problema de recolocar el capital y el trabajo de acuerdo a las demandas del mercado, los sindicalistas tienen un problema.
En cambio, el mutualismo se concibió como un sistema eminentemente dinámico, hasta el punto de que concibe la propia toma de los medios de producción por los trabajadores como el fruto de la dinámica del mercado, y no de una fuerza coactiva ajena a él. Además, otro pilar del mutualismo, el banco popular, fue un mecanismo ideado única y exclusivamente para garantizar el crédito mutuo entre los obreros y, por tanto, que estos pudieran ampliar, reducir o cambiar de negocio de acuerdo a las necesidades del mercado. [4]
El principio de costo
El principio de costo fue un concepto ideado por Proudhon y Warren, cada uno de forma independiente, que consiste en que toda mercancía no puede venderse por más del costo de su producción, incluyendo el mantenimiento de los productores.
Josiah Warren materializó esta idea en su experimento de la “tienda de tiempo”, en la que los usuarios entregaban sus productos y a cambio tenían acceso a otros muchos con un valor equivalente, en horas de trabajo. Proudhon quiso llevar a cabo una idea parecida a través de sus Bancos de trueque, que centralizarían el cambio de mercancías entre los productores calculando, de la misma forma, el trabajo contenido en ellas.
Para la Escuela Austriaca, por el contrario, el precio es la consecuencia de las distintas valoraciones subjetivas de vendedores y compradores y, lo que es más importante, su función es advertir a los productores qué es rentable producir.
De esta forma, el “lucro”, tan atacado por Proudhon, Warren, Tucker, etc., quedaría justificado por su función esencial en los mecanismos autorreguladores del mercado.
De todos modos, esta oposición entre ambas escuelas es aparente, porque tanto una como otra reconocen que la competencia libre tiende a reducir los beneficios hasta que estos se igualan con la desutilidad que produce el trabajo, o, en otras palabras, hasta lo que los mutualistas llaman el “Precio de Costo”.
Es cierto que los austriacos no creen en el equilibrio general y, por tanto, no consideran que el mercado pueda reducir el precio de todas las mercancías hasta el “precio de costo”, puesto que las necesidades, los actores y la información del mercado cambian constantemente. En cualquier caso, reconocen que la competencia tiende siempre hacia el costo, y en muchos casos lo alcanza.
La cuestión de la tierra
Otro punto de disensión entre mutualistas y austriacos es la propiedad de la tierra, aunque no nos extenderemos en esta cuestión, que ya ha sido tratada en otros artículos. Simplemente cabe señalar que Hayek consideraba que, en un orden espontáneo, los conceptos de propiedad y justicia tendían a ser aquellos que eran más beneficiosos desde el punto económico para la comunidad y, ya que la propiedad convencional sobre la tierra encarece su adquisición mediante la asignación de precios a parcelas que no los necesitan –porque no están siendo ocupadas-, es probable que, de acuerdo con Hayek, la propiedad mutualista se convierta en norma general en una sociedad libre.
Conclusión
El mutualismo austriaco se puede considerar como un intento de incorporar las nuevas herramientas de análisis que aportaron los economistas de Viena, sin alterar el corpus del mutualismo clásico. Se puede decir que este fenómeno comenzó con la publicación por Kevin Carson de Studies in Mutualist Political Economy, en el que el autor incorporaba ya algunos elementos austriacos en la teoría del valor-trabajo, aunque sin duda el “mutualismo austriaco” puede ir mucho más allá en la asimilación de conceptos económicos (no juicios de valor) austriacos, sin apenas modificarse.
También tiene cierta influencia en los sectores más radicales del libertarianismo y el rothbardianismo, que disienten con las concepciones más reaccionarias de los anarcocapitalistas de derechas, pero debe quedar claro que el “mutualismo austriaco” No es una claudicación ante el anarcocapitalismo y que este no es “anarcoindividualismo austriaco”.
[1]: En la literatura socialista de cualquier tendencia, el capitalismo es el sistema que mantiene el divorcio entre los propietarios y los trabajadores a través del aparato coercitivo estatal. Así aparece en Marx, por ejemplo, cuando afirma que “el capital vino al mundo rebosando sangre y cieno”.
[2]: Podemos omitir toda la parafernalia innecesaria y llena de contradicciones que desarrolló Marx en Das Kapital.
[3]: Mises llama “sindicalismo” a la autogestión obrera o cooperativismo. Según él, el sindicalismo es “la tendencia que trata de lograr un estado social en el que los obreros sean los dueños de los medios de producción”. El Socialismo, pág. 270.
[4]: Si el sindicalismo que critica Mises dispusiera de esta herramienta, su crítica caería en saco roto.